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DE LA MANO. TESTIMONIOS DE UNA ENFERMERA

Christie Watson  

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Fragmento

Introducción

Algo por lo que merece la pena arriesgar la vida

La enfermería se dejaba a «aquellos que eran demasiado viejos, demasiado débiles, demasiado borrachos, demasiado sucios, demasiado estúpidos o demasiado malos para hacer otra cosa».

FLORENCE NIGHTINGALE

No siempre quise ser enfermera. Antes pasé por la elección de toda una serie de carreras que tenía exasperado al tutor de orientación profesional de mi deficiente instituto. «Bióloga marina» fue una de las opciones de la lista. Me veía todo el día en bañador, en un clima soleado, nadando entre delfines. Cuando descubrí que gran parte del trabajo de un biólogo marino consistía en analizar el plancton de la costa de Gales, me lo pensé dos veces. Durante un verano en Swansea, pasé bastante tiempo viendo a mi tía bisabuela limpiar siluros en la enorme pila de la cocina; y también salí en barco junto a unos hoscos hombretones con barba y botas amarillas que orinaban en el mar y no dejaban de soltar imprecaciones. Y para desayunar había berberechos y pan de algas. La biología marina quedaba definitivamente descartada.

«Derecho», apuntó uno de los profesores cuando mis padres, para entonces también exasperados, le preguntaron qué podía dárseme bien. «Es capaz de pasarse el día entero discutiendo.» Pero yo no tenía aptitudes para el estudio sistemático. En cambio, prestaba atención a otros animales y la conservación. Soñaba con hacer fotografías para National Geographic, lo que me llevaría a viajar a lugares cálidos y exóticos de sol resplandeciente donde, después de todo, podría pasarme el día entero en bañador y vivir en chanclas. Asistía a manifestaciones y colaboraba con campañas contra la vivisección, e iba a la zona comercial de ladrillos grises del centro de Stevenage a repartir panfletos en los que se veía a perros torturados, conejos con los ojos rojos a causa de las pruebas de cosméticos que llevaban a cabo con ellos, y gatitos esqueléticos y sanguinolentos. Me prendía unas chapas baratas de mercadillo con lemas políticos cuyo broche se abría y me aguijoneaba, hasta que una noche me descubrí una pequeña constelación de pinchacitos en el pecho. Cuando mi madre compró un pollito disecado en un mercadillo y lo colocó entre todos sus adornos, me negué a volver a entrar en la sala de estar. En señal de protesta, me comí mi cena vegetariana en la escalera diciendo: «O el pollo o yo. No quiero tener nada que ver con un asesinato».

Mi madre, con una paciencia infinita, siempre perdonaba mis rabietas de adolescente, y quitó de allí al pollito, me hizo otro sándwich de queso y me dio un abrazo. Fue ella quien me enseñó el lenguaje de la bondad, aunque entonces yo no me diera cuenta. Al día siguiente, en el colegio, robé una rata para salvarla de una disección a manos del departamento de biología. La llamé Furter y pensé que estaría a salvo viviendo con la otra rata que ya tenía de mascota, Frank, que se subía a mi hombro y se quedaba allí con su larga cola rodeándome como un vistoso collar. Por su

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