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CUESTIóN DE EDUCACIóN

Inés García-Albi  

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Fragmento

1

Cuestión de educación

Si tiene usted en las manos este libro es porque el tema de la educación le interesa, le inquieta, le apasiona o le preocupa. Como a mí. Y no solo por ser madre de dos estupendas criaturas, varones ambos y con todo el mundo prácticamente por explorar, sino como ciudadana que lee, atónita, los diarios y le preocupa la deriva de este país en el que he nacido y en el que vivo. Por estas razones he decidido emprender un viaje peculiar, un viaje a la educación española, y compartir mis experiencias sobre el tema. Lo que va a leer a continuación es un diario de ese viaje.

Últimamente, la educación española tiene muy mala prensa, como se refleja en los titulares de los diarios y en las noticias de los informativos. Por no hablar de los recortes, las voces que advierten que la educación pública se va a pique, una reforma nueva que nace para ser abolida cuando cambie de color el gobierno. La educación es un arma ideológica que utilizan unos y otros con el mayor descaro. Lo más llamativo del caso es que la educación solo cope titulares en los medios de comunicación en época de elecciones, de crisis o cuando salen los polémicos informes PISA que nos sitúan en los asientos traseros de la clase europea. Es justo entonces cuando, ¡zas!, todos los políticos se echan las manos a la cabeza y comienzan a acusarse entre sí, que si fue tu ley, que no, que fue la tuya, y los opinadores de turno —una especie muy autóctona, una raza peculiar de hombres y mujeres que hablan de todo, saben de todo, opinan de todo e incluso se insultan y, cuando se les pilla en un renuncio o mentira, se revuelven como gato panza arriba, echan mano de la libertad de expresión y dan por zanjado el tema— se quejan de que los chicos de ahora no leen y que no saben nada de nada. Otra de sus frases favoritas es: «¡Qué sería de los chicos de hoy si les tocase vivir la escuela que nosotros vivimos. Ya verían, ya!».

Pero el último estudio de la OCDE, el PISA de los adultos (que, por cierto, le tocó hacer a mi marido y doy fe de su completa evaluación, pues estuvo más de una hora respondiendo y analizando gráficos, etcétera), no les ha dado la razón. Todo parece indicar que los jóvenes de hoy, a pesar de que se mantienen en los furgones de cola, están mejor cualificados que sus mayores. El estudio es revelador y la diferencia entre jóvenes y adultos es una de las mayores, junto a Corea del Sur; pero en el país asiático todos han decidido tirar del carro en la misma dirección y sus jóvenes se encuentran conduciendo el tren en estos momentos, mientras que aquí seguimos con eternos debates sobre la religión, la lengua vehicular o la conveniencia de exámenes, incapaces de llegar a un acuerdo.

De modo que la manida sentencia de cualquier tiempo pasado fue mejor no tiene validez, según las estadísticas. Seguramente la tiene para algunas experiencias personales, pero no es extrapolable al país. Mi madre, sin ir más lejos, esgrime ese argumento con bastante frecuencia. Ella hizo el bachillerato cuando muy pocas mujeres lo hacían (acaba de cumplir ochenta y dos años) y en cuanto tiene ocasión nos recita la lista de los reyes godos que reinaron España desde el siglo V hasta el VIII, cuyos nombres me encantan por su sonoridad: Chindasvinto, Recaredo, Alarico, Recesvinto y Rodrigo, que es el único que permanece en la actualidad (bueno, hace poco conocí a un Recaredo que me contó que es un nombre que heredan de padres a hijos, aunque no me supo decir el tiempo que lleva el ilustre nombre en la familia). Cuando mi madre llega a Rodrigo nos mira orgullosa de su hazaña —como ejercicio de memoria no está mal— y nos echa en cara nuestra falta de conocimiento (y eso que yo estudié la carrera de historia), mientras explica que también estudiaban griego y latín y nos reta —ahora lo hace con los nietos— a aprobar su examen de reválida, instaurado otra vez gracias a la Ley Wert. Hay que reconocer que mi madre y mis tías tienen una vasta cultura, pero también que eran unas privilegiadas. Es decir, como experiencia personal, su tiempo pasado quizá fue mejor en cuanto a la adquisición de cultura, y es verdad que leían mucho, sabían inglés y francés. Mi querida progenitora siempre cuenta, además de los dichos de la madre Caritina, que en el colegio de la Asunción de Barcelona solo fueron tres las que hicieron el bachillerato y ninguna de ellas continuó su formación en la universidad. No se estilaba por aquel entonces, pero ¡si tres de sus vecinas estudiaban en casa con una institutriz y una profesora de piano que las educaba para ser las señoritas que la sociedad esperaba de ellas! Estas señoras, todas muy cultas, estarían en la actualidad engrosando la lista del AET (abandono escolar temprano: los que no continúan estudiando nada después del obligatorio). Pero era otro contexto, otra sociedad, otra concepción del mundo. Se las educaba para desenvolverse en la vida que les habían diseñado. Mujeres de la burguesía preparadas para una vida matrimonial más o menos estable con una vida social más o menos agitada. Básicamente dedicadas al cuidado de su prole. Luego la vida les ha ido dando muchas vueltas, pero la pregunta sobre la que hay que reflexionar es si estamos educando a nuestros hijos para el mundo que les va a tocar vivir. Todo ha cambiado mucho, pero en este país todavía no tenemos claro el modelo que queremos y seguimos con discusiones ideológicas que nada tienen que ver con los resultados académicos y menos aún con el avance hacia una sociedad del conocimiento. El sistema, las evaluaciones internacionales, las pautas de la Comunidad Europea hablan de alcanzar competencias que les ayudarán a moverse por el mundo que les tocará vivir, pero aquí aún no sabemos cómo llegar hasta ellas.

También es verdad que es fácil criticar la educación actual, sobre todo si has nacido en una clase privilegiada, pero no tienes más que rascar un poco y pronto te aparecen personas preparadas cuyos padres no tenían estudios o tenían los mínimos y pronto se ponían a trabajar. La tasa de escolaridad total no se alcanzó en España hasta la década de 1980, a la vuelta de la esquina, y la primera generación que estudió obligatoriamente hasta los dieciséis años salió del horno a finales de la década de 1990. El panorama no puede ser más desolador. Son muchas las voces que se defienden de los malos resultados obtenidos argumentando el retraso histórico del que venimos, pero lo cierto es que se podía haber avanzado más. Lo que ha ocurrido es que en este país nunca —exceptuando durante la Segunda República— se ha apostado por la educación al cien por cien. Desde 1980 se han aplicado en España doce leyes orgánicas sobre educación, incluida la LGE de 1970, que reguló todo el sistema educativo y se aplicó hasta que llegó la LOGSE.

Hace unos años, cuando nadábamos en la falsa abundancia, como se ha demostrado, se podía haber apostado por ella. Pero no. Se apostó por otro modelo y los chavales abandonaban los estudios obnubilados por el dinero fácil, queriendo emular a los tipos jaleados en los medios de comunicación y demás círculos, personajes ostentosos y triunfadores que alardeaban de su riqueza alcanzada sin esfuerzo; todos ellos con un denominador común: su falta de pudor a la hora de admitir su ignorancia o su escasa preparación. Si hay una cosa que me avergüenza de este país es la falta de interés por la cultura o esa actitud condescendiente hacia las personas dedicadas a la cultura por parte de nuestros dirigentes.

No sé si existe otro lugar donde la gente afirme con tanta desfachatez: «Yo es que no he leído un solo libro en mi vida» o «Yo no he leído nunca». Siempre me ha extrañado que, después de semejante afirmación, a la persona que la ha pronunciado no se le caiga la cara de vergüenza. Hace un par de años acompañé a un escritor en su recorrido por las casetas el día de Sant Jordi —la fiesta del libro en Cataluña—, y uno de los taxistas, al enterarse de la profesión de mi acompañante, comentó con esa soberbia de los ignorantes: «¡Ah!, pues yo no leo, y a mi mujer, que le gusta leer, se lo tengo prohibido, porque aprende cosas que no debe. Hace poco se estaba leyendo El capital, de Marx, y se le meten unas ideas en la cabeza que no me gustan. Y eso que yo soy de izquierdas, pero mejor que la parienta no lea». Nos dejó sin habla. Sin embargo, este desdén hacia la cultura no es exclusivo de las clases populares. También puedo contar numerosos ejemplos de miembros de la burguesía —ingenieros, abogados y demás— que confiesan sin rubor que solo se han leído «un libro en su vida... o ninguno». Podría llenar un capítulo entero con esta clase de historias que reflejan el nivel cultural de este país. Mi amiga Cristina me comentaba que en la revista donde trabaja, una revista femenina que habla de cultura (de actualidad cultural más bien) para un público de nivel alto, el mismísimo director de arte alardeaba diciendo: «¡No ha nacido la mujer que me haga leer un libro!».

Estas anécdotas reflejan el absoluto desinterés, e incluso desprecio, hacia la cultura o el conocimiento. Más aún, los intelectuales y la gente que se dedica a la cultura siempre han sido mirados con condescendencia y desapego por gente supuestamente educada, con carrera universitaria y que se desenvuelve bien en la vida, con carreras profesionales impecables. Ellos prefieren que sus hijos no se dediquen a eso. ¡Cuántas carreras frustradas por imposición paterna! Y quien hab

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