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DARE ME

Megan Abbott  

5


Fragmento

1

Cuatro meses antes

Después de un partido, necesitas media hora debajo del chorro de la ducha para quitarte la laca. Para arrancarte todas las lentejuelas. Para sacarte hasta la última horquilla que llevas clavada en el pelo.

A veces te quedas un buen rato debajo del agua caliente, mirándote el cuerpo, contando cada uno de los cardenales. Tocando las zonas doloridas. Observando el remolino que se forma a tus pies, la purpurina girando sin parar. Como una sirena que muda sus escamas.

En realidad, solo estás intentando controlar el latido de tu corazón.

Piensas: «Este es mi cuerpo y puedo conseguir que haga muchas cosas. Un giro, un mortal, un salto en el aire».

Luego te pones delante del espejo empañado por el vapor. Las marcas de color fucsia ya no están, las pestañas ya no brillan. Solo quedas tú y no te pareces a nadie que hayas visto hasta entonces.

No te pareces a nadie.

Al principio, ser animadora era algo con lo que llenar los días, los míos y los de las demás.

Desde los catorce hasta los dieciocho años, una chica necesita hacer algo para matar el rato; esa impaciencia eterna, esperando interminablemente, hora tras hora, día tras día, a que por fin pase algo, sea lo que sea.

«Hay algo peligroso en el aburrimiento de una adolescente.»

Lo dijo una vez la entrenadora, una tarde de otoño de hace mucho tiempo, mientras las hojas de los árboles se arremolinaban a nuestros pies.

Pero no lo dijo como lo diría una madre, una profesora, una directora de instituto o, peor aún, un consejero escolar. Lo dijo como si supiera de lo que estaba hablando y, además, lo entendiera.

Todas esas imágenes vaporosas de animadoras retozando en los vestuarios, tapándose el pecho, desnudo e incipiente, con los pompones. Toda esa retahíla de fantasías y sueños húmedos es, en cierto modo, real.

Es sobre todo ruido y sudor, es la violencia de los cuerpos magullados y marcados de las chicas, los pies doloridos por los golpes contra el suelo, los codos en carne viva.

Pero también es algo muy muy bonito, todas juntas en ese espacio húmedo y cerrado, más a salvo que en cualquier otro lugar del mundo.

Cuanto más me involucraba, más me poseía. Hacía que todo tuviera sentido. Me llenó las venas de sangre y esa misma sangre me corrió por la espalda, por el pecho y por el cuello hasta la cabeza, siempre bien alta.

Era algo. No se puede negar.

Y fue la entrenadora quien nos lo dio. Antes de que ella llegara, no teníamos nada. Así que… ¿te extraña que quisiera conservarlo?, ¿que luchara hasta el final?

Ella fue quien me enseñó las misteriosas maravillas de la vida, la vida real, la misma que hasta entonces yo apenas había vislumbrado. ¿Había sentido algo antes de que ella me mostrara lo que es sentir de verdad? Empujando las esquinas de su apretado mundo con los puños cerrados, me enseñó lo que significa realmente vivir.

Aquí estoy, Addy Hanlon, dieciséis años, el pelo largo y denso como un caramelo líquido y la piel tensa como una goma elástica estirada. Estoy en el gimnasio al lado de mi amiga Beth, ambas con sendas sonrisas del color de las cerezas y las piernas morenas del autobronceador, las coletas balanceándose al unísono.

Mira cómo abro y cierro los ojos, como si hubiera demasiadas cosas que asimilar.

Nunca fui una de esas típicas adolescentes del chicle en la boca, los ojos en blanco y los largos suspiros. Nunca fui como ellas. Pero conocía bien a ese tipo de chicas. Y cuando ella llegó, vi cómo se les caían las caretas.

Todos somos iguales en realidad, ¿verdad? Todos queremos cosas que no entendemos. Cosas que ni siquiera somos capaces de nombrar. El deseo es muy profundo, como si tuviéramos engranajes en el corazón.

Y aquí me tienes, en el vestuario, antes del partido.

Estoy limpiando el polvo de los recovecos, la pelusa que se forma dentro de mis deportivas de color blanco nuclear. Blanqueadas con guantes de goma, la nariz tapada, apestando a lejía. Me encantan. Me hacen sentir poderosa. Son las deportivas que me compré el mismo día que entré en el equipo.

2

Empieza la temporada

Su primer día. Nos la quedamos mirando con mucha atención, las cabezas ladeadas. Algunas, quizá yo también, con los brazos cruzados.

La Nueva Entrenadora.

Hay tantas cosas que asimilar, tanto que considerar y sopesar, pero la balanza se inclina ligeramente hacia el desprecio. Apenas un metro sesenta de altura, los pies hacia fuera como una bailarina, el cuerpo tenso como un tambor, las clavículas marcadas, la frente alta.

Su corta melena, si te fijas bien en las puntas puedes ver los cortes de la tijera (¿se lo ha cortado esta mañana, antes de venir al instituto?, debía de estar impaciente), la forma en que levanta la barbilla y la mueve como si fuera un puntero, de un lado a otro, mientras nos observa. Y, sobre todo, su sorprendente belleza, clara y cristalina como una campanilla de cristal. Nos golpea con fuerza. Pero no dejaremos que nos afecte.

Todas encorvadas, recostadas, con las manos en los bolsillos tecleando y borrando —cuántos años crees q tiene? mira el silbato, WTF—, los mensajes volando de aquí para allá de un móvil a otro. Lo único que recibe de nosotras son miradas veladas o cabezas gachas, atentas a ciertos asuntos telefónicos que ahora son mucho más importantes.

Qué duro debe de ser para ella.

Pero sigue ahí, con la espalda recta como un instructor del ejército, blandiendo su mirada más severa.

Sus ojos escanean la fila, juzgándonos. Nos juzga a todas y cada una de nosotras. Siento que su mirada me hace trizas: mis piernas arqueadas, el pelo lacio pegado a mi cuello, el sujetador que no me ajusta bien, y yo misma retorciéndome y sin poder parar de moverme. Todo lo contrario que ella, que está completamente inmóvil.

—La Pescado se la habría tragado entera —murmura Beth—. Era el doble que esta.

La Pescado es el mote que le pusimos a la entrenadora Templeton, la que teníamos antes. En plena crisis de la mediana edad, con el cuerpo grueso y fuerte de una marsopa no especialmente activa, lisa y redonda, siempre con los mismos pendientitos de oro, el mismo polo y las mismas deportivas de suela gruesa, sin ninguna gracia. Entre las manos, una libreta manoseada con los ejercicios anotados en letra clara, la misma que llevaba cuando las animadoras se limitaban a agitar los pompones y a levantar la pierna cada vez más arriba. Ra, ra, ra y tal.

La Pescado se pasaba el día sentada a su mesa, jugando al solitario con el silbato colgando de la boca. A través de la ventana cerrada de su despacho, podíamos ver el movimiento de las cartas cuando las giraba. Casi lo sentía por ella.

Hacía tiempo que se había rendido, así era la Pescado. Había cedido ante la chulería de las nuevas generaciones, siempre más atrevidas, más insolentes y respondonas que las anteriores.

Nosotras éramos las que mandábamos, todas nosotras. Sobre todo Beth. Beth Cassidy, nuestra capitana.

Yo soy su lugarteniente desde los nueve años, cuando más que animadoras éramos renacuajas. Su mano derecha, su amiga fiel, su fidus Achates. Así es como me llama, y es lo que soy. Todos se postran ante Beth y, por tanto, ante mí.

Y Beth hace lo que le da la gana.

En realidad, nunca hemos necesitado una entrenadora.

Pero así son las cosas. ¡Qué le vamos a hacer!

A la Pescado la reclamó un buen día su hija desde la soleada Florida para que le echara una mano con un bebé que nadie esperaba, y llegó esta.

La nueva.

El silbato le cuelga entre los dedos, como un amuleto, como un talismán. Vamos a tener que lidiar con ella.

Basta con mirarla para saberlo.

—Hola —nos dice, la voz dulce pero firme. No hace falta levantarla. Mejor nos inclinamos nosotras hacia delante—. Soy la entrenadora French.

Y vosotras mis putitas, leo en la pantalla del móvil, escondido en la palma de la mano. Beth.

—Y veo que tenemos mucho trabajo por delante —añade, clavando los ojos en mí, en el móvil que aúlla como una alarma, como una diana.

Noto que me vibra en la mano, pero no lo miro.

Hay una caja grande de plástico delante de ella, en el s

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