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CRESS (LAS CRóNICAS LUNARES 3)

Marissa Meyer  

5


Fragmento

 

 

Uno

Su satélite daba un giro completo alrededor del planeta Tierra cada dieciséis horas. Era una prisión que tenía una vista interminablemente imponente: vastos océanos azules, nubes que se arremolinaban y alboradas que envolvían en fuego la mitad del mundo.

Cuando la encarcelaron, nada le gustaba más que apilar sus almohadas sobre el escritorio empotrado en la pared y colocar su ropa de cama sobre las pantallas para hacerse una pequeña alcoba. Fingía que no estaba en un satélite, sino en un módulo espacial en ruta hacia el planeta azul. Pronto aterrizaría y pisaría tierra de verdad, sentiría el brillo real del sol e inhalaría oxígeno auténtico.

Miraba fijamente los continentes durante horas, imaginando cómo sería aquello. En cambio, siempre evitaba la vista de Luna. Algunos días su satélite pasaba tan cerca que Luna abarcaba todo el panorama y alcanzaba a distinguir los enormes domos brillantes sobre su superficie y las rutilantes ciudades donde habitaban los lunares. Donde ella también había vivido. Hacía años. Antes de que la desterraran.

Cuando era niña, Cress se escondía de Luna durante esas horas dolorosamente largas. A veces se refugiaba en el pequeño baño y se distraía haciendo elaboradas trenzas con su cabello; o se metía debajo de su escritorio para cantar canciones de cuna hasta que se quedaba dormida; o soñaba con una madre y un padre y se imaginaba cómo jugarían con ella, le leerían historias de aventuras y le cepillarían el cabello amorosamente, hasta que por fin —por fin— Luna se hundía nuevamente detrás de la Tierra protectora, y ella estaba a salvo.

Aun ahora, Cress empleaba esas horas para meterse debajo de su cama y dormir una siesta, leer, escribir canciones en su cabeza o descifrar códigos complejos. Todavía le desagradaba mirar las ciudades de Luna. Albergaba una paranoia secreta: si ella podía observar a los lunares, seguramente ellos también podrían ver más allá de sus cielos artificiales y verla a ella.

Durante más de siete años esa había sido su pesadilla.

Pero ahora el horizonte plateado de Luna avanzaba lentamente por la esquina de su ventana, y Cress no prestó atención. Esta vez su muro de pantallas invisibles le estaba mostrando una nueva pesadilla.

Palabras brutales salpicaban los canales de noticias; fotografías y vídeos se desdibujaban ante sus ojos mientras pasaba de un canal a otro. No podía leer con suficiente rapidez.

14 CIUDADES ATACADAS EN TODO EL MUNDO

OLA DE ASESINATOS DEJA 16.000 TERRÍCOLAS MUERTOS EN DOS HORAS

LA MAYOR MASACRE DE LA TERCERA ERA

La red estaba plagada de horrores: gente muerta con el abdomen desgarrado y la sangre corriendo hacia las alcantarillas de las calles. Feroces criaturas humanoides con sangre coagulada en la barbilla y bajo las uñas, y manchando sus camisas. Paseó la mirada sobre todos ellos mientras con una mano se tapaba la boca. Respirar se volvió cada vez más difícil cuando descubrió la verdad.

Ella era la responsable de eso.

Durante meses había impedido que la Tierra detectara esas naves lunares, acatando sin quejarse las órdenes de Sybil, su señora, como la lacaya adiestrada que era.

Ahora sabía qué clase de monstruos iban a bordo de esas naves. Ahora entendía qué había estado planeando Su Majestad desde el principio, y ya era demasiado tarde.

16.000 TERRÍCOLAS MUERTOS

La Tierra estaba desprevenida, y todo porque ella no había sido suficientemente valiente para negarse a las exigencias de su señora. Había hecho su trabajo y luego había mirado para otro lado.

Apartó la vista de las imágenes de muerte y masacre y se concentró en otra noticia que anunciaba nuevos horrores.

El emperador Kaito de la Comunidad Oriental había puesto fin a los ataques al aceptar casarse con la reina lunar Levana, quien se convertiría en la nueva emperatriz de la Comunidad.

Los periodistas de la Tierra, sorprendidos, tenían posturas encontradas sobre este controvertido acuerdo diplomático. Algunos lo consideraban un ultraje y proclamaban que la Comunidad y el resto de la Unión Terrestre deberían estar preparándose para la guerra, no para una boda. Pero otros se apresuraban a justificar la alianza.

Moviendo en círculo los dedos sobre la delgada pantalla transparente, Cress subió el volumen para escuchar a un hombre que hablaba sobre los posibles beneficios: no más ataques ni especulaciones sobre cuándo podría ocurrir un ataque. La Tierra conocería mejor la cultura lunar. Los lunares compartirían sus avances tecnológicos. Serían aliados.

Además, la reina Levana solo deseaba gobernar la Comunidad Oriental. Seguramente dejaría en paz al resto de la Unión Terrestre.

Pero Cress sabía que había que ser tonto para creer eso. Una vez que la reina Levana se convirtiera en emperatriz, mandaría asesinar al emperador Kaito, reclamaría el gobierno del país y lo usaría como trampolín para reunir a su ejército e invadir el resto de la Unión. No se detendría hasta tener todo el planeta bajo su control. Este pequeño ataque, estas dieciséis mil muertes... eran solo el comienzo.

Cress silenció la transmisión, apoyó los codos en el escritorio y hundió ambas manos en su rubia melena. Sintió un frío repentino, a pesar de que la temperatura se mantenía estable dentro del satélite. Detrás de ella, una de las pantallas leía en voz alta con una voz infantil que había programado durante cuatro meses de aburrimiento enloquecedor cuando tenía diez años. La voz era demasiado alegre para la información que estaba comunicando: un blog médico de la República Americana que anunciaba los resultados de la necropsia practicada a uno de los soldados lunares.

Los huesos se reforzaron con biotejido rico en calcio, en tanto que a los cartílagos de las articulaciones principales se les inyectó una solución salina para aumentar su flexibilidad y elasticidad. Los dientes caninos e incisivos se reemplazaron por implantes que imitan colmillos e incisivos de lobo, y se observa el mismo refuerzo de los huesos en la mandíbula, para poder triturar huesos y otro tipo de tejidos. La reconfiguración del sistema nervioso central del sujeto y su amplia manipulación psicológica fueron la causa de su agresividad incontenible y de que su comportamiento fuera semejante al de un lobo. El doctor Edelstein ha señalado que una técnica avanzada de manipulación de las ondas bioeléctricas del cerebro también pudo haber contribuido a...

—Silenciar transmisión.

La dulce voz de diez años se detuvo y en el satélite solo se escuchó el murmullo de los sonidos que durante mucho tiempo habían permanecido en el fondo de la conciencia de Cress. El ronroneo de los ventiladores. El tamborileo del sistema de soporte vital. El borboteo del tanque para reciclar agua.

Cress juntó a la altura de la nuca los gruesos mechones de cabello y se pasó la cola por encima del hombro —el pelo se le enredaba en las ruedas de la silla si no tenía cuidado—. Ante ella, las pantallas parpadearon y desplegaron más y más información proveniente de canales terrícolas. También había noticias que llegaban de Luna, de sus «valientes soldados» y de la «ardua lucha que llevó a la victoria»: estupideces aprobadas por la Corona, naturalmente. Cress había dejado de prestar atención a las noticias lunares a partir de los doce años.

Enrolló distraídamente su cabello en su brazo izquierdo, formando una espiral del codo a la muñeca, sin reparar en la maraña que se aglomeraba en su regazo.

—Oh, Cress —murmuró—. ¿Qué vamos a hacer?

—Por favor aclara tus instrucciones, Hermana Mayor —respondió su yo de diez años.

Cress cerró los ojos ante el brillo de la pantalla.

—Entiendo que el emperador Kai solo intenta parar la guerra, pero debe saber que la boda no detendrá a Su Majestad. Levana lo matará si sigue con sus planes de casarse con ella, y cuando eso ocurra, ¿qué pasará con la Tierra? —Una jaqueca le martillaba las sienes—. Creí que Linh Cinder se lo había dicho en el baile, pero ¿y si me equivoco? ¿Y si él aún no tiene idea del peligro que corre?

Girando en su silla, deslizó los dedos sobre un canal de noticias que estaba en silencio, introdujo un código y abrió una ventana oculta que revisaba cien veces al día. La ventana de D-COM se abrió como un agujero negro, abandonada y silenciosa, en la parte superior del escritorio. Linh Cinder aún no había tratado de ponerse en contacto con ella. Quizá su chip había sido confiscado o destruido. Tal vez ni siquiera lo tenía consigo.

Resoplando, cerró el enlace y con unos movimientos rápidos de las puntas de los dedos desplegó una docena de ventanas diferentes, conectadas a un servicio de alerta que vigilaba la red constantemente en busca de cualquier información relacionada con la cíborg lunar que había sido detenida una semana antes. Linh Cinder. La chica que había escapado de la prisión de Nueva Beijing. La chica que había sido la única vía que Crees había encontrado para advertir al emperador Kaito sobre las verdaderas intenciones de la reina Levana en caso de que aceptara la alianza matrimonial.

El canal principal no había sido actualizado en once horas. En medio de la histeria por la invasión lunar, la Tierra parecía haberse olvidado de su fugitiva más buscada.

—¿Hermana Mayor?

Sobresaltada, Cress se aferró a los brazos de la silla.

—¿Sí, Pequeña Cress?

—Nave de la señora detectada. Se calcula la llegada en veintidós segundos.

Cress salió catapultada de la silla al escuchar la palabra «señora», pronunciada, aun después de todos esos años, con un dejo de terror.

Sus movimientos eran un baile coreografiado con precisión, que había dominado tras años de práctica. En su mente se convirtió en una bailarina de la segunda era, desplazándose a lo largo de un escenario oscuro mientras iniciaba la cuenta atrás.

00.21. Cress oprimió con la palma el botón que extendía el colchón.

00.20. Giró hacia la pantalla y colocó todas las noticias sobre Linh Cinder debajo de una ventana con propaganda de la Corona lunar.

00.19. El colchón aterrizó en el suelo con un golpe seco, y las almohadas y las sábanas quedaron revueltas como si acabara de levantarse.

00.18, 00.17, 00.16. Sus dedos bailaron en las pantallas, ocultando canales de noticias y redes sociales de la Tierra.

00.15. Una vuelta, una búsqueda rápida de las dos esquinas de la manta.

00.14. Con un giro veloz de muñecas, la manta se alzó como la vela henchida de un barco.

00.13, 00.12, 00.11. Tiró de la manta para alisarla, mientras se dirigía al otro lado de la cama, y giró sobre su eje hacia las pantallas en el lado opuesto de su habitación.

00.10, 00.09. Dramas de la Tierra, música grabada, literatura de la segunda era, todo guardado.

00.08. Una vuelta de regreso a la cama. Un grácil doblez en la manta.

00.07. Dos almohadas apiladas simétricamente contra la cabecera. Un movimiento con el brazo para sacar el cabello atrapado bajo la manta.

00.06, 00.05. Fue de un lado a otro, agachándose y levantándose, para recoger calcetines o cintas de cabello abandonados y echarlos por el conducto de renovación.

00.04, 00.03. Pasó rápidamente por los escritorios, recogió su único tazón, su única cuchara, su único vaso y un puñado de bolígrafos, y los depositó en el contenedor de la despensa.

00.02. Una pirueta final para revisar su trabajo.

00.01. Una exhalación complacida que culminó con una graciosa reverencia.

—La señora ha llegado —dijo la Pequeña Cress—. Solicita una extensión del brazo de acoplamiento.

El escenario, las sombras, la música; todo desapareció de los pensamientos de Cress, aunque en sus labios permaneció una sonrisa ensayada.

—Desde luego —gorjeó, moviéndose como un cisne hacia la rampa principal de abordaje.

Había dos rampas en su satélite, pero solo una se había usado. Ni siquiera estaba segura de que la entrada opuesta funcionara. Cada una de las anchas compuertas de metal se abría para dar paso a una escotilla de acoplamiento, y más allá, al espacio.

Excepto cuando había un módulo espacial estacionado allí. El modulo espacial de la señora.

Cress tecleó en el tablero de mando. Un diagrama mostraba en la pantalla el anclaje que se iba extendiendo, y escuchó un golpe sordo cuando la nave se acopló. Los muros a su alrededor se sacudieron.

Había memorizado los momentos que seguían; podía contar el número de latidos entre cada sonido familiar. El zumbido de los motores de la pequeña nave al apagarse. El sonido metálico del puerto al acoplarse y sellarse alrededor del módulo espacial. El vacío del oxígeno expulsado al espacio. El pitido que confirmaba que el paso entre los dos módulos era seguro. La puerta de la nave espacial al abrirse. Los pasos que resuenan en el corredor. El silbido del acceso al satélite.

Hubo un tiempo en que Cress esperaba calidez y amabilidad de su señora. Que quiz

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