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CUANDO ME MIRAS ASí (NUNCA ES TARDE PARA EL AMOR 2)

Mar P. Zabala  

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Fragmento

Capítulo 1

Sonia se miró indecisa. El vestido dorado había sido un capricho, un impulso. Lo había visto puesto en un maniquí en el escaparate de una tienda en la que no solía comprar y se había imaginado llevándolo. No lo dudó, entró y se lo probó. Bajo la luz favorecedora de los focos del probador, la imagen que le había devuelto el espejo la había terminado de convencer. Las tres cifras que figuraban en la etiqueta no habían sido óbice para desistir de su idea. Nunca había adquirido nada igual, pero tampoco la invitaban a inauguraciones exclusivas todas las semanas. ¡No iba a ir con cualquier trapito de los que colgaban en su armario! Por lo general frecuentaba las franquicias de tipo medio que llenaban las calles de la ciudad y los centros comerciales. Además, gracias a sus genes de herencia materna, su figura no había variado con el paso de los años. Podía comer todo lo que quisiera sin engordar ni un gramo, pero sabía que debía cuidarse o tanto hidrato de carbono y tanta grasa se notarían en su salud a largo plazo.

Sin embargo, a una hora de la cena en el restaurante, en la intimidad de su dormitorio, con el pelo recogido en un elegante moño del que salían unos mechones que de forma estratégica realzaban el óvalo de su cara y con un maquillaje más sofisticado del que solía llevar, empezaba a pensar que tal vez fuera un pelín demasiado.

No es que la tela se ajustara a su cuerpo moldeando y resaltando sus curvas, es que parecía que fuera una segunda piel dorada que le recordaba a Charlize Theron en un conocido anuncio de perfumes. Unas sandalias de doce centímetros de alto y un abrigo de piel que tenía en el armario, fruto de otro momento de locura consumista, que rara vez se ponía, completaron su atuendo.

A la hora de maquillarse había sacado las paletas buenas, esas que guardaba para las grandes ocasiones y que para su trabajo diario en el colegio no utilizaba. Había comenzado dándose un primer para fijar todo lo que se iba a aplicar después. A continuación, una suave base, de un delicado tono nude y unos polvos compactos para disimular brillos molestos. Al colorete le habían seguido el contorno y el iluminador. Un encantador dúo que había terminado engrosando su colección solo por el precioso estuche nacarado con forma de bolsito en el que venían. Satisfecha por el resultado, había llegado el momento de prestar atención a los ojos. Una paleta de sombras irisadas, que solía usar en Nochevieja, había sido su opción esa noche junto con una máscara de pestañas que prometía un efecto volumen mágico. Por último, los labios. Eso era lo único que tenía claro desde el principio: rojos, a juego con la manicura perfecta que le habían hecho en la peluquería. Voluptuosos y jugosos, gracias al gloss que se guardó en su clutch, por si lo necesitaba más tarde para darse un retoque. En resumen, quince minutos para vestirse, pero una hora y media para maquillarse. Sin contar la otra hora que había pasado en el salón de belleza para peinarse y arreglarse las uñas. Esperaba que mereciera la pena tanto esfuerzo. Quizás se había pasado un poco, pero había empezado a ilusionarse y se había dejado llevar. Su amiga le había comentado que iba a haber prensa, puesto que estaba prevista la asistencia de gente importante y famosa, en mayor o menos medida, y, si por el azar su rostro salía en alguna foto, no quería lucir pálida y ojerosa.

Había quedado con Laura y con Marcos en la puerta del restaurante. Tenía ganas de conocer a aquella pandilla de frikis de las series que formaban el grupo de Facebook, Seriesencasa, del que su íntima amiga era miem

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