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CUENTOS COMPLETOS

Marguerite Yourcenar  

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Fragmento

En la apreciación ya unánime de la obra de Marguerite Yourcenar, una autora capital del siglo XX, cuya obra es clásica en la manera en que lo son aquellas obras que se extraen del tiempo en que nacen insertándose en esa ficción que llamamos historia, sería un grave error postergar las dos docenas de cuentos escritos antes y después de los años dedicados a la construcción primorosa, escrupulosa, titánica, de dos de las cumbres de la novela contemporánea, Memorias de Adriano y Opus Nigrum, y de joyas talladas con la brevedad de Alexis o el tratado del inútil combate y El tiro de gracia. Lejos de ser producto de la fogosidad de una joven que resolvió muy pronto ser una escritora de una pasión y una precisión poco comunes, precisamente por saber a muy temprana edad qué y cómo iba a escribir, estos relatos escritos con idéntico mimo compositivo que las grandes novelas, que datan de los años de formación y de los años de sabiduría y sosiego, resultan uno a uno y en su totalidad un auténtico prodigio narrativo. Los tres relatos de la sección que cierra este volumen, aunque reescritos años más adelante, provienen también de los años treinta; al igual que los tres que se hallan en la primera, sus obras más tempranas, son cifra y resumen de su singular concepción de la obra y de su inigualable funcionamiento: al decir de Josyane Savigneau, Yourcenar desarrolla, afina, consolida, compone por adición y por sustracción, esboza y recapacita y traza con pulso firme una obra que había soñado e imaginado entre los dieciocho y los veinte años, siempre subordinada al ansia de saber y al afán de servir.

En la década de los treinta la obra no está conclusa, pero el destino está sellado. La obsesión de Yourcenar en llevar a cabo todos los proyectos concebidos, todas las tareas que se fue imponiendo, resulta enfermiza tal vez, pero es síntoma de una fortaleza en las decisiones propia de una mujer que supo muy pronto quién iba a ser, y que lo fue cabalmente con el paso de las estaciones, del primer al último otoño. Año tras año Yourcenar va escribiendo y a veces va descartando las sucesivas piezas de ese mosaico concebido en su juventud; va reescribiendo y añadiendo y reordenando los volúmenes de cuentos, cuyas fechas de publicación pueden parecer algo confusas por esa situación de elaboración casi permanente.

Entre los cuentos de juventud publicados póstumamente con el título de Cuento azul (1993) y los tres relatos magistrales de Como el agua que fluye (reescritos en 1979-1981, aunque sus gérmenes datan de mediados de los años treinta), se intercalan dos libros más unitarios, Fuegos (1936) y Cuentos orientales (1938, edición ampliada de 1978). Con la excepción del primero, los otros tres van acompañados de notas prologales o epilogales en los que la autora da cumplida noticia bibliográfica de todos ellos.[1]

I

Cuando el lector se ha encariñado con un autor y el autor muere, y llega la hora de releer sus producciones ya conocidas y de paladear esos vinos decantados por el tiempo y hallar sabores novedosos, es corriente que surja el afán por conocer inéditos, descartes, curiosidades que se fueron quedando en las gavetas de su escritorio. Entre los hallazgos que se hicieron en los archivos de Marguerite Yourcenar a su muerte, en 1987, seguramente los más destacados sean tres relatos cortos de una coherencia proverbial, debida a la lucidez con que Yourcenar imaginó qué y cómo iba a escribir a medida que adquiriese las herramientas del narrador y el rigor exquisito con que las emplea. Son los tres cuentos que figuran en el arranque de este volumen, escritos entre 1924 y 1930, años en que comienza a trabajar en la dinámica literaria y a afinar las tesituras narrativas que años después culminaría con Memorias de Adriano: esa metáfora que arraiga en las entrañas del hombre, un sentimiento a medias escéptico y a medias esperanzado, pero que resalta ante todo la dignidad del ser humano.

«Cuento azul», el único verdadero inédito que dejó Yourcenar a su muerte, apunta ya en la dirección de los Cuentos orientales. Expone desde luego el anhelo de Oriente que impregna toda su obra y demuestra una atención extrema por plasmar con justeza todo un mundo sensorial, además de producir un efecto característico en la autora: parece que transcribiera una tradición ancestral de acuerdo con las convenciones de la literatura oral más cercana. Es posible que se quedara en el cajón por haberse ideado para formar parte de un tríptico que contendría un «Cuento rojo» y un «Cuento blanco», de los cuales no se conserva más que la idea.

Mucho más curioso y bastante más redondo es «La primera noche», que Yourcenar reescribe —pule, abrillanta, remata y transforma— a partir de lo que habría sido el primer capítulo de una novela proyectada por su padre. Esta narración despojada de vana literatura contiene una experiencia doblemente fundacional en la sensibilidad de la narradora: apura el juego de las complicidades entre padre e hija, el misterioso placer de la suplantación, la identificación que se entabla entre ambos como clave de la transmisión de un saber estar y de una manera de ser; al mismo tiempo, relata con la lucidez del hombre maduro un episodio que condensa una cosmovisión anclada en lo más íntimo, en una noche de bodas, bordeando las fronteras del tabú. Con su tono de sensualidad tierna y desengañada y su transposición de la realidad vivida, en él hallamos la vaga idea de que la vida es así, a la vez que bien pudiera ser de otra manera.

«Maleficio», de corte más convencional, es una primera aproximación al mundo mediterráneo y profundo con la que se cierra este «tríptico de juventud acerca de la credulidad», según lo define Josyane Savigneau en La invención de una vida (Alfaguara, 1991), obra de referencia fundamental en cuanto a la vida y el universo propio de Marguerite Yourcenar. En realidad una especie de borrador previo de las capillas preciosas y las suntuosas estancias que, dentro de un vasto palacio, irá construyendo Yourcenar con criterio y con tesón a lo largo de los años, dejando a la vez que sea el tiempo quien esculpa sus formas ideadas antes de que llegue el cincel que empuña una mano magistral.

II

Producto de una crisis pasional de envergadura considerable, Fuegos es el más unitario de los cuatro libros que forman este volumen. Se trata de una serie de composiciones líricas que, talladas como piedras preciosas no siempre de forma regular
—la perfección es enemiga de lo bueno—, se ensartan en un hilo conductor que trenza una determinada noción del amor tal como se hace y se deshace en situaciones precisas. Anclados en el mundo referencial del clasicismo helénico, del que Yourcenar fue finísima conocedora, en estos destellos de prosa repujada como trabaja el orfebre a la «antigua», y de una modernidad sin embargo rabiosa, el mundo clásico viene a ser más bien un telón de fondo sobre el que descansa un espíritu radicalmente moderno: Fuegos, más para bien que para mal, ostenta el signo de su tiempo, de las vanguardias de entreguerras, del expresionismo exacerbado. Desde ambos registros, Yourcenar construye nueve meteoritos incandescentes en los que un estilo convulso y una arrogancia confesa, una audacia verbal siempre al filo de lo excesivo, no impiden —o más bien permiten— que el «legítimo esfuerzo por no perder ni un ápice de la complejidad de una emoción o el fervor de la misma» fructifique en piezas de alta poesía.

Fuegos es un libro del deseo que arranca por la confesión de un deseo: «Espero que este libro no sea leído jamás». Entre cada uno de los relatos que lo componen se han incorporado los extractos de un diario, aforismos a veces en los que se superponen el desgarro y la pasividad de quien vive con una compleja mezcla de sentimientos un amor que es enfermedad y es vocación. Contienen un grado de intimismo de una lucidez expositiva extraordinaria: en la locura apasionada del amor una Marguerite Yourcenar ya no tan joven se conoce y se reconoce paso a paso. En el fondo, aun esquivando el cuerpo a cuerpo, la persona que habla en Fuegos «con la insolente voluntad de dirigirse sólo a un lector ya conquistado» pone en tela de juicio «si el amor total… con los riesgos que comporta tanto para sí como para el otro, de inevitable engaño, de abnegación y de humildad auténtica, pero también de violencia latente y de exigencia egoísta, merece o no el lugar exaltado que le han concedido los poetas». Las pasiones abstractas se asocian en el fulgor de estas llamaradas a la glorificación o al exorcismo de un amor idólatra, y esa abstracción prevalece en ocasiones sobre la obsesión carnal del sentimiento.

III

No tan homogéneo como Fuegos, Cuentos orientales es también un libro autónomo, que responde asimismo a una concepción precisa del relato; dentro de unas coordenadas estrictamente clásicas, los temas que desarrolla dan lugar a libertades mayores y a mayor amenidad y variedad. Comprendidos entre dos relatos que se centran en sendos pintores —el gran pintor chino que se salva y se pierde abre el volumen; lo cierra el pintor flamenco que medita con reposo y tristeza frente a su obra—, posiblemente sean reflejo del agua que corre en la veta más amable de todo el flujo narrativo de Marguerite Yourcenar, no en vano el primero, «Cómo se salvó Wang-Fô», ha dado pie a una adaptación estremecedora y destinada a un lector infantil. Se trata de transcripciones «de fábulas o leyendas» que Yourcenar desarrolla «de manera más o menos libre», tomándolas de fuentes clásicas u orientales, de las baladas balcánicas, de las supersticiones de la Grecia contemporánea o de una admirable novela japonesa del siglo XI, el Genghi Monogatari, aunque en este caso Yourcenar viene a colmar una laguna que presenta el texto original y de alguna manera completa lo que estaba sólo esbozado en un relato que tiene cada vez más adeptos.

En una obra cuentística relativamente corta —dos docenas de cuentos no son tantos para tan larga vida dedicada a la escritura, y por número casi la mitad de los cuentos, diez en total, se hallan en este libro—, es posible recorrer un compendio o un muestrario bastante exhaustivo de las formas en que encuentra cauce el género exquisito del relato corto, desde el golpe seco de la epifanía que parece repentina, pero que viene prefigurada por d

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