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DARK FACE

Nadia Noor  

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Fragmento

Capítulo 1

Edificio Centers, seis meses antes

La reunión estaba a punto de terminar, por lo que la tensión se podía palpar con la mano en la sala de juntas. El asesor de las empresas Hills dejó de mirar la pantalla del ordenador y se friccionó los ojos enrojecidos con la palma de su mano.

―Michael, tengo que anunciarte que estamos en números rojos ―dijo en tono cansado―. Las fábricas dan pérdidas desde hace nueve meses, es necesario que tomemos medidas drásticas, ¡ya! Propongo despedir al cincuenta por ciento de la plantilla; tal vez, la fábrica del Norte cerrarla del todo, ya no podemos asumir las pérdidas. Los trescientos quince trabajadores se llevan, entre sueldos y seguridad social, más de cuatrocientas mil libras al mes. Los clientes de confianza han dejado de pagar a tiempo y muchos de ellos rescinden los contratos.

―¡Algo se podrá hacer para no cerrar las fábricas! ―se quejó Michael con impotencia.

―Sí, podríamos invertir en conceptos innovadores y obtener nuevos contratos, pero necesitamos liquidez. Lo más sensato sería cerrar de forma temporal los departamentos con mayores pérdidas.

―Esto significa disminuir de forma considerable la producción. Sin producto no hay ventas y mucho menos ingresos. Me acabas de decir que necesitamos liquidez, cerrando las fábricas me parece a mí que no la obtendríamos. ―La desesperación de Michael era evidente.

Los ojos del asesor brillaron con inteligencia al exponer sus ideas:

―Podríamos vender la mansión Hills o…

―¿Cómo podría vender la mansión familiar, la residencia de todos mis antepasados, ocupada en la actualidad por mi madre? ―gritó incrédulo.

―Tu madre vive ahí sola ―insistió el asesor al tiempo que su voz adquiría un tono severo―. ¡La mansión tiene treinta y cuatro habitaciones! No la necesita. Seguro que lo entendería.

―¡Mi madre jamás lo entendería! ―afirmó Michael, con desdén.

―Pues muy pronto se quedará sin servicio, asistentas ni jardineros. Cuesta una fortuna mantener la mansión. ―El asesor pulsó con fuerza el teclado del ordenador y giró la pantalla hacia Michael―. ¿Quieres ver los números?

―No. La mansión no está en venta, por muy mal que estemos ―respondió con firmeza haciendo caso omiso a la pantalla del ordenador―. Dime que hay alguna otra alternativa. No sé… podríamos vender tierras, la granja de ovejas o, quizá, alguna puñetera propiedad.

―Mira, sé que es difícil, pero no te agobies ―lo calmó el abogado al tiempo que posaba el brazo en su hombro en actitud consoladora―. Todas las grandes fortunas pasan en este momento por situaciones similares. La crisis económica de los últimos años ha atizado fuerte y las costumbres han cambiado. Ya no se tiene tanto en cuenta la calidad como antes.

―Yo no conozco a nadie de mi entorno que haya tenido que vender la mansión familiar para salir de las deudas ―se lamentó Michael preso de una importante alteración interna―. ¿Alguna alternativa?

El asesor lo miró pensativo y retiró el brazo de su hombro. Se alisó las solapas de su americana y se tomó su tiempo en contestar.

―Podríamos… juntar vuestra herencia con la de un nuevo rico. Vosotros aportarías calidad y renombre, y la otra parte aportaría capital.

―Sueña interesante. ¿Cuál es el procedimiento? ―preguntó Michael, más animado.

―Tanto tú como Laura sois dos jóvenes hechos y derechos. Podríamos… elegir a alguien que os convenga.

La mirada de Michael se encendió.

―¿Insinúas que me case yo o lo haga mi hermana, por interés?

―Desde siempre estos matrimonios han dado resultado. Además, ¿qué es el matrimonio sino un contrato donde las dos partes se benefician? ―defendió su postura el abogado.

―Ni yo ni mi hermana estamos en venta, Henry. ―Poniéndose de pie, Michael dio la reunión por terminada―. Hablaré con Laura, tiene derecho a conocer la situación, y entre los dos tomaremos una decisión. Pronto tendrás noticias.

Abandonaron la sala de juntas en silencio. El asesor se despidió con un gesto débil con la mano y tomó el ascensor. Michael se adentró en su despacho y se acomodó en su sillón de cuero favorito, situado delante de un escritorio rectangular de corte clásico, Ludovico IV. Esa pieza pertenecía a su familia desde hacía generaciones, su padre perdió la cuenta de si lo había comprado su bisabuelo o, tal vez, el padre de este. Todos sus antepasados fueron banqueros, hombres de negocios con personalidad, que supieron conservar y aumentar la fortuna familiar.

En la época actual, Michael debía continuar con la tradición, cuidar el patrimonio y llevar con dignidad el título de duque de Hills. Dos años atrás, un accidente de helicóptero puso fin a la vida de su padre y se vio obligado a tomar las riendas del grupo. La mala situación que estaba atravesando lo mantuvo en actitud pensativa durante varios minutos.

Para despejarse la cabeza se levantó del sillón y se acercó al bar que tenía habilitado en su despacho. Eligió un vaso tipo balón y una botella de whisky. Se sirvió una copa y bebió un trago largo. El alcohol penetró en su cuerpo y su sabor intenso le hizo cerrar los ojos de placer. Por uno breve instante, se sintió mejor.

Animado por la sensación que el alcohol le producía, pensó que la situación no era tan grave. Podría perderlo todo. ¿Sería tan malo quedarse sin nada? Se sobresaltó al imaginar que la palabra «fracaso» llenaba su despacho.

Pensativo, volvió a beber otro trago. Atraído por la oscuridad que se entreveía a través de la hoja de cristal, se acercó a la ventana. Desde el piso veintidós del edificio Center, el panorama era impresionante; los coches parecían simples rayos de luz que no paraban de moverse, salvo en algunos momentos, cuando los semáforos se teñían de rojo. En cuanto dominaba el color verde, la marcha volvía a empezar. Los edificios se asemejaban a gigantes silenciosos, bañados en miles de luces.

Multitud de preguntas se agolpaban en su mente y los malos pensamientos se cernieron sobre el joven empresario. Suspiró resignado y acabó su copa de whisky de un trago. Después recogió el balance financiero y, saliendo de su despacho, dio un sonoro portazo.

Capítulo 2

Laura se encontraba en la reunión mensual de la junta directiva, donde el equipo financiero analizaba la situación del mes en curso. Tenía la esperanza de encontrar los números estables, pero tras ver el gráfico de los activos teñido de rojo comprendió que la crisis no había hecho más que empezar.

Los asesores financieros no pudieron ofrecer una explicación plausible para el brusco derrumbamiento del grupo, puesto que al detectar las perdidas trataron de remediar la situación cerrando dos fábricas, ajustando los gastos y reduciendo el personal.

La joven dejó de prestar atención a las cifras, agarró un bolígrafo y comenzó a dibujar de manera ausente unos garrapatos sin sentido en un papel. ¿Cómo habían llegado a esa situación? ¿Era posible desaparecer una fortuna tan importante y un nombre con tanto peso?

Después de una breve pausa, el asesor general de las empresas Hills tomó la palabra. Era un hombre corcovado, de unos sesenta años, de baja estatura, pelo blanco y mirada avispada. Subió al pupitre con gesto cansado. Se paró delante de los asistentes y empezó su discurso, mientras se tocaba con esmero las solapas de su americana de tweed.

―Señor Hills, señorita Hills. ―Saludó con una inclinación de cabeza a los dos hermanos―. Estimados compañeros. Siento presenciar este día; como pudimos ver la situación de la empresa es inestable y los números son negativos. Sabíamos que nos enfrentábamos a una crisis, pero no sospechamos que fuera tan fuerte.

Tomó una pausa estratégica para dar más valor a su discurso, bebió un sorbo de agua, volvió a alisarse las solapas de su americana y continúo:

―No maquillaré la realidad, es desalentadora. Necesitamos cuanto antes una inyección de capital y la necesitamos ¡ya! Si no conseguiremos liquidez pronto, el Grupo Hills quebrará, lo siento.

Tras las últimas palabras del asesor, en la sala se instauró el desorden. Los directivos comenzaron a hablar todos a la vez, alzando las voces y el tono en un interminable e incomprensivo torbellino de reproches. Laura dejó de seguir el ritmo de las conversaciones y centró la atención en el gran ventanal, a través del cual se divisaban grandes edificios regidos por nubes bajas y oscuras.

Se sentía impotente y deseó poder aportar alguna idea brillante para generar capital, pero sus conocimientos en ese ámbito eran limitados, puesto que nunca había pensado

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