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DE NIñOS A HéROES (SERIE JURáSICO TOTAL 3)

Francesc Gascó   Sara Cano  

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Fragmento

Prólogo

LA DESPEDIDA

Penélope bajó el ritmo cuando se dio cuenta de que estaba corriendo. Era de madrugada y las calles de Dyarevny estaban desiertas. Aun así, no quería desentonar. En el poblado, casi todo lo que hacía resultaba extraño. Y esa manía suya de ir corriendo a todos lados era, sin duda, la más llamativa.

Los tireóforos (o gubashka, como decían ellos) paseaban sus enormes cuerpos acorazados con paciencia y lentitud entre las construcciones de piedra. Era relajante verlos avanzar sobre sus fuertes patas, meneando esas poderosas colas terminadas a veces en mazas duras como martillos. Los humanos que los cuidaban y adoraban lo hacían todo tan despacio como ellos. Penélope no sabía si era por costumbre, por respeto o porque, quizá, compartieran con ellos un lazo mucho más fuerte.

Después de todo, allí humanos y dinosaurios convivían como iguales.

Penélope se recolocó el casco de hueso que llevaba en la cabeza. Era muy pesado, casi tanto como la capa que le colgaba de los hombros, hecha con placas tejidas. Había recibido aquellas ropas al llegar a Dyarevny, pero no las había usado hasta ese día. Demasiado extraña se sentía ya como para abandonar sus cómodas prendas de exploradora. De hecho, aún las llevaba puestas, disimuladas bajo la coraza protectora de los gubashka.

Pero tenía que causarle buena impresión al tamudri.

El cielo empezaba a iluminarse. El sol arrancó tímidos destellos al agua que había en el pozo. Penélope miró su reflejo. Estaba ridícula. Iba a quitarse el casco cuando un ruido la sobresaltó: era el estruendo de unas alas en movimiento. En el cielo vio cinco enormes pterosaurios sobrevolando la jungla. De la punta de un ala a la otra medían unos diez metros. Su pico, puntiagudo y letal, también era gigantesco. Penélope los conocía como quetzalcoatlus, un nombre que hacía honor al dios azteca de la serpiente emplumada. Nunca había viajado a Norteamérica para estudiar sus fósiles, del Cretácico inferior. Ni siquiera estaba segura de que aquellos fueran quetzalcoatlus, y no una evolución distinta de los animales que ella creía conocer. Allí, los reyes del aire no se llamaban pterosaurios, sino dayáir.

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Y no eran fósiles, sino criaturas vivas.

Echó a andar de nuevo. Recorrió la avenida principal hasta el palacio, pero, en lugar de entrar, lo rodeó y apretó el paso. La tribu no tardaría en llevar a los gubashka más mansos a pastar, y Penélope no quería cruzarse con ellos. Al principio se habían mostrado amables y atentos con ella, pero, últimamente, los había visto cuchichear a sus espaldas y algunos la miraban con desconfianza. Habría jurado, incluso, que le tenían miedo. El único que la trataba como siempre era el anciano tamudri.

Él le daría respuestas.

Salió de Dyarevny y atravesó una pequeña franja de jungla para llegar a la muralla. Estaba construida con bloques de piedra enormes y resistentes, y era casi tan alta como ancha. La primera vez que la vio, Penélope creyó que era una fortaleza o un refugio. Y sí, era un refugio, pero no para humanos.

Aquel lugar era el santuario del bogáish, el gubashka sagrado.

El recinto amurallado era inmenso y estaba lleno de tireóforos de diferentes especies. Penélope localizó enseguida la figura encorvada del tamudri entre ellos. Su vistosa capa naranja ondeaba cada vez que el anciano estiraba el brazo frente al morro del bogáish.

—Te he traído los mejores, Vroslek, no me los rechaces —decía, ofreciéndole una enorme y jugosa bola de musgo. El dinosaurio se apartó. No quería comer—. Con lo que me cuesta ir a recogerlos al río… ¡Desagradecido!

El tamudri golpeó a la criatura con su bastón, decorado con una bola de pinchos. El gran gubashka apenas lo notó, pero el movimiento fue demasiado brusco para el anciano, que se sacudió de dolor.

—¡Tamudri! —Penélope corrió hacia él—. ¿Está bien?

El anciano le dedicó una sonrisa y se sujetó al brazo que le ofrecía la exploradora.

—Solo es la e

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