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DíA CERO (SERIE JOHN PULLER 1)

David Baldacci  

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Fragmento

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

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Agradecimientos

Dedicado a la memoria de mi madre
y a Charles Chuck Betack, mi amigo

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La nube de polvo de carbón que se le introdujo a Howard Reed hasta el fondo de los pulmones estuvo a punto de obligarlo a sacar de la calzada el furgón del correo y vomitar sobre la hierba atrofiada y quemada. En cambio, tosió, escupió y se apretó la tripa. Pisó el acelerador y, a toda velocidad, pasó de largo las carreteras de transporte de la mina, por las que circulaban pesadamente varios camiones volquete que iban lanzando al aire una arenilla negra que parecía confeti abrasivo. El mismo aire estaba impregnado de dióxido de azufre por culpa de una montaña de carbón de desecho que se había incendiado, cosa que sucedía con frecuencia. Aquellos elementos ascenderían hacia el cielo, reaccionarían al entrar en contacto con el oxígeno para formar trióxido de azufre, y después de unirse a moléculas de agua crearían un potente compuesto que más tarde volvería a caer a tierra en forma de tóxica lluvia ácida. Aquellos no eran precisamente los ingredientes más fiables para procurar la armonía medioambiental.

Reed mantuvo la mano firme sobre el mecanismo especial, y su Ford Explorer, con sus dieciocho años de antigüedad, su traqueteante tubo de escape y su transmisión temblona, continuó avanzando sin salirse del cuarteado asfalto. Su furgón de correo era su vehículo personal y había sido modificado para que él pudiera sentarse en el lado del acompañante y detenerse justo delante de los buzones que iba encontrando a lo largo de la ruta. Ello se conseguía en parte gracias a un artilugio que se parecía a la correa del ventilador de cualquier automóvil. Le permitía hacer girar el volante, frenar y acelerar, todo ello desde el lado derecho.

Después de convertirse en un cartero rural y aprender a conducir sentado en el lado «incorrecto», Reed quiso viajar a Inglaterra para probar su recientemente adquirida habilidad en las carreteras de aquel país, donde todo el mundo conducía por la izquierda. Se había enterado de que dicha costumbre databa de la época de los torneos medievales. La mayoría de la gente era diestra, y en aquellos tiempos convenía blandir la espada o la lanza de justa lo más cerca posible del enemigo. Su mujer le decía que era idiota y que lo más seguro era que en un país extranjero acabara matándose.

Pasó junto a la montaña, o junto a la montaña que había antes de que la Compañía Trent de Minería y Exploraciones la volara con explosivos a fin de acceder a las ricas minas de carbón que había allí bajo tierra. En la actualidad había amplias extensiones de aquella zona que se parecían a la superficie de la luna, desnudas y sembradas de cráteres. Era una actividad denominada minería de superficie, sin embargo, en su opinión resultaría más apropiado llamarla aniquilación.

Pero aquello era Virginia Occidental, y el carbón generaba la mayor parte de los puestos de trabajo bien remunerados. De modo que Reed no protestó demasiado cuando su hogar quedó cubierto por una lluvia de cenizas procedentes de un silo de almacenaje que reventó. Y tampoco cuando el agua del pozo se volvió negra y empezó a oler a huevos podridos. Ni siquiera se quejaba de que el aire estuviera habitualmente lleno de cosas que no se llevaban bien con los seres humanos. No se lamentaba de que le quedase un solo riñón ni de que su hígado y sus pulmones estuvieran deteriorados por vivir rodeados de sustancias tan tóxicas. La gente lo acusaría de oponerse al carbón, y por lo tanto de oponerse a los puestos de trabajo. Y no le convenía echarse más problemas encima.

Enfiló la calle para hacer la última entrega de la jornada. Se trataba de un paquete que requería firma. Cuando recogió el correo de aquel día y lo vio, maldijo por lo bajo. El hecho de que la entrega requiriese firma significaba que tendría que interactuar con otro ser humano. Lo único que deseaba en aquel momento era salir pitando para el Dollar Bar, porque los lunes una jarra de cerveza costaba veinticinco centavos. Se sentaría en su desgastada banqueta, al final de la barra de caoba, y procuraría no pensar en marcharse a casa, porque su mujer advertiría que el aliento le oía a alcohol y se pasaría las cuatro horas siguientes echándole un rapapolvo.

Entró en el camino de gravilla. En otra época, aquel vecindario había sido bastante agradable; bueno, había que remontarse a los años cincuenta. Ahora ya no lo era tanto. No había ni un alma. En los patios no se veían niños, parecía que en vez de las dos de la tarde fueran las dos de la mañana. En un día de pleno verano debería haber niños correteando junto al aspersor de riego o jugando al escondite. Pero Reed sabía que los niños ya no hacían esa clase de cosas; ahora se quedaban dentro de su habitación, con el aire acondicionado, y veían videojuegos tan violentos y sangrientos que él había prohibido a sus nietos que metieran aquello en su casa.

Los patios estaban abarrotados de trastos y juguetes de plástico sucios. Se veían automóviles Ford y Dodge, viejísimos y oxidados, apoyados en ladrillos de hormigón. El revestimiento barato de las viviendas estaba despegándose, todas las superficies necesitaban una mano de pintura y los tejados empezaban a hundirse como si Dios, desde lo alto, los estuviera empujando con una mano. Todo resultaba triste y más bien patético, lo cual no hizo sino incrementar en Reed el ansia de tomarse aquella cerveza, porque su vecindario se encontraba exactamente igual que este. Sabía que había unos cuantos privilegiados que estaban forrándose con el carbón, ninguno de los cuales, casualmente, vivía por allí cerca.

Sacó el paquete del cesto del correo y echó a andar con paso cansino hacia la casa. Se trataba de un edificio de dos plantas provisto de un revestimiento de vinilo. La puerta, blanca y cubierta de cicatrices, era de madera hueca. Delante tenía otra puerta de vidrio transparente. De los escalones de la entrada partía una rampa para sillas de ruedas. Los arbustos que crecían frente a la casa estaban enormes y marchitos, sus ramas se habían introducido por el blando revestimiento y lo habían roto. Había dos automóviles aparcados en la grava, delante de su Ford negro: un monovolumen Chrysler y un Lexus último modelo.

Se detuvo unos instantes a admirar el Lexus. Un juguetito así debía de costar más de lo que él ganaba en un año. Tocó con gesto reverencial la pintura azul metalizada. Reparó en unas gafas de sol estilo aviador que colgaban del espejo retrovisor. En el asiento de atrás había un maletín y una chaqueta de color verde. Los dos automóviles llevaban matrícula del estado de Virginia.

Continuó andando, pasó junto a la rampa, llegó al pie de la entrada, subió trabajosamente los tres escalones rectangulares de hormigón y llamó al timbre. Oyó que este resonaba haciendo eco en el interior de la casa.

Aguardó. Diez segundos. Veinte. Su irritación fue en aumento.

Llamó de nuevo.

—¿Oiga? Cartero. Traigo un paquete y hay que firmar el recibo.

Su voz, que prácticamente no había utilizado a lo largo de toda la jornada, le sonó extraña, como si estuviera hablando otra persona. Echó una ojeada al paquete en cuestión; era plano y mediría unos veinte centímetros de ancho por casi treinta de largo. Llevaba unido el recibo que requería la firma.

«Vamos, hace un calor de mil demonios y estoy oyendo cómo me llama el Dollar Bar.»

Leyó la etiqueta pegada al paquete y exclamó en voz alta:

—¿Señor Halverson?

No conocía a la persona, pero le sonaba el apellido de otras entregas anteriores. En las áreas rurales había carteros que trababan amistad con sus clientes. Reed nunca había sido de esa clase de carteros, él quería tomarse su cerveza, no entablar una conversación.

Volvió a pulsar el timbre y después dio unos golpecitos con los nudillos en el cristal. Se enjugó una gota de sudor que le resbalaba por la nuca quemada por el sol, un riesgo laboral derivado del hecho de pasar el día entero sentado en un vehículo junto a la ventanilla abierta, expuesto a los rayos solares. Las axilas le rezumaban un sudor que le manchaba la camisa. Cuando llevaba la ventanilla abierta no encendía el aire acondicionado; ya era bastante cara la gasolina como para encima desperdiciarla.

—Hola, soy el cartero —prosiguió elevando el tono de voz—. Necesito que firme. Si tengo que devolver el paquete, lo más probable es que no vuelva a verlo.

Notó una súbita oleada de calor y sintió un ligero mareo. Estaba haciéndose demasiado viejo para aquello.

Volvió la mirada hacia los dos automóviles. Tenía que haber alguien en casa. Se apartó de la puerta y echó la cabeza hacia atrás. En las ventanas de los dormitorios no había nadie mirándolo. Una estaba abierta.

Llamó una vez más con los nudillos. Por fin oyó que se acercaba alguien. Reparó en que la puerta de madera se encontraba entornada, unos pocos centímetros. El ruido se aproximó otro poco y se interrumpió. Reed era duro de oído, de lo contrario se habría percatado de lo raras que sonaban aquellas pisadas.

—¡Cartero! ¡Necesito la firma! —voceó.

Se pasó la lengua por los labios resecos. Ya estaba viendo la jarra de cerveza en las manos. Ya la estaba saboreando.

«Abra la maldita puerta.»

—¿Quiere el paquete o no?

«Me importa un carajo. Por mí, como si quiere que lo tire por un barranco; no sería la primera vez.»

Por fin. La puerta se abrió unos centímetros. Reed tiró de la puerta de cristal y tendió el paquete.

—¿Tiene un bolígrafo? —preguntó.

Cuando la puerta se abrió un poco más, parpadeó asombrado. Allí no había nadie. La puerta se había abierto sola. Entonces, al bajar la vista, descubrió un collie en miniatura que lo miraba a su vez, agitando la cola. Era obvio que la puerta la había abierto él con el largo hocico.

Reed no era el típico cartero. Adoraba a los perros, tenía dos en casa.

—¿Qué hay, colega? —Se arrodilló—. Hola, amigo. —Le rascó las orejas al perro—. ¿Hay alguien en casa? ¿Quieres firmar tú el paquete?

Cuando advirtió que el perro tenía el pelaje húmedo, lo primero que pensó fue que debía de tratarse de orina, y retrocedió enseguida. Pero después se miró la mano y vio que estaba manchada con un líquido rojo y pegajoso.

Era sangre.

—¿Estás herido, amigo?

Examinó al perro. Encontró más sangre, pero no descubrió herida alguna.

—¿Qué demonios...? —murmuró. Se incorporó y apoyó una mano en el picaporte—. ¿Oiga? ¿Hay alguien? ¿Oiga?

Miró hacia atrás, sin saber muy bien qué hacer. Después, volvió a mirar al perro; este lo observaba fi

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