Loading...

CíRCULOS

Manuel Ríos San Martín  

5


Fragmento

I

Al principio todo era caos y confusión, viento y oscuridad —vocifera un telepredicador latinoamericano en un televisor 4K de ultra alta resolución—, pero Dios navegaba por encima de las aguas y dijo: “Haya luz”, y ¡¡hubo luz…!!».

Varios monitores OLED de diferentes pulgadas iluminan una habitación en penumbra. El sonido no está alto y se entremezcla con unos jadeos de fondo. Se oyen noticias: un resumen de la actualidad del año en un montaje trepidante a ritmo de rock. El color de la imagen es saturado, plano, intenso, sin textura. La presentadora se dirige a cámara con total seguridad. Tiene el pelo corto, rubio, los labios rojos, es una experta locutora. Pero está hablando de la basura.

«La huelga dura ya cinco semanas. En las calles se acumulan los desperdicios de toda la ciudad por falta de servicios mínimos…».

Se ven imágenes nocturnas del centro de Londres cubierto por montones de desechos; bajo la lluvia, algunos vagabundos buscan algo que aún sea comestible, mientras un grupo de trabajadores exaltados esparce el contenido de las bolsas por el suelo para aumentar el conflicto e intentar que el gobierno acceda a sus pretensiones.

La locutora explica que el olor en la ciudad es cada vez más insoportable. Desde 1858 no se había dado una situación como esta. En esa ocasión, el sistema de canalización de residuos humanos no estaba preparado para el intenso calor que hizo durante el verano. Esa peste se conoció como el Gran Hedor y todavía se recuerda. Lo que no dice es que los ciudadanos viven en una náusea permanente. Todos mantienen las ventanas cerradas. Solo las pantallas siguen abiertas.

Aquí están encendidos un ordenador de mesa con pantalla de grafeno flexible y un iPad 12 Space, apoyado en el sofá. Ambos reproducen, sin apenas sonido, vídeos diferentes: chavales haciendo parkour, animales encerrados en jaulas, peces.

«Se recomienda a la población que no consuma pescado que no haya sido ultracongelado en alta mar. El aumento espectacular de las infecciones por el gusano anisakis ha provocado, en lo que va de año, más muertes que los accidentes de carretera. El parásito produce una reacción anafiláctica en el ser humano…».

Ahora es un presentador joven el que aparece en un nuevo canal, esta vez de Internet. Habla a cámara delante de un croma. Lleva el pelo trasplantado, sonríe demasiado, tiene bien aprendido su papel de tonto narcisista. Da paso a un concurso de supervivencia en el que se abandona a dos parejas desnudas en el desierto del Kalahari para que salgan de ahí sin más ayuda que la de un cuchillo, una cámara y una lata del refresco que patrocina el programa.

Se cambia nuevamente el canal. Autopromoción de una cadena: Ondaseven.

«Cuando creías haberlo visto todo en realitys… —susurra una voz en off mientras se suceden imágenes de Gran Hermano: gente discutiendo, haciendo el vago y pegándose—, llegó Darkestetic». Un clip muestra cómo unos concursantes se someten a distintas intervenciones de cirugía estética que les van convirtiendo paso a paso en seres grotescos, casi ridículos. El ganador, que tiene las orejas enormes y un implante en la barbilla que le llega casi al centro del pecho, recibe dos fajos de billetes. A continuación se le ve protagonizando su propia webserie. «Pero ahora… —añade la voz con tono grave tras una estudiada pausa, mientras, con un efecto digital, se va formando el rostro de una chica tumbada en su cama, a punto de llegar al orgasmo—, lo más íntimo, lo más sensual, el espectáculo de la intimidad: Plaisir. Porque usted tiene derecho a ¡sentir!».

Un bonobo cuelga ahorcado en una jaula. En el Samsung más pequeño de la estantería, de manera casi inaudible, la conductora del programa dice que, aunque parezca extraño, todo apunta a que el simio se ha suicidado. El cuidador a quien entrevista describe cómo le vio colgarse de la cuerda y dejarse morir sin que pudiera llegar a tiempo de evitarlo. En los últimos meses, múltiples mascotas han muerto en circunstancias similares. Según explica, los perros están empezando a arrojarse desde los balcones de sus casas y los pájaros sacan las cabezas entre los barrotes de las jaulas y se dejan morir. «Los etólogos —añade la locutora sin saber muy bien lo que son realmente— no comprenden este tipo de conductas. Reconocen que, en efecto, se dan casos de suicidios en animales, pero solo para salvaguardar al grupo. Las hormigas kamikazes, por ejemplo, explotan su abdomen lleno de ácido, como si fuesen chalecos bomba, en caso de invasión de su hormiguero. Para la comunidad científica, lo sucedido en estos últimos meses no tiene ningún sentido biológico».

En frente del monitor principal, casi a oscuras, está Patrizia. Las luces de las pantallas iluminan su figura de manera desigual produciendo contraluces en movimiento. Ya no es una quinceañera, aunque podría aparentarlo. Viste una camiseta negra, corta y ceñida, y unos culotes deportivos. En realidad, el top es un dispositivo portátil inteligente que controla la actividad cardiaca y el estado de ánimo conectado mediante bluetooth con una aplicación de su tableta. Lleva el pelo cortado al uno. Es guapa y fibrosa, no le sobra grasa ni músculo. Culo firme y bonitas caderas. En el cuerpo le gusta llevar expresiones escritas con rotulador, no tatuadas: «special girl», «destroy the world»…, y las va variando según su estado de ánimo. Hoy en su vientre pone «fuck you». Casi siempre pone «fuck you».

Una barra de hierro atraviesa de un lado al otro el hueco de una de las puertas de la casa. Está haciendo abdominales colgada por los tobillos, como si le fuese la vida en ello. Se mueve de manera violenta y sexual. Le duele y eso le motiva; necesita ser consciente de su cuerpo, de sus músculos, de sus venas, de su piel, de sus límites. Saber que existe, que está presente, que es real. Que no es una imagen de la televisión. Lleva unos cascos en los que escucha una canción antigua de Violent Femmes a un volumen excesivo. Le retumba la letra en su cabeza: «Beautiful girl, lovely dress / High school smiles, oh yes / Beautiful girl, lovely dress / Where she is now I can only guess / ‘Cause it’s gone, daddy, gone / Your love is gone / Yeah, it’s gone, daddy, gone / Your love is gone». No se permite pensar en nada cuando hace ejercicio. Solo sentir. La música a todo volumen le ayuda. Suda en abundancia y las gotas le resbalan por la piel hasta caer al suelo. El hedor de las basuras de la calle repta hasta el interior del apartamento y penetra en su cerebro: el olor estimula su adrenalina.

Fuera llueve mucho. Hace frío y las gotas golpean con fuerza el tragaluz que hay en el techo. Patrizia vive en un garaje antiguo transformado en un loft. Las vigas de metal que sustentan el edificio están a la vista. En la reforma nadie se preocupó de ocultarlas. Por eso lo eligió, porque se veían, porque estaban viejas y sucias, porque le recordaban su estado de ánimo. En las paredes hay fotos de niños atormentados con frases escritas en sus cuerpos en distintos idiomas: «la muerte mola», «mi puta madre», «good day to die»… Los chavales tienen los ojos grandes, los cuerpos pequeños y los huesos marcados. Patrizia no sabe bien qué le inspiran más, si pena o miedo. Son retratos desagradables, pero bellos. La estética es importante para ella. Sus cosas están colocadas de una manera intencionadamente anárquica: pantallas de televisión, pesas, fotos, ordenadores, ropa, llaves inglesas, más fotos, más pantallas. Le ha costado mucho ser como es, mucho esfuerzo y muchas discusiones con su madre, con sus profesores, con su chico.

En el monitor grande de la sala se muestra un grupo de hombres y mujeres desnudos y envueltos en celofán como si fuesen carne congelada en un supermercado. Están tendidos sobre la acera y la gente los mira sin demasiado interés. Denuncian el abuso de los alimentos transgénicos ante la puerta del Ministerio de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales. La locutora habla, pero a Patrizia le da igual; tiene un mando a distancia en la mano y va zapeando mecánicamente, sin detenerse en sus ejercicios. Se suceden imágenes nocturnas de la ciudad: obras, excavadoras, túneles, derrumbamientos, algún incendio por culpa de las obras, imágenes genéricas de apocalipsis. El locutor informa de que, por culpa de unos trabajos de reparación, se ha hundido parcialmente el túnel de Blackwall, que une Londres con Greenwich por debajo del Támesis… Nuevo cambio de canal.

«Ha aparecido calcinado el cadáver de una niña de tres años, víctima de malos tratos por parte de su padre adoptivo».

Patrizia se descuelga con un movimiento rápido, desenganchando sus pies de la barra. Se quita los cascos y se queda un instante escuchando la noticia. Cambia de cadena varias veces. No quiere saber qué ha pasado con la niña. Encuentra un concurso. El Especialista es un gameshow con rivales de diversos países que se emite en toda Europa los viernes por la noche en el mejor horario. Puede llegar a tener una audiencia de más de veinte millones de personas en directo, sin contar descargas de Internet, reemisiones, tabletas o móviles ni VOD.

En el televisor se ve a Patrick Shultheiss, un showman atractivo a pesar de no cumplir ya los cuarenta. Pelo rubio y flequillo vistoso. Viste de gris marengo. Es elegante. Y muy famoso. El estudio 3, donde está montado el decorado, es el mejor de la cadena. Más de mil trescientos metros cuadrados. Oscuro, en tonos azules y rojos, con detalles de neón y luces que giran e iluminan distintos sectores: el público, los familiares de los competidores, la zona de pruebas. El conductor del programa se sitúa debajo de un foco y habla sonriendo. No es el habitual personaje de la prensa rosa; tiene personalidad, suena frívolo e ingenioso, una combinación deliberada que parece haber logrado sin esfuerzo. Está presentando una especie de Scavengers[2] contemporáneo, con incrustaciones en directo en 3D para los fondos. Consiste en una sucesión de desafíos físicos: trepar por paredes imposibles, saltar tramos con engranajes en movimiento, rescatar objetos de urnas con cocodrilos. El atractivo no reside en la novedad de las pruebas, sino en la cuantía de los premios en esta época de crisis, y también en el cuidado de los detalles. La tecnología permite un resultado espectacular. Nada que ver con esos concursos ordinarios tipo Fear Factor[3] donde se jactan de hacer beber semen de burro a los participantes.

Shultheiss sube a una plataforma mecánica que le eleva unos metros sobre el escenario y da paso a la última fase de la competición, la más interesante, donde se desarrolla el reto más caro. Está patrocinada por un producto de limpieza innovador que quita las manchas sin estropear los tejidos y sin necesidad de usar agua. La prueba se verá a la vuelta de dos minutos de publicidad.

Patrizia vuelve a cambiar de canal. Zapea con rapidez por varias emisoras. Una nueva polémica en torno al edificio The Shard; contaminación en Londres; más aplicaciones para los smartwatches; violencia de género; la independencia de Escocia; gripe equina en Eurasia, con la muerte de miles de caballos; atentado en el parlamento de Túnez; la nueva killer feature de Apple; una nueva droga sintética; programas sobre la decadencia de la Familia Real. Decide sintonizar de nuevo El Especialista, a pesar de no ser una seguidora asidua. Se seca el sudor con una toalla y toma un poco de bebida isotónica preparada por ella. No consume bebidas comerciales, nada de Aquarius o Powerade. Mucho menos Red Bull y similares. Le basta con reponer líquidos y minerales. No le intere

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta

Información básica sobre Protección de Datos

En Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U , trataremos tus datos personales sólo bajo tu expreso consentimiento para la prestación del servicio solicitado al registrase en nuestra plataforma web y/o para otras finalidades específicas que nos haya autorizado.
La finalidad de este tratamiento es para la gestión del servicio solicitado e informarte sobre nuestros productos, servicios, novedades, sorteos, concursos y eventos. Por nuestra parte nunca se cederán tus datos a terceros, salvo obligación legal.
En cualquier momento puedes contactar con nuestro Delegado de Protección de Datos a través del correo lopd@penguinrandomhouse.com y hacer valer tus derechos de acceso, rectificación, y supresión, así como otros derechos explicados en nuestra política que puede consultar en el siguiente enlace