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CUANDO APARECEN LOS HOMBRES

Marian Izaguirre  

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Fragmento

 

—Ya está todo.

Natalia acababa de entrar en la cocina. Llevaba todavía el uniforme de recepcionista: falda ajustada, chaqueta negra con un ribete rojo en el bolsillo, impecable, como siempre. Se había soltado el pelo y parecía contenta.

—¿Los muebles de la terraza también?

—Sí, Marçal los ha guardado en el cobertizo.

—Los habrá tapado con la lona, supongo…

—Sí, tranquila. Todo quedará en orden.

Teresa continuó rellenando las tartaletas con la muselina de erizos que el chef había dejado en la nevera la noche anterior.

—¿Te ayudo?

—Claro.

Natalia se acercó y al contemplar la muselina esbozó una sonrisa afectuosa, breve.

—¿La ha hecho Pierre?

—Sí. Y está perfecta, mira.

Teresa sostuvo la cucharilla de rellenar en alto. No se volcó una sola gota sobre la fuente.

—Es un buen chef —admitió Natalia—. No le costará ningún esfuerzo encontrar un nuevo trabajo.

Teresa le acercó la bandeja con las tartaletas a Natalia.

—Sigue tú. Voy a ver cómo va el fuego.

La recepcionista miró a su jefa de soslayo. Una mujer madura, de cuarenta y tantos, pero con una belleza atemporal que seguramente venía de su hermosa melena rubia y de su piel clara, casi transparente; o del cuerpo, asombrosamente estilizado, de brazos largos y cintura breve, algo que envidiaba con todas sus fuerzas. Pero Natalia sabía muy bien que la belleza de Teresa tenía un componente secreto que se proyectaba desde el gesto, ensimismado y distraído como el de una adolescente, y que se sostenía en difícil equilibrio: un comportamiento siempre afectuoso y aquella actitud distante que a veces la volvía inaccesible. Le pareció que estaba cansada. Iba a preguntarle si había dormido mal, cuando vio que se abría la puerta de la cocina.

—¿Os ayudo?

Pierre, el joven chef, sí se había cambiado de ropa. Su pelo mostraba señales de haber sido cuidadosamente retocado con una capa de gomina. Se acercó, a pesar de la mirada condescendiente que le habían lanzado las dos mujeres, y cogió el recipiente donde había dejado preparada la muselina de erizos. La inclinó con habilidad hacia un lado y luego hacia el otro.

—Conserva buena textura, ¿no?

Natalia le quitó el recipiente de las manos y siguió rellenando una corta hilera de tartaletas, mientras le apartaba con un gesto del codo.

—Sal de aquí, la jefa ha dicho que hoy tienes prohibido entrar en la cocina.

Natalia sonrió cuando, a pesar de todo, Pierre se acercó al fogón, abrió la cazuela industrial en la que hervían a fuego muy lento nueve aves de mediano tamaño, y metió una cuchara en la salsa.

—Está divina, jefa —dijo sin poder ocultar la admiración que le producía—. Un día de estos tengo que robarte la receta…

Teresa le apartó del fuego.

—¿Quieres irte de una vez?

Agitó la cazuela siempre para el mismo lado, en sentido inverso a las agujas del reloj. Los pichones habían mermado y la salsa estaba ahora más espesa.

—No, hasta que me cuentes el secreto de la salsa de la reina. Nunca me has explicado por qué la llamas así.

Teresa apagó el fuego y se quitó el delantal. Llevaba una blusa de seda cruda y se había recogido las mangas por encima del codo.

—Ni lo pienso hacer ahora, ¿qué te crees?

—Venga, jefa, sé un poco complaciente, que acabas de despedirme…

Teresa se rio sin poder evitarlo.

—Yo no te he despedido; hemos tenido que cerrar temporalmente, eso es todo. Y sabes muy bien que cuando esta dichosa crisis pase, te mandaré buscar y te traeré de nuevo a Port de l’Alba, aunque tenga que recorrerme, una a una, todas las estrellas Michelin.

El chef agitó la cabeza varias veces, aceptando a regañadientes que la receta de la salsa siguiera fuera de su alcance. Lo cierto es que, si hubiera querido, podría haber descifrado los ingredientes y adaptarla a su gusto, pero no le parecía bien; era como robarle a un hijo la foto de su madre. Sabía que esa receta llevaba en manos de la familia de Teresa casi cien años y que seguramente cada generación había añadido, o quitado, ingredientes a su antojo, que la salsa se había ido acoplando a los tiempos como los platos de la mejor cocina tradicional. Además, cada vez que lo intentaba había algo que se le escapaba, aunque no supiera decir qué demonios era.

Se acercó a su jefa y la besó en la frente. Teresa sintió una ligera conmoción. De repente, el mar abrupto, las mareas, el imprevisible oleaje, los charcos retenidos en la arena fría. En ese paisaje líquido, agreste y desalentador, su yo verdadero luchaba por salir a flote. ¿Por qué ahora?

—Bueno, al menos hemos vaciado los congeladores —comentó Pierre con un gesto que pretendía ocultar lo vulnerable que se sentía al despedirse del hotel Arana. Se acercó al fuego e introdujo un pincho de madera en uno de los pichones—. Están en su punto, ¿no?

—Yo me encargo, no te preocupes —dijo Teresa con un tono que no admitía réplica—. Y ahora sal de la cocina, por favor.

Pierre salió a regañadientes. Al otro lado del ojo de buey se veían las cabezas de los empleados del hotel, cortadas, como reyes decapitados o prohombres en un viejo billete de cien pesetas. Los últimos huéspedes habían dejado el hotel un par de días antes. Cuarenta y ocho horas después todo estaba recogido, las mesas del exterior, las vajillas y cristalerías, las sábanas blancas y las almohadas de pluma. Teresa había ordenado montar una gran mesa junto al ventanal que daba al cabo para despedirles a todos como se merecían. Y había elegido preparar ella misma el plato principal: pichones en salsa de la reina. Llevaba dos días haciéndolo. El caldo con las carcasas y los tallos de cebolletas, con el laurel y el atado de hierbas, con los despojos. Los pichones embebidos en coñac, la salsa con el toque de azafrán… Ahora todo se estaba acabando. Los últimos siete años de su vida iban a concluir con aquella comida.

—¿Qué harás a partir de mañana? —preguntó Natalia cuando se quedaron solas de nuevo.

—No lo sé. Me quedaré aquí una temporada. Creo que solo quiero leer, pasear y dormir.

—¿No irás a Perpiñán?

Teresa alzó la barbilla instintivamente. La sensación de tener una aguja clavada en un nervio volvió, como tantas otras veces, doliendo de aquel modo incomprensible, complicándolo todo.

—No, creo que no.

Natalia guardó un significativo silencio.

—Se ha acabado, ¿verdad? —dijo al fin.

Teresa asintió.

—¿Por qué? ¿Su mujer se ha enterado?

—No es eso —respondió con apatía—. Él no la va a dejar y yo no quiero que la deje.

—¿Entonces?

—Se ha terminado, eso es todo. Hay hombres que llevan la fecha de caducidad escrita en la frente.

Natalia no insistió. Había asistido a esa misma situación demasiadas veces y no conseguía entender por qué una mujer como Teresa era incapaz de encontrar un hombre con el que compartir su vida. «Cuando se agota el deseo —le había comentado Teresa un día—, no nos queda nada.» Ni a ellos ni a mí. Natalia suspiró decepcionada.

—Sigues enamorada de un fantasma. Ninguno conseguirá estar nunca a su altura, ¿verdad?

Teresa pensó en Mikel. Su rostro joven, secreto, sus manos anchas y fuertes. Pensó en las mareas, que dejaban al aire playas sumergidas y arrastraban cualquier vestigio de voluntad. Era cierto. Nadie podría.

—Por Dios, Teresa —dijo Natalia—, no puedes seguir tan sola.

Teresa le dio la espalda.

—Sí puedo —respondió medio tono por debajo de su voz normal. Entonces se volvió. Natalia vio cómo le brillaban los ojos. Azules y húmedos—. Nunca he estado de otro modo.

A veces no conseguía entenderla. Le daba miedo aquella frialdad premeditada, porque sabía que no era real.

—Traeré el vino, si te parece.

Teresa asintió sin añadir nada más. Sacó la llave del bolsillo y se la entregó.

—Sube seis botellas de ese Gaillac de 2001. Que te ayude Pierre.

Vio a través del ojo de buey de la cocina cómo la recepcionista hacía un gesto al chef y cómo Pierre acudía solícito. Era tan evidente que Teresa esbozó una sonrisa. No pudo evitar imaginarlos en la bodega besándose como dos adolescentes. Por un instante sintió el olor de sus salivas, mezclándose, pasando de una lengua a la otra, notó los dedos en un costado que no era el suyo y sin embargo lo era, y creyó que la aguja estaba clavada esta vez en el bajo vientre.

No podía. Estaba demasiado agotada para volver

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