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CUANDO IRRUMPE LO EXTRAORDINARIO

Erin Lange  

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Fragmento

* «Gran feo» en inglés. (Todas las notas del libro son de la traductora.)

* «Verdad o consecuencias.»

* «Aburrido.»

* «Villaidiota.»

* «Puta.»

* «Pájaro-en-mano.»

* «Gusanos.»

* «Villanieve.»

* «Mierdez.»

* «Chupa sapo.»

*«Villalatazo.»

† «Pistolero capullo.»

* «Maíz quemado.»

* «Charco valiente.»

* «Triunfar.»

* «Éxito.»

* «Coito.»

* «Villa de las vírgenes.»

* «Teta de azúcar.»

† «Abierta de piernas.»

† «Lamecoños.»

* «Dos pistolas.»

* «Nudillos ensangrentados.»

* «Nunca fracasas.»

* «Calcetines.»

* «Descalzo.»

* «Palmeras del infierno.»

* «Villalocos.»

* Nombre original de la rana Gustavo de los Teleñecos.

* «Dos pistolas.»

* «Ceja de mono.»

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ERIN JADE LANGE

Cuando irrumpe lo extraordinario

Traducción de Rosa Pérez Pérez

019

www.megustaleerebooks.com

Para Matt, quien, de algún modo,

me mantiene con los pies en el suelo

y al mismo tiempo me permite volar

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La primera vez que vi a Billy D. yo tenía un pie sobre el cuello de un chico y una mano en mi bolsillo. Él estaba parado al otro lado de la calle, mirando sin esforzarse en disimular, mirando nada más, sin decir una palabra, sin parpadear siquiera.

—¿Qué miras? —grité.

Él se quedó boquiabierto, pero no respondió. Tampoco se fue; solo siguió mirando.

Oí un gorgoteo en la garganta que tenía debajo del pie y eché una ojeada al chico. Parecía que le costaba respirar, pero aún no se había puesto rojo, de modo que volví a prestar atención al otro.

—¡Lárgate! ¡O luego vas tú!

Fue una amenaza bastante vacua. Incluso desde el otro lado de la calle, supe, por su expresión vacía, la mandíbula floja y su extraña forma de encorvar la espalda, que era distinto; probablemente estaba en educación especial. Y yo no pegaba a los chicos como él.

Principios, ¿sabéis?

—Eh, ¿eres sordo o qué? ¡He dicho que te largues!

Él vaciló; echó a andar primero hacia la izquierda y luego hacia la derecha. Nos miró una vez más a mí y al chico preso bajo mi bota antes de clavar los ojos en la acera y alejarse pisando fuerte.

«Bicho raro.»

Cogí un chicle con la mano que tenía en el bolsillo. Me lo metí en la boca y volví a centrarme en la tarea que me ocupaba. Bajo mi pie, rodeada de tierra y grava, la cara definitivamente se estaba poniendo un poco roja. Levanté el pie y di una patada a una piedra, que golpeó al chico en un hombro y rebotó. Le debió de doler, porque hizo una mueca mientras respiraba de forma entrecortada.

—¿Piensas que eso ha dolido? Pues no es nada comparado con lo que le haré a tu coche si vuelves a meterte conmigo.

El chico aún no había recuperado la voz, por suerte para él, porque probablemente era tan tonto que habría dicho algo que me cabreara todavía más. Se sentó en la acera con dificultad y gateó hacia la calle, donde estaba su Mustang rojo, aún con la puerta abierta. Era un modelo antiguo restaurado, de la época en la que los Mustang todavía molaban. Estaba a media acera cuando grité:

—¡Y más vale que encuentres otro camino para ir al instituto! Si vuelvo a ver tu coche en esta calle, te romperé el parabrisas además de la cara.

El chico se sentó por fin al volante y se volvió justo el tiempo suficiente para fulminarme con la mirada antes de cerrar de un portazo. Yo le respondí alzando el puño y, aunque no me había movido de la acera y era imposible que lo pudiera tocar, le oí echar los seguros. Tuve que reírme.

«Gallina.»

El Mustang dobló la esquina a toda velocidad y se perdió de vista. Me rasqué las palmas de las manos por inercia, pero no era necesario. El picor se había desvanecido junto con el coche.

Siempre empezaba así, con el picor. Lo notaba en el centro de las palmas, un cosquilleo que no podía pasar por alto. Si intentaba hacer caso omiso, se extendía como una telaraña, un hormigueo que se propagaba por toda la mano hasta las yemas de los dedos. Cerrar esos dedos en un puño y proporcionar a ese puño una superficie contra la que estrellarse era la única forma de combatirlo.

Nunca sabía qué iba a desencadenarlo. Podía ser tan sutil como ver que un compañero ponía los ojos en blanco cuando yo daba mi opinión en clase o tan obvio como el hecho de que un gilipollas montado en un Mustang rojo bajara la ventanilla y me preguntara por qué no tenía dinero para comprarme un coche. Con respecto a lo primero, apenas podía hacer nada: tal como estaban las cosas, me faltaba muy poco para que me expulsaran del instituto. De no ser por mis buenas notas, ya me habrían dado la patada. Pero, en el segundo caso, ninguna cosa me impedía sacar al chico del coche a rastras para darle una lección de humildad en la acera.

Me habría pasado más con el imbécil del Mustang, pero el bicho raro de la otra acera me había distraído. Sus ojos, rasgados y redondos a la vez, me habían desconcertado por alguna razón que se me escapaba. Me había sentido juzgado por ellos, una sensación que habitualmente hubiera hecho que me empezaran a picar las palmas. Pero, en el caso del chico de la boca floja, me habían entrado ganas de rascarme la cabeza, no las manos.

El mierda del Mustang rojo tenía razón en una cosa. ¿Qué chico de dieciséis años que se precie no tiene coche?

Eché a andar por la acera arrastrando los pies, apartando piedras a mi paso. No era el único alumno de penúltimo año del instituto Mark Twain que no tenía coche, pero sí era uno de los pocos. Aunque Columbia, Missouri, no era precisamente la patria de los ricos y famosos, casi todas las familias podían ahorrar al menos unos pavos para comprarse un cacharro.

Doblé la esquina en la dirección contraria a la que había tomado el Mustang. Los que tenían c

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