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CUANTO MáS PROFUNDA ES EL AGUA, MáS FEO ES EL PEZ

Katya Apekina  

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Fragmento

Edith (1997)

 

 

 

 

Llevamos dos días en Nueva York. Estamos con Dennis Lomack. Mamá se ha quedado en el St. Vincent, descansando. Acaba de hacer una verdadera estupidez, y yo fui la que la encontró. Dennis nos ha llevado a dar una vuelta por la ciudad, a ver si así nos lo quita de la cabeza y nos reconciliamos con los últimos diez años.

Esta noche, Dennis había quedado con una pelirroja para ir a una actuación, y nos ha llevado a Mae y a mí a la cita. A veces vamos con mamá a Nueva Orleans a ver El cascanueces, pero esto no tiene nada que ver. Estamos en el sótano de una iglesia; no cabe un alma y hay mucha humedad. Una mujer que lleva un vestido veraniego baila sola en el escenario. Parece un gato salvaje. Se le ve la caja torácica por ambos costados, y por delante también. La espesa melena negra le llega hasta la cintura y acompaña cada uno de sus movimientos con un balanceo. El escenario está lleno de sillas plegables, y ella baila con los ojos cerrados. No parece consciente de nada, sacude los brazos y las piernas sin siquiera percatarse. Caen las sillas a su alrededor, y ella sigue bailando. Baja el ritmo, ladea la cabeza como si aguzara el oído, luego mueve las manos con pequeños espasmos. Tiene el pelo sucio; el olor llega hasta donde estoy sentada: con cada giro que da, la melena ondea en el aire.

La veo borrosa y me doy cuenta de que estoy llorando. No sé por qué.

Aunque no es cierto. Sí lo sé. Es porque me recuerda mucho a mamá. Por la forma de bailar que tiene: tan desesperada, pero también como en su propio mundo. No baila para nosotros. Está sumida en lo más hondo de sí misma, y, si los asientos estuvieran vacíos, seguiría bailando igual.

Mae pone cara de terror. Le aprieto la mano, pero ni se da cuenta. No conozco lo suficiente a Dennis para saber lo que siente. Puede que nada. Con las luces del teatro apagadas, es como si tuviera la cara esculpida en piedra. Se le ha dormido encima la chica con la que ha quedado, que apoya la cabeza en su hombro.

Cuando salimos, se despega del cuello la cabeza de la pelirroja, hace una pirueta para desembarazarse de ella y la mete en un taxi. Cada uno de sus movimientos responde a un cálculo perfecto. Salta a la vista que tiene mucha práctica en eso de quitarse a la gente de encima. El taxi se aleja, y la mujer nos mira a través del cristal con cara de perro triste. Mae le dice adiós con la mano. Ya ni me acuerdo de cómo se llamaba. ¿Rachel? ¿Rebecca? No importa. No creo que la vayamos a ver más.

Volvemos andando al apartamento de Dennis, en silencio. Él va en medio, agarrándonos del codo. Queda lejos, a unas treinta o cuarenta manzanas. El aire viene frío. Casi todas las tiendas están cerradas, tienen echado el cierre metálico en los escaparates. Hay hombres tumbados en los bancos que vamos dejando atrás. Algunos están embutidos en sacos de dormir, pero otros se arropan con periódicos. Los que no han llegado a tiempo de encontrar banco duermen tumbados en los vanos de las puertas, o en el suelo. Vamos sorteándolos, guiadas por Dennis, en completo silencio. Nunca había visto a tanta gente sin hogar. Nos adelanta un grupo de mujeres, van riendo y dando lametones a sus cucuruchos de helado. Ni siquiera miran a las personas que hay en el suelo cuando pasan por encima de ellas.

—Os pido perdón —dice Dennis; y quedan en el aire esas palabras. Mae y yo nos miramos: ojalá diera más detalles de qué hay que perdonarle.

En el apartamento, sentados a la mesa de la cocina, tomamos una infusión. Cuando me viene a la mente la mujer y su bamboleo en el escenario, rompo a llorar otra vez. Noto en el pelo la caricia de Mae, me frota las sienes con los dedos fríos. Dennis revolotea detrás de ella. La ayuda a quitarse el abrigo, intenta hacer lo propio conmigo, pero yo lo aparto sin contemplaciones.

—¿Qué hemos hecho? —digo—. ¿Cómo hemos podido dejarla sola?

—Cálmate, por favor —dice él, y me alcanza una servilleta de papel.

Me sueno la nariz. No mueve un músculo de la cara, indescifrable, pero le tiembla el pulso al echar el agua en las tazas, y tiene que emplearse a fondo para no derramarla. Aparto la vista y la fijo en la caja de infusiones que Mae tiene en las manos. No me gusta ver cómo le tiembla el pulso a Dennis. No tiene ningún derecho a perder así el control. Respiro hondo y centro toda la atención en la caja. Es de madera labrada, con elefantes, y está llena de bolsas de té y tisanas: las hay de jengibre y limón, de rooibos, de bayas de açaí, mejunjes que no había oído en mi vida. Mamá solo toma café. Elijo la que menos huele a hierba. Seguro que la caja la dejó aquí una mujer, como el calcetín pequeño hecho una bola que hemos visto en un rincón de nuestro cuarto.

Dennis encaja la silla entre la mesa y la nevera; hunde los dedos en la barba y se nos queda mirando. Yo aparto la vista, pero veo que Mae le devuelve la mirada. A mí me zarandea el hombro hasta que no tengo más remedio que mirarlo también. Es raro, porque tiene los mismos ojos que veo delante del espejo cuando me miro. Me noto hipnotizada por un instante, como si estuviera fuera de mi cuerpo.

—Escuchadme —dice con la voz llorosa—. Comprendo que al principio os pueda parecer un extraño. Pero no soy un extraño. Soy vuestro padre —y entonces cede el rictus de la cara, que parece un poema, nos acerca a su pecho y nos abraza, hasta que el agua se queda fría en las tazas.

Mae

 

 

 

 

Es el tipo de cosas que le gustaba hacer a mi madre: escogía a una persona y la seguía durante horas; por todo el centro comercial, hasta el garaje, hasta su casa. Una vez fuimos toda la noche detrás de alguien por el bosque, con las luces del coche apagadas, y hasta que no llegó a la cabaña no nos dimos cuenta de que era un coto de caza. A veces, si era por el día, dejaba venir a Edie también; aunque si estaba Edie perdía el aliciente, no era más que un juego. Y solo jugaban ellas, al amor de que compartían una bolsa de regaliz de fresa en los asientos delanteros, mientras conjeturaban sobre la gente que estábamos siguiendo.

Pero cuando íbamos solas mamá y yo, de noche, y veíamos pasar por la ventanilla a toda velocidad los árboles y la laguna en plena oscuridad, no tenía nada de juego. Entonces yo me sumergía en la realidad de mamá. A veces se bajaba del coche y tenía que ir con ella. Un día caminamos mucho rato por un sendero lleno de maleza que llevaba a un puesto para cazar ciervos. El aire era denso y frío; el canto de los grillos y las ranas arbóreas, ensordecedor. Yo tenía diez años, puede que once, y recuerdo que cada pocos pasos tenía la desagradable sensación de que despertaba, una y otra vez, despertaba y despertaba.

El puesto de caza era un cobertizo de contrachapado, alzado sobre cuatro pilares. No sé si dimos con él por casualidad o si mamá fue hasta allí aposta. Me dio miedo quedarme sola y la seguí escalera arriba. Era como una casita en un árbol, solo que olía a moho y a sangre. Mamá gastó toda la caja de cerillas para leer los titulares de los periódicos que cubrían el suelo. Nos perdimos en el camino de vuelta al coche. Yo tenía pánico a que nos dispararan, o a los perros, que podían salir corriendo detrás de nosotras. Se habían dado ambos casos. Estaba amaneciendo cuando llegamos a casa, y entonces tuve que irme al colegio y hacer como que no había pasado nada; ingeniármelas para no quedarme dormida ni llamar la atención lo más mínimo.

No sé si Edie estaba al tanto de todo. Según ella, la favorita de mamá era yo, pero eso no es cierto. Lo que pasaba era que mamá me veía a mí como pura extensión de su persona, mientras que Edie era libre de ser ella misma. Edie salía con sus amigas, montaba en bici, tomaba el sol, se colaba en el cine, y yo seguía atrapada en el cuarto de mamá, con un montón de mantas encima aunque fuera verano e hiciera calor, tapadas las dos con el abrigo de piel de la abuela. Era un abrigo de nutria —rata de laguna—, y mamá me tenía allí con ella horas enteras, sudando, entre picores, hasta que dejaba las mangas sin pelo de tanto chuparlas.

Sí, mamá me llevaba con ella a rastras a los peores sitios que había. Tuve que alejarme de ella cuanto pude, porque me estaba consumiendo en vida. El día que intentó ahorcarse de una viga en la cocina, yo estaba en mi cuarto, tumbada en el suelo. Mi mente era una radio que sintonizaba su cadena, y tanto sufrimiento acababa por paralizarme. Yo tenía por fuerza que saber lo que estaba haciendo ese día, pero no moví un dedo para detenerla. Fue Edie la que le salvó la vida a mamá.

Cuando papá salió de la nada para rescatarnos, fue como si hubiera aparecido por arte de magia. Nos sacó del colegio —yo acababa de

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