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¿DE QUIéN TE ESCONDES?

Charlotte Link  

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Fragmento

 

Gousainville, Francia

Lunes, 7 de diciembre

Necesitó tan solo unos segundos para abrir la puerta. Utilizó un alambre que había doblado tal y como años atrás le había enseñado Boris, su hermano mayor. En aquel entonces ella era una niña mientras que Boris era ya casi adulto; cualquiera que conociera sus peculiares aficiones habría apostado a que algún día sería un criminal: se entretenía forzando cerraduras y abriendo ventanas con una palanca, y llegó a adquirir mucha destreza. Sin embargo, acabó siendo un carpintero muy formal y jamás en la vida había infringido la ley.

Selina empujó la puerta y se coló rápidamente en la habitación; cerró tras de sí y se apoyó en ella un instante. Por el momento todo estaba saliendo según el plan, había logrado no hacer ruido. Sin embargo, sabía que podían descubrirla y que, si eso pasaba, estaría perdida. Si Igor y Sergei la pillaban intentando escapar, ya podía darse por muerta.

Sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Había una farola en la calle, al otro lado de la valla del jardín, pero un árbol impedía el paso de la luz. Entre las sombras reconoció el contorno de los muebles: un escritorio, estanterías, un archivador. El despacho de Taisia. Ella era la peor. Igor y Sergei eran unos matones, pero esa mujer era la cabeza pensante; fría, despiadada y sin el menor escrúpulo. En esa casa mandaba ella. Y todos la obedecían.

Selina había visto aquella estancia una vez, de pasada, aprovechando que la puerta se había quedado abierta unos minutos. Así fue como se dio cuenta de que allí, a diferencia de en el resto de la casa, las ventanas no tenían rejas. La puerta principal estaba reforzada con barrotes y habían desenroscado las manillas de todas las ventanas. Era imposible escapar, había demasiadas dificultades y suponía hacer mucho ruido. Eso frustraba cualquier plan de huida.

La única posibilidad de fugarse estaba en aquella habitación: el despacho de la jefa. Por lo visto no le gustaban las rejas ni las ventanas sin manillas, tal vez quisiera ventilar el despacho de vez en cuando. No obstante, siempre mantenía la puerta cerrada con llave. Y seguro que la llevaba siempre encima.

Taisia ya se había acostado y las demás chicas no se encontraban en la casa. Igor y Sergei jugaban a las cartas en la salita junto a la cocina. Selina sabía que tenían prohibido tomar alcohol, así que no podía esperar que se emborracharan y bajaran la guardia o perdieran reflejos. Estaban sobrios y en alerta como perros de caza. Si se les ocurría revisar su habitación…

Solo de pensarlo le entraron sudores. No podía permitirse pensar en eso: le temblarían las rodillas, caería presa del pánico y terminaría cometiendo algún error.

Aún tenía el alambre en la mano, así que se agachó y lo escondió debajo del archivador. Lo acabarían encontrando, pero daba igual que descubrieran cómo lo había hecho. Si lograba escapar, estaría ya muy lejos. El alambre lo había extraído de un corsé, descosiendo las costuras pacientemente con las uñas. A las chicas no se les permitía tener siquiera una lima de manicura, y mucho menos unas tijeras; cuando estaban en la casa debían entregar hasta las horquillas. Resultaba casi imposible hacerse con cualquier tipo de objeto.

Pero Selina lo había conseguido.

Porque era astuta. Y porque, además, contaba con ayuda.

Llevaba el móvil en el bolsillo de los vaqueros. Haber burlado todos los controles con éxito rozaba el milagro. En parte, aquel logro se debía a que, en el poco tiempo que llevaba en la casa, todavía no habían efectuado un registro de las habitaciones. Las otras chicas le habían contado que los hacían sin previo aviso y que lo dejaban todo patas arriba. Comprobaban cada grieta de la pared, cada recoveco, cada compartimento del armario. Pero lo peor de todo eran los cacheos, de los que Taisia se ocupaba personalmente. Selina se ponía mala solo de pensar en aquella repugnante mujer examinándole todas las cavidades del cuerpo. Aparte de que encontraría el teléfono, y no quería ni imaginarse las consecuencias que eso podía acarrear. Sin duda sería el final de su salvación. Por eso era crucial que aquella noche todo saliera bien. Sabía que era su única posibilidad. Debía conseguirlo ese día. No habría una segunda vez.

Finalmente se atrevió a avanzar por la habitación. Muy despacio, para no tropezar. No debía tirar, tocar ni mover nada, no debía desplazar ni una silla. De pronto cayó en la cuenta de que no sabía si la ventana estaba protegida con un sistema de alarma. El miedo la hizo detenerse y reflexionar. Como no había manera de comprobarlo, su única opción era correr el riesgo. O bien abortar la misión y regresar a su habitación. Pero retirarse la atemorizaba tanto como continuar. Había tenido la inmensa suerte de bajar los dos tramos de escalera y cruzar el pasillo de la planta baja sin que nadie la viera. Era casi imposible que volviera a lograrlo, pues Igor y Sergei hacían rondas aleatorias. Podía encontrárselos de frente en cualquier momento. En tal caso, que Dios se apiadara de ella.

Así que debía correr el riesgo de que sonara la alarma. A lo mejor conseguía salir y perderse a toda prisa entre las sombras. De pronto oyó un ruido extraño, pero enseguida reconoció que eran sus dientes que entrechocaban. No sabía que la expresión «castañetear los dientes» respondiera realmente a un reflejo físico. Estaba aterrorizada, pues era consciente de que aquello era una locura y de que la probabilidad de no sobrevivir a aquella noche era muy alta.

Rodeó la mesa. El portátil de Taisia reposaba cerrado sobre el escritorio. Se trataba de un modelo pequeño. Lo cogió sin pensárselo demasiado, era muy fácil llevárselo. Quién sabía lo que podía contener. Sin duda lo fundamental era huir, escapar de aquella locura, pero, oculto tras el más puro y genuino instinto de supervivencia, latía otro deseo: vengarse de aquella gente. Quizá algún día. De algún modo.

Cuando alcanzó la ventana, estaba sofocada. Desde que abrió la puerta hasta aquel instante habían transcurrido tres minutos escasos, pero tenía la sensación de haber realizado un trayecto eterno y extenuante. Estaba empapada en sudor y el jersey se le pegaba al cuerpo. Se sentía lúcida y electrizada, y a la vez agotada. Al borde del colapso. Y en ese momento no podía permitirse tener un colapso.

Alargó el brazo hasta la manilla de la ventana, la agarró y tiró de ella con cuidado. Esperaba que se disparara el estridente pitido de la alarma, pero todo permaneció en silencio. Giró la manilla.

Silencio total.

La ventana se abrió.

Un aire frío y húmedo invadió la habitación. Inspiró profundamente. ¿Cuánto llevaba sin salir y sin respirar otra cosa que el olor a cerrado de aquella vieja casa? A pesar de que en aquel suburbio industrial de la periferia de París no había más que unos pocos árboles y arbustos, sin apenas verde, Selina sintió la fragancia de la tierra, de las agujas de pino, de la madera. Las lágrimas inundaron sus ojos porque, durante unos segundos, la invadieron los recuerdos: los paseos con sus padres cuando era niña y, luego, también con su novio Sarko. Los domingos salían a dar largas caminatas con el perro del chico bajo las espesas ramas de los árboles. En los bosques el olor era idéntico al que percibía ahora.

¿Cómo había podido despreciar a Sarko y su tímido amor? ¿Cómo había podido rechazarlo sin pestañear?

«Nada de llantos —se amonestó—. ¡Ahora no!»

Trepó al alféizar de la ventana y miró hacia abajo. Pese a que se trataba de un bajo elevado, había poca altura. Eso sí, debía tener cuidado al caer para evitar torceduras, ya que todo dependía de la rapidez con que pudiera alejarse de allí. Por un instante pensó en dejar el ordenador, ya que podía complicarle el salto, pero al final decidió llevárselo.

Selina se dejó caer. Aunque aterrizó sobre tierra blanda, tuvo la impresión de hacer muchísimo ruido. Cualquiera en diez kilómetros a la redonda habría oído a una mujer saltando desde una ventana. Solo que en diez kilómetros a la redonda no había nadie salvo Igor, Sergei y Taisia. Ya no vivía nadie por allí. Había comercios vacíos, un taller de vehículos abandonado y un centro comercial a medio construir. Aparte de eso, nada. Desde los horribles atentados terroristas de noviembre, en París había una gran presencia policial y militar, al menos eso le habían contado. Pero allí no había ni rastro de la policía.

Igor y Sergei podían matarla en aquel jardín y nadie se enteraría.

No se oían ruidos en el interior de la casa. Aún no habían notado nada.

Atravesó el jardín corriendo y saltó la valla, que por fortuna no supuso un gran obstáculo. Se atrevió a mirar atrás: todo seguía a oscuras.

Debía de haber llovido, porque la calle estaba mojada. Negra como el carbón y brillante, bañada por la luz de las pocas farolas que aún funcionaban.

Había memorizado el camino: debía seguir recto y girar a la izquierda en el primer cruce. Después de unos doscientos metros llegaría a las obras abandonadas del centro comercial. Él la estaría esperando en el aparcamiento. Era lo acordado: alguien la recogería con un coche. Solo podía rezar para que fuera puntual, porque esa persona, y sobre todo ese automóvil, eran su única esperanza.

Echó a correr con todas sus fuerzas.

 

Hoy sé que mi madre empezó a beber muy pronto, aunque cuando realmente cayó en el alcoholismo fue cuando mi padre nos abandonó. En aquel entonces yo tenía siete años y no entendía bien las cosas pero, echando la vista atrás, diría que en ese momento todo se precipitó. A la hora de la cena siempre había una botella de vino en la mesa que, para cuando me acostaba, ya estaba vacía. Yo no tenía ni idea de qué era el alcohol, solo sabía que aquel líquido no olía bien y me extrañaba que a mi madre le gustara tanto. Después de cenar se sentaba frente al televisor con la botella y una copa, y enseguida se le cerraban los ojos. De vez en cuando se despertaba sobresaltada, se servía otra vez y seguía bebiendo. Antes no se quedaba dormida con tanta facilidad, por eso llegué a la conclusión de que el vino contenía algo que daba mucho sueño.

Ella nunca recogía la mesa, así que lo hacía yo. Con el tiempo cada vez tardaba menos porque no había gran cosa que retirar. Dejó de cocinar y apenas hacía la compra. A menudo solo cenábamos la media baguete seca que sobraba del desayuno con algo de queso. Y eso en los días buenos, porque a veces solo tomábamos pan con mantequilla.

Como almorzaba en la escuela, no me resultaba tan duro encontrarme por la noche con una cena tan modesta. Pero añoraba los tiempos pasados. Mi madre solía preparar platos maravillosos, ponía la mesa en el salón y encendía las velas, y mi padre volvía a casa del trabajo y se alegraba de vernos. Sobre todo a mí. En aquella época yo iba a la guardería y él siempre quería saber qué tal me había ido el día y qué cosas había hecho. Se sabía los nombres de los otros niños y, si le contaba que me había peleado con mi amiga Bernadette, al día siguiente me preguntaba si nos habíamos reconciliado.

Más adelante, en la escuela primaria, Bernadette y yo seguíamos siendo amigas y riñendo a diario. Pero mi madre nunca mostró el menor interés al respecto. Si yo sacaba el tema durante la cena, ella exclamaba: «Por Dios, Nathalie, ¡siempre igual! ¡Siempre igual! ¿Por qué no maduráis de una vez?».

Y después tomaba unos sorbos de Grand Marnier. Aquel licor pegajoso, dulce y fuerte se había convertido en su bebida predilecta. Al poco rato se le ponían los ojos vidriosos y se le nublaba la vista. Entonces me resultaba prácticamente imposible hablar con ella porque rechazaba cualquier tema que le planteara. Así aprendí que las cosas importantes debía decírselas al comienzo de la cena, cuando aún se podía tratar con ella. Por ejemplo, si necesitaba dinero para una excursión del colegio o para comprar un cuaderno nuevo;

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