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CUENTOS PARA NIñAS SIN MIEDO

Myriam Sayalero   Ricardilus  

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Fragmento

En un lejano país, hace muchísimo tiempo, vivían un rey y una reina que se amaban profundamente. Ambos gobernaban con justicia y sabiduría. La reina se ocupaba de los asuntos de palacio, mientras que el rey se encargaba de todo lo relacionado con el reino. Como buenos gobernantes, conocían a los miembros de la corte, a cada uno de sus vasallos, a todos sus siervos e incluso a los campesinos y mercaderes de sus extensos dominios. Sin embargo, aunque el rey amaba a la reina con todo su corazón, se sentía desdichado al verla tan triste, pues nada podía hacer para ayudarla. A pesar de haber solicitado la ayuda de los más sabios doctores del reino, e incluso de haber recurrido a los mejores juglares que pudieran hacerla sonreír, la reina estaba sumida en una tristeza cada vez mayor.

—Nada puedo hacer para ayudarla —se lamentaba el rey mientras paseaba solitario por los jardines de palacio—. Mi reina, mi amada, no puede tener hijos.

Efectivamente, esa era la causa de la infelicidad de la reina. La soledad de su corazón calaba tan hondo como las oscuras madrigueras que horadaban los bosques. Ni siquiera su esposo, el rey, era capaz de llegar hasta lo más profundo de su alma y aliviar su pena.

El día que comenzaron a florecer los almendros, el rey le propuso adoptar a una niña. Las dos podrían hacerse compañía en las largas tardes otoñales, pasear junto a los rosales en las hermosas mañanas de primavera, tejer juntas al calor de la lumbre en los fríos días de invierno y contarse fantásticas historias en el jardín de palacio durante las cálidas noches estivales.

La reina, que ya había perdido por completo cualquier esperanza de concebir un hijo, escuchó a su esposo.

—Agradezco tu preocupación, pues sé que el gobierno del reino ocupa todo tu tiempo y tu pensamiento —contestó la reina, con la mirada perdida en el horizonte—. Sin embargo, no necesito compañía.

Decepcionado, el rey permaneció en silencio, pues esperaba que la reina hubiese aceptado la propuesta de adoptar una niña.

La reina se puso en pie y caminó majestuosamente sobre la alfombra de la estancia. El brocado dorado de su vestido brillaba bajo la luz de la luna y su largo cabello lucía más hermoso que nunca.

—Querido esposo —comenzó a decir—, mi rey. Si adopto a una niña no será para convertirla en mi dama de compañía, sino en mi hija.

Al escuchar esas palabras el rey sintió que su corazón se desbocaba de alegría, pues él ansiaba tener descendencia y, al fin, iba a ver cumplido su deseo.

El piadoso corazón del soberano puso su atención en una pequeña huérfana a la que llevó a palacio. Desde entonces, los reyes se convirtieron en sus padres, la educaron, la cuidaron y la amaron como a su propia hija.

Un día, mientras la princesa jugaba contenta con una mendiga, la reina corrió a su encuentro para evitar que entre ellas surgiera la amistad.

—Vete —ordenó la reina a la mendiga—. Aléjate de mi hija. En cuanto a ti —añadió dirigiéndose a su pequeña—, jamás vuelvas a jugar con nadie tan inferior.

Al escuchar a la reina, la mendiga, herida por la injusticia de aquellas palabras, susurró:

—Aunque seáis la reina, no me hablaríais así si supi

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