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CUENTOS COMPLETOS DE ROALD DAHL

Roald Dahl  

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Fragmento

Índice

 

Portadilla

Índice

Nota a la presente edición

Roald Dahl como refugio, por Elvira Lindo

Cuentos completos

Un cuento africano

Sólo esto

Katina

Cuidado con el perro

No llegarán a viejos

Alguien como tú

Muerte de un hombre muy, muy viejo

Madame Rosette

Pan comido

El ayer fue hermoso

Nunc dimittis

Tatuaje

Hombre del sur

El soldado

La máquina de sonido

El señor Botibol

La Venganza Es Mía, S. A.

El deseo

Veneno

Gastrónomos

Apuestas

El gran gramatizador automático

El perro de Claud

Mi querida esposa

Lady Turton

Cordero asado

Galloping Foxley

Edward el Conquistador

La subida al cielo

William y Mary

Placer de clérigo

El bello George

La señora Bixby y el abrigo del coronel

Jalea real

El campeón del mundo

Génesis y catástrofe.

Cerdo

La patrona

La visita

El último acto

El gran cambiazo

El mayordomo

Perra

Oh, dulce misterio de la vida

El autostopista

El hombre del paraguas

La princesa y el cazador furtivo

La princesa Mammalia

El librero

El cirujano

El chico que hablaba con los animales

El tesoro de Mildenhall

El cisne

La maravillosa historia de Henry Sugar

Racha de suerte (cómo me hice escritor)

Sobre el autor

Créditos de las traducciones

Notas

Créditos

Grupo Santillana

Nota a la presente edición

 

Ésta es la edición más completa de los cuentos de Roald Dahl. Ordenados de manera cronológica, incluye los relatos hasta ahora inéditos en castellano «Sólo esto», «No llegarán a viejos», «El ayer fue hermoso», «Alguien como tú», «Muerte de un hombre muy, muy viejo», «Madame Rosette», «Oh, dulce misterio de la vida» y «El librero». De toda la producción cuentística de Dahl, tan sólo quedan fuera «In the Ruins», «Smoked Cheese» y «The Sword», tres relatos que los herederos del autor no han permitido incluir en ninguna antología existente en cualquier idioma.

Roald Dahl como refugio, por Elvira Lindo

 

Llegué tarde a Roald Dahl, y permítanme comenzar con una afirmación que a cualquier amante de la literatura le parecería un disparate. Todos asumimos que hay clásicos que no hemos leído en los años juveniles o que los hemos leído por primera vez cuando ya teníamos una cierta formación literaria. Entendemos, pues, que un clásico se define porque llega a nosotros en cualquier momento de la vida, sin que las modas o las tendencias resten un ápice de valor a lo que un autor ha proporcionado a los lectores a lo largo de décadas o siglos. Aun así, insisto: llegué tarde a Roald Dahl. Fui consciente de esa penosa falta en mis lecturas cuando leía en voz alta a mi hijo Matilda, Charlie y la fábrica de chocolate o Las brujas. Cierto es que a menudo la crítica minimiza la importancia de esos libros que pueden compartir con entusiasmo adultos y niños y que además de propiciar el nacimiento de nuevos lectores, generan una suerte de complicidad, de mundo íntimo compartido, que concierne a la literatura más que a ningún otro arte. El vínculo emocional que se genera entre el adulto y el niño por los cuentos compartidos no ha de agotarse en la vida. Por tanto, son poderosas las razones por las que debo estarle agradecida a este escritor galés, que poseía una envergadura física de marinero noruego y un alma sin edad que le impidieron envejecer como hombre y como escritor y le permitieron mantener un diálogo con lectores de todas las edades. Pero mientras leía estas extraordinarias novelas a mi hijo y las regalaba por doquier a los niños cercanos y queridos sentía un vacío retrospectivo, la pena por no haberlas tenido yo cuando era pequeña, en aquellos momentos en que devoraba cuanto libro caía en mis manos y estaba formando, sin yo saberlo, mi personalidad de lectora y de escritora.

Leer a un niño los libros del señor Dahl o ver cómo él solo se zambulle en sus páginas es asistir al espectáculo mismo de la literatura, a esa suspensión total del mundo real que rodea al lector y en el que, por un tiempo, deja de estar implicado. No disfruté de Dahl en mi infancia, y bien que lo siento, porque a buen seguro habría aumentado mi espíritu crítico y humorístico, que aunque fue alimentado por otras lecturas, siempre se trataba de una administración más lenta que la que ofrece el estilo subversivo de Dahl, que irrumpe en nuestra mente de la manera más directa posible; pero sería incierto afirmar que no experimenté el influjo de sus historias antes incluso de haberlo leído. Los episodios que Hitchcock rodó en los años cincuenta para televisión en su Alfred Hitchcock presenta estaban basados en algunos de los cuentos más emblemáticos de Dahl y se puede decir que en toda la serie había una especie de tono dahliano, una coherencia narrativa que respondía a los adjetivos que de manera más ajustada califican su obra: eran secos, ingeniosos y carentes de sentimentalismo.

Inmersa en este mar de narraciones extraordinarias he creído entrever las obsesiones de un autor que tiene por norma no mostrarse intrusivo en sus historias con pesadas consideraciones morales. La peripecia vital de Dahl, si se lee con ojos atentos, se encuentra entre estas páginas. No fue una vida fácil. Desde muy niño supo lo que era la pérdida de seres queridos, al perder a una hermana y a su padre. La madre, de origen noruego, a la que el autor estaba muy unido, quiso que Roald estudiara en un internado inglés, tal y como deseaba el difunto padre, y eso se convirtió en un calvario inesperado que inspiró no sólo el libro medio autobiográfico, Boy, que contiene muchas de sus penalidades de niño interno, sino alguno de los cuentos que se presentan en este volumen y, en realidad, toda su literatura.

Su obsesión por hacer justicia con los desamparados, con los débiles, salta a la vista en muchos de sus argumentos: desde el perturbador encuentro en un tren de cercanías de un hombre que va al trabajo con el que se supone era su compañero maltratador en el colegio, a la presencia de los niños perdidos en alguno de sus relatos de una segunda guerra mundial que también vivió en primera persona, como piloto de la RAF. Dahl no es cruel pero tiene muy claro quién es el malvado en un cuento y no muestra ningún interés en comprenderlo. Entiende la maldad como una característica que define por completo a un personaje y no trata de justificarlo psicológicamente. En ese aspecto, imita sin complejos la manera en que los cuentos clásicos estructuraban la división de papeles en una historia: los malos lo son sin matices; a los buenos se les permite casi cualquier atrocidad con tal de restablecer la justicia. Una mujer asesina a su marido porque descubre que éste está a punto de abandonarla; un hombre mata a un asesino de perros; un extraño personaje ha tratado de enriquecerse haciendo que sus contrincantes en las apuestas ofrezcan uno de los dedos de la mano como prenda. Para que exista el bien ha de existir el mal, para que haya un vencedor debe haber un vencido; para provocar inquietud en el lector Roald Dahl enfrenta a los personajes a situaciones macabras o morbosas.

Mientras la corrección política trató de borrar algunos relatos infantiles de Dahl del mapa, y en algún momento lo consiguió, como en el caso del genial Los cretinos —cuyo título fue retirado del catálogo de algunas editoriales—, la literatura de adultos se salvó por estar menos sobreprotegida que la infantil y por convertirse sus cuentos en fuente permanente de inspiración a creadores reconocidos también como clásicos, en el caso de Steven Spielberg, o aplaudidos por su modernidad, en el de Quentin Tarantino. Los críticos, siempre mezquinos con el arte del diálogo, han señalado en alguna ocasión, cómo no, una influencia notable del lenguaje cinematográfico en su estilo. Yo observaría justo lo contrario: Dahl ha servido de inspiración para varios grandes cineastas porque sus historias son concretas, no se andan por las ramas y tienen un argumento que conduce a una genial vuelta de tuerca final. Por otra parte, no eluden la crueldad, una característica común en el cine, y en contadas pinceladas que no perturban la imaginación de un director resumen la personalidad de los personajes. Son la base ideal para historias de cine. Por otra parte, estos cuentos están llenos de gente que habla. Hablan entre ellos, se explican a través del diálogo, o nos hablan directamente a nosotros, porque muchos de los relatos están escritos en primera persona: son individuos que rememoran alguna de las aventuras que marcaron sus vidas.

Era él mismo, Roald Dahl, un aventurero. No cabe la menor duda. Después de sus años sometido a la disciplina de un internado inglés podía con todo. Su juventud transcurrió en África. Los paisajes de Kenia o de Tanzania aparecen como escenario de las peripecias de los personajes; también el cielo que recorrió de un lado a otro de Europa en su calidad de piloto de la Royal Air Force. O América, donde fue destinado como servidor de las fuerzas aliadas y comenzó a curtirse como escritor narrando sus experiencias en la guerra. Se repuso en todas las etapas de su vida de adversidades que podrían haberle vencido y no lo hicieron: la orfandad, el desamparo, la soledad, la guerra. Más tarde, ya casado con la actriz Patricia Neal tuvo que enfrentarse a la pérdida de uno de sus hijos y al accidente de automóvil de Theo, el único varón, cuando era niño, que le trajo como consecuencia una hidrocefalia. Pero el espíritu constructivo de Dahl puso en marcha la máquina del ingenio y junto con dos amigos, uno neurólogo y el otro ingeniero, inventaron la Válvula Wade-Dahl-Till, que durante muchos años tuvo una indiscutible utilidad médica. El genio de los inventores también aparece en estos relatos, aunque sus máquinas estén al servicio de empresas extravagantes.

Sus hijos lo definían como un hombre permanentemente activo, amante de la vida, curioso y capaz de hacer frente a la desdicha. Fue la literatura su manera de comprender una vida llena de tropiezos. Escribió durante muchos años en Gipsy House, su casa de campo en el condado de Buckinghamshire, en un pequeño cobertizo, sentado en un confortable sillón orejero en el que colocaba un tablero sobre los reposabrazos. En ese escondite campestre fue donde pergeñó gran parte de estos argumentos; otros habían sido ya ideados y editados en su vida americana. Al mismo tiempo, se dedicaba a la jardinería y se entregaba a algunas actividades filantrópicas inspiradas por la enfermedad neurológica de su hijo. También dedicó tiempo y dinero a campañas de alfabetización. Su personalidad, por tanto, contiene una paradoja: por un lado, no podemos imaginarlo sin escribir, ni él mismo podía imaginarse sin una entrega permanente a la ficción; por otro, fueron tantas sus habilidades y sus aventuras, que sin duda era un hombre que contenía a otros muchos hombres posibles.

Lo que estos relatos nos dejan claro es su incontenible vitalismo: es como si una corriente de aire puro, fresco, nunca viciado sacudiera todas las páginas y nos impidiera leer rutinariamente. No son historias para moralistas, ni para pazguatos. Aquí hay hombres que antes de matar a las ratas estudian concienzudamente su compleja personalidad; aquí hay mujeres que guardan en un lugar recóndito de su corazón un rencor a su marido que espera el momento de hacerse presente; aquí hay mentes superdotadas que inventan máquinas que escriben novelas de éxito, o jóvenes que emprenden una empresa cuyo negocio consiste en castigar a periodistas que metieron la nariz en asuntos íntimos de gente adinerada. La venganza, el rencor, el desprecio, el odio... y al otro lado de todos esos oscuros sentimientos, los inocentes, los débiles, que suelen ser niños o animales, seres intocados por los vicios o las perversiones de la condición humana. Es extraordinario cómo Roald Dahl maneja al lector, cómo nos maneja hasta el punto de que compartamos la ferocidad de un castigo y eso sea precisamente lo que nos haga sentirnos más aliviados.

Si Dahl se refugió en la escritura, nosotros nos refugiamos en su genio literario. A mí me lleva acompañando muchos años, desde que descubrí sus novelas infantiles de la mano de mi hijo. Su estilo directo, elocuente, vivo, seco, expresivo, salpicado siempre de toques de humor, me subyugó desde el principio y no lo he abandonado nunca. Ha ocupado un espacio en las estanterías de una y otra casa y siempre vuelve a mis manos, fresco y novedoso, como si el autor lo acabara de escribir sobre el tablero de madera, en su cobertizo de Gipsy House, y me lo entregara en mano, con su gran envergadura de marinero noruego y esa alma sin edad que en ocasiones encuentro tan cercana a la mía.

 

ELVIRA LINDO

 

 

 

Cuentos completos

Un cuento africano

 

Para Inglaterra, la guerra empezó en septiembre del año 1939. Los habitantes de la isla se enteraron enseguida y empezaron a prepararse. En lugares más apartados, la gente tardó un poco más en oír la noticia y también empezó a prepararse.

En África oriental, en la colonia de Kenia, vivía un joven cazador blanco que adoraba las sabanas, los valles y las noches frescas en las laderas del Kilimanjaro. También él se enteró de la guerra y empezó a prepararse. Atravesó el país para llegar a Nairobi y alistarse en las fuerzas aéreas británicas. Les pidió que le hicieran piloto. Fue aceptado y empezó su formación en el aeropuerto de Nairobi. Le dieron un pequeño Tiger Moth y se convirtió en un buen piloto.

A las cinco semanas casi fue llevado ante un consejo de guerra porque en vez de despegar y practicar picados y virajes, como se le había ordenado, llevó su pequeño avión hacia las praderas de Nakuru para ver los animales salvajes. En el camino le pareció ver un antílope sable y, como se trata de un animal poco común, se emocionó y voló más bajo para verlo mejor. Por mirar al antílope a su izquierda no pudo ver la jirafa a su derecha. El borde delantero del ala de estribor chocó contra el cuello de la jirafa justo debajo de su cabeza y lo seccionó limpiamente. Así de baja era la altura a la que estaba volando. El ala sufrió daños, pero el piloto consiguió volver hasta Nairobi. Y, como ya he dicho, casi le llevan ante un consejo de guerra, porque se puede explicar una abolladura en el ala por haber chocado contra un ave grande, pero no si hay pellejos y pelos de jirafa pegados en el ala.

Después de seis semanas, le permitieron realizar solo el primer vuelo de larga distancia desde Nairobi hasta un lugar llamado Eldoret, un pequeño pueblo a dos mil cuatrocientos metros de altura en la montaña. Pero de nuevo tuvo mala suerte. Esta vez fue por un fallo del motor durante el camino, ocasionado por el agua que había entrado en los depósitos de combustible. Conservó la cabeza fría e hizo un aterrizaje forzoso muy bonito sin dañar el avión, cerca de una pequeña casa en el altiplano, lejos de cualquier población. El altiplano es una tierra muy solitaria.

Se acercó a la casa y se encontró con un viejo que vivía solo, sin más posesiones que un pequeño terreno para plantar batatas, unas gallinas marrones y una vaca negra.

El viejo le trató bien. Le ofreció comida y leche, y un lugar para dormir. El piloto se quedó dos días y dos noches. Después de ese tiempo, un avión de rescate de Nairobi descubrió su avión en el suelo, aterrizó a su lado, encontró el fallo, volvió a marcharse y le trajo combustible limpio para que pudiese por fin despegar de nuevo y regresar.

Durante su estancia en la casa del viejo, que se sentía muy solo y no había visto a nadie en muchos meses, éste le agradeció mucho la compañía y la oportunidad de hablar con alguien. Él hablaba y el piloto escuchaba atentamente. Habló de la vida solitaria, de los leones que le visitaban por la noche, del pícaro elefante que vivía al otro lado de las colinas al oeste, del calor durante el día y del silencio que llegaba con el frío de medianoche.

La segunda noche, el viejo habló de sí mismo. Contó una historia larga y extraña y, mientras la contaba, el piloto tenía la sensación de que el viejo se estaba quitando un gran peso de encima. Cuando terminó su historia, dijo que nunca se la había contado a nadie y que jamás la volvería a contar, pero al piloto le pareció tan extraña que la escribió nada más volver a Nairobi. No transcribió las palabras del viejo, sino que utilizó sus propias palabras, como si estuviese pintando un cuadro y el viejo fuera un personaje dentro de él, porque ésa le parecía la forma más adecuada. Nunca antes había escrito ninguna historia, así que era natural que cometiera errores. No conocía ninguno de los trucos que utilizan los escritores, que los utilizan igual que los pintores utilizan trucos en pintura, pero cuando terminó, cuando dejó el lápiz sobre la mesa y se fue a la cantina de los aviadores para tomarse una pinta de cerveza, había escrito un cuento extraño y lleno de fuerza.

Lo hallamos en su maleta dos semanas más tarde, al revisar sus pertenencias. Había muerto durante un entrenamiento y, como no parecía tener familia y era mi amigo, me he quedado con el manuscrito para hacerme cargo de él.

He aquí lo que escribió.

 

 

El viejo salió de la sombra de la puerta hacia el sol brillante y descansó un segundo apoyado sobre su bastón, mirando a su alrededor, guiñando los ojos debido a la fuerte luz. Inclinaba la cabeza un poco hacia un lado y miraba hacia arriba, intentando localizar el ruido que le parecía haber oído.

Era bajo, gordo y ya había pasado los setenta, aunque su aspecto más bien indicaba que estaba cerca de los ochenta y cinco. Tenía el cuerpo agarrotado y abultado por el reumatismo. Su rostro estaba cubierto por las canas y movía la boca sólo hacia un lado. En la cabeza, no importaba si estaba dentro o fuera de casa, llevaba siempre un sucio salacot que alguna vez había sido blanco.

Estaba totalmente quieto, entornando los ojos e intentando localizar el ruido.

Sí, lo oyó de nuevo. Giró bruscamente la cabeza para mirar hacia la pequeña cabaña de madera que estaba a unos cien metros, sobre la hierba de la pradera. Esta vez no quedaba duda: era el gañido de un perro, el gañido agudo y punzante de dolor que emite un perro al sentirse amenazado. Dos veces más lo oyó y la última vez era más un grito que un gañido. El tono era aún más agudo, más punzante, como si lo hubieran arrancado rápidamente de un rincón escondido del cuerpo.

El viejo se dio la vuelta y corrió cojeando a través de la hierba hasta llegar a la cabaña de Judson, empujó la puerta y entró.

El pequeño perro blanco estaba tumbado en el suelo y Judson estaba de pie por encima de él, con los pies separados y el pelo negro cayéndole sobre el alargado rostro rojo. Era alto, delgado y estaba allí, con la camisa grasienta mojada de sudor, murmurando en voz baja. Su boca estaba abierta de una manera extraña, sin vida, como si la mandíbula le pesara demasiado. La baba le resbalaba suavemente por la barbilla. Estaba allí, mirando al pequeño perro blanco tumbado en el suelo; con una mano se retorcía lentamente la oreja izquierda y con la otra sujetaba un pesado palo de bambú.

El viejo hizo caso omiso de Judson y se arrodilló junto al perro, pasándole suavemente la mano por el cuerpo. El perro se calló y le miró con los ojos húmedos. Judson no se movía. Estaba mirando a la vez al perro y al viejo.

El viejo se incorporó despacio, levantándose con gran dificultad, con las dos manos agarradas al bastón y haciendo fuerza sobre él para ponerse de pie. Paseó la mirada por toda la habitación. En la esquina vio un colchón sucio y arrugado sobre el suelo; al lado, una mesa fabricada con listones de cajas de madera y encima de ella, un hornillo Primus con una sartén de la que se desprendía el esmalte azul. El suelo estaba sucio de barro y plumas de gallina.

El hombre encontró lo que estaba buscando. Al lado del colchón, apoyada contra la pared, vio una pesada barra de hierro. Cojeó hacia ella, golpeando las tablas huecas del suelo con su bastón. Los ojos del perro seguían sus movimientos. El viejo se cambió el bastón a la mano izquierda, con la derecha agarró la barra de hierro, cojeó de nuevo hacia el perro y seguidamente levantó la barra y dio un golpe fuerte sobre la cabeza del animal. Tiró la barra al suelo y miró a Judson, que seguía inmóvil, con los pies separados, la baba cayéndosele y unas contracciones nerviosas en el rabillo del ojo. El viejo se acercó a él y empezó a hablar. Habló despacio y muy bajo, con una rabia terrible, y al hablar sólo se le movía un lado de la boca.

—Lo has matado —dijo—. Le has partido la columna.

Enseguida se le subió la rabia y encontró más palabras. Miró hacia arriba y escupió las palabras a la cara de Judson, que seguía con las contracciones en el rabillo del ojo e iba retrocediendo, hasta tocar con la espalda en la pared.

—Maldito cruel hijo de puta mataperros. Este perro era mío. ¿Quién diablos te ha dado el derecho de pegar a mi perro?, dime. ¡Contesta, loco baboso! ¡Contesta!

Judson se frotaba lentamente la palma de la mano izquierda contra la parte delantera de la camisa y ahora las contracciones se extendían por toda la cara. Sin mirar al viejo a los ojos, contestó.

—No dejaba de chuparse la pata. No soportaba el ruido. Usted sabe que no soporto ese tipo de ruidos, chupa, chupa, chupa. Le dije que lo dejara. Me miró y movió la cola, pero luego siguió chupándose. No lo soporté más y lo golpeé.

El viejo no dijo nada. Durante un instante parecía que iba a pegar al otro hombre. Levantó un poco el brazo, lo volvió a bajar, escupió al suelo, se dio la vuelta y salió cojeando por la puerta hacia la luz del sol. Atravesó la hierba hasta llegar a donde estaba una vaca negra rumiando a la sombra de una acacia. La vaca le miraba mientras el viejo se acercaba a ella cojeando desde la cabaña hasta el árbol. El animal seguía comiendo, rumiando, moviendo sus mandíbulas con gran regularidad, mecánicamente, como un metrónomo que va muy despacio. El viejo cojeó hasta llegar a su lado y empezó a acariciarle la nuca. Luego se apoyó en ella y utilizó el bastón para rascarle el lomo. Pasó un largo tiempo así, apoyado en ella y rascándole el lomo. De vez en cuando le hablaba, diciendo pequeñas palabras apenas audibles, casi susurrando, como si le estuviera contando un secreto.

Había sombra debajo de la acacia y el campo a su alrededor tenía un aspecto frondoso y agradable después de las largas lluvias. En las tierras altas de Kenia la hierba es verde y en esta época del año, después de las lluvias, está tan verde y frondosa como en cualquier otra parte del mundo. A lo lejos, en el norte, se veía el monte Kenia con su capuchón de nieve y una delgada pluma blanca donde los vientos habían soplado llevando el polvo blanco desde el pico a las cotas más bajas. En las faldas de la montaña había leones y elefantes, y a veces por la noche se oía el rugido de los leones que miraban a la luna.

Pasaron los días y Judson realizaba sus tareas en la granja de una forma silenciosa y mecánica, recogía el maíz, desenterraba las batatas y ordeñaba la vaca negra, mientras el viejo se escondía del agresivo sol africano dentro de su casa. Solamente al caer la tarde, cuando el aire empezaba a refrescar, salía cojeando y siempre se ponía al lado de la vaca. Pasaba una hora hablando con ella debajo de la acacia. Un día llegó a la hora habitual y encontró a Judson al lado de la vaca, mirándola de forma extraña y en una postura peculiar, con un pie adelantado, retorciéndose la oreja con la mano derecha.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó el viejo al acercarse cojeando.

—La vaca no deja de comer —respondió Judson.

—De rumiar —le corrigió el viejo—. Déjala en paz.

—Es el ruido —dijo Judson—. ¿No lo oye? Cruje. Como si estuviera masticando piedras, pero no es eso. Sólo come hierba y babas. Mírela. No deja de masticar. Cruje, cruje, cruje y sólo son hierba y babas. Se me graba directamente en los sesos.

—¡Fuera! —le dijo el viejo—. ¡Fuera de mi vista!

 

 

Al alba, el viejo estaba como siempre sentado frente a la ventana, observando cómo Judson atravesaba la pradera desde su cabaña para ordeñar la vaca. Esa mañana, observó cómo atravesaba la hierba, dormido, hablando consigo mismo, arrastrando los pies, dejando una huella verde oscura en la hierba mojada y llevando en la mano una vieja lata de queroseno de quince litros que utilizaba para recoger la leche. En ese momento el sol se asomó por encima de las colinas y dejó unas largas sombras detrás del hombre, de la vaca y de la acacia. El viejo vio cómo Judson dejaba la lata en el suelo y se sentaba encima de la caja de madera que estaba al lado del árbol para ponerse a ordeñar. Vio cómo de repente se arrodilló para tocar la ubre de la vaca y en ese mismo momento el viejo se dio cuenta de que la vaca no tenía leche. Vio cómo Judson se levantaba y corría hacia la casa. Se quedó parado debajo de la ventana y miró hacia arriba, adonde estaba sentado el viejo.

—No hay leche —dijo Judson.

El viejo se asomó a la ventana abierta, apoyándose con ambas manos en el borde.

—Maldito hijo de puta, la has robado.

—Yo no fui —respondió Judson—. Estaba durmiendo.

—La has robado —repitió el viejo, hablando en voz baja moviendo sólo un lado de la boca y asomándose más—. Te daré una paliza por esto.

—Alguien la robó durante la noche —se defendió Judson—, un nativo, un kikuyu. O igual está enferma.

El viejo tuvo la impresión de que Judson decía la verdad.

—Ya veremos —dijo al final— si esta tarde tiene leche o no. Y ahora, piérdete, por Dios.

Por la tarde la ubre estaba llena y el viejo vio cómo Judson sacaba dos litros de buena leche.

A la mañana siguiente estaba vacía. A la tarde estaba llena. La tercera mañana estaba de nuevo vacía.

La tercera noche, el viejo se quedó vigilando. En cuanto cayó la noche se sentó al lado de la ventana abierta con su viejo rifle del calibre doce cruzado sobre los muslos, esperando al ladrón de leche que ordeñaba su vaca durante la noche. Al principio la oscuridad era tan densa que no lograba ver absolutamente nada, ni siquiera la vaca, pero pronto salió por detrás de las colinas una luna de tres cuartos que daba tanta luz que casi parecía de día. Pero hacía un frío terrible en las tierras altas, porque están a una altura de más de dos mil metros, y el viejo se estremeció en su silla y colocó la manta marrón más pegada a sus hombros. Ahora podía ver perfectamente la vaca, igual que bajo la luz del sol, y la sombra de la pequeña acacia se dibujaba perfectamente sobre la hierba, con la luna justo detrás.

Durante toda la noche el viejo aguantó en su puesto mirando la vaca, a la que no quitó ojo salvo durante el instante en el que se fue a la habitación para traer otra manta. La vaca parecía estar a gusto debajo del árbol, rumiando y mirando la luna.

Una hora antes del amanecer, la ubre estaba llena. El viejo podía verlo. La había estado observando continuamente y, aunque no había conseguido apreciar el aumento, igual que no se aprecia el movimiento de la horaria del reloj, sí que había sido consciente de cómo la leche había ido aumentando durante toda la noche. Ahora faltaba una hora para el amanecer. La luna estaba más baja, pero seguía iluminando mucho. Podía ver perfectamente la vaca, el pequeño árbol y el verdor de la hierba alrededor de ella. De repente giró bruscamente la cabeza. Había oído un ruido. Seguro que había oído un ruido. Sí, ahora se oía de nuevo, algo se movía en la hierba justo debajo de su ventana. Se levantó rápidamente para mirar por encima del borde de la ventana hacia el suelo.

Entonces la vio. Una larga serpiente negra, una mamba de dos metros y medio de largo y del grosor del brazo de un hombre, se deslizaba con gran velocidad por la hierba mojada derecha hacia la vaca. Levantaba ligeramente su pequeña cabeza con forma de pera y el movimiento de su cuerpo contra la humedad de la hierba producía un pronunciado silbido, como gas que se escapa de una válvula. El viejo levantó el rifle para disparar. Enseguida lo volvió a bajar, sin saber por qué, y se quedó sentado, inmóvil, mirando a la mamba acercarse a la vaca, escuchando el silbido de su movimiento, mirando cómo llegaba al lado de la vaca y esperando que la mordiera.

Pero no la mordió. Levantó la cabeza y la meneó suavemente durante un instante, luego levantó toda la parte delantera de su cuerpo negro para acercarlo a la ubre, se metió suavemente una de las tetas en la boca y empezó a beber.

La vaca no se movió. Ya no se escuchaba ningún ruido mientras el cuerpo de la mamba se arqueaba con elegancia entre el suelo y la ubre. La serpiente negra y la vaca negra se distinguían claramente bajo la luz de la luna.

Durante media hora el viejo se quedó mirando cómo la mamba bebía la leche de la vaca. Observaba los suaves empujones de la serpiente mientras extraía la leche de la ubre y cómo después de cierto tiempo se cambió de una teta a otra, hasta que por fin ya no quedó nada de leche. Entonces la mamba bajó suavemente la cabeza al suelo y se marchó en la dirección por la que había venido. De nuevo producía ese silbido al moverse por la hierba y de nuevo pasó por debajo de la ventana en la que el viejo estaba sentado, dejando una fina huella oscura en la hierba mojada. Finalmente desapareció doblando la esquina de la casa.

La luna se escondía lentamente por detrás de la cresta del monte Kenia. Casi en ese mismo momento salió el sol por el este de entre las colinas y Judson se asomó a la puerta de su cabaña con la lata de quince litros en la mano. Caminó despacio hacia la vaca arrastrando los pies, mojándolos en el pesado rocío. El viejo le vio acercarse y se quedó esperando. Judson se inclinó para tocar la ubre y, mientras lo hacía, el viejo le pegó un grito. Judson se asustó al oír la voz del viejo.

—Se la han llevado otra vez —gritó.

—Sí —respondió Judson—, está vacía.

—Creo —siguió despacio el viejo— que era un chico kikuyu. Me había quedado dormido y sólo lo vi cuando ya se iba. No pude disparar porque la vaca estaba en medio. Desapareció por detrás de la vaca. Lo voy a esperar de nuevo esta noche y esta vez lo voy a pillar.

Judson no dijo nada. Agarró la lata de quince litros y volvió a su cabaña.

La siguiente noche el viejo se sentó de nuevo detrás de la ventana vigilando la vaca. Esta vez la anticipación del espectáculo que iba a ver le provocaba cierto placer. Sabía que la mamba volvería, pero quería estar totalmente seguro. Cuando la gran serpiente por fin se deslizó de nuevo a través de la hierba hacia la vaca, una hora antes del amanecer, el viejo se asomó apoyándose en el alféizar para seguir sus movimientos mientras ella se acercaba a la vaca. La vio pararse un instante debajo de la tripa del animal y menear la cabeza unas seis veces hasta que por fin levantó la parte delantera del cuerpo para meterse la teta de la vaca en la boca. El viejo estuvo mirando durante media hora cómo se bebía la leche hasta que ya no quedaba más. Luego vio cómo bajaba el cuerpo y se volvía por el camino por el que había venido hasta doblar la esquina de la casa. Y mientras la miraba se reía silenciosamente con un lado de la boca.

Luego se asomó el sol por detrás de las colinas y Judson salió de su cabaña llevando la lata de quince litros, pero esta vez fue directo a la ventana de la casa donde estaba sentado el viejo envuelto en sus mantas.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Judson.

El viejo le miró desde lo alto de la ventana.

—Nada —contestó—. No ha pasado nada. Me he quedado dormido otra vez y el hijo de puta vino y se llevó la leche mientras yo dormía. Escúchame, Judson —añadió—, hemos de pillarlo, porque si no, se te acabará la leche, aunque tampoco te vendría mal. Pero hemos de pillarlo. No puedo dispararle porque es muy listo. Siempre se pone detrás de la vaca. Lo vas a tener que pillar tú.

—¿Pillarlo yo? ¿Cómo?

—Pienso —dijo el viejo muy despacio—, pienso que tendrás que esconderte al lado de la vaca, justo al lado. Es la única forma de atraparlo.

Judson se enredaba el cabello con la mano izquierda.

—Hoy —continuó el viejo— vas a excavar una pequeña zanja al lado de la vaca. Allí te tumbarás y yo te cubriré de hierba y heno para que el ladrón no te vea hasta que esté a tu lado.

—Y ¿si lleva navaja?

—No, no tendrá ninguna navaja. Tú tráete tu palo. No necesitarás otra cosa.

—Sí —contestó Judson—, traeré mi palo. Cuando llegue el ladrón, me levantaré y le daré con el palo.

De repente, Judson pareció acordarse de algo.

—Pero ¿qué pasa con la vaca? —preguntó—. No soportaría sus ruidos toda la noche rumiando, masticando hierba y babas como si fueran piedras. No lo soportaría.

Comenzó de nuevo a retorcerse la oreja izquierda.

—Harás lo que te he dicho, maldito —replicó el viejo.

Y Judson excavó la zanja al lado de la vaca, a la que después se ató al tronco de la pequeña acacia para que no se alejara durante la noche. Cuando al caer la tarde se dispuso a tumbarse en la zanja, el viejo se asomó a la puerta de su casa y le llamó.

—No tiene sentido hacer nada hasta la madrugada. No vendrá antes de que se llene la ubre. Ven y espera aquí dentro. Hace menos frío que en tu asquerosa cabaña.

Era la primera vez que el viejo invitaba a Judson a entrar en la casa. Le siguió hacia dentro, contento por no tener que estar en la zanja toda la noche. Una vela iluminaba la habitación. Estaba metida en el cuello de una botella de cerveza que estaba sobre la mesa.

—Haz té —ordenó el viejo indicando el hornillo Primus que estaba en el suelo. Judson encendió el hornillo e hizo té. Luego los dos hombres se sentaron cada uno sobre una caja de madera y bebieron. El viejo se puso enseguida a beber el té caliente haciendo mucho ruido al sorber el líquido. Judson no dejaba de soplar el suyo, tomando pequeños sorbitos de vez en cuando y con mucho cuidado, observando continuamente al viejo por encima del borde de su taza. El viejo seguía bebiendo y haciendo ruidos escandalosamente hasta que de repente Judson habló.

—Pare —dijo en voz muy baja, casi como si le doliera, y al hablar le aparecían contracciones alrededor de los ojos y de la boca.

—¿Cómo? —preguntó el viejo.

—Pare ese ruido. Ese ruido que hace cuando está sorbiendo el té.

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