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CUPIDO TIENE LAS ALAS DE CARTóN

Raphaëlle Giordano  

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Fragmento

El verbo «amar» es difícil de conjugar:

su pasado no es simple,

su presente solo es indicativo

y su futuro siempre es condicional.

JEAN COCTEAU

No hay palabra demasiado grande demasiado

    intensa si es para ella

Yo le sueño un vestido de nubes hiladas

Haré que los ángeles tengan celos de sus alas

Y las golondrinas de sus joyas

En la tierra las flores se creerán exiliadas

LOUIS ARAGON,
«La constelación», Los ojos de Elsa

París

Escena 1

Meredith

De aspecto sofisticado, papel satinado de color perla y tipografía elegante. Una invitación de lujo. El nombre de Antoine figura en letras cursivas doradas. El mío ni siquiera aparece. Los que nos acoplamos no tenemos existencia propia. Antoine se vuelve hacia mí y me sonríe, ajeno a los pensamientos que me asaltan. Desde que nos metimos en esta berlina negra de cristales tintados no nos hemos dirigido ni media palabra. Sin embargo, su mano no ha soltado la mía y este gesto cariñoso me anima lo suficiente como para afrontar la velada.

El chófer abre la portezuela y Antoine me ofrece el brazo con caballerosidad. Sacar el primer pie es todo un arte cuando se lleva un vestido largo, una estola que cae hacia delante y unos zapatos de tacón peligrosamente inestables. Los invitados van llegando. Cada cual se presenta a las azafatas, que comprueban los nombres autorizados a adentrarse en la glamurosa guarida.

La azafata muestra una sonrisa de dientes blanquísimos a Antoine (¿cómo es posible tener tantos dientes?) y luego se vuelve hacia mí con una mirada inquisitiva que aviva de inmediato mi síndrome de la impostora.

—Y usted es la señora...

Antoine zanja la cuestión de un plumazo.

—La señora viene conmigo.

—Adelante, entonces.

Nos deja entrar y me desea una feliz velada con esa cortesía un tanto forzada que tiene la virtud de ponerme de los nervios.

Es una gala benéfica. La enésima cena para salvaguardar el patrimonio cultural y artístico. La flor y nata está ahí. Invitados heteróclitos de mundos asombrosamente distintos. Estrellas de la tele, políticos, gente de la alta sociedad, herederos, jefes de empresas que cotizan en bolsa, intelectuales, artistas... Y yo, y yo, y yo... que no soy más que yo.

Llevamos media hora de pie disfrutando del cóctel de bienvenida entre la muchedumbre de celebridades, con una copa de champán en la mano. Miramos de reojo para saludar pero, sobre todo, para detectar e identificar a posibles conocidos. Antoine está como pez en el agua. La costumbre. No dejan de saludarle debido a su empleo, un puesto muy codiciado en una de las principales radios francesas.

—¿Estás bien, cariño? —me pregunta con un susurro.

No tengo valor para desengañarle. Era muy importante para él que le acompañase. Parece orgulloso de presentarme. Una pareja se nos acerca: reconozco a la presentadora de un popular programa de televisión y, de su brazo, a un reputado deportista.

—¡Antoine!

Mil saludos efusivos que apenas suenan intentan aparentar una falsa intimidad. Al final acaban percatándose de mi presencia y me lanzan una mirada inquisitiva: «¿Y esta quién es?».

—Os presento a mi pareja, Meredith —anuncia Antoine.

La presentadora me examina de arriba abajo. Busca en el disco duro de su memoria si estoy relacionada con alguien conocido. Sin resultado.

—¿A qué te dedicas, Meredith?

—Soy actriz...

Finjo ignorar el sarcasmo de los «Ah, qué bien...» que le siguen. Entorna los ojos antes de clavarme la banderilla.

—¿Y dónde has actuado?

Tocada y hundida.

Los cinco últimos años sin trabajar se me suben a las mejillas y las encienden de súbito. La mujer retuerce un ratito más el cuchillo en mis complejos, lo cual parece proporcionarle un malicioso placer. ¿Por qué no aprovechar esta oportuna diversión para matar el aburrimiento tan típico de estos eventos? Apuro de un trago la copa de champán.

Finalmente anuncian la cena. No me han puesto junto a Antoine, por supuesto. Me lanza una mirada pesarosa por encima del centro de mesa floral que se yergue como una frontera entre las filas de comensales y nos priva de cualquier posibilidad de conversar. Solo puedo socializar con mis vecinos a derecha e izquierda. A un lado, una figura nobiliaria decidida desde el principio a darme la espalda me ofrece como única alternativa charlar con su moño. Me queda el otro vecino, un señor de edad avanzada que se siente con derecho a tomarse ciertas familiaridades.

Aguanto un rato sus asaltos libidinosos hasta que no puedo más y me levanto de la mesa para buscar refugio en el lavabo. Y allí me encierro a cal y canto. Quedarme ahí. No salir jamás. Entran dos mujeres. Hablan sin orden ni concierto mientras se retocan el maquillaje. Reconozco la voz de la presentadora. Aprovecha esa breve pausa, parece, para dar un buen repaso a los invitados y todos se llevan algún comentario punzante, como si fuese la escena de una película. Antoine y yo no somos una excepción. Sobre todo yo. Y no se corta: una chica mona, pero solo es una actriz de segunda que ha sabido jugar sus cartas pescando un buen partido.

Estoy a punto de vomitar. Tras unos segundos que se me hacen eternos, por fin se van. Se equivocan: cuando me reúno con Antoine, sonrío y vuelvo a interpretar mi papel a la perfección. Él no se da cuenta de nada.

Escena 2

Meredith

Empujo las puertas del centro de estética. Está escondido en una callejuela de mi barrio, en pleno Distrito XIX de París. Llevo días pensando que necesito un masaje cada vez que paso por delante. Me salieron unas contracturas en la espalda después de la gala; ya se sabe, el cuerpo no perdona. La velada removió cosas que hubiera preferido que siguieran ocultas. Ahora han salido a la superficie y no doy pie con bola.

El centro de estética es minúsculo, pero está decorado con gusto y elegancia; es una joyita consagrada al bienestar. Una tal Lamai se va a ocupar de mí. La joven me conduce hasta la cabina. Una cabeza de Buda, velas, música ambiental y luz tenue. Mi mente aprovecha esta invitación al viaje para darse un respiro. Me desnudo deprisa. Lamai llama a la puerta. La dulzura de su voz, de sus ojos y de su tacto me calma al instante. Me indica que me tumbe con una sonrisa. El olor de los aceites esenciales me transporta y sus manos se ponen en marcha.

Mientras Lamai deshace hábilmente mis contracturas, me va tirando de la lengua con la misma sutileza.

—Estoy hecha un lío —me oigo decirle—. Estoy pasando por una época complicada.

Al principio, las palabras fluyen con dificultad. Después, adormecida por la sensación de bienestar, comienzo a soltarme.

—Amo a un hombre, pero... Es extraño. A pesar de todo, no consigo estar a gusto conmigo misma. Sin embargo, él también me quiere. Un amor correspondido es algo poco común, ¿no te parece?

Lamai asiente en silencio, no quiere interrumpir mi confesión con palabras vanas. Debe de estar acostumbrada a escuchar quebraderos de cabeza de desconocidas. Así que me dejo llevar por su benévola escucha.

—¿Sabes? No tengo motivos para estar orgullosa de mí. Tengo la sensación de que no soy nadie...

—¿Cómo que «nadie»? —replica Lamai.

—Bueno, él ya se ha hecho un hueco, ha triunfado en lo suyo. Y yo estoy dando los primeros pasos en mi carrera. A saber si algún día saldré del montón.

—Perdona que te diga, pero ya eres alguien.

Lanzo un suspiro, rota por dentro.

—Sí, pero no la que me gustaría ser. Tengo la sensación de ser un borrador, un boceto de mí misma, ¿me entiendes?

En la penumbra, me parece entrever una sonrisa de la masajista convertida en psicóloga.

—En Asia apreciamos el encanto de lo incompleto...

Suena más bonito de lo que es. ¡No quiero existir solo a través de sus ojos! ¡Y no me apetece en absoluto depender de él para sentirme viva!

—Hasta que uno no se encuentra a sí mismo, es difícil amar a otro.

Las palabras de Lamai se quedan flotando en el aire unos segundos y llegan a mí con un eco particular. Cuando termina la sesión, desaparece y me deja sola en la acogedora cabina. Me tomo un momento para despejar mi mente y pienso en algunos hombres anteriores a Antoine, en historias de amor frustradas, saboteadas más o menos de manera consciente por mis temores, con dudas y complejos ocultos que las fueron minando hasta desanimarlos. ¿Iba a dejar que mi historia de amor con Antoine corriera la misma suerte?

Sondeo mi alma un momento. No. Le quiero demasiado como para eso. Tengo que encontrar la forma de existir por mí misma. Pero ¿cómo?

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