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CUIDADO CON ELLA

Teresa Toten  

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Fragmento

Martes, 22 de marzo

Kate y Olivia

Ninguna de las chicas se movió. La rubia que estaba en la cama no se movió porque le era imposible, y la rubia de la silla no lo hizo porque, bueno, parecía que tampoco podía.

Dos médicos, un enfermero y un camillero irrumpieron en la habitación perturbando su silencio. Levantaron el cuerpo de la cama con una sábana, cambiaron la ropa de cama, comprobaron su pulso y la frecuencia cardíaca, dieron golpecitos, palparon y dirigieron una luz hacia los ojos ciegos. Esta vez retiraron el largo tubo que había estado pegado a la boca de la chica. Ver cómo retiraban el tubo era desagradable.

El cuerpo convulsionó, se arqueó y a continuación sufrió un espasmo.

Cuando se fueron, la chica de la silla reanudó su vigilia, adormecida por el olor a amoníaco y látex. Los médicos nunca le decían nada, así que dejó de preguntar. La chica postrada en la cama estaba atada a una maraña de tubos y cables. Iban de su maltrecho cuerpo a varios monitores y a un palo que se ramificaba como un árbol de acero cuyas flores eran bolsas de líquido intravenoso. Unos cacharros pitaban y zumbaban a un ritmo aleatorio que ninguna de las chicas oía. En las cuarenta y ocho horas que habían pasado desde su llegada, la chica de la silla rara vez había interrumpido su vigilia para estirarse, dormir o ir al baño. Su pelo rubio, generalmente perfecto, se aferraba ahora a su cuero cabelludo más graso y oscurecido por el sudor, el barro y la sangre seca.

Se sentó y se dejó llevar, hechizada, por los monitores, por los puntos de colores siempre cambiantes, los gráficos indescifrables y sobre todo por la línea verde ondulante. La línea verde era importante. No se había alterado, no en todas esas horas…, no hasta que el detective Akimoto se aclaró la garganta en el umbral de la puerta. La chica se esforzó para mirarlo a los ojos.

—Lo siento, pero voy a necesitar que te vayas fuera un momento.

La chica se giró hacia su amiga, cuya boca estaba enrojecida e inflamada allí donde le habían arrancado el esparadrapo.

El detective abrió un pequeño bloc de notas negro.

Hizo clic varias veces con su bolígrafo.

—Ahora, por favor.

Había otros hombres fuera, dando vueltas por el pasillo. Policías.

—Tenemos algunas preguntas sobre tu amiga y también sobre un tal… Marcus Redkin.

Mark.

La chica se fue levantando lentamente. La habitación daba vueltas por el esfuerzo.

—Sí, señor. —Le echó una última mirada a la línea verde ondulante.

La chica en la cama ya no estaba inerte, no del todo. Pero nadie la vio. Las palabras cayeron de su boca, en silencio resbalaron de las sábanas hasta caer al suelo.

Pero nadie la oyó.

Jueves, 17 de septiembre

Kate

No soy una mentirosa compulsiva y no miento por diversión. Solo miento cuando tengo que hacerlo. El problema es que miento desde siempre porque siempre he tenido que hacerlo. Me siento cómoda con el peso de mis mentiras. Así que estoy bien. Eso es todo lo que tengo que decir al respecto. Bueno, eso y que quiero una vida mejor. Espera, eso es una mentira. Quiero una vida INCREÍBLE.

Y otra cosa: los perros y los niños pequeños me adoran, así que ese viejo dicho vale de poco. Las niñas ricas y piradas también me adoran. Soy «esa» amiga, la amiga «cómo he podido vivir sin ti». La amiga «eres la caña». La amiga con los hombros empapados de lágrimas. Soy la mano amiga, la salvavidas; pero los salvavidas tienen un precio. Estoy divagando. Me encanta esa palabra: «divagar». Es arrogante, y no tan fácil de usar en una frase como se podría llegar a pensar.

La había estado observando desde hacía días.

Los primeros días de colegio todo giraba en torno a la «caza», a no perder el tiempo en gente que no lleva a ningún lado. Sentí esa sensación familiar que roza la pesadilla y que te pone la cabeza como un bombo: a dónde ir, quién será quién, no hagas el ridículo en el nuevo colegio, etcétera, etcétera. Pero me puedo concentrar como nadie. Unas cuantas chicas fueron analizadas y descartadas. Demasiado normales, demasiado estándar, demasiado unidas, o —el verdadero beso de la muerte— no forradas de verdad a pesar de tener todos los adornos y complementos. Conozco la diferencia. Antes de venir aquí, pasé la mayor parte de mi secundaria en el oeste del país, en los mejores colegios privados femeninos. Yo era la becada, la que vivía en la residencia. La chica a la que te llevabas a casa los fines de semana y las vacaciones tras convencer a tus padres. He tenido mucha práctica.

A ver, sé bien lo taradas que están estas tías detrás de su armadura de Range Rover y Louboutin. Pero yo sabía que tenía que haber «alguien». Mi pase VIP tenía que estar en algún rincón de las aulas de último curso.

Y cuando empezó la segunda semana de clase, allí estaba ella, toda rubia natural, con mucha pasta y con el puntito justo de trauma. Guapa, sin pertenecer a ningún grupito de populares, y apestando a Lexatin, Paroxetina o cosas así. Algo que, por cierto, se podría decir de la mitad de las estudiantes del colegio. Pero esta chica tenía algo más, un extra. Era evidente, había algo en ella. Olivia Michelle Sumner: si ese nombre no suena a DINERO, ningún nombre suena. De arriba abajo de Barneys y Bloomingdale’s. Pija y con pasta de verdad. Las demás chicas la rodearon mientras chillaban: «¡Bienvenida de nuevo, Olivia!»; «¡Has vuelto!»; «¡Qué guay verte!»; «¡Uau, hola!». Pero no eran de las suyas. Eso estaba claro. Olivia capeó la situación en plan piloto automático. Algo había ahí. Alguna historia. Fantástico. Olivia Sumner y yo compartíamos solo una clase, Literatura Avanzada, pero era todo lo que necesitaba.

Y ahora, obsérvame.

Presta mucha atención.

La supervivencia del más apto, baby.

Viernes, 18 de septiembre

Olivia

Olivia mecía el teléfono, negando con la cabeza.

—No, papá, ha ido bien. Más que bien, de verdad. Tal y como dijiste. —Recorría despacio la longitud del salón. Cuando eso ya no le consiguió calmar, subió el peldaño hasta el comedor, rodeó la mesa de acero inoxidable, y se desvió hacia la biblioteca para, finalmente, invadir los cuatro dormitorios, uno por uno. Olivia evitó entrar en la cocina. Anka estaba tirando cacerolas por todas partes maldiciendo el robot de cocina—. No ha pasado nada en toda la semana, tal y como pensamos. No cambiarme de centro ha sido la decisión acertada.

Volvió al salón.

—No, los profesores no han hecho ningún drama en público ni nada así, pero me han dicho que están ahí para lo que necesite, al mejor estilo Colegio Waverly. —Olivia se dejó caer, sin sentarse del todo, en el sillón de mohair antes de levantarse y ponerse a pasear de nuevo—. Bueno, tal y como sospechaba, la clase de Literatura Avanzada va a ser dura porque me ha tocado la señora Hornbeck otra vez. Gracias a Dios ya me he leído la obra de teatro de Albee y lo de Cormac McCarthy. Pero es posible que necesite un profe particular para asegurarnos de que el nivel de mis resultados académicos sea bueno, ¿vale? —¿Dónde estaba ese libro de Cormac McCarthy? Se dirigió a su habitación, entró, se olvidó de para qué había ido allí y salió de nuevo—. No, me puedo sacar las Mates y la Física con los ojos cerrados, ya lo sabes. —Ahora estaba en el do

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