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COSAS QUE NO CABEN EN UNA MALETA

Enrique Criado  

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Fragmento

Agradecimientos

En el largo y tortuoso camino que media entre tener un relato que contar y verlo publicado por una gran editorial son muchas las personas con las que he ido adquiriendo una fenomenal deuda de gratitud. En este proceso he abusado de viejas amistades y he hecho algunas nuevas.

Por sus recientes experiencias como autores, me ayudaron especialmente mis amigos Ana Fuentes y Heriberto Araújo, dos periodistas viajeros que leyeron pacientemente mis primeros manuscritos y me desvelaron el abc del proceso editorial. Sin su guía esos pasos iniciales habrían resultado más torpes y trabajosos.

Versiones algo más pulidas del texto pasaron a manos de mis queridas María Venegas, María Mirada y Maite Gastón, lectoras empedernidas y editoras vocacionales que manejan el lenguaje con precisión quirúrgica. Mía es la responsabilidad por los errores de este libro; suya y de mi editor, Gonzalo Albert, es la de sus posibles aciertos.

Mi amigo Carlos Riaño, del servicio cartográfico de la ONU en el Congo, me ayudó a identificar algunos mapas que me valieron en la fase de documentación. Al escribir esta línea de agradecimiento viene a mi cabeza alguna juerga memorable corrida con él en Kinshasa. Gracias también por eso.

Y cómo olvidar los asados de los domingos en casa de Esteban Bedoya, mi vecino en Canberra. Diplomático, arquitecto y escritor paraguayo, él ha sido de los que más cerca ha vivido este proyecto, ha aportado sugerencias valiosas, siempre en la línea de restar solemnidad al texto, de tomárselo uno menos en serio. Su mujer Ibelise, acostumbrada ya a criticar su obra sin contemplaciones, me dio ánimos, consejos y muchos motivos para la risa. En una sobremesa con Ibelise y con nuestra amiga común Dörte Müller improvisamos la sesión fotográfica de la que salió mi retrato para la solapa de cubierta.

Para un autor novel, ese tortuoso camino hacia la publicación del que hablábamos antes no termina con el epílogo. Con el texto ya acabado me han echado una mano en varios frentes el embajador Félix Costales, Enric Lloveras, Sergio Figueiras y Miquel Silvestre, con quienes comparto el gusto por la lectura y el viaje.

Agradecimientos también a mis hermanos y a amigos como Manuel, que es como un hermano, que durante años me han escuchado pacientemente hablar de este libro que por fin pueden tocar.

Prólogo

El Congo es para mí, sin duda, el país más africano de África. Es su esencia, pues allí todo se vive en toda su intensidad, sin paños calientes. Con su río, su gente, su clima, sus olores, su ritmo, su violencia y sus contrastes, el Congo tiene el poder de helarte la sangre de miedo y de llenarte la mente de sueños. No he sentido tanto temor ni creo que llegue a reírme tanto como lo he hecho durante mi estancia en el gigante país africano.

Exige mucho de cada uno, siempre deja huella. Allí se forjan caracteres como el del doctor Mukwege, que muy a su pesar se ha convertido en el máximo especialista mundial en intervenciones quirúrgicas para reconstruir genitales femeninos desgarrados en brutales violaciones. Gente como Emmanuel de Merode y Luis Arranz, directores de Virunga y Garamba respectivamente, los dos parques naturales más antiguos de África, se juegan el tipo a diario para salvaguardar una inmensa riqueza natural amenazada por cazadores furtivos, empresas petroleras, minería ilegal y sanguinarios grupos armados como el M23 o el LRA de Joseph Kony. El Congo es un trallazo.

No se me ocurren muchos lugares donde uno pueda estrechar la mano de un jugador de la NBA como Serge Ibaka, observar desde casa el fuego cruzado del enésimo intento de golpe de Estado contra el presidente y por la noche leer que un avión comercial cayó por el peso de los pasajeros arremolinados al frente de la cabina para evitar el mordisco de un cocodrilo. Solo en un país como el Congo puede darse un caso como el de Mario Sarsa, el médico español que fue secuestrado por una remota tribu selvática y que acabó improvisando una consulta médica para sus captores, mientras esperaba a que uno de los peores ejércitos del planeta lanzara una operación de comando para liberarle; o el de Nuria Sánchez de Ocaña, una religiosa ya anciana que estudia sentencias en archivos polvorientos para sacar de prisión a quienes han cumplido condena y que, de no ser por su labor, seguirían olvidados a la sombra indefinidamente, pues las órdenes de liberación dictadas rara vez llegan a su destino.

La posición estratégica del Congo y la riqueza de su subsuelo permitieron que durante la Guerra Fría Occidente mimara a Mobutu como baluarte anticomunista, y que su entorno se puliera el maná de los minerales en champán rosado. En este país de lo imposible, el mariscal Mobutu, que gobernó a su antojo durante tres décadas, se hizo construir un aeródromo en su pueblo con una pista suficientemente larga para que pudiera aterrizar el Concorde, que fletaba con frecuencia por su rapidez supersónica ya que «tenía dificultad para conciliar el sueño en los aviones».

Empobrecido y herido por veinte años de conflictos intermitentes en el este del país, el Congo de hoy quiere dejar de ser asociado únicamente con la descarnada imagen de violaciones, minerales, guerrillas, niños soldado, campamentos de refugiados, cooperantes, cascos azules, genocidio, hutus y tutsis. Esa combinación que fascina al corresponsal extranjero casi siempre pasa por alto las escenas de normalidad de un pueblo que se esfuerza a diario por dejar atrás sus fantasmas. Sin obviar su pobreza y sus enormes desafíos, quiero mostrar también esa faceta más sana y más festiva del congoleño, que se las ingenia para salir adelante, para ver el lado positiv

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