Loading...

CULPA MíA (CULPABLES 1)

Mercedes Ron  

5


Fragmento

Prólogo

—¡Déjame en paz! —dijo ella rodeándome para salir por la puerta. La cogí inmediatamente por los brazos y la obligué a mirarme.

—¿Me puedes explicar qué demonios te está pasando? —le pregunté furioso.

Ella me miró y vi en sus ojos algo oscuro y profundo que me ocultaba; sin embargo, me sonrió sin alegría.

—Este es tu mundo, Nicholas —me expuso con calma—. Simplemente estoy viviendo tu vida, disfrutando de tus amigos y sintiéndome libre de problemas. Esto es lo que hacéis y esto es lo que se supone que tengo que hacer yo —sentenció y dio un paso hacia atrás para apartarse de mí.

Yo no daba a crédito a lo que oía.

—Has perdido completamente el control —le espeté bajando el tono de voz. No me gustaba lo que veían mis ojos, no me gustaba en quién se estaba convirtiendo la chica de la que yo creía estar enamorado. Pero pensándolo bien... lo que hacía y cómo lo hacía... era lo mismo que yo había hecho, lo mismo que había estado haciendo antes de conocerla; yo la había metido en todas estas cosas: había sido mi culpa. Era culpa mía que se estuviese autodestruyendo.

En cierto modo habíamos intercambiado los papeles. Ella había aparecido y me había sacado del oscuro agujero en el que yo me había metido, pero al hacerlo había terminado por ocupar mi lugar.

1

NOAH

Mientras subía y bajaba la ventanilla del nuevo coche de mi madre, no podía dejar de pensar en lo que me depararía el siguiente e infernal año que tenía por delante. Aún no dejaba de preguntarme cómo habíamos acabado así, yéndonos de nuestra casa para cruzar todo el país hasta California. Habían pasado tres meses desde que había recibido la fatal noticia, la misma que cambiaría mi vida por completo, la misma que me hacía querer llorar por las noches, la misma que conseguía que suplicara y despotricara como una niña de once años en vez de diecisiete.

Pero ¿qué podía hacer? No era mayor de edad, aún faltaban once meses, tres semanas y dos días para cumplir los dieciocho y poder largarme a la universidad; lejos de una madre que solo pensaba en sí misma, lejos de aquellos desconocidos con los que me iba a tocar vivir, porque de ahora en adelante iba a tener que compartir mi vida con dos personas completamente desconocidas y para colmo, dos tíos.

—¿Puedes dejar de hacer eso? Me estás poniendo nerviosa —me pidió mi madre, al mismo tiempo que colocaba las llaves en el contacto y ponía en marcha el coche.

—A mí me ponen nerviosa muchas cosas que haces, y me tengo que aguantar —repliqué de malas maneras. El sonoro suspiro que vino en respuesta se había convertido en algo tan rutinario que ni siquiera me sorprendió.

Pero ¿cómo podía obligarme? ¿Acaso no le importaban mis sentimientos? «Claro que sí», me había respondido mi madre mientras nos alejábamos de mi querida ciudad. Ya habían pasado seis años desde que mis padres se habían separado; y no de forma convencional ni agradable: había sido un divorcio de lo más traumático, pero a la postre lo había superado... o por lo menos seguía intentándolo.

Me costaba muchísimo adaptarme a los cambios, me aterrorizaba estar con extraños; no soy tímida pero sí muy reservada con mi vida privada y eso de tener que compartir mis veinticuatro horas del día con dos personas que apenas conocía me creaba una ansiedad que me hacía tener ganas de salir del coche y vomitar.

—Aún no puedo comprender por qué no me dejas quedarme —le dije intentando poder convencerla por enésima vez—. No soy una niña, sé cuidarme... Además, el año que viene estaré en la universidad y, al fin y al cabo, estaré viviendo sola... es lo mismo —argumenté con la idea de hacerla entrar en razón y sabiendo que yo estaba completamente en lo cierto.

—No voy a perderme tu último año de instituto, y quiero disfrutar de mi hija antes de que te vayas a estudiar fuera; Noah, ya te lo he dicho mil veces: quiero que formes parte de esta nueva familia, eres mi hija... ¡Por Dios santo! ¿En serio crees que te voy a dejar vivir en otro país sin ningún adulto y a tanta distancia de donde yo estoy? —me contestó sin apartar la mirada de la carretera y haciendo aspavientos con su mano derecha.

Mi madre no comprendía lo duro que era todo eso para mí. Ella comenzaba su nueva vida con un marido nuevo que supuestamente la quería, pero ¿y yo?

—Tú no lo entiendes, mamá. ¿No te has parado a pensar que este también es mi último año de instituto? ¿Que tengo allí a todas mis amigas, mi novio, mi trabajo, mi equipo...? ¡Toda mi vida, mamá! —le grité esforzándome por contener las lágrimas. Aquella situación podía conmigo, eso estaba clarísimo. Yo nunca, y repito, nunca, lloraba delante de nadie. Llorar es para débiles, para aquellos que no saben controlar lo que sienten o, en mi caso, para aquellos que han llorado tanto a lo largo de su vida que han decidido no derramar ni una sola lágrima más.

Aquellos pensamientos me hicieron recordar el inicio de toda aquella locura. No dejaba de arrepentirme de no haber acompañado a mi madre a aquel maldito crucero por las islas Fiyi. Porque había sido allí, en un barco en medio del Pacífico Sur, donde había conocido al increíble y enigmático William Leister.

Si pudiera volver atrás en el tiempo no dudaría ni un instante en decirle que sí a mi madre cuando se presentó a mediados de abril con dos billetes para irnos de vacaciones. Había sido un regalo de su mejor amiga, Alicia. La pobre había sufrido un accidente con el coche y se había roto la pierna derecha, un brazo y dos costillas. Como es obvio, no podía irse con su marido a esas islas y por ese motivo se lo regaló a mi madre. Pero vamos a ver... ¿mediados de abril? Por aquellas fechas yo estaba con los exámenes finales y metida de lleno en los partidos de vóley. Mi equipo había quedado primero después de estar en segundo lugar desde que yo tenía uso de razón: había sido una de las alegrías más grandes de mi vida. Sin embargo, ahora, viendo las consecuencias de no haber ido a aquel viaje, devolvería el trofeo, dejaría el equipo y no me hubiese importado suspender literatura y español, con tal de evitar que aquel matrimonio se celebrara.

¡Casarse en un barco! ¡Mi madre estaba completamente loca! Además se casó sin decirme absolutamente nada, me enteré en cuanto llegó, y encima me lo dijo tan tranquila como si casarse con un millonario en medio del océano fuera lo más normal del mundo... Toda esta situación era de lo más surrealista y, encima, quería mudarse a una mansión en California, Estados Unidos. ¡Ni siquiera era mi país! Yo había nacido en Canadá, a pesar de que mi madre había nacido en Texas y mi padre en Colorado, y me gustaba mucho, era cuanto conocía...

—Noah, sabes que quiero lo mejor para ti —me dijo mi madre haciéndome regresar a la realidad—. Sabes por lo que he pasado, por lo que hemos pasado; y por fin he encontrado un buen hombre que me quiere y me respeta... No me sentía tan feliz desde hace muchísimo tiempo... lo necesito y sé que vas a llegar a quererlo. Además, puede ofrecerte un futuro al que nunca podríamos haber aspirado, vas a poder ir a la universidad que quieras, Noah.

—Es que yo no quiero ir a una universidad de esas, mamá, ni tampoco quiero que un desconocido me la pague —repuse sintiendo un escalofrío al pensar que, al cabo de un mes, empezaría en un instituto pijo lleno de niños ricos.

—No es un desconocido: es mi marido, así que ve haciéndote a la idea —agregó en un tono más cortante.

—Nunca voy a hacerme a la idea —le contesté apartando la mirada de su rostro y centrándola en la carretera.

Mi madre volvió a suspirar y yo deseé que la conversación hubiese terminado, no tenía ganas de seguir hablando.

—Entiendo que vas a echar de menos a tus amigos y a Dan, Noah, pero míralo por el lado positivo: ¡vas a tener un hermano! —exclamó con ilusión.

Me volví hacia ella mirándola de forma cansina.

—Por favor, no me vendas algo como lo que no es.

—Pero te va a encantar: Nick es un sol —afirmó sonriéndole a la carretera—. Un chico maduro y responsable que seguro que se muere de ganas por presentarte a todos sus amigos y llevarte a visitar la ciudad. Siempre que hemos coincidido estaba encerrado en su habitación estudiando o leyendo un libro: a lo mejor incluso compartís los mismos gustos literarios.

—Sí, ya... seguro que le encanta Jane Austen —contesté poniendo los ojos en blanco—. Por cierto, ¿cuántos años decías que tenía? —Ya lo sabía, mi madre no había dejado de hablarme de él y de Will durante meses, y, con todo, me resultaba muy irónico que no hubiese sido capaz de hacer un hueco para venir a conocerme. Mudarme con una familia nueva y ni siquiera conocer a los miembros era el colmo de todo esto.

—Es un poco mayor que tú, pero tú eres más madura que las chicas de tu edad: os vais a llevar fenomenal.

Y ahora me hacía la pelota... «madura». Aún recelaba de si esa palabra era de verdad la que me definía y, pese a eso, dudaba de que un chico de casi veintidós años tuviese ganas de enseñarme la ciudad y presentarme a sus amigos; como si yo quisiera que hiciese tal cosa, en cualquier caso.

—Hemos llegado —anunció mi madre a continuación.

Centré mi mirada en las altas palmeras y las calles que separaban las mansiones monumentales. Cada casa ocupaba, por lo menos, media manzana. Las había de estilo inglés, victoriano... y también había muchas de aspecto moderno con las paredes de cristal e inmensos jardines. Comencé a asustarme cada vez más al ver que a medida que avanzábamos por la calle las casas se iban haciendo cada vez más grandes.

Finalmente llegamos a unas inmensas puertas de tres metros de altura y, como si nada, mi madre sacó un aparatito de la guantera, le dio a un botón y estas comenzaron a abrirse. Volvió a poner el coche en marcha y bajamos una cuesta bordeada por jardines y altos pinos que desprendían un agradable olor a verano y mar.

—La casa no está tan alta como las demás de la urbanización y por eso tenemos las mejores vistas a la playa —comentó con una gran sonrisa. Me volví hacia ella y la observé como si no la reconociera. ¿Acaso no se daba cuenta de lo que nos rodeaba? ¿No era consciente de que nos quedaba demasiado grande?

No me dio tiempo a formular las preguntas en voz alta porque finalmente llegamos a la casa. Solo se me ocurrieron dos palabras:

—¡Madre mía!

La casa era toda blanca con los altos tejados de color arena; tenía por lo menos tres pisos, pero era difícil asegurarlo

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta