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CRóNICA DE JUFRé

Jerónimo Tristante  

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Fragmento

Año de nuestro Señor de 1302

Yo, Bernardo de Boussiers, comienzo a escribir a fecha de hoy el relato de las aventuras y las desventuras que viví al lado de mi señor, Berenguer de Jufré, con el que hace cuarenta y tres años trabé conocimiento. Desde aquel momento acontecieron sucesos tan extraordinarios que me veo en la obligación de reflejar por escrito lo sucedido, confiando en que este relato caiga en manos de gente bienintencionada que, espero, haga buen uso de lo que aquí se cuenta.

LYON

Es ésta una historia en la que aparezco como narrador y nunca como protagonista, por lo que intentaré hacer una semblanza del que fuera, sin dudarlo, el más famoso guerrero, el más justo patrón y el más noble señor que feudo alguno conoció por estas tierras. Y es ahora que me siento viejo y cansado, y que me encuentro reconfortado en la caridad que me prestan estos piadosos hermanos del Císter, que me encomiendo a Dios nuestro Señor, para que no me tiemble el pulso ni me falte el tino, para narrar los fabulosos acontecimientos acaecidos desde la llegada de mi señor don Berenguer de Jufré.

Y espero de corazón que si algún día mi amo leyese estas líneas desde el lugar en el que todos moraremos, supiera tener en cuenta el agradecimiento y la lealtad que este pobre hombre de Dios le profesará eternamente.

Si algún cristiano tuviese a bien leer estas memorias, encontrará mi nombre extraño a los usos de estas tierras, por lo que debo aclarar que nací lejos de aquí, en el confuso y revuelto reino de Francia del año 1215. Vine al mundo en una aldea cercana a Lyon, donde mi padre, hidalgo de nacimiento, había administrado las pocas tierras que antaño heredara de mi abuelo Roger de Boussiers. Era mi padre, Francisco, un hombre bueno y de recta conducta que murió a consecuencia de una refriega en una taberna en no muy claras circunstancias. Dejó a mi madre en difícil situación, pues mi hermano mayor era por aquel entonces un tierno infante. Debo hacer constar que mi nacimiento póstumo, doce meses después de este incidente, fue objeto de constantes habladurías en el vecindario. Habladurías que, por otra parte, mi tío abuelo, el párroco de la iglesia del cercano pueblo de Villefort, se encargó de acallar con firmeza y decisión. Este buen hombre consiguió cortar de raíz los chismorreos de las comadres, haciendo saber al vulgo en una homilía que en muchas ocasiones a lo largo de la historia se habían producido gestaciones extraordinariamente largas, sobre todo en mujeres que habían sido maltratadas por esta vida y que habían sido sometidas a situaciones de mucho sufrimiento.

Como mi tío abuelo, el señor párroco Bertrand Remi, era tenido por hombre de letras aparte de piadoso sacerdote, y se sabía en la comarca lo mucho que debía de haber sufrido mi madre por la muerte de su esposo, toda la comarca creyó a pies juntillas en la paternidad del citado Francisco de Boussiers, mi supuesto hacedor en este mundo, y les pareció hasta normal que mi madre hubiera sufrido una gestación tan desaforadamente prolongada.

Este hombre del clero, Bertrand, de extraordinario corazón y mejores sentimientos, apiadose de mi señora madre, su sobrina, y acogiola en su casa como ama de llaves o patrona, al abrigo de un parentesco que algunas voces disonantes y mezquinas ponían en duda en el pueblo.

Crecí feliz y despreocupado, sin faltarme ni las viandas, ni la instrucción que nos proporcionaba nuestro tío, tanto a mí como a los cuatro hermanos que mi madre alumbró después del pobre pecador que escribe estas líneas. Éramos, pues, seis hermanos.

Como era común, y lo sigue siendo, que muchos sacerdotes tomaran barragana, todo el pueblo se contentaba con la situación, y debo decir que el señor Bertrand nos trataba con la equidad de un buen progenitor. Incluso miraba como un padre a mi hermano Francisco, el único nacido en vida del marido de mi madre, que no era hijo del cura por tanto, y que como primogénito heredaría nuestro modesto blasón.

Quiso dómine Remi que yo siguiese estudios eclesiásticos, a fuer de conseguir una posición segura en una profesión que en este azaroso siglo se ha convertido en garantía de comer al menos tres veces todos los días. De manera que, a la tierna edad de siete años, me vi ingresado en el monasterio de nuestra Señora de la Esperanza, en el cercano Lyon. Allí aprendí, entre oraciones y duros trabajos en la cocina y el huerto, los cuatro latines que lleváronme posteriormente a alcanzar la condición de clérigo, si bien es cierto que debo reconocer que hoy en día una gran mayoría de los pastores de nuestra Santa Madre Iglesia son, por desgracia, analfabetos.

Y es en este mar de desconocimiento y profunda incultura donde tanto destaqué que fui recomendado por el prior al obispo, su eminencia Arnaldo Renau, que permitió que a la edad de quince años ingresara en el seminario del que salí ordenado sacerdote a los veintiuno.

A veces me he dado a pensar que fue el hecho de ordenarme tan joven el que ocasionó mi perdición, porque a fe mía que mi señor obispo obró quizá con ligereza al encomendarme como coadjutor al anciano capellán del convento de Santa Clara, donde un venerable sacerdote ejercía de pastor de un atribulado claustro de hermanas que curiosamente había permanecido sin mácula hasta la llegada del que escribe.

Y fue para mi desgracia que el capellán Marsens, que así se llamaba el santo pastor, enfermase a los dos meses de mi estancia en aquel bendito claustro, por lo que a petición de la madre superiora me vi en la obligación de sustituir a tan reconocido y virtuoso hombre de bien en la tarea de cantar a las monjas la misa diaria y, lo que fue peor, en el quehacer que causó el inicio de mis desgracias, la confesión de aquellas almas cándidas que apenas tenían ocasión de pecar apartadas del mundo como se encontraban.

Es por esto que nuestro Señor quiso que pese a la precaución del obispo, que colocome a la sombra de un hombre santo, viérame yo solo ante aquel rebaño, que debo confesar no resultó ni tan santo, ni tan piadoso como cabría esperar.

El lector debe entrar en conocimiento de que en aquella época era yo puro de corazón, criado en olor de santidad y conjurado como convencido adalid del amor a nuestra Señora y a la pureza y la castidad que se debe al ejercicio de mi oficio. No tenía sino pensamientos para la oración, el retiro y el ejercicio de mi ministerio, que con devota dedicación comencé a ejercer entre aquel rebaño que habíase visto privado de su pastor. No había en mi alma ni un solo pensamiento oscuro ni indigno, y era mi razonamiento de tal candor que incluso recordaba sin asomo de sospecha aquellos extraños castigos a que nos sometía el abad del monasterio cuando siendo aún púberes jovencitos nos llamaba uno a uno a su cuarto y, tras desnudarnos, procedía a lo que según él era un ejercicio de exorcismo en previsión de que el diablo pudiera hacerse con nuestras tiernas almas. Así de cándido llegué al seminario, y así de puro salí de él.

Y bien es cierto que el pulso de la sangre joven se apoderaba a veces de mí y de mi diabólico miembro, que me torturaba y que yo encontraba a la sazón inmenso y lleno de brío y furor. Y era en aquellos momentos de pánico cuando menos dudaba yo en el uso del cilicio y de la penitencia más dura y reconfortante.

Debo hacer constar, sin riesgo de faltar a la verdad, que en aquella época en que llegué al convento era yo joven de buen porte, de delgado talle, cabellos dorados y cara de ángel, y que gozaba de amplia y hermosa sonrisa plagada de dientes como perlas.

No, no crea el distinguido lector que peco de inmodestia. Esto no lo veía yo, pues tal era mi humildad entonces que no poseía ni un triste espejo en el que vislumbrar lo que según mi criterio podía ser pecado de vanidad, sino que esto era lo que me contaban algunas de las hermanas sobre mi aspecto de aquellos días.

Aspecto que nada tuvo que ver con el que luego me dieron, con el paso de los años, mi afición a la buena mesa y el sufrimiento causado por algunas purgaciones y enfermedades de las que adquieren los soldados en los descansos entre campaña y campaña.

Es menester decir que mi desembarco en aquel claustro y la sustitución de un capellán anciano, santo y duro por un joven sacerdote ingenuo y hermoso provocaron tamaño revuelo en aquel lugar de retiro que las consecuencias no dejaron lugar a que mi señor obispo se apiadara de mí.

Pareciéronme las confesiones de aquellas monjitas muy dulces en principio, pues confesaban como pecados algunas pequeñas faltas que a mis ojos no eran sino muestras de la santidad de aquellas mujeres de Cristo. Pero, poco a poco, el tono de algunas confesiones tornose menos trivial, y encontreme escuchando faltas plenas de pensamientos impuros que, si bien había escuchado en mujeres del pueblo llano, nunca imaginé que pudieran darse en una monja.

Es necesario comprender que algunas de aquellas hermanas eran mujeres de mi edad o más jóvenes incluso que habían tomado los hábitos en su mayoría no por verdadera vocación, sino por decisión paterna o familiar, o a veces huyendo del hambre.

Es de esta manera que en un momento me vi rodeado de incendiarias confesiones que describían fantasías de hembras en celo, poseídas pensaba yo, hembras que terminaron identificando a un servidor como el artífice y actor de aquellos sueños y elucubraciones.

Al principio yo salía corriendo del convento y me retiraba espantado a la soledad de mi cuarto, lo que creo que excitaba más a aquellas otrora santas damas. Pero mi juventud comenzaba a imponerse y descubrí que en la soledad de mi lecho muchas noches me despertaba un sudor frío, algo extraño, una pasión escondida que me llevaba a recordar aquellos cálidos pensamientos que las hermanas me habían confesado durante el día.

En aquellos momentos de debilidad, me alegraba de que el sacerdote que atendía a un claustro de monjas de clausura estuviera obligado a vivir extramuros, porque sentía que en el caso de haberme visto en esos instantes dentro de aquel sagrado recinto, me habría perdido para siempre y habría condenado mi alma al fuego eterno. O eso pensaba.

Pero la cuita que me preocupaba era que aquellas insinuaciones, aquellas notas que me pasaban bajo la rejilla del confesionario, aquellos pensamientos impuros que más de una me dedicaba minaban mi voluntad como el agua del mar horada la más dura de las rocas.

Lentamente y un día tras otro, mi férrea determinación iba cediendo y dejando paso a la vez al hombre que llevaba dentro.

Y es así que llegó un día en que, tras tres meses de achaques del padre Marsens, la madre abadesa mandome un aviso al confesionario. Una hermana, sor Mariana, hallábase enferma en su lecho, y como llevaba ya cinco días sin confesar, solicitaba mi presencia en su celda a fuer de deshacerse del lastre de sus pecados.

Me vi de esta manera encaminándome a la perdición, porque al acabar con las confesiones del día tuve que acudir a la celda de Mariana, donde la madre abadesa nos dejó solos para respetar el secreto de confesión que comanda nuestra Santa Madre Iglesia.

Aquello resultó ser, en efecto, una treta de Margarita, que así se llamaba la moza antes de profesar obligada por su padre, que habíala sorprendido dándose a tres braceros en el granero de su propia hacienda.

No pude resistirme sino unos cinco minutos, que fue el tiempo que tardé en caer en pecado mortal con aquella hija de Venus. Ella llevaba tres años sin catar varón y yo toda mi vida sin conocer mujer, de manera que deben hacerse una idea vuesas mercedes de la virulencia de aquel nuestro primer encuentro.

A partir de ahí, comprobé que el camino de la perdición de un hombre es llano y cuesta abajo. Y más si de las proximidades emanan unos cantos de sirena que como a un Ulises cualquiera no te permiten reencontrar el buen camino perdido ya para siempre.

Es por esto que tras unos brutales remordimientos inicia

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