Loading...

CRIANZA CON CIENCIA

Marcelo Lewin   Irene García  

0


Fragmento

Introducción

Cuando decidimos convertirnos en padres no somos conscientes de que ante nosotros se despliega un horizonte de más de veinte años en los que, prácticamente a diario, deberemos tomar muchísimas decisiones, algunas de ellas difíciles, relacionadas con la educación y la crianza de nuestros hijos.

Nos plantearemos si amamantar o no y, si optamos por lo primero, es posible que llegado el momento no podamos hacerlo, y entonces tendremos que encontrar una buena justificación para no sentirnos mal por el hecho de utilizar leche de sustitución.

Tal vez tomemos la firme decisión de dejar llorar al bebé en su cuna toda la noche en una habitación separada de la nuestra, o es posible que elijamos el colecho y dormir juntos hasta que ya sea difícil seguir llamando «bebé» al niño que, sin malicia alguna, duerme en diagonal y a pierna suelta de un tirón y nos impide descansar.

Nos preguntaremos si dejaremos ver la televisión a los niños y, si les dejamos, cuántas horas y qué tipo de programas. Y, lógicamente, tendremos que decidir qué dispositivos electrónicos podrán usar y si estos llevarán algún tipo de filtro o control parental.

Seguramente desearemos que nuestros hijos se eduquen desde pequeños en el ambiente más propicio posible y para ello buscaremos y seleccionaremos la mejor guardería, así como aquellas actividades extraescolares que nos aseguren que nuestros retoños triunfarán en la vida.

Estas son solo algunas de las decenas o centenares de cosas que hemos de decidir durante la crianza. Muchas veces escogeremos entre las distintas opciones sin ninguna reflexión previa, y otras quizá supongan no pocas discusiones de pareja.

¿Por qué nos preocupamos tanto? Porque pensamos que el futuro de nuestros hijos, en todos los aspectos, desde la carrera profesional que elijan y su desempeño en ella hasta las parejas que tengan, dependerá de cómo los hayamos criado.

¿Es realmente así? ¿Dejar llorar toda la noche a un bebé en la cuna alimenta sus miedos y lo hace sentirse tremendamente solo? ¿Esta forma de enseñarle a dormirse determina la calidad del sueño del futuro adulto? ¿Afecta incluso a cómo se enfrentará a una situación de incertidumbre o soledad?

A menudo decidimos influidos por la suposición de que sea lo que sea lo que determinemos tendrá consecuencias importantes para nuestros hijos. Y esta idea no es sino una mera suposición. No todas las decisiones que tomemos sobre el método de crianza afectarán a su desarrollo. De hecho, es posible que lo que afecte de verdad a su futuro sean no estas, sino aquellas que tomamos cuando elegimos la pareja con la que vamos a tener ese hijo. Es decir, lo más decisivo será la combinación de nuestros genes con los de nuestra media naranja.

Sin embargo, no solemos realizar un test genético a nuestra pareja ni analizar a sus familiares directos cuando decidimos compartir la vida con alguien y traer niños a este mundo. Más bien lo que hacemos es enamorarnos (o creer que lo estamos) porque justamente eso es lo que la sociedad espera de nosotros: que encontremos a nuestra pareja especial y nos casemos por amor.

El amor romántico, no obstante, es relativamente nuevo en la historia de la humanidad. Hasta hace bien poco, en términos históricos, eran las familias las que elegían las parejas de los jóvenes que alcanzaban la edad de casarse. Y es muy probable que lo hicieran para seleccionar aquellos «genes» que consideraban más convenientes para su descendencia. En otras ocasiones también buscaban asegurarse de que el entorno de aprendizaje de los futuros hijos estuviera en línea con las creencias y los valores de las familias que se unían.

Hoy podemos elegir la pareja que queramos, pero quizá no sería mala idea tener en cuenta sus genes, observando a sus familiares, lo cual nos permitiría pronosticar, con grandes posibilidades de acertar, algunos de los rasgos más característicos de nuestros futuros hijos.

Pero en lo que a la crianza respecta, muchas de las preocupaciones y desvelos de los progenitores resultan infructuosos, pues aquello que nos inquieta no podemos resolverlo o encaminarlo, sino que venía de serie en nuestros niños, está inscrito en los genes. Luchar contra lo que dicen los genes es un ejercicio inútil. La genética siempre prevalecerá.

Sin embargo, no todo es genético, y la manera en la que criamos a nuestros hijos y les enseñamos a enfrentarse al mundo sí tiene un impacto en su futuro. Ser conscientes de hasta q

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta