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DE ACERO

Silvia Avallone

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Primera parte. Amigas del alma

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Segunda parte. Algas

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Tercera parte. Ilva

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Cuarta parte. Elba

Capítulo 39

Notas

Sobre la autora

Créditos

A Eleonora, Erica y Alba,

mis mejores amigas.

Y a todos los que hacen el acero.

«Las cosas mejores resplandecen de miedo.»

DON DELILLO, Libra

La adolescencia es una edad potencial.

PRIMERA PARTE

Amigas del alma

1.

En el círculo desenfocado de la lente la figura, sin cabeza, apenas se movía.

Un jirón de piel en primer plano, a contraluz.

Aquel cuerpo había cambiado de un año para otro, despacio, debajo de la ropa. Y ahora en los prismáticos, en verano, explotaba.

El ojo, desde lejos, mordisqueaba los detalles: el lazo de la parte de abajo del bikini, un filamento de alga en un costado. Los músculos tensos encima de la rodilla, la curva de la pantorrilla, el tobillo manchado de arena. El ojo se agrandaba y enrojecía a fuerza de excavar en la lente.

El cuerpo adolescente salió de un salto del campo visual y se arrojó al agua.

Un instante después, reajustado el objetivo, calibrado el foco, reapareció dotado de una espléndida melena rubia. Y una carcajada tan violenta que incluso desde aquella distancia, aunque fuera sólo mirándola, te sacudía. Era como meterse de verdad entre esos dientes blancos. Y los hoyuelos de las mejillas, y el hueco entre los omoplatos, y el del ombligo, y todo lo demás.

Ella estaba jugando como cualquiera a su edad, sin sospechar que estaba siendo observada. Abría la boca. ¿Qué estará diciendo? ¿Y a quién? Se zambullía al encuentro de una ola, volvía a salir del agua con el triángulo del sujetador descolocado. Una picadura de mosquito en el hombro. La pupila del hombre se contraía, se dilataba como bajo los efectos de algún estupefaciente.

Enrico miraba a su hija, era más fuerte que él. Espiaba a Francesca desde el balcón, después de comer, cuando no estaba de turno en la planta siderúrgica Lucchini. La seguía, la estudiaba a través de las lentes de los prismáticos de pesca. Francesca chapoteaba en la orilla con su amiga Anna, se perseguían, se tocaban, se tiraban del pelo, y él ahí arriba, clavado con el cigarro en la mano, sudando. Él, gigantesco, con la camiseta empapada, con el ojo muy abierto, atareado bajo ese calor de locos.

La vigilaba, o eso era lo que decía, desde que empezó a ir a la playa con ciertos chicos mayores, ciertos elementos que no le inspiraban confianza alguna. Que fumaban, que seguro que hasta se hacían porros. Y cuando le hablaba a su mujer de esos inadaptados con los que estaba su hija, gritaba como un poseso. ¡Se hacen porros, se chutan cocaína, trafican con pastillas, se quieren follar a mi hija! Esto último no lo decía explícitamente. Daba un puñetazo a la mesa o a la pared.

Pero quizá hubiera adquirido la costumbre de espiar a Francesca antes: desde que el cuerpo de su niña parecía haberse descamado y había ido adquiriendo gradualmente una piel y un olor precisos, nuevos, tal vez, primitivos. Se había sacado de la manga, la pequeña Francesca, un culo y un par de tetas irreverentes. Los huesos de la pelvis se le habían arqueado, formando un tobogán entre el busto y el abdomen. Y él era su padre.

En aquel momento observaba a su hija agitarse dentro de los prismáticos, lanzarse con todas sus fuerzas hacia delante para atrapar una pelota. Su pelo, empapado, se le adhería a la espalda y a los costados, a toda la extensión de su piel taraceada de sal.

Los adolescentes jugaban a voleibol en círculo, alrededor de ella. Francesca, esbelta y en movimiento, en un único clamor de gritos y salpicaduras donde el agua era más baja. Pero Enrico no atendía al juego. Enrico estaba pensando en el bañador de su hija: Dios mío, si se le ve todo. Bañadores como ésos deberían estar prohibidos. Y si uno solo de esos jodidos bastardos se atreve a tocarla, me bajo a la playa con un garrote.

—Pero ¿qué estás haciendo?

Enrico se volvió hacia su mujer, que estaba observándolo de pie, en el centro de la cocina, con una expresión mortificada. Porque Rosa se mortificaba, se resecaba, viendo a su marido a las tres de la tarde con los prismáticos en la mano.

—Vigilo a mi hija, si no te importa.

Aguantar la mirada de esa mujer no siempre resultaba fácil, ni siquiera para él. Había una acusación constante, clavada en las pupilas de su esposa.

Enrico frunció la frente, tragó saliva:

—Vamos, es lo mínimo, digo yo...

—No seas ridículo —masculló ella.

Él miró a Rosa como se mira algo molesto, que nos hace enfurecer y nada más.

—¿Te parece ridículo echar una ojeada a mi hija, con los tiempos que corren? ¿Es que no ves con qué gente va a la playa? ¿Quiénes son esos tipos de ahí, eh?

A aquel hombre, cuando se le alteraba la bilis —y sucedía muy a menudo—, se le congestionaba la cara, se le hinchaban las venas, de una forma que daba miedo.

A sus veinte años, antes de dejarse crecer la barba y acumular todos esos kilos, no tenía tanta rabia. Era un chico muy guapo, recién contratado en la fábrica, que desde niño había ido esculpiéndose los músculos a fuerza de cavar la tierra. Se había vuelto un gigante en los campos de tomates, y después a paladas de carbón de coque. Un hombre como tantos, emigrado del campo a la ciudad con un zurrón en el hombro.

—Es que ni te das cuenta de que lo que está haciendo, a su edad... ¡Y fíjate cómo cojones va vestida!

Después, con los años, había cambiado. Día tras día, sin que nadie se diera cuenta. Aquel gigante que jamás había traspasado los límites de Val di Cornia, que no había visto ningún otro pedazo de Italia, era como si se hubiera congelado por dentro.

—¡Contesta! ¿Es que no ves cómo cojones va vestida tu hija?

Rosa se limitó a apretar con más fuerza el trapo con el que acababa de secar los platos. Rosa tenía treinta y tres años, las manos llenas de callos, y desde el mismo día de su boda había dejado de cuidarse. Su belleza de muchacha del sur se había diluido entre tanto detergente, en el perímetro de aquellos suelos fregados todos los días desde hacía quince años.

Su silencio era duro. Uno de esos silencios enquistados, de ataque.

—¿Quiénes son esos chicos, eh? ¿Los conoces?

—Son buenos chicos...

—¡Ah, de modo que los conoces! ¿Y por qué no me dices nada? ¿Por qué en esta casa nunca se me dice nada, eh? Francesca contigo sí que habla, ¿verdad? Sí, contigo se pasa horas y horas hablando...

Rosa arrojó el trapo sobre la mesa.

—Pregúntate la razón —resopló— de por qué no habla contigo.

Pero él ya no la escuchaba.

—¡A mí no se me dice nunca nada! ¡A mí no se me dice nunca nada, manda narices!

Rosa se inclinó sobre el barreño con el agua sucia. Algunas de las mujeres de su edad, en verano, seguían yendo a la discoteca. Ella no había pisado jamás una.

—¿Qué te crees que soy? ¿Un idiota? ¿Te parezco un idiota? ¡Pero si va por ahí hecha una puta! ¿Y cómo la estás criando tú, eh? ¡Felicidades! Pero cualquier día de éstos, voy y...

Ella levantó el barreño y lo vació en el fregadero de la terraza, con los ojos fijos en los grumos negros del remolino del desagüe. Habría querido verlo muerto, derrumbado por el suelo, agonizante.

—¡Os mando a tomar por culo, a ti y a ella! ¿Para eso trabajo yo? ¿Por ti? ¿Por esa puta?

Y pasar por encima de él con el coche, triturarlo sobre el asfalto, reducirlo a una papilla, al gusano que era.

También Francesca lo entendería. Matarlo. Si no lo hubiera amado, si me hubiera buscado un trabajo, si hace diez años me hubiera marchado de aquí.

Enrico le dio la espalda y asomó su cuerpo gigantesco sobre la barandilla, bajo el sol que a las tres de la tarde pesa como el acero y lo pisotea todo. La playa, al otro lado de la calle, estaba repleta de sombrillas y de gritos. Vaya muchedumbre, pensó. Y volvió a encender la colilla del puro que tenía entre los dedos. Dedos achaparrados, rojos y callosos. Los dedos de un obrero que no usa guantes, ni siquiera cuando debe medir la temperatura del arrabio.

A un lado estaba la playa, invadida por los adolescentes a aquella hora bestial. Al otro lado, el hocico plano de las colmenas populares. Y todas las persianas echadas a lo largo de la calle desierta. Los c

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