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DE VEZ EN CUANDO, COMO TODO EL MUNDO

Marcelo Lillo  

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Fragmento

El fumador

Con mi mujer estábamos pasando por un período difícil y no sabíamos si nuestro matrimonio iba a seguir. Habíamos estado casados más de diez años, la mayor parte de ese tiempo viviendo al tres y al cuatro, con dificultades para encontrar trabajo y poca plata. A pesar de ello permanecimos unidos apoyándonos mutuamente, dándonos ánimos e ilusionándonos cuando uno de los dos iba a una entrevista de trabajo. En las noches hablábamos en la cama, a oscuras, hacíamos planes como si el mundo se abriera para nosotros y nos ofreciera lo mejor de él.

En esos complicados años tuvimos pocas discusiones, todo lo contrario de lo que sucedió cuando me puse a trabajar en algo más o menos estable y con un sueldo que no estaba mal, por lo menos para mí, que era capaz de conformarme con cualquier cosa. La última conversación tranquila que tuvimos fue cuando cumplí un mes en mi empleo, una tarde después de llegar a la casa con una bolsa de comida para celebrar el acontecimiento. Para varias cosas hicimos planes, entre los cuales estaba comprarnos un auto de segunda mano para salir los fines de semana e irme a trabajar en los días de lluvia.

Después asomaron los problemas. Comenzamos a discutir por cualquier cosa y cada uno se esforzaba por llevarle la contra al otro. En los momentos más álgidos mi mujer salía dando un portazo y permanecía varias horas afuera, no sé dónde. Al llegar se desvestía rápido y me daba la espalda dejándome con la televisión prendida. Lo peor sucedía cuando tratábamos de componer la situación.

—Nos estamos destruyendo —dijo mi mujer en una ocasión—, lo mejor sería que nos separáramos por un tiempo.

—¿Y adónde vas a ir? —le pregunté, y ella se encogió de hombros—. A lo mejor tendría que irme yo. ¿Qué dices?

—No sé. Ve tú.

Ese fue uno de los diálogos más cuerdos que sostuvimos en aquel tiempo, aunque ninguno de los dos se atrevía a poner el dedo en la llaga, a sacar a la luz las causas del distanciamiento o a irse. Podía ser cansancio, intolerancia, orgullo o todo eso junto lo que nos había mandado a extremos tan opuestos. O era que mi vida había dado un salto por tener un trabajo fijo, un sueldo mensual que nos permitía comer y darnos ciertos gustos. Suele ocurrir que por el solo hecho de pasar por una etapa de bonanza las personas cambian, quizás es culpa de la plata en los bolsillos.

No sé si mi mujer descubrió en mí aquel cambio o fue ella la que empezó a ver fantasmas, el asunto es que de un día para otro se esforzó el doble por encontrar empleo. Compraba el diario, encerraba en un círculo los ofrecimientos de trabajo y mandaba sus papeles. No sé cuántas cartas mandó, cuántas fotos se sacó, pasó casi medio año en ese trámite obsesivo, hasta que un día me informó que el lunes siguiente empezaba a trabajar. Le pregunté dónde y me dijo que en una central telefónica, en las noches.

—¿Vas a trabajar en la noche? —le pregunté—. ¿Estás segura?

—Lo único que quiero es trabajar, salir de la casa, tener mi plata. Si sigo aquí me voy a volver loca.

—Como quieras —dije, sabiendo que eso nos iba a distanciar aún más y posiblemente marcaría el inicio de nuestra separación.

El lunes salió de la casa a las nueve y no regresó hasta pasadas las dos de la madrugada. En ese rato me dediqué a ver televisión en el dormitorio y después me quedé dormido hasta que oí un auto y unas voces afuera. Oí la puerta al cerrarse, miré la hora y volví a dormirme.

A partir de ese momento cada uno fue por su lado. Cuando partía a mi trabajo mi mujer estaba dormida; cuando llegaba en la tarde ella estaba a punto de partir al suyo y al regresar yo dormía. Ni nos tocábamos, menos nos dirigíamos la palabra, ni siquiera los domingos porque ella estaba toda la tarde afuera. No sé si tenía a otra persona, nunca se lo pregunté.

Poco a poco dejé de oírla, y al despertar en las mañanas y ver el bulto al otro lado de la cama tenía la impresión de que un extraño había ido a meterse bajo las sábanas. No era una vida de casados, de ninguna manera, y se me hacía difícil convivir con alguien que de pronto se transformó en una desconocida, que parecía no importarle nada de lo que sucediera en la casa. Si voy a ser sincero tengo que decir que a mí tampoco me importaba mucho.

Una noche no quise ver televisión, y como no tenía sueño ni ganas de estar acostado sin hacer nada, estuve mirando por la ventana a la gente que pasaba por afuera, las luces de las casas del frente. Hacía poco me había comprado un auto y también lo miré, estacionado en la calle. Entonces me decidí y fui a dar una vuelta. Me habían pagado el día anterior y pasé a llenar el tanque porque quería salir a la carretera, probar el auto a esas horas en que el tráfico es escaso.

Crucé el puente que une la ciudad con la ruta, dejé atrás las últimas casas y me interné en la oscuridad alumbrando el camino con los focos. Aceleré, sintonicé la radio y seguí conduciendo hasta que se me atravesó uno de esos restaurantes que están abiertos la noche entera. Era un local hecho de troncos y tenía la silueta iluminada con luces rojas, lo necesario para llamar la atención de los viajeros. Me tiré a la berma y me estacioné junto a un par de camiones con acoplados.

Estuve un rato ahí sentado y luego entré. No sé por qué lo hice, nunca he sido amigo de frecuentar esos lugares, no porque no me gusten sino porque no le encuentro sentido a pagar por una comida y un trago que podía servirme en la casa. Tal vez buscaba compañía, gente que estuviera cerca, una cosa así, retazos del hombre sociable.

Había un fogón al medio del comedor y un par de mesas estaban ocupadas, una con tres hombres y la otra con dos, seguramente camioneros. Elegí una mesa al lado de la ventana y un garzón fue a atenderme, con un delantal blanco que le llegaba a las rodillas. Pedí un trago y un sándwich, y diez minutos después estaba comiendo pese a que no tenía hambre. Comía, escuchaba las conversaciones, risas de vez en cuando, y miraba hacia fuera, la noche cerrada, los focos que de tanto en tanto pasaban de largo por la carretera.

Rato después vi que unas luces se desviaron hacia el restaurante. Las seguí hasta que se transformaron en un auto que se estacionó junto al mío. Era otro cacharro, sucio y destartalado, y de él bajó un hombre con un bolso en la mano. Era alto, con un grueso bigote y un par de ojos redondos enmarcados por unas cuencas grises; llevaba una parka y alrededor de sus orejas crecían pelos blancos. Calculé que debía tener unos sesenta años. Saludó al tipo que estaba tras el mostrador y luego de dar un vistazo me quedó mirando.

—Disculpa —me dijo, acercándose—. ¿Estás solo?

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