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DEMENCIA (MAPA DE LAS LENGUAS)

Eloy Urroz  

0


Fragmento

1

Néstor y yo conversamos hasta la una y media de la tarde. De hecho, sólo había venido a dejarme el primer capítulo de lo que, me dijo, era su nueva novela, algo bastante torvo y siniestro, por lo que no tuve otro remedio que dejar el repaso de las tres sonatas para más tarde. Debían ser, pues, algo así como las doce pasadas cuando llegó con las hojas impresas. Se le veía jubiloso, festivo. Nos tomamos dos expresos, que no hicieron, a la postre, sino agitarlo más; me contó un par de cosas relacionadas con el intríngulis de su novela y al final se marchó sin decirme adónde iba y sin contarme eso importante que me quería contar…

No fue sino hasta las dos y cuarto que recibí la llamada de Rogelio Ricart, a quien no había visto desde el martes anterior, el día del asesinato de la adolescente. Sonaba irritado, irascible casi. Su voz, habitualmente tranquila, estaba muy alterada. Le pregunté si quería pasarse aunque sabía que no debía hacerlo: tenía encima el compromiso con Daniela a las tres en el Schweik para luego ir a ensayar a su casa las Opus 30.

—Estoy allá en veinte minutos —me amenazó—. No te muevas de allí.

Eso hice: no me moví hasta que escuché el timbrazo de la puerta y no el del interfono que está en la cocina, pero no era él; se trataba de mi vecina, una anciana de 75 años y cabello totalmente cano, quien deseaba saber si el agua se me había ido también. Sí, eso dijo: también, como si tuviesen que ocurrirme las mismas calamidades que le ocurrían a ella. Contrariado, fui al baño, luego a la cocina, verifiqué que corriera el agua y volví a la puerta a decírselo. No estaba. Ni siquiera se había despedido. Irritado, volví al sillón, lo recliné al máximo y me puse a releer ese inicio de relato que me había impuesto mi amigo en lugar de sacar el violín y repasar algunas partes flojas del scherzo de la segunda de las tres sonatas.

A sólo cinco minutos de haber empezado sonó el timbre otra vez, pero no era el de la puerta, sino el de la calle, un piso más abajo. Era Ricart. Le abrí, subió por las escaleras, cruzó el umbral sin verme y me soltó a bocajarro:

—¿Sabías que Néstor sale con mi hermana?

Me quedé de piedra.

—¿Cómo iba a saberlo? —respondí.

—¿No te lo dijo?

—No…

—¿Lo has visto?

—No —mentí casi involuntariamente.

Se quedó callado, pensativo, dando vueltas por la sala, yendo de un lado para otro. Parecía una fiera herida, vapuleada. Tenía el pelo alborotado sobre la frente, unas cuantas gotas de sudor le perlaban las sienes mofletudas. Vi que miraba el legajo de hojas que, por fortuna, había dejado boca abajo. De pronto se acercó a echar un vistazo, pero me interpuse:

—Pero si Viviana tiene novio… —exclamé.

—No sale con Vivi, güey.

—¿Cristina?

—Sale con Marisa… Le lleva once años.

No salía de mi estupefacción.

—Lo raro es que no te lo haya dicho.

—Resulta que Marisa está perdidamente enamorada de él.

—¿Y cómo lo sabes?

—Me lo ha dicho Viviana y luego me lo confirmó Marisa cuando se lo pregunté. Incluso me he enterado que iban a ir a comer esta tarde…

Caí redondo: por eso la intempestiva escapada de Nes después de verificar la hora y dejarme sus malditas hojas impresas. Nunca me contó eso importante que me quería contar.

—¿Y cuándo empezó todo? —pregunté.

—No sé. Muy poco. Un par de meses, creo.

—No creo que debas preocuparte más de la cuenta.

—Marisa es una niña. Nunca ha tenido novio… y ahora viene a enamorarse de ese pelafustán once años mayor que ella.

—No exageres.

—No me digas que le presentarías a tu hermana.

—No tengo hermanas.

—Por fortuna para ti.

—Pero si la tuviera —mentí— no lo vería mal, a pesar de que, como dices, pueda parecer peligroso.

—Ese es mi punto: Néstor es peligroso y es mucho mayor que ella. Dos amenazas.

—No lo es si ha decidido salir con la hermana de su mejor amigo. Es distinto, Rogelio…

—Él no es mi mejor amigo —rectificó—. Al menos me lo debió haber avisado…

—¿Pedirte permiso?

—Estoy hablando en serio…

—Pero si apenas empezó todo, ¿cuándo te lo iba a contar?

—Tiene 17.

—Tampoco es una niña —aduje en su defensa.

—Néstor tiene 28.

—Mi tío Pepe también le lleva once años a su mujer y son muy felices…

—Eso sucede en provincia; no aquí, Fabián —y luego añadió como si se tratara de un augurio—: A menos, claro, que el hijo de puta la embarace.

—Tampoco exageres.

Guardamos silencio. Yo, por supuesto, no lo quería romper, deseaba mantenerlo o cambiar el tema de la charla.

—¿Y cómo van esas sonatas? —dijo, por fortuna.

—Más o menos.

—¿Beethoven?

—Sí.

—¿Cuándo es el recital?

—El jueves próximo. No faltes.

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