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CUMBRES BORRASCOSAS (LOS MEJORES CLáSICOS)

Emily Brontë  

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Fragmento

1

1801. Vengo de hacer una visita a mi casero, el vecino solitario que me causará desazón. ¡Esta es sin duda una tierra hermosa! No creo que en toda Inglaterra hubiese podido decidirme por un emplazamiento más apartado del mundanal ruido. El Paraíso perfecto de un misántropo, y el señor Heathcliff y yo somos el par idóneo para repartirnos la desolación. ¡Un hombre magnífico! Poco imaginó que me enternecería cuando, según subía a caballo, percibí con qué suspicacia escondía los ojos negros bajo las cejas y cómo, en el momento de anunciar mi nombre, resguardaba los dedos aún más en el chaleco con celosa resolución.

—¿El señor Heathcliff? —dije.

La réplica fue una inclinación de la cabeza.

—Soy el señor Lockwood, su nuevo inquilino, señor. Me permito el honor de hacerle una visita nada más llegar para decirle que espero no haberle importunado con mi insistencia en solicitar la ocupación de la Granja de los Tordos. Ayer oí que estaba usted pensando…

—La Granja de los Tordos, señor, es mía —interrumpió con impaciencia—. Si pudiese evitarlo no permitiría que nadie me importunara. ¡Pase!

Profirió el «Pase» entre dientes, como queriendo decir «¡Váyase al cuerno!». Ni siquiera la verja contra la que estaba apoyado manifestó el menor movimiento de empatía con sus palabras; y creo que aquella circunstancia me resolvió a aceptar la invitación: sentí interés por un hombre que parecía aún más exageradamente reservado que yo mismo.

Cuando vio que mi caballo empujaba claramente la verja con el pecho sacó la mano para quitar la cadena; después me precedió con indolencia por la calzada y cuando entrábamos en el patio ordenó:

—Joseph, hazte cargo del caballo del señor Lockwood; y sube vino.

«Supongo que la plantilla de empleados domésticos se reduce a uno —pensé al oír aquella orden múltiple—. No es de extrañar que la hierba crezca entre los adoquines y que el ganado sea el único que poda los setos.»

Joseph era un hombre mayor; no, un viejo, quizá muy viejo, aunque fuerte y fibroso.

—¡Que el Señor nos ampare! —dijo para sí, con un trasfondo de irritada displicencia, mientras me desembarazaba de mi caballo.

Me miraba con tal acrimonia que conjeturé caritativamente que precisaba auxilio divino para digerir la comida y que su pía exclamación no guardaba relación alguna con mi inesperada visita.

Cumbres Borrascosas es el nombre de la morada del señor Heathcliff. El elocuente adjetivo regional describe el tumulto atmosférico al que está expuesto el lugar en un clima tormentoso. En efecto, en todo momento han de tener allí una ventilación pura y vigorizante. Es fácil imaginar el poderío con que sopla el viento del norte a juzgar por el excesivo sesgo de unos cuantos abetos atrofiados al final de la casa y una hilera de espinos escuálidos, todos con los miembros estirados en una dirección como si pidieran limosna al sol. Por fortuna, el arquitecto de la casa tuvo la precaución de construirla sólida: las angostas ventanas están profundamente empotradas en la pared y unos grandes guardacantones protegen las esquinas.

Antes de franquear el umbral, me paré un momento a admirar una cantidad de tallas grotescas repartidas por toda la fachada, pero sobre todo alrededor de la puerta principal, sobre la que, entre una desenfrenada profusión de grifos en ruinas y niños desvergonzados, detecté la fecha «1500» y el nombre «Hareton Earnshaw». Me hubiera gustado hacer algún comentario al respecto, además de requerir del hosco dueño una breve historia del lugar, pero su actitud en la puerta parecía exigirme que entrara enseguida o que saliera de allí para siempre, y yo no quería agravar su impaciencia antes de inspeccionar el sanctasanctórum.

Con un paso entramos en la sala de la familia, sin que hubiera un recibidor o un pasillo introductorio. Aquí, por antonomasia, se denomina a esta pieza «la casa». Suele incluir cocina y gabinete, pero creo que en Cumbres Borrascosas la cocina está relegada, por fuerza, a otra dependencia; al menos oí un parloteo de lenguas y un estrépito de utensilios culinarios muy adentro, y no percibí ningún indicio de que estuvieran asando, hirviendo o cociendo nada en torno a la enorme chimenea, ni ningún destello de sartenes de cobre ni de coladores de estaño en las paredes. Un rincón sí que reflejaba de modo espléndido tanto la luz como el calor procedentes de unas inmensas fuentes de peltre, entremezcladas fila tras fila con jarros y jarras de plata amontonados hasta el techo en un vasto aparador de roble. El techo seguía sin enlucir; para un ojo inquisidor toda su anatomía quedaba al desnudo, salvo donde la ocultaba un armazón de madera cargado con tortas de avena y hacinamientos de perniles de vaca, cordero y jamón. Encima de la chimenea había varias escopetas espantosas y viejas, un par de pistolas de arzón y, a modo decorativo, tres botes pintados de colores chillones dispuestos a lo largo de la repisa. El suelo era de piedra blanca y lisa, las sillas, de alto respaldo y estructura rudimentaria, estaban pintadas de verde, y había una o dos, negras y pesadas, escondidas en la sombra. En un arco, debajo del aparador, reposaba una enorme perra de muestra color marrón rojizo rodeada de un enjambre de cachorros chillones; y más perros ocupaban otros escondrijos.

La estancia y los muebles no habrían tenido nada de extraordinario si su dueño hubiese sido un sencillo granjero del norte, de semblante duro y miembros fornidos, realzados con calzones y polainas. Entre estos montes, en un territorio de ocho o nueve kilómetros, es fácil ver a esta clase de individuo, sentado en su sillón con una jarra de cerveza espumeante sobre una mesa redonda, si uno se deja caer por su casa a la hora adecuada, después de comer. Pero el señor Heathcliff contrasta de forma singular con su morada y su estilo de vida. Su aspecto es el de un gitano de piel oscura, y su atuendo y modales los de un caballero, es decir, todo lo caballero que puede llegar a ser un señor del campo: bastante desaliñado quizá, pero esa negligencia no transmite desorden porque tiene buen porte y es bien parecido, aunque bastante taciturno. Es posible que alguna gente vislumbre en él cierto orgullo de hidalgo, pero una fibra de simpatía en mi fuero interno me dice que no es eso. Sé por instinto que su reserva nace de la aversión a mostrar sus sentimientos y a las manifestaciones de mutua bondad. Amará y odiará de la misma forma encubierta, y estimará que es una suerte de impertinencia ser amado u odiado a su vez. No, voy demasiado rápido, le atribuyo mis propios rasgos con excesiva liberalidad. Es posible que las razones por las que el señor Heathcliff retira la mano cuando se topa con un aspirante a su amistad sean muy distintas de las que me mueven a mí a hacer lo mismo. Quiero creer que mi temperamento es casi único: mi querida madre solía decir que yo nunca tendría un hogar acogedor, y el verano pasado me demostré a mí mismo que era del todo indigno de tenerlo.

Estaba disfrutando de un mes de buen tiempo en la costa cuando de repente me encontré con una criatura de lo más fascinante: una verdadera diosa a mis ojos, siempre que ella no se fijara en mí. «Nunca le descubrí mi amor» de forma verbal, pero si las miradas hablaran el más idiota habría podido advertir que me tenía embelesado. Por fin me entendió y me correspondió con la mirada más dulce que quepa imaginar. ¿Y qué hice yo? Lo confieso avergonzado: me replegué glacialmente como un caracol. A cada mirada me mostraba más frío y distante, hasta que al final la pobre inocente llegó a dudar de sus propios sentidos y, abrumada y confusa por su presunto error, convenció a su madre de que se marcharan.

Esta curiosa disposición cambiante me ha granjeado la fama —solo yo puedo decir cuán poco merecida— de ser deliberadamente despiadado.

Tomé asiento en un extremo del hogar, del lado opuesto al que se dirigía mi casero, y llené un intervalo de silencio con una tentativa de acariciar a la madre canina, que había abandonado a sus cachorros y pasaba de manera furtiva y lobuna por detrás de mis piernas con el hocico fruncido y haciéndosele agua los blancos dientes por un bocado.

Mi caricia provocó un prolongado y gutural gruñido.

—Mejor deje a la perra en paz —bufó el señor Heathcliff al unísono, mientras frenaba demostraciones más feroces con un puntapié—. No está acostumbrada a que la mimen; no la tenemos de mascota.

Luego, dirigiéndose a grandes zancadas hacia una puerta lateral, gritó de nuevo:

—¡Joseph!

Joseph masculló algo confuso en las profundidades de la bodega, pero no dio señales de subir, así que su amo se precipitó escaleras abajo en su busca dejándome frente a frente con la perra rufiana y un par de perros pastores, fieros y peludos, que compartían con ella una celosa vigilancia de todos mis movimientos.

Como no quería entrar en contacto con sus colmillos, permanecí sentado. Pero por desgracia, pensando que aquellos animales no entenderían los insultos tácitos, me di el gusto de hacer guiños y muecas al trío, y algún cambio en mi fisonomía irritó tanto a madame que de repente entró en furia y me saltó a las rodillas. Me la quité de encima y me apresuré a interponer la mesa entre nosotros. Aquel proceder provocó a toda la caterva. Media docena de diablos cuadrúpedos de diversos tamaños y edades salieron de unas guaridas ocultas al centro común; sentí que mis tobillos y los faldones de mi abrigo estaban particularmente sujetos al asalto y, en tanto que trataba de repeler con el hurgón a los combatientes más grandes, me vi obligado a exigir, en voz alta, la asistencia de algún habitante de la casa para restablecer la calma.

El señor Heathcliff y su hombre subieron las escaleras de la bodega con una flema irritante. No creo que se movieran ni un segundo más rápido de lo habitual, y eso que el hogar era una absoluta tormenta de mordiscos y gañidos.

Por fortuna, un ocupante de la cocina se dio más prisa; una dama lozana, con el vestido arremangado, los brazos desnudos y las mejillas encendidas entró a todo correr blandiendo una sartén; y usó aquella arma y la lengua con tal resolución que la tormenta amainó como por arte de magia; cuando su amo entró en escena ya solo quedaba ella, palpitando como el mar tras un ventarrón.

—¿Qué demonios pasa? —preguntó Heathcliff, escudriñándome de forma bastante intolerable después de aquel trato tan poco hospitalari

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