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CUARTETO PARA UN SOLISTA

José Luis Sampedro   Olga Lucas  

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Fragmento

VIDA Y LOS CUATRO

Cielo y océano: ilimitados e intemporales. Ancha senda dorada de la playa, mantenida en su pura desnudez por el doble barrido diario de las ondas. Acotada por dunas, manglares y palmeras. Junto a una de ellas, en la tendida luz de un recién aparecido sol que tiñe de rosa la nube, cuatro figuras sentadas, con las piernas cruzadas cambian miradas inquietas. Surge una voz:

—Parece que tarda.

—No dudes, Fuego. Nos ha hecho venir.

—Y vendrá, Aire. Vida no falla. Ella es la Verdad.

Breve silencio roto por un aleteo. Los Cuatro miran a lo alto. En la copa de la palma la cacatúa agita otra vez sus plumas como también impaciente.

—Cuando te despediste, Tierra, ¿se quedó ella enfadada?

—¿Otra vez me lo preguntas, Agua? No, ya te lo he dicho: estaba tranquila. Sorprendida, eso sí.

—¿Le dejaste claro lo que queremos?

Tierra no contesta. Lo ha explicado varias veces.

Es Fuego quien exclama:

—¡Ahí está! ¡Ya viene!

A la vista, sobre la arena acaba de surgir una figura femenina. Seguro designio, perfecta dignidad natural. Cada dos o tres pasos su mano extrae algo invisible de la bolsa pendiente de su hombro y el brazo desnudo traza un arco horizontal, mientras el puño cerrado se abre.

Al tenerla cerca los Cuatro reconocen la noble apostura, la fuerza en la mirada y la generosidad en la sonrisa de Vida. Se levantan inclinándose en la bienvenida mientras ella los saluda, se sienta bajo la palmera y los invita a rodearla.

—He querido escucharos a los Cuatro antes de decidir. Vuestro deseo me ha sorprendido mucho. Queréis vivir como humanos...

—¡Sólo algún tiempo! —interrumpe Fuego.

—Es igual. ¿Qué os proponéis con eso, qué esperáis?

—Procuré explicártelo, Señora —responde Tierra—. Sentir como ellos, comprender

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