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DE LOS LIBROS AL PODER

Gabriel Zaid  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Se ha despreciado a los hombres de libros como gente sin sentido práctico. A su vez, los hombres de libros han despreciado a los que viven sumergidos en la práctica, sin remontarse más allá. Con esos antecedentes, no sería de esperarse que los libros fuesen una vía al poder. Sin embargo, a mediados del siglo XX, sucedió en México: la oligarquía revolucionaria fue desplazada por una oligarquía universitaria.

Que los libros preparen para dirigir no es algo puramente mexicano. Tiene una larga historia universal, que empieza con el alfabeto y la teoría; con el mutuo desprecio entre los teóricos y los prácticos, que en Tales de Mileto llegó a extremos refinados. Alguna vez, por estudiar los cielos, cayó en un pozo y se burlaron de él: Sabrás mucho del cielo, pero ignoras la tierra. La venganza de Tales consistió en aplicar sus conocimientos del cielo para ganar dinero en una cosecha, arrojarles el éxito a la cara y seguir en lo suyo: me dedico a estudiar porque me gusta, no porque sea menos capaz. Ese desplante de superioridad fue convertido por Platón en un modelo universal: la gente de libros es tan superior que debería mandar.

Desde que aparece la práctica de hacer teorías, hay cierta confusión inevitable: es una actividad práctica y teórica al mismo tiempo. Así como alguna vez, entre tantas cosas del mundo, apareció el espejo (quizás en el agua quieta) y luego se construyeron espejos y hasta hubo especialistas en la construcción especulativa, la teoría apareció en el seno de la práctica y luego hubo teóricos (poetas, pintores, filósofos, científicos) que se especializaron en construir esas nuevas realidades dobles o triples que se pueden ver en un libro, que distraen y que confunden.

Para ver con atención el escrito de una novela (la tipografía, el vocabulario, la construcción de escenas, el ritmo de la prosa), hay que distraerse del bulto físico del libro y del relato. Para ver lo que está pasando en el relato, hay que distraerse del escrito, ya no se diga del bulto. Para ver el bulto, hay que dejar de ver las otras realidades. Igual sucede en un espejo de agua: o vemos reflejada la imagen del mundo, o vemos el mundo que está en el fondo del agua, o vemos el espejo como espejo (por ejemplo, cuando rizado por la brisa deja de reflejar). No es fácil ver una realidad sin perder de vista las otras.

La aparición del espejo, del alfabeto y de todas las cosas en las cuales conviven realidades distintas (las obras de arte, la persona del rey, los sacramentos), se presta a confusiones, complicadas por la división del trabajo. De ahí vienen los desprecios entre los teóricos y los prácticos. De ahí vienen los espejismos entre el saber y el poder.

Un espejero puede sentirse Dios: más que un labriego, más que un alfarero, más que el rey. No maneja el barro, los campos o el reino: maneja el mundo (en el espejo). También el alfarero puede sentirse Dios: si, en vez de hacer vasijas, se vuelve un espejero y hace Adanes de barro. También el rey puede sentirse Dios, creador y juez del mundo en el espejo del poder.

Se trata de espejismos, pero los efectos son prácticos. La sociedad puede compartirlos y respetar al rey como si fuera Dios. Ni Platón ni Confucio se dejaron arrastrar por esta confusión: no pudieron creer que Dios hiciera tantas burradas. Pero se dejaron arrastrar por una confusión intelectual: creyeron que la práctica sale (o debe salir) de la teoría; que el buen gobierno sale del buen proyecto; que la perfección reside en la teoría y que, por lo tanto, los perfectos (es decir: los teóricos) deben dirigir. Este espejismo de espejeros lo comparte hoy gran parte de la sociedad: rechazaría a un presidente que pretendiera serlo por mandato de Dios, pero considera razonable que alguien pretenda el poder práctico porque representa las mejores ideas. Como si las ideas tuvieran mandatarios: enviaran desde el cielo a sus representantes, con plenos poderes para gobernar la tierra.

Ser mandatarios del cielo, en ambos casos, parece más legítimo que recibir un mandato de los ignorantes. Así como la voluntad de Dios no puede someterse a votación, el Teorema de Pitágoras no puede estar sujeto a que lo apruebe la mayoría. Por el contrario, la mayoría debe estar sujeta al cielo y a sus representantes en la tierra. Y esto lo aceptan hasta los que creen representar una idea opuesta (la buena), como si todo fuera cuestión de llevar al poder las mejores ideas, las mejores teorías, los mejores planes; naturalmente, ejecutados por gente muy honesta y muy capaz.

Mucha gente preparada cree que el poder debe estar reservado a la gente preparada, aunque haga una burrada tras otra. No puede creer que un campesino (que le deba el poder a su comunidad y le tenga que rendir cuentas) gobernará mejor que un licenciado (que le deba el poder a su sinodal y no le rinda cuentas a nadie). Para mucha gente preparada es inconcebible someterse al voto de la gente menos preparada. Hasta le parece un peligro: son tan primitivos, tan manipulables, que fácilmente votarían por Hitler. Por su propio bien, es mejor que todo siga en manos de la oligarquía universitaria: la gente que no le debe el poder a los votantes sino a otros universitarios, capaces de apreciar sus ideas avanzadas, sus méritos curriculares.

Tardé mucho en descubrir que yo era parte de esa oligarquía. Los espejeros quisiéramos creer que no tenemos intereses particulares (sociales, políticos, económicos) relacionados con la construcción de espejos: únicamente intereses superiores (la Verdad, el Arte, el Pueblo, la Historia, el Progreso). Tenemos ambos. Y, para conciliarlos, es mejor distinguirlos.

LA TRIBU INVISIBLE

A través de viajes, películas, revistas de geografía, libros de historia y antropología, nos asombra la riqueza del mundo, la variedad de la aventura humana. No hay esa variedad detrás de las cámaras. Los turistas, antropólogos, fotógrafos, camarógrafos; sus aviones, hoteles, pasaportes, equipos y maletas son iguales en todo el mundo. Mientras las culturas tradicionales conservan su diversidad (varían en el espacio más que en el tiempo), la cultura del progreso va cambiando de uniformidad (varía en el tiempo más que en el espacio).

Desde 1606, misioneros, antropólogos, turistas, ingenieros, médicos, sociólogos, economistas, políticos y comerciantes han llevado el progreso a los tarahumaras. ¿Y qué ha cambiado en cuatro siglos? No el atraso de los tarahumaras, sino el progreso de los visitantes: las ideas, gustos, costumbres, ropa y aparatos que han tratado de imponer. En 1606, el progreso consistía en ser bautizados, usar ropa española de la época, jurar fidelidad a Felipe III. Todo lo cual, naturalmente, ya no era un progreso cuando llegó el credo liberal, la ropa del siglo XIX, la fidelidad a la república. Todo lo cual, naturalmente…

Al paso de los siglos, mientras el progreso se volvía atraso, y los visitantes, redentores, opresores, investigadores, iban cambiando de ideas, de ropa, de aparatos, los tarahumaras no cambiaron mucho. Persisten en su ser tradicional, hasta cuando asimilan elementos de la cultura del progreso y los convierten en cultura tradicional. Han sido despojados de tierras y de bosques, han tenido que replegarse a la sierra más inaccesible, pero se han resistido a desechar lo que son, para adoptar lo último que hay que ser.

El progreso consiste en ser monárquico (hasta que se vuelve obsoleto), liberal (hasta que se vuelve obsoleto), marxista (hasta que se vuelve obsoleto). El progreso consiste en dejar la leche materna para adoptar la leche en polvo; y luego, con los avances más recientes, desechar la leche en polvo, para volver al pecho materno, que es hoy lo último de lo último.

Con tanta experiencia, no es extraño que los tarahumaras se diviertan contando historias de las tribus modernas que llegan a visitarlos. Una vez, al descender de su avioneta en Nogorochi, los visitantes se llevaron la sorpresa de verse acosados por una cámara tarahumara. En otra ocasión, un pueblo célebre por sus ceremonias religiosas fue encontrado vacío: los indios se habían ido a celebrarlas a otra parte. La tribu se había vuelto invisible, como un espejo de la tribu visitante.

Curiosamente, la tribu del progreso no suele reconocerse como tribu. Ni siquiera cuando llega vestida de turista y cargada de aparatos folclóricos. No se ve en el espejo de la curiosidad que despierta su llegada. La tribu tradicional sale a ver el espectáculo de las cámaras visitantes, que filman ante el espejo su propia entrada aparatosa al pueblo. Ignoran lo que dijo Machado.

El ojo que ves no es
ojo porque tú

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