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CUCHILLO (HARRY HOLE 12)

Jo Nesbo  

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Fragmento

1

Un vestido deshilachado se agitaba en la rama de un pino podrido. El anciano rememoró una canción de su juventud que hablaba de un vestido tendido a secar. Pero ese vestido no ondeaba al viento del sur como el de la canción, sino en la corriente helada de un río. Ahí, en el fondo del río, todo estaba en silencio. Aunque eran las cinco de la tarde de un día de marzo, y según el parte meteorológico el cielo estaba despejado, allí llegaba muy poco de la luz del sol tras pasar por el filtro de una capa de hielo y cuatro metros de agua. Por eso el pino y el vestido se encontraban en una extraña penumbra verdosa. Era un vestido de verano, pensó, blanco con lunares azul claro. Puede que hubiera sido de algún color vivo, no sabía, dependía de cuánto tiempo llevara atrapado en la rama. El vestido oscilaba en la imparable corriente, que lo lavaba y lo acariciaba cuando el río llevaba poca agua, y que tiraba de él y lo rasgaba cuando la corriente era intensa, y lo rompía en pedazos. El anciano pensó que, visto así, el vestido deshilachado era como él. Una vez ese vestido había tenido valor para alguien, para una joven o una mujer, para la mirada de un hombre o los brazos de un niño. Pero ahora estaba igual que él mismo, perdido, extraviado, sin sentido, atrapado, detenido, mudo. Solo era cuestión de tiempo que la corriente arrancara el último resto de lo que había sido en el pasado.

—¿Qué miras? —oyó decir a sus espaldas.

Desafiando sus dolores musculares, giró la cabeza y alzó la mirada. Advirtió que era un cliente nuevo. El viejo estaba perdiendo la memoria, pero nunca olvidaba una cara que hubiera pasado por Simensen Caza & Pesca. Ese cliente en particular no quería ni armas, ni municiones. Con un poco de práctica aprendías a interpretar su mirada, sabías quiénes pertenecían a esa parte de la humanidad que había perdido el instinto asesino: los rumiantes. No compartían el secreto de la otra mitad según el cual no hay nada que haga sentirse más intensamente vivo a un hombre que introducir una bala en un mamífero grande y cálido. El viejo apostó a que el cliente venía en busca de una cuchara de pesca o de las cañas que colgaban de los anaqueles, encima y debajo de la gran pantalla de televisión, tal vez una de las cámaras de caza que estaban al final de la tienda.

—Está mirando el río Haglebu. —Fue Alfons quien contestó. Su yerno se había aproximado y se balanceaba sobre los talones, las manos metidas en los bolsillos del largo chaleco de cuero que siempre llevaba en el trabajo—. El verano pasado pusimos una cámara submarina en colaboración con el fabricante. Así que ahora tenemos retransmisión en directo, las veinticuatro horas, de la escalera de peces que pasa por la cascada de Norafoss y vemos el momento preciso en el que los salmones empiezan a ascender por el río.

—¿Y cuándo es eso?

—Hay unos pocos peces despistados en abril y mayo, pero la avalancha no se produce hasta junio. La trucha tiene que desovar antes que el salmón.

El cliente sonrió al anciano.

—Empiezas un poco pronto, ¿no? ¿O ya has visto algún pez?

El viejo abrió la boca. Pensó las palabras que quería pronunciar, no las había olvidado. Pero no consiguió decir nada. Cerró la boca.

—Afasia —dijo Alf.

—¿Qué?

—Infarto cerebral. No habla. ¿Buscas algo para pescar?

—Una cámara de caza —dijo el cliente.

—¿Así que eres cazador?

—Pues no, la verdad. Encontré unos excrementos junto a mi cabaña, en Sørkedalen, y no se parecían a nada que hubiera visto antes, así que hice una foto, la publiqué en Facebook y pregunté qué era. Enseguida me respondieron unos montañeros. Un oso. ¡Un oso! En el bosque, a veinte minutos en coche y media hora a pie de aquí, en el centro de la capital de Noruega.

—Es fantástico.

—Depende de lo que quieras decir con fantástico. Como ya he dicho tengo allí mi cabaña, llevo a mi familia. Quiero que alguien le pegue un tiro al bicho ese.

—Soy cazador, así que entiendo perfectamente lo que quieres decir, pero sabes que incluso en Noruega, donde hace unos años había muchos osos, no se ha registrado prácticamente ningún ataque mortal en los últimos doscientos años.

Once, pensó el viejo. Once personas desde 1800. El último en 1906. Puede que hubiera perdido la capacidad de hablar y la motricidad, pero no la memoria. Y siempre tenía las ideas claras. Bueno, casi siempre. A veces se desconcertaba un poco, entonces veía que su yerno Alf y su hija Mette intercambiaban miradas y comprendía que se había liado. Al principio, cuando se hicieron cargo de la tienda que él había fundado y administrado durante cincuenta años, resultaba útil. Pero ahora, después del último derrame, solo estaba ahí sentado. No es que fuera para tanto. No, después de la muerte de Olivia ya no le pedía mucho a lo que le quedara de vida. Le bastaba con poder estar cerca de la familia, comer caliente todos los días, sentarse en una silla en la tienda y observar una pantalla de televisión, un programa infinito, sin sonido, en el que las cosas sucedían a su ritmo, donde lo más emocionante que podía ocurrir era que el primer salmón listo para desovar ascendiera por la escalera de peces.

—Pero eso no quiere decir que no pueda volver a ocurrir. —El viejo oía la voz de Alf, que se había llevado al cliente hacia el expositor de las cámaras de caza—. Por mucho que ese animal parezca un osito de peluche, todos los carnívoros matan. Claro que debes hacerte con una cámara, así sabrás si el animal se ha instalado cerca de tu cabaña o solo pasaba por allí. Por cierto que el oso pardo sale de su guarida más o menos por estas fechas, y está hambriento. Así que pon una cámara donde encontraste los excrementos, o junto a la cabaña.

—¿Y la cámara va dentro de la caja nido para pájaros?

—Esta caja nido, como tú la llamas, protege del viento y la lluvia y de animales curiosos. Es una cámara sencilla y económica. Funciona con una lente de Fresnel que detecta los infrarrojos que emite el calor que desprende el animal, una persona o cualquier otra cosa. Cuando se altera su entorno, la cámara se enciende automáticamente.

El viejo escuchaba solo a medias, porque algo había captado su atención. Algo que ocurría en la pantalla. No veía lo que era, pero la pantalla verde había adquirido un tono más claro.

—La grabación se almacena en una memoria USB que lleva la cámara, luego puedes verla en el ordenador.

—Eso es fantástico.

—Sí, pero tienes que ir en persona a comprobar la cámara para ver si hay imágenes grabadas. Si optas por este modelo, un poco más caro, recibirás un mensaje de texto en tu teléfono cada vez que se tomen fotos. La alternativa es este modelo puntero que también tiene una memoria USB, pero además te manda la grabación directamente al teléfono o a tu dirección de correo electrónico. Puedes quedarte en el salón de tu casa y solo ir cambiar las pilas de la cámara de vez en cuando.

—¿Y si el oso aparece de noche?

—Las cámaras tienen luces Black Led o White. Luz invisible que evita que el animal se asuste.

Luz. El viejo la vio claramente. Era un haz de luz que entraba siguiendo la corriente por la derecha. Atravesó la luz verde, iluminó el vestido, y por un instante sobrecogedor imaginó a una chica que por fin vuelve a la vida y baila de felicidad.

—¡Parece ciencia ficción!

El anciano abrió la boca cuando vio aparecer una nave espacial en la pantalla. El interior estaba iluminado y flotaba a un metro y medio del lecho del río. Arrastrada por la corriente impactó con una gran roca y, a cámara lenta, giró mientras las luces de los faros barrían el fondo del río, y, cuando iluminaron la cámara, deslumbraron al viejo un instante. Por fin la embarcación flotante quedó atrapada entre las gruesas ramas del pino y se detuvo por completo. El anciano sintió que se le aceleraba el corazón. Era un coche. La luz del interior estaba encendida y pudo ver que el coche estaba lleno de agua casi hasta el techo. Y había alguien dentro. Una persona que estaba incorporada sobre el asiento del conductor mientras presionaba con desesperación la cabeza hacia el techo, era evidente que para respirar. Una de las ramas podridas que sujetaba el coche se partió y la corriente la arrastró.

—Las imágenes no son tan nítidas y definidas como las que proporciona a la luz del día, y son en blanco y negro. Pero si la lente no está cubierta de vaho o algún otro impedimento, podrás ver a tu oso, sí.

El viejo pegaba patadas al suelo intentando llamar la atención de Alf. La persona del coche pareció coger aire y bucear. Su cabello corto de punta oscilaba y tenía las mejillas infladas. Golpeó con las dos manos la ventanilla del lado de la cámara, pero el agua le restaba fuerza al impacto. El viejo había clavado los brazos en la silla e intentaba ponerse de pie, pero los músculos no le obedecían. Se fijó en que una de las manos tenía el dedo corazón gris. El hombre dejó de dar golpes y estampó la frente en el cristal. Parecía que se había rendido. Otra rama se partió y la corriente siguió tirando sin descanso para soltar el coche, pero el pino aún no quería dejarlo ir. El viejo miró fijamente el rostro atormentado que se pegaba al interior de la ventanilla. Ojos azules desorbitados. Una cicatriz dibujaba un arco amoratado desde la comisura del labio hasta la oreja. El viejo había logrado levantarse de la silla y dio dos pasos tambaleantes hacia la estantería de las cámaras de caza.

—Perdón —le dijo Alf al cliente—. ¿Qué pasa, padre?

El anciano gesticuló hacia el televisor que tenía a su espalda.

—¿De verdad? —dijo Alf incrédulo y se acercó con paso rápido al televisor.

—¿Peces?

El viejo negó con la cabeza y volvió a girarse hacia la pantalla. El coche. Había desaparecido. Y todo volvía a ser como antes. El fondo del río, el pino muerto, el vestido, la luz verde que atravesaba el hielo. Como si no hubiera ocurrido nada. El viejo volvió a dar patadas al suelo y señaló la pantalla.

—Vamos, tranquilo padre. —Alf le dio una amistosa palmadita en la espalda—. Es pronto para que desoven. Ya lo sabes —dijo, y volvió con el cliente a las cámaras de caza.

El viejo miraba a los dos hombres que le daban la espalda mientras la desesperación y la ira lo invadían. ¿Cómo podría explicar lo que acababa de ver? El médico había dicho que cuando el derrame afectaba tanto al lóbulo frontal como al lóbulo parietal no solo interfería en la capacidad de hablar, sino que con frecuencia se veía mermada la capacidad de comunicarse en general. También la escritura o los gestos. Volvió a la silla con paso inseguro. Miraba el río que fluía y fluía. Impertérrito. Impasible. Inalterable. Pasados un par de minutos notó que su corazón latía con más calma. Quién sabe, tal vez no hubiera ocurrido. Quizá solo fuera un breve atisbo del siguiente paso hacia la oscuridad total de la vejez. O, en este caso, su colorido mundo de alucinaciones. Observó el vestido. Por un instante, cuando creyó que lo iluminaban los faros del coche, le pareció que veía a Olivia bailando con ese vestido. Y tras la ventanilla del coche, en el interior iluminado, había distinguido una cara que había visto antes. Que recordaba. Y las únicas caras que todavía recordaba era las que veía allí dentro, en la tienda. Y a este hombre lo había visto dos veces. Los ojos azules, la cicatriz amoratada. Las dos veces compró una cámara de caza. Hacía poco que la policía había venido a preguntar por él. El viejo podría haberles contado que era un hombre alto. Y que tenía esa mirada. La mirada que revelaba que conocía el secreto. Que significaba que no era un rumiante.

2

Svein Finne se inclinó sobre la mujer y le puso una mano sobre la frente. Estaba húmeda de sudor. Los ojos que le observaban desde abajo estaban desorbitados por el dolor. O el terror. Apostó que era sobre todo terror.

—¿Me tienes miedo? —susurró.

Ella asintió y tragó saliva. Siempre le había parecido hermosa. Cuando iba y volvía a su casa, en el gimnasio, cuando se acomodaba a unos pocos asientos de ella en el metro y dejaba que lo viera. Solo para que lo supiera. Pero nunca la había encontrado tan hermosa como ahora, tumbada tan indefensa, tan a su arbitrio.

—Te prometo que será rápido, amada —susurró.

Ella tragó saliva. Qué asustada estaba. Tal vez debería besarla.

—Un cuchillo en la barriga —susurró—. Y todo habrá pasado.

Ella cerró los ojos con fuerza y dos lágrimas transparentes se abrieron paso entre sus pestañas.

Svein Finne rio por lo bajo.

—Sabías que vendría. Sabías que no podía dejarte ir. Era una promesa.

Pasó el dedo índice por la mezcla de sudor y lágrimas de su mejilla. Vio uno de sus ojos por el agujero que tenía en la palma de la mano, en el ala del halcón. Era resultado de la bala de un policía, en aquellos tiempos un hombre joven. Habían condenado a Svein Finne a veinte años de cárcel por dieciocho delitos de abusos sexuales, y él no había negado los hechos en sí, pero sí había protestado por que los calificaran de «abusos», y por que condenaran a un hombre como él en base a actos de ese tipo. Pero el juez y el jurado fueron de la opinión de que el Código Penal de Noruega estaba por encima de las leyes de la naturaleza. Allá ellos.

Su ojo le miraba fijamente a través del cráter.

—¿Estás lista, mi amor?

—No me llames así —gimió ella. Más como un ruego que como una orden—. Y no digas cuchillo…

Svein Finne suspiró. ¿Por qué a la gente le daba tanto miedo el cuchillo? Había sido la primera herramienta de la humanidad, y les había llevado dos millones y medio de años acostumbrarse a ella. A pesar de eso la gente era incapaz de ver la hermosura de algo que les había posibilitado bajarse de los árboles. Caza, albergue, agricultura, alimento, protección. El cuchillo creaba tanta vida como la que arrebataba. No podías tener lo uno sin lo otro. Solo quienes lo comprendían, los que asumían las consecuencias de su humanidad, sus orígenes, podían amar el cuchillo. Temer y amar. De nuevo, dos caras de la misma moneda.

Svein Finne levantó la vista hacia los cuchillos que estaban sobre la encimera, a su lado. Listos para usar. Para elegir. Era importante elegir el cuchillo adecuado para cada trabajo. Estos cuchillos eran buenos, apropiados para su función, de excelente calidad. Pero eso sí, les faltaba lo que Svein Finne buscaba en un cuchillo. Personalidad. Espíritu. Magia. Antes de que el joven y alto policía de pelo rebelde lo hubiera estropeado todo, Svein Finne tenía una colección de veintiséis cuchillos.

El mejor era un cuchillo de Java. Largo, delgado y asimétrico, como una serpiente contorsionada con mango. De una belleza pura, como una mujer. Quizá no era el más eficaz de los cuchillos, pero aunaba el efecto hipnótico de la serpiente y el de una mujer hermosa, lograba que la gente hiciera exactamente lo que uno les ordenaba. Sin embargo, el arma asesina más eficaz de la colección era un rampuri, el favorito de la mafia india. Despedía frío, como si fuera de hielo, y era tan feo que resultaba fascinante. En el karambite, que tenía la forma de la garra de un tigre, se combinaban la belleza y la eficacia. Pero su belleza tal vez fuera excesivamente calculada, como una prostituta que fuera demasiado maquillada y con un vestido exageradamente ajustado y escotado. A Svein Finne no le gustaban así. Le gustaban inocentes. Virginales. Y a poder ser, sencillas. Como su cuchillo favorito de toda la colección. Un puukko finlandés. El mango era de madera oscura, color nuez, sin hoja, corto, con una estría y el filo se combaba para terminar en punta. Había comprado el puukko en Turko y, dos días después, lo empleó para explicarle la situación a una chica regordeta de dieciocho años que trabajaba completamente sola en una gasolinera Neste, en las afueras de Helsinki. Ya había empezado a tartamudear un poco, como siempre que tenía un acto sexual en perspectiva. No era un síntoma de falta de control, al contrario, era el efecto de la dopamina. La confirmación de que la fuerza seguía siendo igual de intensa tras setenta años en este mundo. Había tardado exactamente dos minutos y medio desde que entró por la puerta, la sujetó contra el mostrador, le cortó los pantalones, l

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