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CUANDO HABLA EL CORAZóN

Viola Shipman  

4


Fragmento

 

4 de julio de 1953: Lolly

Las luciérnagas iluminaban el paso de piedras que conducía hasta el lago de Lost Land.

—¿Lo ves, Lolly? —dijo mi madre desde la penumbra—. La madre naturaleza nos anuncia los fuegos artificiales.

Sonreí e inspiré.

Todo mi mundo olía a verano: crema solar y bengalas, barbacoas y pinaza.

Mientras caminábamos hacia el embarcadero, las libélulas revoloteaban junto a nuestros oídos y parecía que nos hubieran traído una orquesta de violines solo para nosotras.

Acababa de soplar las velas del pastel de mi décimo aniversario y mi padre estaba enfrascado en preparar una hoguera para hacer s’mores.[1] Ya me había dado su regalo, mi primera caña de pescar para que pudiéramos pasar los domingos juntos, y ahora era el turno del de mi madre. Y ella siempre me lo entregaba al final de nuestro pequeño ritual del embarcadero.

Casi había anochecido, y al buscar su mano mientras caminábamos, nuestras muñecas se chocaron y los amuletos tintinearon. Me entró la risa y empecé a palparlos intentando distinguirlos, como de costumbre, por el tacto en lugar de la vista. Era un juego que me había inventado hacía algunos años.

—¡Mi patuco! —exclamé con emoción.

—Para tener una vida repleta de niños sanos y felices —dijo mi madre.

—¡Una llave! —grité.

—Porque tú me liberaste el corazón.

—¿El copo de nieve?

—Sí —dijo—. Para convertirse en una persona polifacética.

Mis dedos iban saltando de uno a otro y mi madre tenía una historia y una explicación para cada uno. Yo los conocía casi todos de memoria, así que daba vueltas al brazalete hasta llegar a mis favoritos, con los que siempre jugueteaba: el piano de cola que tenía una tapa que se abría y se cerraba, la tortuga con ojos verdes de pedrería que movía la cabeza adelante y atrás, el pozo de los deseos con su manivela de la verdad.

—¡Por una vida en la que reine la belleza, llena de decisiones meditadas y acertadas y en la que todos tus deseos se hagan realidad!

Cuando nos acercábamos al final del embarcadero pasé los dedos por un amuleto que no reconocí.

—¿Y este cuál es, mami? —pregunté—. No lo reconozco.

—Este…

Mi madre vaciló y su voz se quebró.

—¿Estás bien?

—Es mi mecedora —explicó.

—¿Para qué sirve?

—Es para… —de nuevo se quedó callada, e intentó recobrar el aliento como si acabara de nadar un largo trecho en el lago— tener una vida larga y llena de salud.

Nos sentamos al borde del embarcadero y metimos los pies en el agua justo cuando los fuegos artificiales comenzaron.

—¡Ooooh! —dije por lo fría que estaba el agua y por los cohetes—. ¡Uuaaauuu!

Mi cumpleaños es el 4 de julio, como el aniversario de nuestra nación, de modo que soy hija del verano.

—¡Todos esos fuegos son para ti! —me susurraba siempre mi madre mientras las explosiones retumbaban en el cielo y reverberaban en el agua—. ¡El mundo celebra que eres única!

Cada año, desde que tengo memoria, mi madre me regalaba un amuleto en las fechas señaladas: Navidades, viajes, logros escolares. Y en cada cumpleaños le añadía un amuleto nuevo a mi pulsera.

Aquel día no cambió la tradición.

—¡Feliz cumpleaños, Lolly! —me dijo abrazándome y besándome en la frente—. ¿Estás preparada para recitar nuestro poema?

Negué con la cabeza.

—¿Por qué no?

—¡Mamá! Ya soy muy mayor para eso.

—Nunca serás demasiado mayor. ¡Venga, lo hacemos juntas!

Este amuleto

es para mostrarte…

A mi madre se le iluminó el rostro en cuanto empezó a recitarlo. De repente, era como tirarse al lago en un día caluroso y no pude resistirme. Así que dije con ella:

lo mucho que te he querido

a cada paso del camino.

 

Y cuando abras

una de mis cajitas,

recuerda cómo empezó todo:

contigo y conmigo.

Mi madre me abrazó, radiante de felicidad.

—Aquí tienes —me dijo mientras se sacaba una cajita de la chaqueta.

La abrí y, como de costumbre, había un amuleto de plata encima del pequeño cojín de terciopelo.

—¿Qué es, mami? —pregunté entornando los ojos en la oscuridad.

—Es la mitad de un corazón. Por una vida en la que nunca nos separemos.

Lo saqué de la caja y lo observé mientras rozaba con los dedos su delicado contorno.

—¿Y la otra mitad?

—Aquí —respondió enseñándome su pulsera, tan recargada de amuletos como nuestro árbol de Navidad de adornos—. Y también aquí. Siempre formarás parte de mí.

Sonreí y me incliné sobre ella. Era cálida, segura y olía a una mezcla de peonía y crema solar.

—Mira, cuando nuestros amuletos se juntan —continuó, uniendo las dos mitades del corazón— se lee MADRE E HIJA. Se completan el uno al otro. Así que, pase lo que pase a partir de ahora, yo siempre formaré parte de ti y tú siempre formarás parte de mí. ¿Me prometes una cosa?

—Lo que quieras, mami.

—Prométeme que contarás nuestra historia y que siempre serás tú misma.

—Te lo prometo, mami —respondí.

Mi madre sonrió, se quedó contemplando el lago mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo nocturno y me estrechó contra ella todavía más fuerte, rodeándome con el brazo.

—Siempre estaré contigo, Lolly. Sobre todo cuando lleves tu pulsera. Los recuerdos de nuestra vida juntas permanecerán en ella para siempre. Eso nadie podrá arrebatárnoslo jamás.

Me besó en la mejilla al compás de los cohetes que estallaban sobre nuestras cabezas.

—Siempre te querré, Lolly.

—Yo también, mamá.

Una ráfaga de aire atravesó el agua y llegó hasta el borde del embarcadero para hacer tintinear nuest

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