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DAVID COPPERFIELD

Charles Dickens  

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Fragmento

PREFACIO

Será difícil que me aleje lo bastante de este libro, todavía en las primeras emociones de haberlo terminado, para considerarlo con la frialdad que un encabezamiento así requiere. Mi interés en él es tan reciente y tan fuerte, y mis sentimientos están divididos entre la alegría y la pena (alegría por haber dado fin a mi tarea, y pena por separarme de tantos compañeros), que corro el riesgo de aburrir al lector, a quien ya quiero, con confidencias personales y emociones íntimas.

Además, todo lo que pudiera decir sobre esta historia, con cualquier propósito, ya he tratado de decirlo en ella.

Y quizá interese poco al lector el saber la tristeza con que abandono la pluma al terminar una labor creadora de dos años, o la emoción que siente el autor al enviar a ese mundo sombrío parte de sí mismo, cuando algunas de las criaturas de su imaginación se separan de él para siempre.

A pesar de todo, no tengo más que decir aquí, excepto confesar (lo que sería todavía menos apropiado) que estoy seguro de que a nadie que lea esta historia podrá parecerle más real de lo que a mí me ha parecido al escribirla.

Por tanto, en lugar de mirar al pasado, miraré al porvenir. No puedo cerrar este volumen de un modo más agradable para mí que lanzando una mirada llena de esperanza hacia los tiempos en que vuelvan a publicarse mis dos hojas verdes mensuales y dedicando un pensamiento agradecido al sol y a la lluvia que hayan caído sobre estas páginas de David Copperfield, haciéndome feliz.

Londres, octubre de 1850

PRIMERA PARTE

I

NAZCO

Si he de ser yo el héroe de mi propia vida, o si otro cualquiera ha de reemplazarme, eso lo dirán estas mismas páginas. Para iniciar mi historia desde un principio, diré que nací, según me han dicho y creo, un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, tan pronto como el reloj comenzó a sonar, empecé a llorar simultáneamente.

Teniendo en cuenta el día y la hora de mi nacimiento, la enfermera y algunas comadronas del barrio (que habían demostrado un gran interés por mí varios meses antes de que nos hubiésemos conocido personalmente) declararon, primero: que yo estaba predestinado a ser desgraciado en esta vida, y segundo, que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíritus. Según ellas, estos dones eran inevitablemente otorgados a todo niño (de uno u otro sexo) que tuviera la desgracia de nacer en viernes y a medianoche.

No hablaré en este momento de la primera de esas predicciones, pues esta historia demostrará su exactitud o su falsedad. Respecto a la segunda, solo haré constar que, a no ser que los viese en mi primera infancia, todavía estoy aguardándolos. Por supuesto, no es que me queje porque me hayan defraudado, pues, si alguien está disfrutando de ellos por equivocación, le agradeceré que los conserve a su lado.

Nací envuelto en una membrana que trató de venderse, anunciándola en la prensa, por el modesto precio de quince guineas. No sé si los marineros de aquella época poseerían muy poco dinero o si lo que tenían era muy poca fe, y quizá preferían cinturones de corcho; lo que sí sé es que solo se presentó un comprador, comerciante que ofrecía por ella dos libras en plata y el resto en vino, negándose a pagar un solo céntimo más por la seguridad de no morir ahogado.

Como la adquisición de los vinos realmente no interesaba para nada a mi pobre madre, ya que acababa de vender los suyos, desistió de la venta, tras haber retirado los anuncios, que, sin embargo, tuvo que pagar. Diez años más tarde, mi membrana fue sacada a sorteo en nuestra aldea, y por la papeleta se cobró la cantidad de media corona con la condición de que el agraciado con ella pagaría, además, cinco chelines. Estuve en el sorteo y recuerdo que me sentí humillado al ver que así se disponía de una parte de mi persona. La membrana le tocó a una señora que llevaba una cesta, de la que extrajo, con muy mala gana, los estipulados cinco chelines, todos en medios peniques, y además dio un penique de menos, no sirviendo de nada el tiempo que se invirtió en explicaciones y cálculos aritméticos, pues al final no lograron convencerla. Y es un hecho que todos recuerdan como asombroso que la señora no murió ahogada, sino que falleció triunfalmente en su cama a los noventa y dos años. Tengo entendido que la tal señora, mientras tomaba el té, su ocupación favorita, solía vanagloriarse de no haberse hallado sobre el agua más que una vez en su vida, y, aun así, en una ocasión en la que atravesaba un puente, y que se enfadaba mucho contra los marineros y demás personas que tenían el atrevimiento de vagar por esos mundos. En vano se le demostraba que muchas cosas buenas, el té entre ellas, se disfrutaban gracias a aquellas aficiones reprobables. La señora replicaba cada vez con mayor energía y confianza, esgrimiendo la terrible fuerza de su razonamiento: «No, nada de vagabundeos».

Para no «vagabundear», yo tampoco volveré a tocar el tema de mi nacimiento.

Nací en Blunderstone, Suffolk, o «por ahí», como dicen en Escocia, y fui un niño póstumo. Los ojos de mi padre se cerraron a la luz de este mundo seis meses antes de que se abrieran los míos. Aun ahora hay algo extraño para mí en la idea de que jamás me conociera; y algo más extraño todavía en el triste recuerdo que conservo de mi primer encuentro infantil con la losa blanca de su tumba en el camposanto. La indefinible compasión que sentía al recordarla allí, sola, en la noche oscura, mientras nuestra sala de estar estaba caliente y reluciente de fuego y luz, con las puertas de la casa cuidadosa y cruelmente cerradas (al menos así me lo parecía entonces).

Una tía de mi padre y, por consiguiente, tía abuela mía, de la que hablaré más adelante, era el personaje principal de nuestra familia: la señorita Trotwood o señorita Betsey, como mi pobre madre la llamaba siempre que se atrevía a nombrar a aquel formidable personaje, cosa que ocurría muy rara vez.

Mi tía se había casado con un hombre más joven que ella, muy apuesto, aun cuando no en el sentido que indica el proverbio de «lo hermoso es siempre bueno», ya que se sospechaba que pegaba a su mujer, e incluso llegó a contarse una vez que, discutiendo a propósito de cuestiones económicas, casi la tiró por una ventana del segundo piso. Estas demostraciones evidentes de incompatibilidad de caracteres impulsaron a la señorita Betsey a entregarle dinero para que se fuese y consentir en una separación amistosa. El marido se fue a la India con el dinero de ella, y allí, según la leyenda familiar, se le vio montado sobre un elefante y acompañado de un baboon o babuino, aunque más bien creo que debía de tratarse de un baboo o de una begum. Fuera como fuese, diez años más tarde, desde la India, llegó a su casa la noticia de su muerte. Nadie supo el efecto que esta noticia produjo en mi tía. A raíz de la separación había vuelto a usar su nombre de soltera, y tras comprar una pequeña casa en la costa, allí vivía desde entonces con su criada, como si fuese una solterona, recluida en un inquebrantable aislamiento.

Según creo, mi padre había sido el sobrino favorito de la señorita Betsey; pero mi tía se ofendió mortalmente con su viuda, con el pretexto de que mi madre era «una muñeca», pues, aunque jamás la había visto, sabía que aún no tenía veinte años. La señorita Betsey no quiso volver a ver a su sobrino. Mi padre le doblaba la edad a mi madre cuando contrajeron matrimonio y era hombre de constitución delicada. Un año después de su boda, y como ya he dicho, seis meses antes de nacer yo, murió.

Tal era el estado de las cosas en la tarde de aquel memorable, si se me puede excusar que así lo llame, e importante viernes. No puedo enorgullecerme de haber sabido en aquella época lo que estoy relatando, y tampoco de conservar ningún recuerdo, fundado en la evidencia de mis sentidos, de lo que sigue.

Mi madre se hallaba sentada al lado de la chimenea, con mala salud y muy abatida, mientras miraba hacia el fuego a través de sus lágrimas, pensando con tristeza en su propia vida y en el huerfanito a quien esperaba un mundo no muy contento de su llegada, y quizá también pensaba en algunos proféticos paquetes de alfileres preparados de antemano y guardados en el cajón de una cómoda del primer piso. Mi madre, repito, estaba sentada junto al fuego, en una tarde clara y fría de marzo; se sentía muy triste y deprimida ante el temor de no salir con vida de la prueba que le esperaba, cuando, al tratar de enjugarse los ojos, vio a una señora desconocida que entraba en el jardín.

A la segunda mirada que le dirigió, mi madre tuvo la certeza de que se trataba de la señorita Betsey. Los rayos del sol poniente iluminaban a la desconocida, que caminaba con paso firme y decidido. No podía ser otra que la señorita Betsey.

Cuando estuvo ante la casa, dio aún otra prueba de su identidad. Mi padre había relatado, muy a menudo, que la conducta de mi tía no se parecía en nada a la del resto de los mortales. Y, en efecto, aquella señora, en lugar de dirigirse hacia la puerta y tocar la campanilla, se detuvo delante de la ventana y comenzó a mirar por ella, pegando tanto la nariz al cristal que mi madre solía decirme que, al cabo de unos segundos, se le había puesto totalmente blanca, a fuerza de tenerla aplastada.

Esta aparición impresionó de tal modo a mi madre que tuve el convencimiento de que siempre habré de agradecer a la señorita Betsey haber nacido en viernes.

Mi madre se levantó precipitadamente y fue a ocultarse tras una silla, en un rincón de la estancia. La señorita Betsey recorrió despacio la habitación con mirada inquisitiva, moviendo los ojos como los de la cabeza de un sarraceno en un reloj holandés. Por fin vio a mi madre y, a continuación, frunciendo el ceño como esas personas que están habituadas a ser obedecidas, le hizo una seña para que saliera a abrir la puerta. Mi madre obedeció.

—¿La señora Copperfield, supongo? —preguntó la señorita Betsey, haciendo énfasis en la última palabra, sin duda para dejar entender que así lo suponía, al ver a mi madre vestida de luto riguroso y tan afectada.

—Sí, señora —respondió débilmente mi madre.

—Soy la señorita Trotwood —añadió la visitante—. Supongo que habrá oído usted hablar de mí.

Mi madre respondió que, efectivamente, había tenido ese placer; pero fue consciente de que, muy a su pesar, su tono reflejaba que el placer no había sido muy grande.

—Pues aquí me tiene usted —dijo la señorita Betsey.

Mi madre, al mismo tiempo que hacía una cortés inclinación de la cabeza, le rogó que pasara, y ambas se dirigieron a la habitación que acababa de dejar. Desde la muerte de mi padre no se había vuelto a encender fuego en la sala.

Tomaron asiento. La señorita Betsey guardaba silencio y mi madre, después de inútiles esfuerzos para contenerse, rompió en lágrimas.

—¡Vaya, vaya! —exclamó mi tía, apurada—. Nada de lágrimas... ¡Vamos, vamos!

Mi madre siguió sollozando.

—Vamos, niña, quítese la cofia —añadió la señorita Betsey—: Quiero verla bien.

Mi madre estaba excesivamente asustada para negarse en aquel momento a tan extraña petición, y volvió a obedecer; pero, según cuenta ella, sus manos temblaban de tal manera que se enredaron en sus cabellos, abundantes y hermosos, y estos cayeron, enmarcando su rostro.

—Pero ¡cielo santo! —exclamó la señorita Betsey—. ¡Si es usted una niña!

Sin duda alguna, mi madre parecía mucho más joven de lo que era, y la pobre inclinó la cabeza como si tuviera la culpa de su aspecto, mientras murmuraba entre sollozos que, verdaderamente, temía ser demasiado joven para verse ya viuda y madre, en el caso de que siguiera viviendo.

En aquel momento se hizo un breve silencio, durante el cual a mi madre le pareció sentir que la señorita Betsey le acariciaba los cabellos con cierta dulzura; pero, al mirarla, tímidamente esperanzada de que aquello fuese real, la vio frente a ella sentada muy rígida ante la chimenea, con la falda un poco levantada, los pies apoyados en el guardafuegos y ambas manos enlazadas sobre las rodillas.

—¡En nombre del cielo! —exclamó repentinamente la señorita Betsey—. ¿Por qué llamarla Rookery?

—¿Se refiere usted a la casa? —preguntó mi madre.

—¿Por qué Rookery? —insistió la señorita Betsey—. Si cualquiera de los dos hubieseis tenido un poco de sentido práctico, la habríais llamado Cookery.

—El nombre lo eligió Copperfield —repuso mi madre—. Cuando compró la casa, le gustaba pensar que quizá habría cuervos en los alrededores.

El viento de la tarde comenzó a silbar entre los viejos olmos del jardín, haciendo tal ruido que tanto mi madre como la señorita Betsey miraron con cierta inquietud hacia la ventana. Las copas de los olmos se inclinaban unas hacia otras, como si trataran de confiarse algún secreto terrible, y, tras permanecer unos segundos en esa posición, se alzaban con fuerza de nuevo, sacudiendo sus enormes brazos, como si aquellas confidencias, al intranquilizar su conciencia, les hubiesen arrebatado para siempre la calma.

En las ramas más altas se balanceaban algunos viejos nidos de cuervos, ya medio deshechos por la intemperie. Parecían náufragos en un océano tormentoso.

—¿Dónde están los pájaros? —preguntó la señorita Betsey.

—¿Los qué...?

Mi madre, en aquel momento, seguramente pensaba en otra cosa.

—Me refiero a los cuervos. ¿Qué ha sido de ellos?

—Desde que llegamos aquí nunca vimos ninguno —respondió mi madre—. Creíamos... Copperfield creía que en este lugar anidaban infinidad de cuervos, pero los nidos son ya muy antiguos y ya hace mucho que los abandonaron.

—¡Bah! Cosas de David Copperfield —exclamó la señorita Betsey—. ¡David Copperfield, de la cabeza a los pies! Se le ocurre llamar a la casa Rookery cuando no hay ni un solo nido en los alrededores, y supone que forzosamente tiene que haber pájaros porque ve nidos.

—Copperfield ya ha muerto —repuso mi madre—, y si se atreve usted a hablarme mal de él...

Sospecho que, durante un instante, mi pobre y querida madre tuvo la intención de abalanzarse sobre mi tía, pero, ni aun estando mucho mejor de salud y más fuerte, habría podido hacer frente a semejante adversario; así que, después de ponerse en pie, volvió a tomar asiento humildemente y perdió el conocimiento.

Cuando lo recuperó, o quizá cuando la señorita Betsey la hizo volver en sí, vio que mi tía se hallaba de pie junto a la ventana. La luz del atardecer se estaba desvaneciendo y, a no ser por la que despedía el fuego de la chimenea, no habrían podido verse la una a la otra.

—¡Bien! —dijo la señorita Betsey, sentándose de nuevo como si hubiera estado contemplando distraídamente el paisaje—. ¿Y cuándo esperas...?

—Estoy temblando —dijo mi madre—. No sé qué me pasa. Pero estoy segura de que voy a morirme.

—Nada de eso —replicó la señorita Betsey—. Toma un poco de té.

—¡Oh, Dios mío, Dios mío! Pero ¿cree usted que eso me aliviará? —preguntó mi madre con desesperación.

—Pues claro que sí. Todo eso no son más que nervios... Y ¿cómo llamará usted a la chica?

—Todavía no sé si será niña —contestó mi madre, en un tono inocente.

—¡Dios bendiga a esta criatura! —exclamó mi tía, ignorando que repetía la frase dibujada con alfileres en el acerico que colgaba sobre la cómoda y que aplicaba a mi madre en lugar de a mí—. No me refiero a eso; me refería a la criada.

—Peggotty —dijo mi madre.

—¡Peggotty! —exclamó mi tía, indignada—. ¿Quieres que me crea que un ser humano ha recibido en una iglesia cristiana el nombre de Peggotty?

—Se trata de su apellido —explicó mi madre, con timidez—. Copperfield la llamaba así porque como tiene el mismo nombre de pila que yo...

—¡Peggotty! ¡Peggotty! —gritó la señorita Betsey, abriendo la puerta—. Traiga usted té. Su señora no se encuentra bien; de manera que... ¡vamos! ¡No pierda tiempo!

Tras haber dado esta orden con tanta energía como si su autoridad se reconociese en la casa desde hacía una eternidad, volvió a cerrar la puerta y a sentarse nuevamente, no sin antes haberse cerciorado de que acudía Peggotty con una vela, toda confundida, ante el sonido de aquella voz extraña.

—¿Y decías que quizá será niña? —preguntó la señorita Betsey, cuando de nuevo estuvo con los pies apoyados sobre el guardafuegos, la falda un poco remangada y las manos cruzadas sobre las rodillas—. Bien no hay duda, será una niña, sí, tengo ese presentimiento. Ahora bien, hija mía, desde el momento en que nazca esa niña...

—Quizá sea un niño... —se tomó la libertad de interrumpir mi madre.

—¡Cuando te digo que tengo el presentimiento de que será niña —insistió la señorita Betsey, alzando la voz—, no me contradigas! Desde el momento en que nazca esa niña, quiero ser su amiga. Cuento con ser su madrina y te ruego que le pongas el nombre de Betsey Trotwood Copperfield. Y en la vida de esa Betsey Trotwood no habrá equivocaciones. Haremos todo lo posible para que nadie se burle de los afectos de la pobre niña. La educaremos bien, evitando con mucho cuidado que confíe ingenuamente en quien no lo merezca. Ya me encargaré yo de eso.

Al final de cada frase, mi tía bajaba la cabeza como si los recuerdos la persiguieran y le costara grandes esfuerzos no explayarse con ellos. Al menos, así se lo pareció a mi madre, que la observaba bajo el débil resplandor del fuego, aunque en realidad se hallaba demasiado asustada y confundida para observar nada con claridad o saber qué decir.

—Y David, ¿era bueno contigo, hija mía? —preguntó la señorita Betsey, después de un rato de silencio, cuando sus movimientos de cabeza cesaron poco a poco—. ¿Erais una pareja feliz?

—Sí, lo éramos —respondió mi madre—. Copperfield era muy bueno conmigo.

—Supongo que te mimaría demasiado —insistió la señorita Betsey.

—Considerando que ahora tengo que verme sola y abandonada en este mundo, me temo que sí —repuso mi madre, sollozando nuevamente.

—Bien, pero no llores más —dijo mi tía—. Creo que no estabais hechos el uno para el otro. ¿Acaso hay alguna pareja que lo esté? Por eso te lo preguntaba. Tú eras huérfana, ¿verdad?

—Sí.

—¿Institutriz?

—Estaba cuidando de los niños de una familia a la que Copperfield visitaba. Y él era muy bueno conmigo; se preocupaba mucho por mí y me demostraba un gran interés. Finalmente me pidió en matrimonio y acepté —explicó mi madre, con sencillez.

—¡Pobre niña! —exclamó la señorita Betsey, al tiempo que seguía mirando fijamente al fuego—. ¿Sabes hacer alguna cosa?

—No sé..., señora —murmuró mi madre.

—¿Ni siquiera gobernar una casa? —insistió la señorita Betsey.

—Me temo que no —respondió mi madre—. Al menos, no tanto como desearía... Copperfield me estaba enseñando.

—¿Qué sabía él de esas cosas?

—Estoy segura de que con él habría adelantado mucho. Sí que sabía, y, además, era un maestro tan paciente... ¡Si no hubiese muerto!

Mi madre sollozó otra vez y no pudo seguir hablando.

—Bien, bien —dijo la señorita Betsey.

—Yo llevaba mi libro de cuentas y todas las noches hacíamos juntos el balance —añadió mi madre, llorando ya desesperadamente.

—Bien, bien —dijo mi tía—. Vamos, no llores más.

—... Y nunca tuvimos la menor discusión, a no ser cuando él se confundía con mis números porque decía que alargaba demasiado el rabo de los sietes y los nueves —concluyó mi madre, en una nueva explosión de llanto.

—Te vas a poner enferma —razonó la señorita Betsey—, y eso no será muy bueno para ti ni para mi ahijada. ¡Vamos, no empieces otra vez!

Este argumento contribuyó mucho a tranquilizar a mi madre, aunque su malestar parecía ser creciente. Hubo un silencio interrumpido solo por algunas exclamaciones sordas de mi tía, que continuaba calentándose los pies sobre el guardafuegos.

—David se había asegurado una renta anual comprando papel del Estado, lo sé —dijo, despacio—. Al morir, ¿hizo algo por ti?

—Copperfield fue tan bueno y cariñoso conmigo que dejó parte de esa renta a mi nombre.

—¿Cuánto?

—Ciento cincuenta libras al año —dijo mi madre.

—¡Vaya! ¡Podía haberlo hecho peor! —exclamó mi tía.

La palabra no podía ser más apropiada para el momento, pues mi madre se encontraba cada vez peor. En aquel instante entró Peggotty con el té y las velas, y enseguida se dio cuenta de la situación; mi tía también se habría percatado de ello de no haber estado prácticamente a oscuras. Acto seguido condujo a mi madre a su habitación de la primera planta. Luego envió a Ham Peggotty —un sobrino suyo a quien tenía escondido en la casa hacía unos días, para utilizarlo como mensajero especial en caso de urgencia— a buscar al médico y a la comadrona.

Aquellas dos potencias aliadas se sorprendieron mucho cuando a su llegada, minutos después uno de otro, se encontraron con una señora desconocida y de aspecto imponente, sentada ante el fuego, con la toquilla colgada sobre el brazo izquierdo y taponándose los oídos con algodón. Peggotty no sabía quién era y mi madre nada decía; era, pues, un verdadero misterio. Cosa curiosa, el hecho de sacar aquella cantidad de algodón de su portamonedas y de meter parte de él en los oídos en nada disminuía lo imponente de su aspecto.

El médico, después de subir al cuarto de mi madre y volver a bajar, pensando sin duda que había grandes posibilidades de tener que estar sentado mucho rato frente a aquella señora, inmediatamente se propuso mostrarse cortés y cordial con ella. El médico era el ser más amable y de ademanes más suaves de todos los hombres, el más pequeño y el más apacible. Se deslizaba por las habitaciones procurando ocupar el menor espacio posible y andaba con tanta suavidad como el fantasma de Hamlet, o quizá aún más despacio. Llevaba siempre la cabeza inclinada hacia un lado, en parte por un modesto sentimiento de humildad y en parte también por deseo de agradar a todos. No hace falta decir que era incapaz de dirigir una palabra dura a nadie, ni siquiera a un perro, por rabioso que este estuviese. A lo sumo, le murmuraría dulcemente una palabra, o media, o una sílaba, pues el hombre hablaba con la misma suavidad con que andaba y no sabía ser duro ni impaciente.

Así pues, el señor Chillip —este era su nombre—, mirando cariñosamente a mi tía, con la cabeza siempre inclinada y haciéndole un ligero saludo a la vez que se tocaba la oreja izquierda, preguntó:

—¿Alguna irritación local, señora?

—¿Qué? —preguntó mi tía, quitándose el algodón del oído como si fuera un corcho.

Al señor Chillip le alarmó bastante aquella brusquedad, según contó después a mi madre; tanto que fue un verdadero milagro que conservara su presencia de ánimo. Luego insistió dulcemente:

—¿Alguna irritación local, señora?

—¡Qué estupidez! —exclamó mi tía, volviéndose a taponar el oído.

Después de eso, el señor Chillip nada podía hacer; tomó asiento y estuvo contemplando tímidamente a mi tía, mientras ella miraba el fuego, hasta que volvieron a llamarlo a la habitación de mi madre. Tras un cuarto de hora de ausencia, regresó.

—¿Y bien? —preguntó mi tía, destaponando el oído más cercano al señor Chillip.

—Todo muy bien, señora —respondió el doctor—. Vamos... vamos avanzando despacito, señora.

—¡Bah, bah, bah! —exclamó mi tía, interrumpiéndole en tono despreciativo. Y acto seguido volvió a taponarse el oído.

Realmente, como le contó después el señor Chillip a mi madre, era para sentir verdadera indignación. Él estaba casi indignado, claro que solo hablando desde un punto de vista profesional, pero estaba casi indignado. Sin embargo, volvió a tomar asiento y estuvo mirando a mi tía como un par de horas, mientras ella continuaba con los ojos fijos en el fuego. Por fin lo llamaron otra vez. Apareció un rato después.

—¿Y bien? —inquirió mi tía, quitándose de nuevo la pelotita de algodón del oído.

—Muy bien, señora —respondió el señor Chillip—; vamos avanzando despacio.

—¡Bah, bah, bah! —exclamó una vez más mi tía, pero con tal tono de desprecio que el señor Chillip ya no pudo soportarlo.

Aquello era para que cualquiera perdiera la paciencia, dijo después, y así prefirió sentarse a solas en la oscuridad de la escalera, expuesto a una fuerte corriente de aire, hasta que lo llamasen de nuevo.

Ham Peggotty, a quien se puede considerar como testigo digno de fe, pues asistía a las clases de la escuela nacional y era muy bueno en catecismo, relató al día siguiente que, habiendo tenido la desgracia de entreabrir la puerta del gabinete una hora después de aquello, la señorita Betsey, que se hallaba recorriendo la habitación, muy agitada, le descubrió en aquel instante y se lanzó sobre él para no dejarle escapar. A pesar de todo el algodón que se había metido en los oídos, mi tía no debía de hallarse totalmente aislada de los ruidos, pues, cuando los pasos y las voces aumentaban en el piso de arriba, hacía sentir a su víctima el exceso de su intranquilidad. Le tenía cogido por el cuello y le hacía andar constantemente de un lado para otro, como si fuese un muchacho que hubiera tomado algún narcótico, revolviéndole los cabellos, arrugándole el cuello de la camisa y taponándole los oídos con algodón. Le hizo objeto de toda clase de tormentos y malos tratos. Todo esto lo confirmó en parte su tía, que lo vio a las doce y media, cuando acababa de soltarlo, pero tan colorado como yo lo estaba en aquel mismo momento.

El dulce y agradable señor Chillip no podía guardar rencor mucho tiempo a nadie, y menos en aquellas circunstancias. Por eso, en cuanto tuvo un momento de libertad, se coló en el salón de mi tía y le dijo con una amable sonrisa:

—Bien, señora, me siento muy satisfecho de poder felicitarla.

—¿Por qué? —le preguntó ella secamente.

El señor Chillip se turbó de nuevo ante aquella excesiva seriedad. Inclinó la cabeza en un gesto cortés y trató de sonreír para apaciguar a mi tía.

—¡Cielo santo! Pero ¿qué le ocurre a este hombre? —gritó mi tía, en un tono impaciente—. ¿Es que no puede hablar?

—Tranquilícese, mi querida señora —dijo el médico, en un tono de lo más suave—. Ya no hay el menor motivo de inquietud, tranquilícese.

Siempre consideré como un verdadero milagro que mi tía no le sacudiese en aquel momento hasta hacerle soltar lo que tenía que decir. Se limitó a escucharlo, pero moviendo la cabeza de una manera que estremeció al médico.

—Pues bien, señora —dijo el señor Chillip, tan pronto como cobró ánimos—. Soy muy feliz al poder felicitarla. Ya ha pasado todo, señora, todo ha terminado.

Durante los cinco minutos, poco más o menos, que el señor Chillip empleó en pronunciar estas últimas palabras, mi tía estuvo contemplándolo con curiosidad.

—Y ella, ¿cómo está? —preguntó, cruzándose de brazos, sin soltar su sombrero.

—Bien, señora. Espero que pronto esté completamente restablecida —respondió el señor Chillip—. Está todo lo bien que se puede esperar de una madre tan joven que, además, se halla en tristes circunstancias. Ya no hay inconveniente en que la vea, señora. Puede que incluso le haga bien.

—Y ella, ¿cómo está ella? —insistió mi tía con brusquedad.

El señor Chillip inclinó aún más la cabeza —parecía un pájaro amigable— y miró a mi tía.

—La niña —preguntó de nuevo mi tía—, ¿cómo está?

—Señora —respondió el señor Chillip—, creí habérselo dicho antes: es un niño.

Mi tía guardó silencio, pero cogió su cofia por las cintas y la arrojó a la cabeza del señor Chillip. Luego, se la encasquetó en la suya de mala manera y se marchó para siempre. Se desvaneció como un hada disgustada o como uno de esos seres sobrenaturales que la superstición popular aseguraba que se me aparecerían. Y jamás volvió.

No. Yo estaba en mi cuna; mi madre, en su cama, y Betsey Trotwood Copperfield había vuelto para siempre a la región de los sueños y las sombras, quizá a la espantosa región de donde yo acababa de llegar.

La luna, cuya luz entraba por la ventana de nuestra habitación, se reflejaba sobre la morada terrestre de todos los que nacían y también sobre la sepultura en que reposaban los restos mortales del que había sido mi padre y sin el cual yo jamás habría existido.

II

OBSERVO

Las primeras imágenes que veo muy claramente cuando recuerdo mi infancia son las de mi madre, con sus bonitos cabellos y su aspecto juvenil, y Peggotty, sin ningún aspecto ni edad, con unos ojos tan negros que parecían oscurecer todo su rostro y unas mejillas y unos brazos tan fuertes y enrojecidos que yo me preguntaba por qué los pájaros no los preferirían a las manzanas.

Creo que puedo recordar a estas dos mujeres a cierta distancia de mí, casi a una frente a la otra, arrodilladas en el suelo, mientras comenzaba a dar mis primeros e inseguros pasos. Aún experimento la sensación, que no puedo distinguir de los recuerdos reales, del dedo que Peggotty me tendía, un dedo acribillado por la aguja de coser y tan áspero como un rallador de cocina.

Tal vez sean ilusiones, pero creo que la mayor parte de los hombres pueden conservar una impresión de la infancia mayor de lo que por lo general se supone; creo también que la capacidad de observación está exageradamente desarrollada en muchos niños, y además me parece que esta capacidad es muy exacta. Ello me hace pensar que la mayoría de los hombres que son notables por dicha facultad lo son más porque no la han perdido que por haberla adquirido; la mejor prueba es que, por lo general, esos hombres conservan cierta frescura y espontaneidad y una gran capacidad de agradar que también es herencia conservada de la infancia.

Podrá tachárseme de divagador por detenerme a explicar estas cosas, pero ello me obliga a hacer constar que extraigo todas estas conclusiones en parte de mi propia experiencia, y por esta razón si hay alguien que piensa que en este relato me presento como un niño de aguda observación, o como un hombre que conserva un intenso recuerdo de su infancia, ese alguien puede estar seguro de que tengo perfecto derecho a ambas características.

Como iba diciendo antes, al mirar hacia la semioscuridad de mis años infantiles, lo primero que recuerdo y que sobresale por sí solo

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