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CUANDO LA SOCIEDAD ES EL TIRANO

Javier Marías  

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Fragmento

Nota del editor

Los noventa y seis artículos reunidos en este volumen se publicaron en el suplemento dominical El País Semanal entre el 5 de febrero de 2017 y el 27 de enero de 2019. Para la recopilación de los dos últimos años de labor columnística, en esta ocasión, Javier Marías ha elegido la pieza «Cuando la sociedad es el tirano» como título del libro. En ella, tirando del hilo de una cita del pensador del siglo XIX John Stuart Mill, el autor se pregunta qué es hoy realmente la «opinión pública» representada por las redes sociales, a priori tan democráticas, puesto que cualquiera de nosotros puede acceder y participar; unas redes muy cuestionadas en los últimos tiempos por la existencia de bots y la fabricación interesada a nivel local y global de fake news. Esta es una de sus conclusiones: «En suma, detrás de lo que hoy se considera la sacrosanta “opinión pública”, a menudo no hay casi nadie real ni reflexivo, sólo unos cuantos activistas que saben multiplicarse, invadir el espacio […]. Cualquier sociedad es por definición manipulable, y en muy poco tiempo se le crean e inoculan ideas inamovibles».

Marías, que sí es alguien real, se esfuerza incansablemente por reflexionar acerca de toda clase de asuntos y por que los lectores, a su vez, también lo hagan, como se comprueba en cada artículo de Cuando la sociedad es el tirano. Sin duda, es muy consciente de los males que nos acechan: la demagogia, los extremismos, el peligro siempre latente de los sistemas totalitarios y los tics dictatoriales; al revelarlos, nos previene de los «vientos de autoritarismo», por decirlo con sus palabras, y de su contagio. No se engaña sobre las dificultades que conlleva su propósito, consistente en «intentar pensar lo no tan pensado», tal como escribe en la columna «También uno se harta». Y se lamenta: «Pero el pensamiento individual está hoy mal visto, se exigen ortodoxia y unanimidad».

Se lamenta, sí, aunque no se rinde ni da la batalla por perdida; no renuncia a su libertad personal, «la libertad de expresión y de creación», como expone en la pieza titulada «Contra el arte». Tampoco renuncia a su proverbial sentido del humor, a la guasa y, cuando lo considera oportuno, a la exageración, pues como él mismo reconoce en uno de los artículos de este libro, «bueno, si uno no exagera un poco no se divierte».

Hay diversión en Cuando la sociedad es el tirano, por ejemplo en el texto «Andanadas contra el diccionario», que relata una sesión de trabajo en la Academia. Además, hay en el libro todo un desfile de personajes: Trump y sus dislates, al poco de haber sido elegido presidente de Estados Unidos, y lo que ha venido después; la «incompetente y confusa» Theresa May, en las secuelas tras la votación del Brexit; la historia singular de Hugh Oloff De Wet, y muchos más. Javier Marías también le dedica una columna a su abuela Lola, nos habla de su madre Lolita y, en el artículo que cierra este volumen, titulado «Lo que nos hacen creer que nos pasa», deslumbrante en tantos sentidos, aborda la relectura de un ensayo de su padre, el filósofo Julián Marías, sobre la Guerra Civil.

Los asuntos que el escritor trata en sus columnas dominicales son asimismo muy variados, pues no siempre se ocupa de cuestiones estrictamente políticas; así, entre otros, hay artículos sobre los indudables beneficios de las vacunas, el fútbol, el movimiento MeToo, las películas clásicas de romanos (y algún abominable remake), los terribles asesinatos machistas, y que se haya dejado de hablar de las consecuencias sociales de la crisis económica mientras el problema de Cataluña se enquista y muchos han sacado las banderas al balcón.

¡Oigan!

Como quien oye llover. Dios te oiga. Oye tú, ¿qué te crees? Oiga, ¿me permite una pregunta? Oído (es decir, enterado). Oyó las campanadas del reloj, eran las dos. No quiero oír una queja más. Oí un ruido espantoso. He oído que tienes novia. Oír, ver y callar. Se oyeron disparos. Como lo oyes. No oigo bien con este oído. ¡Oiga usted!

Todas estas expresiones están a punto de desaparecer o van desapareciendo de nuestra lengua. El porqué es un misterio. Resulta difícil determinar cuándo los cursis horteras (no son términos excluyentes, sino que con frecuencia van juntos) decidieron que el verbo «oír» era «malsonante» o por lo menos no «fino», algo tan absurdo como dictaminar lo mismo respecto al verbo «ver». A diferencia de cien mil otras aberraciones, esta no procede del inglés mal traducido: en esa lengua aún se distingue perfectamente entre «to hear» y «to listen», «oír» y «escuchar» respectivamente. Tampoco es un catalanismo contagiado por los muchísimos catalanes con protagonismo en la radio y en la televisión nacionales. Ellos, en su lengua, diferencian y no confunden «sentir» y «escoltar». ¿Qué ha sucedido para que en el español de hoy todo se «escuche», hasta las cosas más grotescas y menos escuchables? Si me ocupo de la cuestión es, lo confieso, porque me saca especialmente de quicio. La suplantación se da por doquier: en los telediarios, en las películas y series (teóricamente escritas por guionistas que deberían conocer mínimamente su lengua), en el habla de la gente, hasta en novelas y en este diario, que en tiempos remotos presumía de estar escrito correctamente. (Hace poco leí en un titular que no sé cuántas personas «atenderán a la toma de posesión de Trump», en vez de «asistirán», que es lo que significa «to attend» en el inglés que ya pocos traducen; la mayoría se limita a trasponerlo tal cual, aunque incurra en disparates.)

Oigo o leo continuamente incongruencias de este calibre: «Escuché disparos». «Se escuchó una explosión tremenda.» «El teléfono va mal, no te escucho.» «Me seguían, o al menos escuché pasos a mi espalda.» «Se escucharon las campanas de la iglesia.» «No te he escuchado llegar.» «Sin querer, escuché lo que le decías.» «Se escucha un gran alboroto.» Y quizá mi favorita: «Llego tarde porque no he escuchado el despertador» (oída, lo juro, en una veterana serie de televisión). Da vergüenza explicar cosas obvias, pero es el signo de nuestros tiempos. (Tiempos inútiles, sin interés y sin avance, si hay que repasar el abecedario continuamente y en todos los ámbitos.) «Oír» y «escuchar» se pueden usar indistintamente en algunas —pocas— ocasiones. Se puede oír o escuchar música, la radio, una conferencia, un discurso. Pero ni siquiera en esos casos los dos verbos son absolutos sinónimos. «Escuchar» implica siempre duración y deliberación. Es decir, que lo escuchado no sea efímero y que por parte del oyente haya voluntad de atender, de prestar cierta atención, aunque sea distraída. «Oír» no implica por fuerza ninguna de esas dos cosas, más bien presupone involuntariedad. Las explosiones, los tiros, los ruidos inesperados, los alaridos, el despertador, así pues, no se escuchan, sino que se oyen. Su sonido alcanza los oídos, independientemente de que éstos quieran o no oírlo. La distancia entre los verbos es parecida (no idéntica) a la existente entre «ver» y «mirar». Nadie diría (aún): «Ayer miré a Jacinto entrar en un bar de putas», sino «Ayer vi…». La acción de entrar es muy breve, no puede «mirarse». Tampoco es que estuviéramos apostados a la puerta del bar para controlar quiénes entraban, sino que por casualidad —no intencionadamente— vimos a Jacinto en mal momento. De la misma forma, asegurar que se «escucharon» petardos, o pasos, o voces, es una sandez y una cursilería.

Hace ya unos veinte años escribí un artículo titulado «Breve y arbitraria guía estilística para detectar farsantes».[1] Mencionaba expresiones o latiguillos que a mí —reconocía que mi subjetividad mandaba— me servían para saber en seguida si quien escribía o hablaba era un impostor, un mentecato, un cantamañanas o incluso un hipócrita. Al cabo de tanto tiempo, quizá debería actualizar esa «guía» algún domingo. Vaya hoy por delante mi desconfianza hacia cuantos utilizan «estar en sus zapatos», que han copiado literalmente de las novelas y series americanas porque les

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