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CUENTOS COMPLETOS

Flannery O'Connor  

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Fragmento

PRÓLOGO
Contra el lector cansado

E ste libro reúne, por primera vez en nuestro país, todos los relatos que escribió la norteamericana Flannery O’Connor, autora de una de las obras más extrañas, perturbadoras e inclasificables de la literatura universal. Es un libro divertido y terrible a la vez, ante el que no sabremos si reírnos o sentirnos horrorizados. Falsos profetas, niños perversos, criminales visionarios, idiotas, mentirosos inocentes, ancianos perversos, santos que deliran, se dan cita en sus páginas. Seres que caminan hacia la perdición sin saberlo, que parecen surgidos del libro de Job y en los que la depravación y la inocencia conviven con perturbadora naturalidad. Harold Bloom afirma que no tenemos un lenguaje apropiado para enfrentarnos con lo divino, y toda la obra de Flannery O’Connor parece ser la demostración palpable de que es así. Solo que sus personajes, al contrario que Job, no son pacientes y están dispuestos a lo que sea para mantener ese diálogo con la divinidad en busca de un sentido que siempre se les escapa. Su principal recurso es el mal. Es lo que hace el protagonista de «Un hombre bueno es difícil de encontrar», uno de sus cuentos más famosos. Se trata de un hombre extraño e impredecible, al que llaman el Desequilibrado, que se dedica a matar a cuantos se encuentra, sin manifestar la mínima vacilación, como si cualquier forma de conocimiento pasara inevitablemente por el mal. «Hay algunos que pueden vivir toa su vida sin preguntarse por qué y otros que tienen que saber el porqué, y este muchacho es d’estos últimos. ¡Va estar en to!», profetizaba su propio padre cuando era un niño. Todos los personajes de Flannery O’Connor quieren ver, quitarse la venda de los ojos. Su tarea no es contribuir a que se mantenga el equilibrio de las cosas, sino sacudir ese equilibrio tratando de que algo nuevo aparezca, algo que sea portador de esperanza en un mundo en que no parece haber un lugar para ella. El Desequilibrado, por ejemplo, cree imitar a Jesús con su conducta criminal. «Jesús es el único qu’ha resucitao a los muertos y no tendría qu’haberlo hecho. Rompió el equilibrio de to. Si Él hacía lo que decía, entonces solo te queda dejarlo to y seguirlo, y si no lo hacía, entonces solo te queda disfrutar de los pocos minutos que tienes de la mejor manera posible, matando a alguien o quemándole la casa o haciéndole alguna otra maldad. No hay placer, sino maldad.»

En «El negro artificial», un abuelo quiere dar una lección a su nieto y termina traicionándole; en «Partridge en fiestas» un chico quiere por encima de todo acercarse a un asesino loco para descubrir lo que siente; en «La espalda de Parker» un hombre cubre su espalda de tatuajes para intentar calmar su insatisfacción y su melancolía; en «El río» un niño busca un nuevo nombre y una nueva vida lejos de la casa oscura donde vive. El chico de «El pavo» persigue a un pavo salvaje para matarlo, lo pierde de vista y acaba por encontrárselo muerto. Se pavonea con el animal sobre los hombros, hasta que se lo roban unos chicos de los barrios pobres. Entonces se da cuenta de lo tardío de la hora y de que la noche está cayendo y tiene «la certeza de que a sus espaldas había algo con los brazos tendidos y las manos listas para aferrarlo».

En todos los cuentos de Flannery O’Connor asistimos a una transformación final del personaje, a un cambio que le permite abrirse, aunque solo sea por un momento, a un instante de libertad incomparable. «El cielo era de un rosa intenso, y la extraña luz que de él caía hacía resaltar cada color. Cada brizna de hierba que crecía entre la grava parecía un nervio de un verde vivo.» A Flannery O’Connor le gustaba hablar de la gracia. «Escribo para un auditorio que no sabe lo que es la gracia y que no la reconoce cuando la ve. Todos mis relatos tratan sobre la gracia en un personaje que no la desea, por eso la mayoría de la gente piensa que las historias son duras, sin esperanza, brutales.» Y ciertamente todos estos relatos nos conducen a una conversión. Flannery O’Connor sabe que incluso en los seres más egoístas y perversos siempre es posible un acto súbito e imprevisible de libertad, y en sus relatos siempre trata de encontrar ese momento único capaz de iluminar la escena llenándola de vida. Veamos lo que pasa en «Un hombre bueno es difícil de encontrar». Una familia que sale de excursión se encuentra con el Desequilibrado, un peligroso criminal. La abuela, que es una criatura vulgar y egoísta, ha oído hablar de sus fechorías por la radio y, cuando le identifica, a él no le queda otra solución que matarles. El Desequilibrado y sus secuaces van eliminando a todos los miembros de la familia, incluidos los niños. La última que queda es la abuela quien, tras un breve diálogo con él, se ve arrebatada por un movimiento súbito de ternura y tiende su mano para acariciarle. «¡Si eres uno de mis niños! ¡Eres uno de mis hijos!» El Desequilibrado se revuelve como si le hubiera picado una serpiente y dispara tres veces contra el pecho de la anciana. Luego pide a sus compañeros que la lleven al foso donde tiraron a los otros. Y, aún confuso por aquella caricia, añade: «Habría sido una buena mujer, si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida».

En Flannery O’Connor siempre está presente, como señaló Thomas Merton, el problema del valor. «¿Quiénes son las buenas personas? —pregunta—. Son muy difíciles de hallar. Entretanto, tendremos que contentarnos con las malas personas, tan respetables que resultan horribles, tan horribles que resultan cómicas, tan cómicas que resultan patéticas, pero tan patéticas que sería horroroso tener piedad de ellas. Tan cómicas que uno no se atreve a reír demasiado fuerte ante el temor de atraer a los demonios del desprecio.» Flannery O’Connor nos pide que suspendamos por un momento nuestro juicio sobre estos personajes y es entonces cuando descubrimos que, a pesar del horror que provocan, hay en ellos un resto de inocencia, como si se redimieran en cada acto brutal. «El que pierda su alma, ese la salvará», puede leerse en el Evangelio. No se trata en suma de seres patológicos, porque la patología no anuncia nada ni comporta conocimiento alguno. El mal es materia de elección, en tanto que la enfermedad no lo es. Y en estos relatos los personajes eligen, quieren ver más allá. Hay en ellos una especie de dignidad negra que les coloca más allá de la desgracia.

La literatura de Flannery O’Connor hunde sus raíces en la literatura grotesca norteamericana del siglo XIX. Una literatura que venía de la frontera, llena de personajes disparatados cuya comicidad no surgía de un defecto, sino de un exceso de energía. Así son todos sus personajes: tan cómicos como terribles. Personajes que parecen llevar una carga invisible, cuyo fanatismo es un reproche, no una excentricidad. Flannery O’Connor pensaba que el novelista no podía ser «la criada de su época» ni debía aspirar a hacer una literatura que cicatrizara las heridas. En uno de sus escritos nos cuenta cómo una señora le escribió desde California reprochándole el pesimismo y la negrura de sus relatos. «Lo que quiere el lector cuando llega a su casa —le dice—, es leer algo que eleve su corazón.» Flannery O’Connor le contesta que si su corazón hubiera estado en el lugar adecuado sí se habría elevado. Ella piensa que la gran literatura busca el acto redentor, solo que el mundo actual ha olvidado lo que significa ese acto, como ha olvidado el verdadero significado del mal. Vuelve a resonar en nuestra memoria la reflexión del Desequilibrado ante el cadáver de la anciana. «Habría sido una buena mujer, si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.» Los relatos de Flannery O’Connor tienen el poder supremo de agitar nuestra conciencia. No es posible permanecer indiferentes ante ellos, de la misma forma que no es posible mantener la calma cuando alguien te apunta con una pistola. Tienen el poder de hacernos despertar, desvelan a ese lector cansado que somos todos, exhortándonos a una especie de paciencia. «Continúen leyendo estas barbaridades —parece decirnos—, no abandonen prematuramente a estos seres depravados. Saldrán ganando, no sé cómo, no soy más que una escritora, pero ustedes saldrán ganando.»

John Huston rodó en 1978 una película basada en Sangre sabia, la primera de las novelas de Flannery O’Connor. Por la rareza de su argumento, la rebelión de un joven fanático religioso contra Cristo, tuvo muchos problemas de financiación, aunque finalmente pudo rodarse en el tiempo récord de cuarenta y ocho días. John Huston, en el último capítulo de su autobiografía, escribe: «Nada me haría más feliz que ver que esta película consiga aceptación popular y rinda beneficios. Demostraría algo. No estoy seguro qué…, pero algo».

La película pasó sin pena ni gloria, que es un poco el destino que corrió la obra de Flannery O’Connor durante los años setenta, que fue cuando Esther Tusquets la publicó en nuestro país casi en su totalidad. El lector tiene ahora, gracias a esta preciosa y renovada edición de sus cuentos, la oportunidad de conocer una de las obras más intensas, perturbadoras y bellas que se han escrito jamás. Nada me gustaría más que esta edición se agotara enseguida y que, una tras otra, se fueran sucediendo las reimpresiones en los próximos meses. Parafraseando a John Huston, «demostraría algo. No estoy seguro qué…, pero algo». Tal vez el fin de la era del lector cansado. No desaprovechen la oportunidad, les aseguro que merece la pena.

GUSTAVO MARTÍN GARZO

El geranio

E l viejo Dudley se dobló en la silla que poco a poco iba amoldando a su cuerpo, miró por la ventana y, unos cuantos metros más allá, vio otra ventana enmarcada en ladrillos rojos manchados de tizne. Esperaba el geranio. Lo sacaban todas las mañanas, a eso de las diez, y lo entraban a las cinco y media. En el pueblo, la señora Carson tenía un geranio en la ventana. Allá en casa había muchos geranios, geranios más bonitos. «Los nuestros sí que son geranios —pensó el viejo Dudley—, no como esta cosa rosa y verde con lazos de papel.» El geranio que ponían en la ventana le recordaba a Grisby, el chico del pueblo que tenía la polio, al que había que sacar todas las mañanas en la silla de ruedas y dejarlo pestañeando al sol. Si Lutisha llegaba a echarle mano a ese geranio y a plantarlo en la tierra, a las pocas semanas seguro que conseguía algo digno de verse. Esos que vivían al otro lado del callejón no tenían ni idea de cómo se cuidan los geranios. A este lo sacaban para que se cocinara todo el día bajo un sol de justicia, y lo ponían tan cerca del borde que, a la que soplara un poco de viento, acababa en el suelo. No tenían ni idea, ni idea de geranios. Esa maceta no tenía que haber estado donde estaba. Al viejo Dudley se le hizo un nudo en la garganta. Lutish era capaz de conseguir que arraigara lo que le echasen. Y Rabie también. Notó una opresión en la garganta. Echó la cabeza hacia atrás y trató de aclararse las ideas. No se le ocurrían muchas cosas en las que pensar que no le hicieran sentir el nudo en la garganta.

Entró su hija y le preguntó:

—¿No quieres salir a dar un paseo? —Se la veía molesta.

No le contestó.

—¿Sales o no sales?

—No salgo.

Se preguntó cuánto tiempo iba a seguir su hija allí de pie. Hacía que los ojos se le pusieran como la garganta. Se le iban a nublar y entonces ella se daría cuenta. Se había dado cuenta otras veces y había sentido pena por su padre. También había sentido pena por sí misma. «Se lo podría haber ahorrao —pensó el viejo Dudley—, si lo hubiese dejao en paz, si hubiese dejao que se quedara allá en el pueblo y no se hubiese empeñao en cumplir con su maldito deber.» Ella salió de la habitación lanzando un fuerte suspiro, y ese suspiro le fue subiendo por el cuerpo y le recordó otra vez el momento aquel —de eso ella no tenía la culpa— en que, de repente, le habían entrado ganas de ir a Nueva York a vivir con su hija.

Podía haberse librado de ir. Podía haberse puesto firme, haberle dicho que viviría su vida donde había vivido siempre, le enviara o no dinero todos los meses, se las arreglaría con la jubilación y lo que sacara haciendo chapuzas. Que se quedara con el maldito dinero, lo necesitaba más que él. Se hubiera alegrado de que liquidaran su deber de hija de aquella manera. Entonces, si él se moría solo, lejos de sus hijos, ella podía decir que la culpa la tenía su padre; y si llegaba a ponerse enfermo y no tenía quién lo cuidara, ella podía haber dicho que se lo había buscado él solito. Pero, claro, llevaba dentro aquella cosa y le habían entrado ganas de conocer Nueva York. Cuando era niño había estado en Atlanta una vez, y había visto Nueva York en una película. Big Town Rhythm se llamaba. Las grandes ciudades eran lugares importantes. Aquella cosa que llevaba dentro le salió de repente, lo agarró por sorpresa. ¡El lugar igualito al que había visto en el cine tenía un sitio para él! ¡Un lugar importante y tenía sitio para él! Y había dicho que sí, que iría.

Enfermo debía estar cuando aceptó. Porque, sano, seguro que no decía que sí. Él estaba enfermo y ella tan empeñada en cumplir con su maldito deber que al final consiguió convencerlo. Vamos a ver, ¿por qué tuvo su hija que ir al pueblo a darle la tabarra? Con lo bien que se arreglaba él. La jubilación le alcanzaba para comer, y con las chapuzas que iba haciendo se pagaba el cuarto de la pensión.

Por la ventana de aquel cuarto veía pasar el río, denso y rojo, lo veía superar con esfuerzo las piedras y las curvas. Trató de pensar cómo era, además de rojo y lento. Añadió las manchas verdes de los árboles en las dos orillas, y en algún punto, río arriba, una mancha marrón para indicar la basura. Él y Rabie iban hasta ahí todos los miércoles a pescar en una barca. Rabie se conocía el río de arriba abajo en un tramo de treinta kilómetros. En todo el condado de Coa no había ni un solo negro que lo conociese como él. A Rabie le encantaba el río, pero al viejo Dudley no le decía nada. A él lo que le interesaban eran los peces. Le gustaba volver por la noche con una larga ristra de pescados y echarlos en el fregadero. «Traigo unos cuantos qu’he pescao», decía. «Hacía falta un hombre para pescar unos pescaos así», comentaban siempre las viejecitas de la pensión. Él y Rabie salían los miércoles bien temprano y pescaban todo el día. Rabie se encargaba de encontrar los sitios buenos y de remar; el viejo Dudley se encargaba de pescarlos. A Rabie no le interesaba demasiado pescar, a él lo que le gustaba era el río.

—¿Pa qué le vale echar el sedal ahí, jefe? —decía—. Si ahí no queda ni un pescao. Este viejo río no esconde nada por aquí, no señor.

Reía como un tonto y llevaba la barca río abajo. Así era Rabie. Para robar tenía más arte que las comadrejas, pero sabía dónde había buena pesca. El viejo Dudley siempre le regalaba los pescados chicos.

El viejo Dudley había vivido en la planta de arriba de la pensión, en el cuarto de la esquina, desde la muerte de su esposa en el año 1922. Protegía a las ancianitas. Era el hombre de la casa y hacía las cosas que se supone que debe hacer el hombre de la casa. La tarea era aburrida por las noches, cuando las viejecitas se sentaban en la sala a rezongar y a hacer ganchillo y el hombre de la casa estaba obligado a escuchar y a hacer de juez en las guerras de cotorreos y chillidos crispantes. Pero durante el día estaba Rabie. Rabie y Lutisha vivían en el sótano. Lutish cocinaba y Rabie se ocupaba de la limpieza y del huerto, pero menudo era para escaquearse con la faena a medio hacer e irse a echarle una mano al viejo Dudley en alguna de sus empresas: construir un gallinero, pintar una puerta. Le gustaba escuchar, que le contaran cosas de Atlanta, de cuando el viejo Dudley estuvo allí, y de cómo se montaban los fusiles y un montón de cosas más que el viejo sabía.

A veces, por las noches, iban a cazar zarigüeyas. Nunca cogían ni una zarigüeya, pero, de vez en cuando, al viejo Dudley le gustaba librarse de las señoras y la caza era una buena excusa. A Rabie no le gustaba ir a cazar zarigüeyas. Nunca cazaban ni una zarigüeya, ni siquiera conseguían hacer que alguna se subiera a un árbol; además, Rabie era más bien un negro de río.

—Esta noche no vamo a cazar zarigüeyas, ¿eh, jefe? Tengo algo que hacer —decía cuando el viejo Dudley se ponía a hablar de sabuesos y escopetas.

—¿A quién le vas a robar las gallinas esta noche? —preguntaba Dudley sonriendo.

—Me parece qu’esta noche toca cazar zarigüeyas —suspiraba Rabie.

El viejo Dudley sacaba la escopeta, la desmontaba y, mientras Rabie limpiaba las piezas, le explicaba el mecanismo. Después volvía a montarla. A Rabie le maravillaba la forma en que conseguía volver a montarla. Al viejo Dudley le hubiera gustado explicarle a Rabie cosas de Nueva York. Si hubiera podido enseñársela a Rabie, la ciudad no habría sido tan grande y él no habría notado aquella presión cada vez que salía, «Tan grande no es —le habría dicho—. No te dejes agobiar, Rabie. Es una ciudad com’otra cualqui

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