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CUANDO PASE LA TORMENTA

Lucía De Vicente  

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Fragmento

1.ª edición: marzo, 2015

© 2015 by Lucía de Vicente

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B 5732-2015

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-045-1

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Para los hombres de mi vida:

Javier, mi hijo, y Juan Carlos, mi marido,

que me han animado a escribir

y soportado todas mis ausencias

para que esta novela viera la luz.

Sin vosotros esto no hubiera sido posible.

¡Os quiero!

 

 

 

 

 

El corazón tiene razones que la razón no entiende

Blaise Pascal

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Epílogo

Agradecimientos

PRÓLOGO

Newmarket, Suffolk (Inglaterra)

Julio de 1994

—Calla, Bounty, no hagas ruido, que nadie se ha enterado de que me he escapado de la siesta.

El potrillo soltó un pequeño relincho y hocicó contra la axila de Mary al tiempo que la miraba con los ojos llenos de adoración.

Los fluorescentes del techo estaban apagados y pequeños rayos de sol se colaban en las caballerizas a través de los tragaluces situados bajo las vigas de madera del tejado, creando un ambiente repleto de claroscuros. Era una de esas escasas tardes de calor en la campiña inglesa y el lugar atraía como un imán a todo aquel que buscara dónde relajarse.

—Mira lo que te he traído —dijo al animal, enseñándole una manzana—. La he cogido de la cocina para ti. Y también he robado un par de onzas de chocolate para mí.

Se sentó en una bala de heno que había dentro del pequeño compartimento y dejó que el animal masticara con deleite la fruta, que colocó sobre su regazo, mientras ella mordisqueaba la golosina.

¿Quién se lo iba a decir a ella diez días antes, después de que papá volviera a dejarla en Silkford Manor al cuidado del tío Tom y la tía Margareth? Entonces había llorado desconsolada. Papá siempre se iba a trabajar durante sus vacaciones y la dejaba allí… Se aburría; David era malo y no quería jugar con ella.

Pero el tío Tom había sido muy simpático este año. Tenía una sorpresa especial para ella; un potrito recién nacido. ¡Y sería solo suyo!

—El próximo verano, cuando vuelva en vacaciones —explicó en un susurro al pequeño animal—, podremos pasear juntos por la finca. Tú ya serás un caballito muy grande y yo una buena amazona. Mi monitor de equitación me ha dicho que el próximo curso ya no va a sujetarme las riendas, así que…

Un grito rasgó el silencio.

Se puso en pie de inmediato, propinando a Bounty un golpe en los belfos que hizo que el potro reculara contra la parte de atrás del cajón y se refugiara en el rincón más apartado.

Allí cerca estaba ocurriendo algo terrible. Dos personas luchaban en uno de los compartimentos. Quien había gritado era una mujer, pero un hombre quería hacerle daño. Estaba segura de eso, ya que él no dejaba de gruñir como si fuera un perro enfadado.

Salió al pasillo, cerrando tras ella el box de Bounty para estar segura de que no pudiera escaparse. Luego anduvo con cuidado a lo largo del corredor, poniendo la oreja sobre cada una de las puertas que, cada tres metros, se sucedían en hilera. Todavía no era lo suficientemente alta como para mirar por encima de la madera ni llegaba a los barrotes de acero inoxidable entre los que algunos jamelgos sacaban la cabeza.

Solo tenía seis años y, además, ni siquiera era de las niñas más altas de la clase, aunque su papá siempre decía que algún día sería tan alta como él.

—Ah, ¡por favor! —La voz femenina rasgó el silencio de nuevo.

Algunos caballos piafaron asustados.

Corrió hacia el lugar de donde procedían los gritos. Se asomó con cuidado al compartimento. La puerta estaba entornada y un hombre, desnudo de cintura para arriba, sujetaba con una de sus fuertes manos las muñecas de una mujer por encima de su cabeza, inmovilizándola contra la pared de cemento.

Observó en silencio cómo el hombre, que estaba de espaldas a ella, luchaba contra una muchacha que, retorciéndose, intentaba zafarse del apretón al que la tenía sometida aprisionándola bajo el peso de sus caderas. Luego él, con la mano libre, tomó el cuello de la camisa de la joven y dio un fuerte tirón haciendo que los botones saltaran de los ojales.

La mujer resolló por el esfuerzo de defenderse, hasta que por fin consiguió soltarse las manos y sujetó a su oponente de la cinturilla del pantalón, apartándolo de sí misma, al tiempo que le mordía en el hombro en un intento de inútil defensa.

El hombre gruñó y le devolvió el gesto. Bajó la boca hasta la piel que acababa de dejar al aire y apresó con los dientes uno de aquellos enormes pechos desnudos.

—¡Ay! ¡No! —chilló la joven, llevando la cabeza hacia atrás.

—Oh, sí. Ya lo creo que sí —contestó él con voz ronca, empeñado en cumplir sus promesas.

En ese instante descubrió quién era la mujer que estaba siendo agredida, en el mismo momento en que él bajó la cabeza una vez más.

«No puede ser, Dios mío. ¡Que no le ocurra nada, por favor! Es tan buena…», rezó en silencio. «Espera, Bea, que enseguida busco ayuda. Aguanta un momento».

Se dio la vuelta y desanduvo el camino, corriendo como loca hacia la salida. No se detuvo en ningún momento hasta que llegó a la casa, a la que entró por la puerta principal mientras gritaba como una banshee colérica que anunciara la muerte de un ser querido.

—¡Por favor, ayudadme! ¡Por favor! ¡Un hombre quiere matar a mi niñera! ¡Socorro!

Thomas Silkford salió de su despacho y solo acertó a ver un pequeño retazo de color y unas larguiruchas piernas morenas que corrían en dirección a la sala de estar de Margareth.

En cuestión de segundos el pasillo era un hervidero de sirvientes que intentaban coger a la niña, que se escabullía de todas las manos en su afán por hacerse escuchar al tiempo que pedía socorro.

Margareth abrió la puerta a la vez que Mary se agarraba al picaporte. La pequeña cayó sobre ella como una tromba.

—¿Qué pasa, mi niña?

—Tía Margareth, ven conmigo. Un hombre quiere matar a Beatriz… Ven, por favor —insistió al tiempo que tiraba de ella de una mano.

Margareth le miró y ambos siguieron a la cría hacia las caballerizas, seguidos por el mayordomo y tres sirvientes.

Nada más abrir la puerta de los establos, gemidos y gritos femeninos inundaron los oídos de todos los recién llegados. Una sola mirada de comprensión entre él y su esposa bastó para que lo entendieran todo. Aquello no tenía nada que ver con un ataque, sino con un acto consentido por ambos protagonistas visto desde los inocentes ojos de una niña de seis años.

Mary corrió hacia el box y abrió la puerta de un portazo abalanzándose contra la espalda desnuda del hombre que, ahora, aprisionaba contra el suelo a Beatriz.

—¡Malo! ¡Suéltala! —La niña quería defenderla y arremetía con inútiles puñetazos contra la sólida musculatura del muchacho—. ¡Déjala! ¡No le hagas daño!

El joven giró la cabeza. Sus negros ojos reflejaban frustración y sorpresa a partes iguales.

—¡David! —exclamó al reconocerle—. ¿Por qué quieres matar a Bea?

—¿Matarla?

Pero David no tuvo tiempo de decir mucho más. Tras aquella canija descerebrada empezaron a aparecer caras sorprendidas. La peor de todas la de su padre, que irradiaba una ira que no se molestó en disimular.

No le dijo nada, solo tomó una manta que había sobre una de las puertas y se la echó por encima, antes de coger a la niña en brazos y salir del cubículo para dejarla al cuidado de una de las sirvientas.

—Llévala a su habitación. Y… ¡fuera todo el mundo! —rugió.

Los empleados salieron de allí de inmediato dejándoles a él y a Bea a solas con sus padres.

Londres, 15 de Noviembre de 1999

—Joder, joder, joder... ¡El cabrón de Thomas me ha puesto un ojo a la funerala! —gritó Jonathan Mantley frente al espejo del cuarto de baño.

Lo cierto era que, a pesar del hematoma que ensombrecía su verde mirada, no se sentía mal. En realidad no le importaba demasiado; sabía que la razón estaba de su parte y había actuado conforme a los dictados de su conciencia.

Thomas Silkford aún no lo sabía, pero algún día le agradecería que hubiera tomado cartas en el asunto.

En cuanto al golpe, esa no era la primera vez que su amigo le hacía probar las virtudes de su famoso «gancho Silkford», si bien esta era la primera ocasión en la que no se había molestado en hacerle catar la no menos popular «respuesta Mantley».

Pero si no había contestado a su amigo como se merecía era porque sentía que tenía que mediar entre padre e hijo, o Thomas y David terminarían haciendo o diciendo algo que lamentarían el resto de sus días.

¡No lo permitiría!

«Bendito sea Dios, ¡Margareth debe de estar revolviéndose en su tumba!», pensó.

Siempre había tenido muy claro que ella era el agente catalizador entre ambos, pero nunca había podido imaginar que su falta provocara semejante reacción, y menos tan pronto. «¡Aún no hace ni quince días que la enterramos!»

La relación entre padre e hijo siempre había sido complicada y fría, los dos eran demasiado tercos y orgullosos y David había tenido una adolescencia difícil y rebelde, pero Margareth, con su sabia intervención, siempre había sabido establecer la paz entre ellos. Ahora, en su ausencia y con el dolor que esta provocaba en los dos hombres, las cosas habían llegado a un punto en el que de alguna manera tenían que poner tierra de por medio y dejar que la distancia y el tiempo curara todas las heridas.

Quizá Thomas no le perdonaría jamás su intervención, pero no podía quedarse con los brazos cruzados viendo cómo se destrozaban la vida mutuamente. David era su ahijado, el hijo varón que nunca pudo tener, y le debía protección y apoyo por mucho que su padre fuera su mejor amigo desde la infancia. Circunstancia que no le impedía ver sus defectos y empecinamiento.

A esas alturas Thomas ya tendría que haber asumido que David no tenía el más mínimo interés en su exitosa y maravillosa empresa editorial; el muchacho jamás había mostrado la más mínima intención de dedicarse al periodismo, aunque ese fuera el futuro que su padre había planeado para él.

Debería de haberse dado por enterado cuando, durante su segundo curso en la Facultad, averiguó que su hijo no se había plegado a sus deseos. Le había obligado a estudiar Periodismo, pero el chaval, haciendo trabajos extras, se las había ingeniado para financiarse por su cuenta los cursos para obtener la titulación que de verdad deseaba. Se había matriculado en Biología y sacaba adelante los exámenes de ambas materias.

¿Cuándo iba a enterarse Thomas de que David era un aventurero y que jamás lo vería sentado en un despacho, impregnado de olor a tinta y rodeado de papel cuché?

Por eso él había tenido que tomar cartas en el asunto.

Aun así había estado muy mal que David, en un arrebato de orgullo casi infantil, hiciera trocitos el diploma de su licenciatura en Periodismo en las mismas narices de Thomas y, luego, le tirara a la cara el documento que lo facultaba como biólogo.

Aquella actitud no había sido nada correcta pero, aun así, el muchacho le había infundido un gran respeto cuando le vio hacerlo. Había que tener un par de cojones para desafiar de semejante manera al Gran Silkford, un hombre admirado y temido a partes iguales en toda Inglaterra. Incluso él mismo se lo hubiera pensado dos veces antes de hacer nada semejante.

Sabía que Thomas contuvo a duras penas los deseos de golpear a su hijo pero, en cambio, dejó que la ira siguiera su curso al enterarse de que, ayudado por él mismo, el joven se había enrolado en las Fuerzas Aéreas Especiales del Ejército del Reino Unido.

De alguna manera había que canalizar aquel exceso de testosterona que su padre ya no era capaz de controlar. El Ejército se encargaría de ello.

—Jamás he visto a Thomas más descompuesto. Claro, que he sido yo quien ha pagado los platos rotos —farfulló a su reflejo.

Londres, 1 de marzo de 2005

Mary Mantley lloraba desconsolada ante el féretro de su padre, cubierto con la bandera de Gran Bretaña. El Primer Ministro del Reino Unido estaba presente en los oficios

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