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CUENTOS COMPLETOS

Mario Benedetti  

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Fragmento

Nota previa

El presente volumen reúne los relatos recogidos en las antologías de cuentos y de libros misceláneos (o «entreveros literarios», como los denominó el autor) publicados a lo largo de la dilatada carrera de Mario Benedetti: Esta mañana (1949), Montevideanos (1959), La muerte y otras sorpresas (1968), Con y sin nostalgia (1977), Geografías (1984), Despistes y franquezas (1989) —que integraron, todos ellos, la primera edición de los Cuentos completos en Alfaguara—, más los contenidos en Buzón de tiempo (1999) y El porvenir de mi pasado (2003).

Los textos incluidos en El porvenir de mi pasado fueron escritos entre los años 2000 y 2003 salvo «Niñoquepiensa», que se escribió en 1956 y se publicó en 1961 junto con otras crónicas humorísticas.

El volumen incluye, asimismo, el prólogo del escritor mexicano José Emilio Pacheco en 1994, aún en vida del autor uruguayo, con ocasión de la publicación de la primera edición de los Cuentos completos en Alfaguara.

Mario Benedetti o los puentes sobre los mares

Prólogo a la primera edición

En 1995 Mario Benedetti cumple medio siglo de escritor. Su libro inicial, hoy expulsado de Inventario, se llama La víspera indeleble. Simboliza el comienzo de la generación uruguaya de 1945 —la generación crítica, como la designó Ángel Rama—, que tiene en Benedetti su más alta figura literaria y halló su centro en Marcha, el gran semanario de Carlos Quijano. Emir Rodríguez Monegal, su amigo y compañero de aquellos tiempos, escribió en la revista generacional Número el primer ensayo de conjunto hecho en cualquier idioma acerca de Borges. Lo que en ese entonces dijo Monegal describe a Benedetti a los cincuenta años de haber empezado su trabajo: no es sólo un escritor sino una vasta y compleja literatura con su pluralidad de géneros y su unidad secreta.

Del mismo modo que «estilista» pasó a nombrar al peluquero de lujo, «polígrafo» se llama ahora al detector de mentiras y «hombre de letras» a quien hace vida literaria sin tomarse el trabajo de escribir, no queda en nuestro vocabulario un término capaz de abarcar una actividad como la de Benedetti. Poeta, novelista, cuentista, crítico, ensayista, desafía todo intento de clasificarlo y ha enriquecido cada género con la experiencia ganada en los demás. Hasta la oposición prosa/poesía es destruida por Benedetti en El cumpleaños de Juan Ángel, que restaura como vanguardia la novela en verso y se anticipa en dos décadas al inesperado retorno del poema narrativo.

El novelista de Quién de nosotros, La tregua, Gracias por el fuego, Primavera con una esquina rota, La borra del café; el poeta de Poemas de la oficina, La casa y el ladrillo, Cotidianas, Viento del exilio, Las soledades de Babel y los demás libros reunidos en ese Inventario que a cada edición aumenta; el ensayista de Literatura uruguaya siglo , Letras del continente mestizo, El ejercicio del criterio, Sobre artes y oficios, La realidad y la palabra, entre otras muchas colecciones; el escritor político de El país de la cola de paja, Crónicas del 71, Terremoto y después; el dramaturgo de Ida y vuelta y Pedro y el capitán, es también el gran cuentista de Esta mañana, Montevideanos, La muerte y otras sorpresas, Con y sin nostalgia, Geografías, Despistes y franquezas, libros reunidos en este volumen de Cuentos completos.

Hay demasiados libros y demasiados seres humanos llenamos el planeta. Nada más natural que prefiramos al escritor compacto, al autor de una sola obra, cuanto más breve mejor; y en literatura reclamemos la estricta división del trabajo: por una ley no escrita pero vigente los poetas tienen prohibida la narrativa, los narradores la poesía. Benedetti ha vencido todos estos obstáculos, ha actualizado la totalidad del ejercicio literario que practicaron los grandes escritores de otros siglos y ha sabido crear un público que lo sigue en muchas partes, de libro en libro y también en los periódicos, en la escena, en los discos.

A pesar de la comunicación instantánea, las literaturas hispánicas han vuelto al aislamiento, a la mutua ignorancia y al autoconsumo. Benedetti es uno de los muy pocos autores leídos en todos los países del idioma (y en innumerables traducciones). Radicalmente uruguaya y montevideana, su obra es vista no sólo como la historia íntima de su patria sino como la gran crónica interior de todo lo que ha pasado en Hispanoamérica durante los cincuenta años que abarca su producción.

Benedetti no buscó el éxito ni ha dejado nunca de ser fiel a sí mismo, a sus obsesiones y a los azares del cruce de su biografía con la historia de todos. Ha escrito lo que muchos sentíamos que necesitaba ser escrito. De allí la respuesta excepcional y acaso irrepetible despertada por sus libros.

Los montevideanos llaman «el mar» al cuerpo de agua que los extranjeros vemos aún como el Río de la Plata a punto de encontrarse con la sal del Atlántico. Benedetti ha hecho lo imposible: tender puentes sobre los mares que nos separan en vez de arar en ellos o escribir sobre el agua. La gran tragedia nacional que lo lanzó al exilio lo hizo colonizar todos los territorios arrancados por él a lo no dicho y a lo indecible. Ninguna violencia pudo arrebatarle la ciudad construida por sus palabras.

Debe de haber alguna explicación histórica para el admirable desarrollo del cuento en la zona rioplatense. En un acto de sociología instantánea, podemos suponer que los inmigrantes necesitaban contarse historias de las tierras que habían dejado atrás y articular su experiencia ante los nuevos países. El gran oleaje inmigratorio se dio en la edad de oro del cuento, la era de Chéjov, Maupassant y Kipling. Las revistas traducían relatos para su público urbano y rural, así como para los viajeros de los ferrocarriles y los barcos que comunicaban a Buenos Aires con Montevideo y a Montevideo con Buenos Aires, «el vapor de la carrera» que aparece más de una vez en la obra de Benedetti.

Ya en la primera época de este que expira y pronto hará de nosotros reliquias, sobrevivientes del siglo pasado, los cuentos de Horacio Quiroga y Leopoldo Lugones establecieron en la literatura rioplatense las tradiciones que a falta de mejor nombre llamamos realista y fantástica, los antecedentes que en parte hicieron posibles a Borges y a Onetti, a Cortázar, a Bioy Casares, a Benedetti y a quienes hoy recogen brillantemente su herencia. Hacia 1940 los escritores y editores del exilio español se encontraron con el círculo formado en torno a Borges y Victoria Ocampo. Buenos Aires fue, por lo menos hasta Rayuela y Cien años de soledad, el gran centro transmisor de la nueva literatura en todas las lenguas. El denostado Uruguay de la clase media y la burocracia, «el país de la cola de paja» al que, con la rabia que sólo puede brotar del más doliente amor, Benedetti llamó en 1960 «la única oficina del mundo que ha alcanzado categoría de república», también produjo un sistema educativo, una serie de publicaciones y un lector sin el cual no se explicaría el nivel de excelencia alcanzado y sostenido por su literatura.

En la dedicación de Benedetti a escribir cuentos se halla una prueba de su autenticidad. Nadie que buscara un público masivo hubiera optado por un género que se suponía de escasa venta en comparación con la novela. Benedetti ha derruido este prejuicio y cada una de sus colecciones circula en miles de ejemplares. El renovado auge de la narrativa breve está en deuda con su constancia. En manos de Benedetti, el cuento aparece como un género de una ductilidad y flexibilidad incomparables. Es el más antiguo y el más nuevo. En él todo se ha hecho y todo está por hacerse.

La primera etapa de Benedetti como cuentista tiene por centro Montevideanos. El narrador logró sin proponérselo universalizar la experiencia de una época y un lugar específicos. Era imposible imaginar entonces a sus lectoras y lectores de este fin de siglo. En aquel entonces Benedetti habrá pensado que la modesta y digna edición de Alfa nunca iba a reimprimirse ni a salir de los confines nacionales. Desde luego ese Montevideo ya no existe, ya fue arrasado por la tempestad de la historia. Pero no leemos estos cuentos sólo por tener la experiencia que no tuvimos o gracias a su valor de testimonio acerca de cómo eran y cómo vivían ciertas personas en determinadas circunstancias.

Aquella oficina de la que hablan sus historias abarca el mundo entero, como la aldea de Chéjov o el villorrio normando de Maupassant. El acierto de Benedetti fue partir de sus prójimos más próximos para ahondar narrativamente en el enigma de las relaciones humanas, en la pregunta sin respuesta en torno a nuestra convivencia. El deseo, el poder, el amor, el miedo, el odio, la envidia, la enfermedad, la frustración, la alegría, la plenitud, la amistad, la juventud, el dinero, o la falta de dinero, la vejez, la exaltación, el aburrimiento: la materia incesante de la vida encarna en historias cotidianas de personas concretas gracias a una maestría que renuncia a todo exhibicionismo y una actitud crítica que jamás se niega a la compasión. Aun frente a la imagen más odiada, la del torturador, Benedetti quiere entender. Comprender no es justificar, sino darnos conciencia de que lo peor y lo mejor de todos los seres humanos está latente en nuestro interior. La parte más aterradora del verdugo es su semejanza potencial con nosotros mismos.

Para escribir se necesitan todos los sentidos. Para narrar es necesario ante todo saber escuchar. La narrativa es el arte de la memoria representado en el teatro de la imaginación por letras que son imágenes y acciones pero en primer término voces, voces monologantes y dialogantes. Todas las edades humanas y todos los oficios y profesiones se hallan representados en los cuentos de Benedetti. Imposible pasar por alto la destreza con que sabe acercarse a las personas, más que los personajes, de quienes lo separa el abismo de las generaciones; ni cómo los poderes de su prosa hacen que ningún sentimiento le sea ajeno, ninguna tierra extraña. Emplea todas las formas del relato, todo el repertorio ancestral y contemporáneo: narración en primera, segunda y tercera personas, monólogo interior, admirables diálogos en que el supremo artificio es la aparente naturalidad, testigos que ignoran el sentido último de cuanto nos refieren. Sin embargo, muchas de sus narraciones se aferran al origen oral de todo cuento y están dichas por la escritura a un interlocutor presente o ausente.

Sus cuentos no serían lo que son si no forman parte indesligable de una totalidad. Montevideanos dialoga con Los poemas de la oficina, La tregua, El país de la cola de paja, reflexión crítica y advertencia sobre el Uruguay que se encaminaba hacia la mayor crisis de su historia. La muerte y otras sorpresas —título aún más premonitorio que La víspera indeleble— corresponde al período de Gracias por el fuego, Contra los puentes levadizos, Letras del continente mestizo, Cuaderno cubano. Si el principio del fin de lo que había sido hasta entonces el pacto social uruguayo aparece en «Ganas de embromar», «Péndulo» y «El cambiazo», otras regiones de la imaginación surgen en «Miss Amnesia» y «Acaso irreparable». Con la impunidad que nos da «predecir» lo que ya sucedió, vemos estos cuentos «fantásticos» como involuntarias prefiguraciones metafóricas de lo que ya era un camino sin retorno para el Uruguay y para toda Hispanoamérica en los años que mediaron entre la victoria de la Revolución cubana y el golpe militar en Chile. Pero en aquellos momentos no podíamos presentir que La muerte y otras sorpresas anunciaba la década siguiente: los años de la insurrección tupamara, que encontraría su épica en El cumpleaños de Juan Ángel, el golpe militar, la represión, la institucionalización de la tortura, las desapariciones y el exilio.

Como dijo en su autoepitafio Fernández de Lizardi, el primero que escribió novelas en tierras americanas, Benedetti «hizo lo que pudo por su patria». A consecuencia de ello se vio obligado a dejarla y a ver sus libros proscritos para sus lectores naturales. Lo único que lograron quienes intentaron silenciarlo ha sido que su literatura se difunda por todas partes. El cuento se volvió la forma de seguir literalmente paso a paso lo que ocurría en su país y entre los exiliados, los hijos y los nietos de quienes creyeron hallar en esos lugares el fin del éxodo, la verdadera tierra prometida.

Con y sin nostalgia y Geografías reúnen las narraciones de las décadas más atroces que ha vivido el continente en este siglo. Ni el dolor ni la cólera impiden que Benedetti deje de aumentar sus recursos narrativos. Al lado del cuento que ahonda en la concentración y economía del género, emplea con la misma destreza el relato ensayístico, la viñeta, el poema en prosa y la novela corta (por ejemplo, «La vecina orilla» y «Puentes como liebres», que abarca en pocas páginas una vida entera como el magistral «Retrato de Elisa» en Montevideanos). El poeta y el narrador, en vez de oponerse o estorbarse, intercambian habilidades y enseñanzas. Benedetti hace versos libres y rimados, sonetos y epigramas, coplas, canciones y versículos, arte mayor y arte menor. Los personajes de sus novelas, como Laura Avellaneda y Martín Santomé de La tregua, hablan en los Poemas de otros.

La variedad métrica y temática de Las soledades de Babel se corresponde con la riqueza de Despistes y franquezas, su más reciente libro de cuentos. Si los «despistes» son poemas en prosa, «doloras y humoradas» —para citar a un poeta, Campoamor, al que ya nadie cita—, las «franquezas» son los relatos del desexilio, esa palabra que la lengua española le debe, como muchas otras, a Benedetti; el cuaderno del retorno al país natal para observar el paisaje después de la batalla, el panorama roto en que duelen hasta los árboles cortados y los edificios demolidos, y a los montevideanos y a los hijos y nietos de aquellos primeros, Montevideanos, que han pasado por los horrores de la tortura y la separación. Benedetti es el mismo y es distinto. No puede ser igual después de lo que ha pasado y de lo que le ha pasado. Cuanto ve y escucha se convierte en materia narrativa porque la fuente de sus relatos es la inagotable vida.

Si pensamos que la carrera de Maupassant duró sólo una década y que pocos cuentistas hispanoamericanos han ido más allá del segundo libro, la figura de Mario Benedetti aparece todavía más excepcional y admirable. Durante medio siglo ha trabajado como habitante natural en todos los géneros con una fidelidad inexpugnable a las más diversas manifestaciones del cuento. El impulso juvenil, la voluntad del estilo y el gusto de jugar en serio, presentes en Despistes y franquezas y Las soledades de Babel, constituyen algo que la mayoría suele perder mucho antes de los treinta. Y es que, para devolverle lo que él dijo en el centenario de Rubén Darío, Benedetti pronto tendrá cincuenta años de escritor y setenta y cinco de vida —pero no los representa—. Estos Cuentos completos prueban que Mario Benedetti es uno de los grandes cuentistas de nuestra lengua y de nuestro siglo.

JOSÉ EMILIO PACHECO, 1994

Cuentos completos
(1947-2003)

ESTA MAÑANA

Go, go, go, said the bird: human kind

Cannot bear very much reality.

T. S. ELIOT: Burnt Norton, I.

Esta mañana

Lo han arrojado del sueño con la piel estirada, los ojos desmesuradamente abiertos a la luz inmóvil que aletarga el cuarto. Puede reconocerse, sin embargo, nombrarse en alta voz. No bien dice «Jorge», retrocede el hechizo. Entonces le es dado adivinar relativamente lejos su propio pie sosteniendo la sábana, y, más cerca, su mano izquierda, sola, dormida aún, abandonada sobre el pecho, junto a La estancia vacía, de Morgan, abierto en la página ciento cincuenta y tres. Cuando la otra mano, la derecha, vuelve a tomar el libro entre sus dedos —el pulgar inmiscuido entre las hojas como otro lector— Jorge prueba a leer: «Se lo dije porque las palabras estaban llenas de vida para mí. ¿No ha escrito usted nunca una carta sin la intención de mandarla, y la ha puesto en un sobre sin la intención de mandarla, y ha salido con ella… todavía sin el propósito de enviarla; y entonces ha oído cómo caía en el buzón?». Sí, esto puede entenderse. Él sabe por qué se ha detenido allí y aceptado el tema. Además, se conoce resistente y lúcido, lo suficiente como para aplazar hasta hoy, si no la interpretación, al menos la continuación de cierto anhelo de la víspera.

Todavía sin plan, todavía desordenado y hosco, aparta la sábana con un ademán lento y se sienta en la cama, los pies apoyados sobre el piso desnudo, lejos de la alfombra. Es el momento oportuno para acercar los zapatos, los arqueados zapatos negros. Pero no acaba de decidirse. Mientras el frío de las baldosas va piernas arriba, caderas arriba, hasta lamer el vaho tibio de la cama, que aún perdura en su espalda, en su pecho, en sus hombros, conserva todavía en la cabeza —no tanto en la memoria— el sonido y el olor de anteayer, el olor y el sonido de la figura aborrecida y admirada, del hombre alto, calvo y afeitado, con el enorme vientre desafiante y las piernas firmes, un poco separadas. Aborrecido y admirado, no. Ni aborrecer ni admirar. Más bien sentir en la conciencia… menos que eso, en la boca, en las manos, en los ojos, la justificación del propio pudor, el asco indiferente hacia el hombre alto.

Quién sabe hasta dónde puede, podría obstinarse el pudor. Subsiste, pese al retroceso de los pensamientos, pese al estancamiento o la deformación de la vergüenza. El pudor tira hacia sí, porque es una especie de raíz de la raíz. Acaso, finalmente, el único camino hacia el altruismo.

Uno toma los calcetines de la víspera —pasos, umbrales, escalones—, uno toma los calcetines e introduce en cada uno de ellos el pie frío, violáceo de varices pequeñas, endurecido. Si comienza a vestirse es porque ha resuelto esquivar el baño matinal, por un inexplicable temor supersticioso a quedarse limpio de todo lo maquinado hasta ayer. Quedarse limpio, ¿por qué?, ¿de qué? Uno no tiene mayormente dudas sobre el fondo, sobre el origen, sobre el color moral del asunto. Las dudas —no vacilaciones: uno puede vacilar en dudar o lanzarse de lleno a la duda—, las dudas sólo son acerca del procedimiento, de detalles del procedimiento.

Sentirse vestido es, en cierto modo, acabar de despertarse. Ayuda a ayudarse, a desalojar la inseguridad, a ser. Uno se siente vestido y se halla listo para gobernar la mirada, para encerrarse en uno o para salir de uno, para agonizar irremediablemente o para estallar en la rutina. Percibe cómo la sangre reconoce su mundo y corre y vive. Y uno se siente vivir al ritmo de la sangre: aunque parezca mentira, uno se siente vivir al ritmo de la propia sangre. Aunque parezca mentira, la sangre también conserva el sonido y el olor de anteayer, cuando el hombre alto, calvo y afeitado que se llama Gálvez irrumpió en la sala de escritorios verdes y metálicos (todos estaban comentando el último partido y la original y atrevida tesis de Menéndez acerca del sistema M-W se basaba enteramente en la sabiduría de un comentarista de radio) y nadie supo que estaba allí, a tal punto que Silva le rozó el vientre enorme y desafiante al intentar reproducir la ejecución de un córner. Pero él quiso apoyarse, él, Gálvez, quiso apoyarse, antes de hablar, en un poco de desprecio, y para ello sonrió. Y estuvo bien, porque los otros oyeron la sonrisa y entendieron que debían sentarse cada uno detrás de su escritorio verde. Jorge le vio mover las cejas, que Gálvez movió porque Jorge lo miraba. Y cuando dijo «Ayolas», Jorge no dijo nada y los demás miraron y nada más. Era algo inexplicable, porque los otros pensaban: «Éste es Jorge Ayolas y no dice nada». Y entonces Gálvez se irguió de veras y el vientre grande se estiró un poco al aumentar la distancia entre los muslos y las costillas. Y preguntó: «¿Por qué no vino ayer?» pero más bien preguntaba: «¿Usted se ha dado cuenta?», aunque en rigor él dijo lo otro y casi todos entendieron lo otro. Jorge sí podía entender, porque conocía al hombre alto, calvo y afeitado, y cuando estaba con él en el despacho, se olvidaba a veces de Jorge y actuaba y hablaba y pensaba como si Jorge no estuviera a sus espaldas, escribiendo o simplemente mirando la máquina.

Como ahora mira la taza blanca. Desde que desayuna con té-con-leche, siente el placer fácil de contemplar la taza blanca, rodeada de platillos con manteca, queso, dulce, pan tostado. Es un momento de intimidad, de soledad provechosa y desnuda. Se trata de algo simplemente creador, esto de acomodar la manteca en la rebanada, esto de dejar penetrar lentamente en el líquido los terrones de azúcar que sostiene la cucharilla. Ahora, con la taza a la altura de la boca y a través de su aureola humeante, puede verse la ventana de cielo, puede verse la ventana de nubes. Uno tiene en las manos el color de su día: rutina o estallido. Mas, para empezar, uno tiene en las manos el olor y el sonido de anteayer, cuando el hombre alto, calvo y afeitado preguntó: «¿Por qué no vino ayer?». Nada había para responder. Porque Gálvez se dirigía a Jorge Ayolas y —claro— había olvidado que cuando entró en la sala ellos comentaban el último partido. Jorge entonces hizo eso. Se levantó y pasó frente a Gálvez sin decirle nada y salió hacia el despacho. Allí estaban los dos correveidiles: uno contador y otro periodista. Teclas importantes del teclado de Gálvez. Sabían conseguir. El contador conseguía mujeres. El periodista conseguía noticias. Solían desmedrarse con un odio recíproco y Gálvez extraía de la callada competencia un beneficio al margen: que a veces el contador consiguiera noticias, que a veces el periodista consiguiera mujeres. Cuando Gálvez regresó al despacho, los saludó —contra su costumbre— por encima del hombro. Ambos sintieron, cada uno a su modo, tímida nostalgia por la amistosa palmadita de siempre, por el alegre «¿Cómo va eso?», por el interesado «¿Qué novedades?» con que el jefe indicaba que podían comenzar. Se abstuvieron. Algo lamentable, porque el contador sabía de una rubia de órdago, probablemente de no imposible acceso, y para mayores garantías, casada. Algo lamentable, porque el periodista traía la buena nueva de que el Ministro aceptaba la modificación del artículo tercero, exigiendo solamente la participación de un inesperadamente módico treinta-por-ciento de los beneficios que el cambio proporcionaría a Gálvez. El periodista pensaba que el Ministro hacía mal en pedir ahora un porcentaje tan por debajo del tácito arancel, pero la verdad era que el Ministro «no quería comprometerse demasiado».

Ahora que Jorge va en ómnibus, por la Avenida, el espectáculo lo distrae de nuevo, mejor dicho, lo trae de su distracción. En la plataforma, la gente arracimada grita, bromea, maldice. Más adentro, Jorge hunde irremediablemente su nariz en la plétora de unos senos horizontales. Delante suyo. Jorge ve una cruz. Es la cruz que teóricamente debería colgar del pescuezo de la señora y que prácticamente se apoya en la meseta de carne hundible, de carne de sudor y agua colonia. Cuando en la Plaza Independencia bajen veinticinco o treinta pasajeros, acaso quede entonces espacio suficiente como para mover un poco la cabeza, a tiempo todavía para ver al guarda eructando provechosamente sobre la calvicie total de un viejo breve y deslomado. Mientras tanto (todavía está en Dieciocho y Paraguay) uno puede probar a apartarse de la obsesión de esta cruz que no es la de Cristo. La de Cristo estaba erguida y acusaba al cielo. La de la señora está echada y apunta al húmedo gaznate. Uno puede probar a apartar la atención de la cruz obsesionante, uno puede probar a rehallar el sonido y el olor de anteayer bajo las capas actuales del freno chirriante, del olor a sudoraguacolonia. Uno puede probar y ver a Gálvez revisando las cuentas, aparentemente revisando las cuentas y realmente pensando en que Jorge Ayolas está a sus espaldas, en que Jorge Ayolas sabe que él pasó dos noches con Celeste, que el periodista le consiguió a Celeste, que él pasó dos noches con Celeste, que el periodista le mintió a Celeste, dos noches con Celeste… Probar y ver a Gálvez levantándose y abriendo un cajoncito lateral que siempre está con doble llave y dejarlo esta vez un poco abierto y ver asomar por la rendija una culata de revólver y una novela de Pitigrilli. Probar y ver a Gálvez extrayendo del cajón un frasco con pastillas y luego cerrarlo sin pasar la llave. (Dos noches con Celeste.) Gálvez era amable, tibio, campechano (frío, egoísta, indiferente). Sabía serlo (no lo sabía). Pero esta vez estaba tieso; sincera, inevitablemente tieso. Jorge podía mirarle la nuca, la nuca desnuda y sin coraje (… sin pasar la llave…), no sabía qué miedo trémulo sobre los hombros, qué antigua incertidumbre en las manos junto a aquel expediente que nadie lee. (Dos noches con Celeste.)

Ahora Jorge camina por Sarandí. «Soy otro», dice. Y lo es. El hombre que le precede, el hombre de gacho verde y traje gris, el hombre y él tienen algo para oír en común. Un chico que habla detrás de ellos. La voz del chico parece la de un grande que imita a un chico. Naturalmente, inhábil. Naturalmente, tonto. «Soy otro», dice. Y lo es (… sin pasar la llave…). La muchacha de adelante tiene piernas bonitas, bien torneadas, algo de timidez en las caderas. Tiene su propia dignidad. Uno puede pensar a capricho, puede formularse alguna invitación, puede hacer lo corriente. Pero esta mujer joven tiene su propia dignidad. Uno debe limitarse a mirar el pelo casi suelto rozándole la espalda, es decir, rozándole el saquito celeste, el saquito de lana celeste. Celeste. Celeste tiene mejores piernas, Celeste no tiene caderas tímidas. Uno no sabe si Celeste tiene su propia dignidad. La simpatía es, naturalmente, otra cosa. Uno se siente a gusto en la simpatía. Pero, naturalmente, es otra cosa. (Dos noches con Celeste.) Uno tiene que decidir. La dignidad pesa. La simpatía también pesa. Uno tiene que saber lo que hace «… y ha salido con ella… todavía sin el propósito de enviarla». Eso decía el libro de Morgan. De todas maneras, Celeste era algo. A veces, por la tarde, Jorge salía con ella, y hablaban. Alguna vez, la llevaba a la confitería y hablaban. Él no podía confiarse ni confiar. Tenía fe sin embargo en lo que ella no decía, en lo que ella ocultaba pensando que debía tener vergüenza y mientras pronunciaba correctas tonterías, impúdicamente correctas tonterías. Jorge tenía fe en su sinceridad —la de Celeste—, había apostado a favor de esa sinceridad débil y embrionaria, contra la hipocresía robusta y evidente. Claro que si ella era hipócrita, la hipocresía era su sinceridad. No obstante, él creía creer que la sinceridad era su sinceridad.

El reloj de la Matriz da las nueve. Jorge dice: «Soy otro». Y lo es. Hay algo manso y a la vez definido en su ser de ahora. (Dos noches con Celeste.) Había esperado moldearla de nuevo, mejor aún, poner su contenido en otro molde. Los elementos eran buenos, eran queridos, podían ser amados. Sólo faltaba hallar otra combinación. Una combinación que no fatigara al pudor. Al pudor de Jorge, claro. Tal vez por eso no la había besado nunca. Antes debía educarla para el beso. Para que no se engañara inconscientemente. Para que no besara sólo con los labios. Había esperado en sí mismo la emoción del esfuerzo, el conflicto entre educador y autoeducador. Cuántas veces había deseado oprimir la cintura imprudente. Cuántas veces lo había deseado sin deseo. Pero ella no tenía un talle tímido. Había esperado hacerla menos deseable, para desearla. Había querido aligerarla de un lastre inútil, de un inútil sobrante de sexualidad. En rigor, había querido dejarle su sexo a solas, un sexo puro sobre el que levantar el sentimiento. Había esperado amarla en lo que creía creer que era, y nada más. Que ella no inventara, que ella no agregara algo —pensando que era sexo— a su sexo a secas. La quería sin suburbios, sin sexo de pensamiento, sin sexo de imaginación, con su sexo a secas.

Ahora la oficina está un poco agitada. Todos creen saber algo. Aunque hablan del próximo paro del transporte, todos creen saber algo. Lo del paro es el recurso a que se echa mano cuando viene Gálvez, cuando se acerca Ayolas. Lo del paro es un tema de urgencia para cuando no se habla de Gálvez o de Ayolas. Los expedientes llegan, pero no se trabaja con los expedientes. Hay temas, hay asunto, hay comidilla. El clan moviliza sus veedores, el clan formula sus teorías, el clan divídese en varios clanes. «Gálvez sabe lo que hace.» «Ayolas cayó en desgracia.» «Es un inadaptado.» «Gálvez tiene la sartén por el mango.» «Al otro no lo cazan así nomás.» «¿Será a causa de Celeste?» Ellos están suaves con Ayolas. No quieren comprometerse. No le discuten. Él dice «Soy otro». Y lo es. (Dos noches con Celeste.) Frente al escritorio verde, frente al escritorio verde percibe, se siente cercado por el sonido y el olor de anteayer, cuando Gálvez quiso hablarle sereno, en el despacho, quiso serenamente entrar en su papel de cínico de afición, y por eso mismo tanto más admirable. Y le dijo: «¿Qué tal va eso, Ayolas? ¿Cómo van esas conquistas? A su edad —¡qué carajo!—, a su edad yo solía…». Pero no solía porque Gálvez no tuvo jamás la edad de Jorge, porque no tuvo nunca el pudor de la edad de Jorge Ayolas. «A su edad, yo solía atraer a las mujercitas —las buenas inclusive— como la miel su

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