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CUATRO SETOS

Clare Leighton  

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Fragmento

ABRIL

brote de jacinto

El nuestro es un jardín normal y corriente: colgado en una ladera de las Chiltern Hills, está expuesto al capricho de los vientos. La tierra es caliza; los parterres, de color gris claro. Basta con clavar la azada, y ya se llega a lo que podríamos llamar la base de roca que hay debajo: es casi como ponerse a cavar en los acantilados blancos de Dover. Cuando la empapa la lluvia, se oscurece; y solo entonces se podría decir que es como cualquier otra tierra. El jardín está recién plantado: no hay ningún árbol de grandes ramas que arroje sombra sobre un largo trecho de césped; ni muros de caravista encanecida por el tiempo, a cuyo abrigo crezcan árboles frutales; no hay ni rastro de esos caminos de piedra trazados como al azar que cubre el musgo. Por no tener, no tenemos ni un reloj de sol erosionado por la intemperie. Hace cuatro años era un prado, hogar solo de alondras y ratones. Pero hará poco más de un siglo, era un ejido del que se apropió la

parroquia, gracias a una ley de cercamiento de tierras. Lo cubría la hierba todo el año, y cambiaba de color y de altura con las estaciones, que pasaban sobre él sin ser notadas: ondulantes, rumorosas. Llegaba la primavera con sus matas de prímulas; se abrían las rosas silvestres en toda su plenitud bajo el sol de junio. Los setos daban sus buenas cosechas al acabar el año, cuando las arañas colgaban sus hamacas entre el zarzal y los endrinos. En las lindes de espinos, se apareaban los pájaros, y allí mismo hacían el nido y sacaban adelante a su prole, libres de los imprevisibles movimientos de los hombres. En la base de los setos, los yaros rompían con sus flores lanceoladas la negrura; y en la copa, trenzaban sus tallos las enredaderas y las nuezas.

Lo vimos por primera vez un día luminoso del mes de mayo. Llevábamos un rato pateando las colinas, de prado en prado, mientras comparábamos unas vistas con otras, una tierra contra otra tierra. Y sabíamos que, si descendíamos a la llanura, daríamos con un humus oscuro y rico, en el que las flores brotarían al abrigo de los vientos. Pero lo compramos allí arriba por dos motivos: la irresistible belleza de las matas de prímulas, y la de los setos de espino que cercaban el prado. Ese día, los setos resplandecían con la blancura de las flores: achaparrados allí donde los habían acodado; más altos si el espino había crecido hasta ser árbol. Y en un extremo, allí donde las lindes llegaban al camino, había un castaño de Indias florecido.

Es así que llevamos cuatro años cultivando y enriqueciendo lo que antes era pasto, en un radio de media hectárea que toma como centro las matas de prímulas: lo hemos sometido a nuestra voluntad, hemos luchado contra su obstinada naturaleza; contra la fuerza ingobernable de los vientos que nos plantan cara entre las colinas, barren a su antojo la extensión de la ladera, y nos han azotado por el paso de levante. Los gusanos y las larvas de las típulas han acribillado esta tierra que no hemos cultivado. Y allí donde no hemos sido todo lo duros que debíamos con la mala hierba, nos ha devuelto con creces su multiplicada presencia en una tierra que roturamos y nutrimos.

Lo primero que hicimos fue diseñar el jardín, ya que queríamos darle la forma idónea. A Noel le hacía mucha ilusión, y se pasó días, papel y lápiz en mano, para decidir dónde poner el césped, las flores y los árboles frutales, cuántos de estos últimos plantar, y la proporción del jardín que ocuparía la huerta. Porque, igual que el cuerpo tiene su esq

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