Loading...

CUENTOS

John Cheever

0


Fragmento

PREFACIO

Me gustaría que el orden en que se han publicado estos relatos se invirtiera y que apareciera yo primero como un hombre mayor, y no como un joven estupefacto al descubrir que hombres y mujeres genuinamente recatados admitían en sus relaciones amargura erótica e incluso codicia. El parto de un escritor, según creo, a diferencia del de un pintor, no presenta alianzas interesantes con sus maestros. En el crecimiento de un escritor no hay nada comparable a las primeras copias de Jackson Pollock de las pinturas de la capilla Sixtina, con sus interesantes referencias a Thomas Hart Benton. Al escritor podemos verlo aprendiendo torpemente a caminar, a hacerse el nudo de la corbata, a hacer el amor y a comer los guisantes con tenedor. Se presenta más bien solo y determinado a instruirse por su cuenta. Ingenuo, provinciano en mi caso, a veces obtuso y casi siempre torpe, incluso una cuidada selección de sus primeros trabajos será siempre la historia desnuda de su lucha por recibir una educación en economía y en amor.

Estos relatos se remontan a mi honorable licenciamiento del ejército, al final de la segunda guerra mundial. Están en orden cronológico, si no me falla la memoria, y los textos más embarazosamente inmaduros han sido eliminados. A veces parecen historias de un mundo hace tiempo perdido, cuando la ciudad de Nueva York aún estaba impregnada de una luz ribereña, cuando se oían los cuartetos de Benny Goodman en la radio de la papelería de la esquina y cuando casi todos llevaban sombrero. Aquí está el último de aquella generación de fumadores empedernidos que por la mañana despertaban al mundo con sus accesos de tos, que se ponían ciegos en las fiestas e interpretaban obsoletos pasos de baile como el «Cleveland Chicken», que viajaban a Europa en barco, que sentían auténtica nostalgia del amor y la felicidad, y cuyos dioses eran tan antiguos como los míos o los suyos, quienquiera que sea usted. Las constantes que busco en esta parafernalia a ratos anticuada son cierto amor a la luz y cierta determinación de trazar alguna cadena moral del ser. Calvino no desempeñó ningún papel en mi educación religiosa, pero su presencia parecía habitar en los graneros de mi juventud, y quizá me dejó cierta indebida amargura.

Muchos de estos relatos se publicaron por primera vez en The New Yorker, donde Harold Ross, Gus Lobrano y William Maxwell me dieron los inestimables regalos de un grupo amplio, inteligente y sensible de lectores y de suficiente dinero para dar de comer a la familia y comprarme un traje nuevo cada dos años. «¡Esto es una revista familiar, maldita sea!», solía vociferar Ross al menor signo de incitación a los impulsos eróticos. Él no era nada recatado, y cuando descubrió que yo daba un respingo cada vez que él usaba la palabra «follar» en la mesa del almuerzo, la repetía con frecuencia, solo para verme saltar. Su falta de recato era realmente acusada; por ejemplo, si preveía que un compañero de póquer iba a ser un pesado, se iba al cuarto de baño y volvía con las orejas rellenas de papel higiénico. Naturalmente, esa clase de conducta nunca aparecía en la revista. Pero le enseñó a uno, o así me gusta pensarlo, que el recato es una forma de discurso tan profundo y connotativo como cualquier otro, diferente no solo por su contenido sino por su sintaxis y sus imágenes. Puesto que los hombres a quienes apoyó van desde Irwin Shaw hasta Vladimir Nabokov, parece que ha hecho más bien que ninguna otra cosa.

Toda documentación precisa de nuestra inmadurez resulta embarazosa, y así lo encuentro a veces en estas narraciones, pero para mí la turbación queda redimida por los recuerdos que las historias me reavivan de las mujeres y los hombres que he amado y de las habitaciones, los pasillos y las playas donde fueron escritos los relatos. Mis historias favoritas son las escritas en menos de una semana y compuestas a menudo en voz alta. Recuerdo haber exclamado: «¡Me llamo Johnny Hake!». Fue en el vestíbulo de una casa en Nantucket que habíamos conseguido alquilar barata por el retraso de un juicio sucesorio. Saliendo del cuarto de servicio de otra casa alquilada, le grité a mi mujer: «¡Esta es una noche en la que reyes con trajes dorados cabalgan sobre las montañas a lomos de elefantes!». La paciencia de mi familia ha sido inestimable. Bajo el toldo de la entrada de un edificio de apartamentos de la calle Cincuenta y nueve escribí, en voz alta, las líneas finales de «Adiós, hermano mío». «¡Ah! ¿Qué se puede hacer con un hombre así?», pregunté, y cerré la historia diciendo: «Me quedé mirando a las mujeres desnudas saliendo del mar». «Está hablando usted solo, señor Cheever», me dijo amablemente el portero, y también él —correcto, jovial y satisfecho con su propina de diez dólares en Navidad— parece un personaje del pasado perdurable.

CUENTOS

ADIÓS, HERMANO MÍO

La nuestra es una familia que siempre ha estado muy unida espiritualmente. Nuestro padre se ahogó en un accidente navegando a vela cuando éramos muy jóvenes, y nuestra madre siempre ha insistido en el hecho de que nuestras relaciones familiares poseen una estabilidad que nunca volveremos a encontrar. No pienso con mucha frecuencia en la familia, pero cuando me acuerdo de sus miembros, de la costa en la que viven y de la sal marina que creo que corre por nuestras venas, me alegro de ser un Pommeroy —de tener la misma nariz, el mismo color de piel y la misma promesa de longevidad— y de que, si bien no somos una familia distinguida, nos hacemos la ilusión, cuando nos hallamos reunidos, de que los Pommeroy son únicos. No digo todo esto porque me interese la historia familiar o porque este sentimiento de singularidad sea muy profundo o tenga mucha importancia para mí, sino para dejar constancia de que somos leales unos con otros a pesar de nuestras diferencias, y de que cualquier fallo en el mantenimiento de esta lealtad es una fuente de confusión y de dolor.

Somos cuatro hijos; mi hermana Diana y los tres varones: Chaddy, Lawrence y yo. Como la mayoría de las familias con hijos de más de treinta años, nos hemos visto separados por razones profesionales, por el matrimonio y por la guerra. Helen y yo vivimos ahora en Long Island, con nuestros cuatro hijos. Yo doy clases en un internado de secundaria, y aunque ya he pasado la edad en que podría tener esperanzas de que me nombraran director, siento respeto por mi trabajo. Chaddy, que es quien ha tenido más éxito de todos los hermanos, vive en Manhattan, con Odette y los chicos. Nuestra madre reside en Filadelfia, y Diana, desde su divorcio, ha estado viviendo en Francia, pero vuelve a Estados Unidos durante el verano para pasar un mes en Laud’s Head. Laud’s Head es un lugar de veraneo a la orilla de una de las islas de Massachusetts. Allí teníamos un chalet, y en los años veinte nuestro padre construyó la casa grande. Se alza en una colina sobre el mar y, con la excepción de Saint- Tropez y de algunas aldeas de los Apeninos, es el sitio del mundo que más me gusta. Cada uno de nosotros tiene una participación en la propiedad, y todos contribuimos con cierta cantidad de dinero a su mantenimiento.

Lawrence, el más joven de los hermanos, que es abogado, consiguió trabajo en una empresa de Cleveland después de la guerra, y ninguno de nosotros lo vio durante cuatro años. Cuando decidió marcharse de Cleveland e ir a trabajar a Albany, escribió a madre diciéndole que, aprovechando el traslado, pasaría diez días en Laud’s Head con su mujer y sus dos hijos. Yo había planeado disfrutar de mis vacaciones por entonces —después de dar clases en un curso de verano—, y Helen, Chaddy, Odette y Diana iban a estar allí, de manera que la familia se reuniría al completo. Lawrence es el hermano con el que todos los demás tenemos menos cosas en común. Nunca hemos pasado mucho tiempo con él, e imagino que esa es la razón de que sigamos llamándolo Tifty: un mote que se le puso cuando niño, porque al avanzar por el pasillo camino del comedor para desayunar, sus zapatillas hacían un ruido que sonaba como «tifty, tifty, tifty». Padre lo llamaba así, y lo mismo hacíamos todos los demás. Cuando se hizo mayor, Diana lo llamaba a veces Little Jesus, y madre, con mucha frecuencia, el Gruñón. No teníamos buenos recuerdos de Lawrence, pero esperábamos su vuelta con una mezcla de recelo y lealtad, y con algo de la alegría y la satisfacción que produce recobrar a un hermano.

Lawrence cogió el barco de las cuatro de la tarde, un día de finales de verano, para venir a la isla, y Chaddy y yo fuimos a recibirlo. Las llegadas y las salidas del transbordador del verano tienen todos los signos exteriores de un viaje —sirenas, campanas, carretillas de mano, olor a salitre—, pero es un trayecto sin importancia, y cuando vi entrar el barco en el puerto azul aquella tarde y pensé que estaba finalizando un trayecto sin importancia, me di cuenta de que se me había ocurrido exactamente el tipo de comentario que Lawrence hubiese hecho. Buscamos su rostro detrás de los parabrisas mientras los automóviles abandonaban el barco, y no nos costó ningún trabajo reconocerlo. Nos acercamos corriendo y le estrechamos la mano, y besamos torpemente a su mujer y a los niños.

—¡Tifty! —gritó Chaddy—. ¡Tifty!

Es difícil emitir juicios sobre los cambios en el aspecto de un hermano, pero Chaddy y yo estuvimos de acuerdo, mientras volvíamos a Laud’s Head, en que Lawrence seguía pareciendo muy joven. Él entró primero en la casa, y nosotros sacamos sus maletas del coche. Cuando entré yo, estaba de pie en el cuarto de estar, hablando con madre y con Diana, que llevaban sus mejores galas y todas sus joyas, y lo estaban recibiendo como si fuera el hijo pródigo, pero incluso en ese momento, cuando todo el mundo se esforzaba por parecer más afectuoso y cuando ese tipo de esfuerzos consiguen los mejores resultados, yo ya era consciente de la presencia de cierto nerviosismo en la habitación. Pensando en todo esto mientras subía las pesadas maletas de Lawrence escaleras arriba, me di cuenta de que nuestras antipatías están tan profundamente arraigadas como nuestros mejores sentimientos, y recordé que una vez, veinticinco años atrás, cuando acerté a Lawrence con una piedra en la cabeza, él se levantó y fue directamente a quejarse a nuestro padre.

Subí las maletas al tercer piso, donde Ruth, la mujer de Lawrence, había comenzado a instalar a su familia. Ruth es una chica muy delgada, y parecía muy cansada del viaje, pero cuando le pregunté si quería que le subiera una copa, dijo que le parecía que no.

Cuando bajé, Lawrence había desaparecido, pero los demás estaban listos para los cócteles, y decidimos empezar. Lawrence es el único miembro de la familia que nunca ha disfrutado bebiendo. Nos llevamos las copas a la terraza para poder contemplar los acantilados, el mar y las islas del este, y el regreso de Lawrence y de su mujer, su presencia en la casa, parecían estimular nuestras reacciones ante aquel panorama tan familiar; era como si el placer que sin duda experimentarían ante la amplitud y el colorido de aquella costa, después de tan larga ausencia, nos hubiese sido concedido a nosotros. Mientras estábamos allí, Lawrence apareció por el sendero que llevaba a la playa.

—¿No es fabulosa la playa, Tifty? —preguntó madre—. ¿No te parece maravilloso estar de vuelta? ¿Quieres un martini?

—Me da igual —dijo Lawrence—. Whisky, ginebra… me da lo mismo beber una cosa que otra. Ponme un poco de ron.

—No tenemos ron —repuso madre. Fue el primer síntoma de aspereza. Ella nos había enseñado a no mostrarnos nunca indecisos, a no responder nunca como Lawrence lo había hecho. Además, le preocupa extraordinariamente la corrección en los modales, y cualquier cosa anómala, como beber ron solo o llevar una lata de cerveza a la mesa, le produce un desasosiego al que, a pesar de su amplio sentido del humor, es incapaz de sobreponerse. Madre se dio cuenta de la aspereza en su tono de voz y se esforzó por enmendarlo—. ¿No te gustaría un poco de whisky irlandés, cariño? ¿No es eso lo que siempre te ha gustado? Hay una botella en el aparador. ¿Por qué no te sirves un poco de whisky irlandés?

Lawrence dijo que le daba lo mismo. Se sirvió un martini, y enseguida apareció Ruth y nos sentamos a la mesa.

A pesar de que, esperando a Lawrence, habíamos bebido demasiado antes de cenar, todos estábamos deseosos de esmerarnos y de disfrutar de un rato tranquilo. Madre es una mujer pequeña cuyo rostro tiene aún una sorprendente capacidad para recordar lo bonita que debió de ser, y cuya conversación resulta extraordinariamente animada, pero aquella velada estuvo hablando de un proyecto de recuperación de terrenos en la parte alta de la isla. Diana es tan guapa como madre debió de serlo; es una mujer encantadora y muy alegre, a quien le gusta hablar de los disolutos amigos que ha hecho en Francia, pero aquella noche nos contó cómo era el colegio suizo en el que había dejado a sus dos hijos. Me di cuenta de que la cena había sido planeada para agradar a Lawrence. No resultó demasiado pesada y no comimos nada que pudiera hacerle pensar en despilfarros.

Después de cenar, cuando volvimos a la terraza, las nubes estaban iluminadas por ese tipo de luz que parece sangre, y me alegré de que Lawrence encontrara una puesta de sol tan sensacional el día de su vuelta a casa. Cuando llevábamos allí unos minutos, un hombre llamado Edward Chester vino a buscar a Diana. Lo había conocido en Francia, o en el barco durante el viaje de vuelta, y él estaba pasando diez días en el hostal del pueblo. Le presentamos a Lawrence y a Ruth, y luego Diana y él se marcharon.

—¿Es con ese con el que se acuesta ahora? —preguntó Lawrence.

—¿Hace falta decir una cosa tan desagradable? —replicó Helen.

—Deberías pedir disculpas, Tifty —dijo Chaddy.

—No lo sé —contestó madre con aire cansado—. No lo sé, Tifty. Diana puede hacer lo que quiera, y yo no le hago preguntas sórdidas. Es mi única hija. No la veo con mucha frecuencia.

—¿Vuelve a Francia?

—Se marcha dentro de dos semanas.

Lawrence y Ruth estaban sentados en el borde de la terraza, fuera del círculo formado por las sillas. Quizá debido al gesto hosco de su boca, mi hermano me pareció en aquel momento un clérigo puritano. A veces, cuando trato de entender su estado de ánimo, pienso en los comienzos de nuestra familia en este país, y su condena de Diana y de su amante me lo recordó. La rama de los Pommeroy a la que pertenecemos fue fundada por un ministro que recibió los elogios de Cotton Mather por su incansable renuncia al diablo. Los Pommeroy fueron ministros del Señor hasta mediados del siglo XIX, y el rigor de sus ideas —el hombre es un ser desdichado, y toda belleza terrenal está viciada y corrompida— ha sido conservado en libros y sermones. El carácter de nuestra familia cambió en cierta manera y se hizo más despreocupado, pero cuando yo iba al colegio, recuerdo una colección de parientes de edad avanzada que parecían volver a los oscuros días del ministerio eclesiástico y estar animados por un perpetuo sentimiento de culpa y por la deificación del castigo divino. Si a uno lo educan en ese ambiente —y en cierta manera, tal era nuestro caso—, creo que es muy difícil para el espíritu rechazar los hábitos de culpabilidad, abnegación, tendencia al silencio y espíritu de penitencia, y tuve la impresión de que Lawrence había sucumbido ante aquella prueba espiritual.

—¿Es Casiopea esa estrella? —preguntó Odette.

—No, querida —dijo Chaddy—. Esa no es Casiopea.

—¿Quién era Casiopea? —quiso saber Odette.

—Era la mujer de Cefeo y la madre de Andrómeda —dije yo.

—La cocinera es una forofa de los Giants —comentó Chaddy—. Está incluso dispuesta a darte dinero si ganan la liga.

Había oscurecido tanto que veíamos en el cielo la luz del faro del cabo Heron. En la negrura bajo el acantilado, resonaban las continuas detonaciones de la marea. Y entonces madre empezó a hablar, como sucede con frecuencia cuando está anocheciendo y ha bebido mucho antes de cenar, de las mejoras y de las ampliaciones que se harían algún día en la casa, de las nuevas alas, los cuartos de baño y los jardines.

—Esta casa estará en el mar dentro de cinco años —señaló Lawrence.

—Tifty el Gruñón —dijo Chaddy.

—No me llames Tifty —replicó Lawrence.

—Little Jesus —dijo Chaddy.

—El rompeolas está lleno de grietas —dijo Lawrence—. Lo he visto antes de cenar. Tuvisteis que repararlo hace cuatro años, y costó ocho mil dólares. No podéis hacer eso cada cuatro años.

—Por favor, Tifty —intervino madre.

—Los hechos son los hechos —insistió Lawrence—, y es una idea descabellada construir una casa al borde de un acantilado en una costa que se está hundiendo en el mar. En los años que llevo vivo, ha desaparecido la mitad del jardín, y hay más de un metro de agua donde solíamos tener la caseta para cambiarnos.

—¿Por qué no hablamos de un tema más general? —dijo madre amargamente—. De política, o del baile en el club marítimo.

—De hecho —continuó Lawrence—, la casa peligra ya en estos momentos. Si tuvierais una marea inusualmente alta, o una fuerte tormenta, el rompeolas podría derrumbarse y la casa se vendría abajo. Podríamos ahogarnos todos.

—No lo soporto más —exclamó madre.

Fue a la despensa y regresó con un vaso lleno de ginebra.

Soy ya demasiado viejo para creerme capaz de juzgar los sentimientos de los demás, pero sí me daba cuenta de la tensión entre Lawrence y madre, y estaba al tanto de parte de su historia. Lawrence no debía de tener más de dieciséis años cuando decidió que madre era frívola, malintencionada, destructiva y demasiado autoritaria. Al llegar a esta conclusión, decidió apartarse de ella. Por entonces estaba interno en un colegio, y recuerdo que no vino a pasar las navidades con nosotros. Fue a casa de un amigo. Después de hacer su desfavorable juicio sobre madre, volvió muy pocas veces, y en la conversación siempre se esforzaba por recordarle su voluntario alejamiento. Cuando se casó con Ruth, no se lo dijo a madre. Tampoco le comunicó el nacimiento de sus hijos. Pero, a pesar de aquellos esfuerzos tan pertinaces por cuestión de principios, daba toda la impresión, a diferencia del resto de nosotros, de no haberse separado nunca de ella, y cuando están juntos, todo el mundo nota al instante la tensión, algo turbio.

Y fue mala suerte, en cierta manera, que madre hubiese elegido aquella noche para emborracharse. Está en su derecho, y lo hace muy pocas veces, y afortunadamente no se mostró belicosa, pero todos éramos conscientes de lo que estaba sucediendo. Mientras se bebía despacio la ginebra, parecía estar despidiéndose de nosotros con tristeza; parecía estar a punto de marcharse de viaje. Luego su estado de ánimo pasó del viaje al agravio, y los pocos comentarios que hizo resultaron malhumorados e improcedentes. Cuando su vaso se hallaba casi vacío, miró enfadada el aire oscuro delante de su nariz, moviendo la cabeza un poco, como un boxeador. Comprendí que en aquel momento no le cabían en la cabeza todos los agravios que era capaz de recordar. Sus hijos eran estúpidos, su marido se había ahogado, los criados eran unos ladrones, y la silla en la que se sentaba era incómoda. De repente dejó el vaso vacío e interrumpió a Chaddy, que estaba hablando de béisbol.

—Solo sé una cosa —dijo con voz ronca—. Solo sé que si hay otra vida después de esta, voy a tener una familia completamente distinta. Mis hijos serán todos fabulosamente ricos, ingeniosos y encantadores.

Se puso en pie y, al dirigirse hacia la puerta, estuvo a punto de caerse. Chaddy la sostuvo y la ayudó a subir la escalera. Los oí darse las buenas noches con mucha ternura, y luego Chaddy volvió a donde estábamos los demás. Pensé que para entonces Lawrence se hallaría cansado del viaje y de las emociones del regreso, pero siguió en la terraza, como si estuviera esperando nuestra última fechoría, y nosotros lo dejamos allí y nos fuimos a la playa a nadar en la oscuridad.

Cuando me desperté, o empecé a despertarme, a la mañana siguiente, oí el ruido de alguien que estaba allanando la pista de tenis. Es un sonido más débil y más grave que el de las boyas de campana más allá del promontorio —un golpeteo sobre hierro sin ritmo alguno—, ligado en mi imaginación con el comienzo de un día de verano, algo así como un buen augurio. Cuando bajé la escalera, encontré a los dos hijos de Lawrence en el cuarto de estar, vestidos con unos trajes de vaqueros llenos de adornos. Son unos niños asustadizos y muy flacos. Me dijeron que su padre estaba allanando la pista de tenis, pero que ellos no querían salir porque habían visto una serpiente junto al escalón de la puerta. Les expliqué que sus primos —todos los otros niños— desayunaban en la cocina, y que lo mejor era que fuesen corriendo a reunirse con ellos. Al oír esto, el niño empezó a llorar. Su hermana se unió enseguida a él. Lloraban como si ir a la cocina y comer allí fuese a destruir sus más preciados derechos. Entonces les dije que se sentaran conmigo. Al entrar Lawrence le pregunté si quería jugar un poco al tenis. Dijo que no, que muchas gracias, aunque pensaba que quizá jugase algún partido individual con Chaddy. Tenía toda la razón en eso, porque tanto Chaddy como él lo hacen mejor que yo, y los dos jugaron varios partidos después del desayuno, pero más tarde, cuando bajaron los otros a jugar dobles, Lawrence desapareció. Eso hizo que me enfadara —imagino que injustificadamente—, pero lo cierto es que jugamos unos dobles familiares muy interesantes y que podía al menos haber participado en un set por una simple razón de cortesía.

Más tarde, aquella misma mañana, cuando volvía solo de la pista, vi a Tifty en la terraza, separando de la pared una tablilla con su navaja.

—¿Qué sucede, Lawrence? —le pregunté—. ¿Termitas?

Hay termitas en la madera y nos han causado muchos problemas.

Me señaló, en la base de cada hilera de tablillas, una débil línea azul de tiza de carpintero.

—Esta casa tiene unos veintidós años —dijo—. Las maderas, en cambio, unos doscientos. Papá debió de comprar tablillas de todas las granjas de los alrededores cuando construyó esta casa para darle un aire venerable. Todavía se ven las marcas de la tiza de carpintero en el sitio donde había que clavar estas antiguallas.

Lo de las tablillas era cierto, aunque yo lo hubiese olvidado por completo. Al construir la casa, nuestro padre, o su arquitecto, había encargado tablillas de madera cubiertas de líquenes y curtidas por la intemperie. Pero no entendía cómo Lawrence llegaba a la conclusión de que aquello tenía algo de escandaloso.

—Y mira estas puertas —añadió Lawrence—. Mira estas puertas y los marcos de las ventanas.

Fui tras él hasta una gran puerta de dos paneles que se abre hacia la terraza y me puse a mirarla. Era una puerta relativamente nueva, pero alguien había trabajado en ella esforzándose por ocultarlo. Alguien le había hecho muescas profundas con un instrumento de metal, y las había untado luego con pintura blanca para imitar el salitre, los líquenes y el desgaste producido por la intemperie.

—Piensa en lo que significa gastar miles de dólares para lograr que una casa sólida parezca una ruina —dijo Lawrence—. Piensa en la tesitura mental que eso implica. Piensa en sentir un deseo tan intenso de vivir en el pasado que te haga pagar un sueldo a los carpinteros para desfigurar la puerta principal de tu casa.

Entonces recordé lo sensible que Lawrence era al tiempo, y sus sentimientos y sus opiniones sobre nuestra simpatía por el pasado. Yo lo había oído decir, años antes, que nosotros y nuestros amigos y nuestra parte del país, al descubrirnos incapaces de enfrentarnos con los problemas del presente, habíamos optado, como una persona adulta que ha perdido la razón, por volvernos hacia lo que imaginábamos ser una época más feliz y más sencilla, y que nuestro gusto por las reconstrucciones y por la luz de los candelabros era la prueba de ese irremediable fracaso. La débil línea azul de tiza había servido para recordarle estas ideas, las incisiones en la puerta las habían reforzado, y ahora, uno tras otro, se le iban presentando todos los indicios: el farol de barco sobre la puerta, el tamaño de la chimenea, la anchura de las tablas del suelo y las piezas incrustadas para que pareciesen ganchos. Mientras Lawrence me sermoneaba acerca de todas estas flaquezas, llegaron los otros que venían de la pista de tenis. La reacción de madre al ver a Lawrence fue inmediata, y comprendí que había muy pocas esperanzas de entendimiento entre la matriarca y el hijo cambiado al nacer. Madre se cogió del brazo de Chaddy.

—Vayamos a nadar y a beber martinis en la playa —dijo—. Quiero que pasemos una mañana fabulosa.

Aquella mañana el mar tenía un color muy denso, como si fuera una piedra verde. Todo el mundo bajó a la playa, excepto Tifty y Ruth.

—Lawrence no me importa —dijo madre. Estaba nerviosa, y al inclinar la copa se le derramó algo de ginebra sobre la arena—. No me importa en absoluto. Me tiene sin cuidado que sea todo lo grosero, desagradable y deprimente que quiera, pero lo que no soporto son las caras de esos pobres hijos suyos, de esos niñitos tan increíblemente desdichados.

Separados de él por la altura del acantilado, todos hablábamos de Lawrence con indignación; de cómo había empeorado en lugar de mejorar, de lo distinto que era del resto de nosotros, de cómo se esforzaba por estropear cualquier placer. Nos bebimos la ginebra; los insultos parecieron alcanzar un punto álgido, y luego, uno a uno, nos fuimos a nadar en la sólida agua verde. Pero cuando volvimos nadie tuvo palabras duras para Lawrence; la tendencia a decir cosas injuriosas se había roto, como si nadar tuviese la fuerza purificadora que reclama el bautismo. Nos secamos las manos, encendimos unos cigarrillos, y si se mencionaba a Lawrence era solo para sugerir, amablemente, algo que pudiese agradarle. ¿No le gustaría dar un paseo en bote hasta la ensenada de Barin, o salir a pescar?

Y ahora me doy cuenta de que durante la visita de Lawrence íbamos a nadar con más frecuencia de lo normal, y creo que había un motivo para ello. Cuando la irritabilidad acumulada por su presencia empezaba a socavar nuestra paciencia, no solo con Lawrence, sino de unos con otros, íbamos a nadar y nos quitábamos el rencor con agua fría. Recuerdo ahora a toda la familia, mientras permanecíamos sentados en la arena, escocidos por los reproches de Lawrence, y nos veo chapoteando, zambulléndonos y volviendo a la superficie, y percibo en las voces una paciencia renovada y el redescubrimiento de inagotables reservas de buena voluntad. Si Lawrence hubiese advertido este cambio —esta apariencia de purificación—, supongo que habría encontrado en el vocabulario de la psiquiatría, o de la mitología del Atlántico, algún nombre discreto para ello, pero no creo que se percatara del cambio. No se molestó en dar un nombre a la capacidad curativa del mar abierto, pero fue sin duda una de las pocas oportunidades que perdió de infravalorar.

La cocinera que teníamos aquel año era una polaca llamada Anna Ostrovick, contratada exclusivamente para el verano. Era excelente: una mujer grande, gorda, cordial, diligente, que se tomaba su trabajo muy en serio. Le gustaba cocinar, y que la gente apreciara y comiera los alimentos que preparaba, y siempre que la veíamos insistía en que comiéramos. Hacía bollos calientes, cruasanes y brioches dos o tres veces por semana para desayunar y los traía ella misma al comedor diciendo: «¡Coman, coman, coman!». Cuando la doncella devolvía los platos sucios a la antecocina, a veces oíamos decir a Anna, que estaba allí esperando: «¡Excelente! Comen». Daba de comer al que recogía la basura, al lechero y al jardinero. «¡Coma!», les decía. Los jueves por la tarde iba al cine con la doncella, pero no disfrutaba con las películas, porque los actores estaban demasiado delgados. Se pasaba hora y media en la sala a oscuras aguardando ansiosamente a que apareciese alguien con aspecto de disfrutar comiendo. Para Anna, Bette Davis no pasaba de ser una mujer con aspecto de no comer bien. «¡Están todos tan flacos!», decía al salir del cine. Por las noches, después de habernos atiborrado y de fregar las cazuelas y las sartenes, recogía las sobras y salía fuera para alimentar a la creación. Aquel año teníamos unos cuantos pollos, y aunque para entonces ya estaban todos descansando en sus perchas, les arrojaba los alimentos en el comedero y exhortaba a las aves dormidas para que comieran. También alimentaba a los pájaros cantores del jardín, y a las ardillas del patio trasero. Su presencia en el límite del jardín y su voz apremiante —oíamos perfectamente su «Comed, comed, comed»— estaban ya, como la salva de cañón en el club náutico y la luz del faro del cabo Heron, ligadas a aquel momento del día. «Comed, comed, comed», le oíamos decir a Anna. «Comed, comed…» Y ya se había hecho de noche.

Cuando Lawrence llevaba tres días en casa, Anna me llamó a la cocina.

—Dígale a su madre que no quiero al señorito en mi cocina —anunció—. Si sigue entrando aquí todo el tiempo, me marcho. Se pasa la vida diciéndome que soy una mujer muy desgraciada; que trabajo demasiado y no me pagan lo bastante, y que debería pertenecer a un sindicato que me asegurara las vacaciones. ¡Ja! Está flaquísimo, pero siempre viene a la cocina cuando estoy ocupada para compadecerse de mí, pero yo valgo tanto como él, valgo tanto como cualquiera, y no tengo por qué aguantar a gente así molestándome todo el tiempo y compadeciéndose de mí. Soy una estupenda cocinera y muy famosa además, y tengo trabajo en todas partes, y la única razón de que haya venido a trabajar aquí este verano es que no había estado nunca en una isla, pero puedo conseguir otro empleo mañana mismo, y si sigue viniendo a mi cocina a compadecerse de mí, dígale a su madre que me marcho. Valgo tanto como cualquiera, y no tengo por qué aguantar a ese tipo flacucho di

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta

Información básica sobre Protección de Datos

Responsable PENGUIN RANDOM HOUSE GRUPO EDITORIAL, S.A.U. (PRHGE)
CIF: A08116147
Contacto DPD: lopd@penguinrandomhouse.com
Finalidad Informarle sobre nuestros productos, servicios, novedades, sorteos, concursos y eventos de PRHGE así como la gestión de su inscripción y participación a sorteos, concursos o eventos que solicite participar.
Legitimación Consentimiento del interesado.
Destinatarios No se cederán datos a terceros, salvo obligación legal.
Derechos Acceder, rectificar y suprimir los datos, así como otros derechos, como se explica en la información adicional
Información Adicional Más información sobre nuestra política de protección de datos en el siguiente enlace