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DENTRO DE Mí

Doris Lessing  

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Fragmento

Las personas, individualmente y en grupo, tienen que saber que en realidad no pueden reformar la sociedad, ni pueden tratar a los otros como gente razonable, a no ser que cada individuo haya aprendido a delimitar y tener en cuenta los diferentes modelos de instituciones coactivos, oficiales y también extraoficiales, que le gobiernan. No importa lo que le dicte la razón, siempre reincidirá en la obediencia al medio coactivo, mientras su modelo esté dentro de él.

IDRIES SHAH, Caravana de sueños

No importa que uno mire sobre la tierra, dondequiera que se encuentre la gente, se puede observarla sincronizándose cuando suena la música. Hay un concepto erróneo popular sobre la música. Porque hay un compás en la música, la creencia generalmente aceptada es que el ritmo se origina en la música, no que la música sea una liberación altamente especializada de ritmos que ya se encuentran en el individuo. De no ser así, ¿cómo podemos explicarnos la íntima cohesión entre lo étnico y la música?

Los modelos rítmicos pueden resultar en una de las características más básicas de la personalidad, que diferencian a un individuo de otro.

... cuando la gente conversa ... sus ondas cerebrales incluso se cierran dentro de una sola y unificada secuencia. Cuando nos hablamos, nuestros sistemas nerviosos centrales se acoplan como dos engranajes en una transmisión.

El poder del mensaje rítmico dentro del grupo es tan fuerte como cualquier otro que yo conozca. Es ... una fuerza oculta, como la gravedad, que nos mantiene juntos.

Puedo recordar que me quedé anonadado cuando llevé a cabo las grabaciones cinematográficas de grupos de gente en público. No solo pequeños grupos se sincronizaban, sino que había momentos en que parecía que todos formaban parte de un ritmo más amplio.

EDWARD T. HALL, The Dance of Life

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«Era muy bonita, pero solo le importaban los caballos y el baile.»

Este estribillo resonaba en las historias que explicaba mi madre sobre su infancia y pasaron años hasta que por fin caí en la cuenta: «De su madre, claro, estaba hablando de su madre». Nunca utilizó otras palabras aparte de aquellas, y no podían ser suyas, puesto que ella no recordaba a su madre. No, se las había oído a los criados, puesto que inconscientemente ponía una expresión propia de un sirviente, con la boca en un rictus de condena, y siempre soltaba un bufido de desaprobación. Aquel pequeño bufido me evocaba el mundo de los criados, un mundo tan exótico para mí como para ellos debían de serlo las historias de caníbales y paganos. Criados y doncellas se ocuparon de los niños, después de que muriera de peritonitis la frívola Emily McVeagh, en el parto del tercero, cuando la primera, mi madre, solo contaba tres años. Ni siquiera hay una fotografía de Emily. Ella es Nadie. Nada de nada. John William McVeagh no solía hablar de su primera esposa. ¿Qué es lo que podía haber hecho?, me preguntaba yo. A fin de cuentas, ser ligera de cascos no es un delito. Por lo menos, esto era lo que yo pensaba. Emily Flower era normal y corriente, debía de tratarse de esto.

Cuando más adelante pedí a una investigadora que proyectara luz sobre la penumbra del pasado, se presentó con un montón de material que bien podría servir para una de aquellas novelas victorianas, quizá de Trollope, en la que el capítulo sobre Emily Flower se titularía «¿Cuál podía haber sido su pecado?», y tendría que ser forzosamente breve, aunque el más triste.

«La información sobre la familia Flower se consiguió a través de certificados de nacimiento, matrimonio y óbito, archivos parroquiales, archivos del censo, archivos de aficionado, archivos de propietarios de barcazas, archivos de prácticos y barqueros, historia local y testamentos», dice la investigadora, evocando en una frase la Inglaterra de Dickens.

Existió un Henry Flower que, en 1827, aparece como «marinero» y en 1851 se censa como «vendedor». Nació en el condado de Somerset y su esposa Eleanor nació en Limehouse. Su hijo, George James Flower, el delincuente padre de Emily, trabajó de aprendiz con un tal John Flower, presumiblemente un pariente. La familia Flower era propietaria de barcazas; y en la partida de nacimiento de Emily su padre figura como práctico de puerto.

El clan Flower vivió en Flower Terrace y alrededores, ya demolidos, y George James y su esposa Eliza Miller vivieron en el número 3 de Flower Terrace. Estaba situado en Poplar, cerca de lo que ahora es el muelle Canary Wharf. Había cuatro hijos. Eliza enviudó a los treinta y cinco años, y la proximidad y la ayuda mutua del clan quedan patentes en la manera en que, a pesar de que por aquel entonces las mujeres no hacían estas cosas, los prácticos y barqueros le permitieron ser propietaria de una barcaza y tener ayudantes. Nombró ayudante a su hijo Edward, quien con el tiempo se convirtió en práctico y en propietario de la barcaza. Los otros hijos se espabilaron y ella acabó en una casa agradable, con una renta vitalicia. Emily era la hija menor y se casó con John William McVeagh en 1883.

Mi madre describía la casa en la que creció como un edificio alto, estrecho, frío, oscuro, deprimente, y a su padre como un hombre autoritario, estricto, aterrador, siempre a punto para exhortaciones morales.

La clase trabajadora acomodada llevaba una buena vida en los tiempos victorianos, con escapadas a las carreras, todo tipo de fiestas y celebraciones. Comían y bebían con muy buen apetito. No había lugar para el tedio o la frialdad en Flower Terrace y sus calles adyacentes, llenas de parientes y amigos. Emily salió de esta cálida vida de clan para caer en los brazos sin duda ardientes de John William McVeagh —él debía de estar muy enamorado para casarse con ella—, pero se esperaba de Emily que estuviera a la altura de las ambiciones de su marido, del terrible esnobismo de un hombre que luchaba por dejar atrás la clase trabajadora. Me la imagino corriendo de vuelta a casa siempre que podía, para ver a su vulgar familia, asistir a bailes, pasárselo bien e ir a las carreras. Debió de vivir en la casa de su marido bajo una fría llovizna de desaprobación, a causa de la cual, o eso creo yo, murió a los treinta y dos años.

Mi madre nunca mencionó a su abuelo, el padre de John William, y esto significa que John William no hablaba de él más de lo que hablaba de Emily.

«La información respecto de esta familia —dice la investigadora— proviene de nacimientos, muertes y casamientos, la guía parroquial, el Patronato Público, archivos del ejército y libros sobre la Carga de la Brigada Ligera, informes del censo, testamentos y relaciones locales. La fecha y el lugar de nacimiento de John McVeagh entran en conflicto en los archivos. Los archivos del ejército sobre nacimiento y ocupación son a menudo incorrectos porque los hombres, al alistarse, por razones que solo ellos conocen, dan información incorrecta, y resultaría difícil hacer comprobaciones en el registro de fechas anteriores a 1837. En cualquier caso, los centros de reclutamiento no eran muy exigentes en el ejército del siglo XIX.»

John McVeagh nació en Portugal y su padre era soldado. Estuvo en la Cuarta División Ligera de Dragones y era sargento mayor de Hospital cuando dejó el ejército en 1861. Estuvo en la guerra de Crimea y en Turquía oriental y en la Carga de la Brigada Ligera... y en su caso es cierto que estuvo, pues había muchos que lo aseguraban y no era verdad. Pero ¿por qué querían haber formado parte de semejante carnicería? La conducta de John McVeagh como soldado fue ejemplar. Cuando en el curso de la Carga le mataron el caballo en el que montaba, siguió atendiendo a los heridos, a pesar de que él también estaba herido. Recibió varias medallas. Esta es la anotación correspondiente al primero de marzo de 1862, en la United Service Gazette:

Cuarta División de Húsares (de la Reina) – Cahir. El pasado viernes 21, el brigada J. McVeagh, veterano de este regimiento, en la actualidad Guardián de Soldados de la Torre, fue obsequiado por los oficiales de su último regimiento con una colecta de 20 guineas, una cajita de rapé bellamente grabada, en la que se muestran sus últimos servicios. Pocos hombres han sido más agasajados por su buena conducta que el brigada J. McVeagh al abandonar su regimiento, entonces en Curragh, hace unos meses, con motivo de su nuevo cargo después de veinticuatro años de servicio. Los oficiales y el personal le regalaron un espléndido juego de té con la siguiente inscripción: «Al brigada J. McVeagh del Hospital, como ofrenda de respeto por su habitual bondad». Durante la guerra de Crimea estuvo constantemente en el campo de batalla con su regimiento, atendiendo tanto a los enfermos como a los heridos, y por su distinguida actuación recibió una medalla, con una renta vitalicia de 20 libras esterlinas, además de una turca y otra de Crimea con cuatro galones.

Su esposa era Martha Snewin, cuyo padre era zapatero. Había nacido en Kent. Viajó por todo el país con su marido cuando él reclutaba soldados para el ejército. Es todo cuanto sabemos de ella. Él procuró que sus hijos tuvieran una buena educación. Dispuso que su hija Martha, quien le cuidó cuando murió su esposa, gozara de una buena posición económica, pero es una de las mujeres invisibles de la historia.

Mi abuelo John William era el hijo menor. En primer lugar trabajó como oficinista en el Departamento Meteorológico y, hacia 1881, como empleado de banca. Más tarde fue director de banco, en la Barking Road, pero murió en Blackheath. Fue subiendo en la escala social a medida que iba cambiando de domicilio, y finalmente este hijo de un soldado raso se casó con su segunda esposa, la sucesora de Emily, en St. George’s, Hanover Square. Esta madrastra no era judía como yo había imaginado —por su elegante cara aguileña—, sino que era la hija de un clérigo disidente, quien con el tiempo pasó a ser sacerdote de la Iglesia anglicana. Ella provenía de una familia de clase media. Se llamaba Maria Martyn. Mi madre la describía, con disgusto, como la típica madrastra, fría, sumisa y correcta, incapaz de ser cariñosa o ni siquiera afectuosa con los tres hijos. Ellos preferían pasar el mayor tiempo posible en la cocina con el servicio, pero después mi madre y su hermano John entraron a formar parte de la clase media, por esnobismo, por no decir obsesión, mientras que la tercera hija, Muriel, volvió a sus orígenes de clase trabajadora al casarse. A pesar de que mi madre mantuvo un escaso contacto con ella, el padre no quería tratarla. Había salido a su madre, decía el servicio.

En consecuencia, él se vio contrariado por ambas hijas. Cuando mi madre decidió ser enfermera en vez de ir a la universidad —John William albergaba grandes ambiciones respecto a ella—, se topó con su desaprobación. Hasta que, así son las cosas, tuvo éxito, pero ya era demasiado tarde: los lazos se habían roto. Nunca jamás mi madre habló de su padre con afecto. Con respeto, sí, y con gratitud por el bien que le hizo, puesto que se aseguró de que recibieran todo lo que es propio de los hijos de clase media. Asistió a un buen colegio y le enseñaron música, materia en la que destacó tanto que los examinadores le dijeron que podía aspirar a una carrera como concertista de piano.

El título del capítulo dedicado a mi madre en esta saga sería triste, y, a medida que pasan los años, más lastimosa me parece su vida. No quería a sus padres. Mi padre no quiso a los suyos. Me costó años aceptar este hecho, quizá porque él siempre bromeaba cuando decía que se fue de su casa tan pronto como pudo y lo más lejos posible de ellos, como empleado de banco en Lutton.

Mi bisabuelo paterno, un tal James Tayler, aparece en el censo de 1851 como propietario de 130 acres que daban empleo a cinco hombres, en East Bergholt. Se dedicó a la melancolía y al verso filosófico, lo que tal vez explique que no prosperara. Se casó con una tal Matilda Cornish. Los Tayler trabajaron en distintos departamentos bancarios, fueron funcionarios públicos, figuras literarias menores, a menudo agricultores, por todo Suffolk y Norfolk. Durante las emigraciones del siglo XIX se fueron a Australia y a Canadá, donde muchos de ellos aún viven. Pero mi abuelo Alfred decidió no ser un agricultor. Fue empleado de banca en Colchester. Se casó con Caroline May Batley.

Esta era la mujer por la que tanta antipatía sentía mi padre: su madre.

Cuando hablaba de su padre, lo describía como a un hombre soñador y sin ambiciones que pasaba su tiempo libre tocando el órgano en la iglesia del pueblo, enloqueciendo de frustración a su ambiciosa esposa. Pero en la época en que me lo contaba, mi padre también era un hombre soñador y sin ambiciones que enloquecía de frustración a su pobre esposa. Y la realidad es que mi abuelo Alfred acabó siendo director del London County Westminster Bank, en Huntingdon, pero si siguió tocando el órgano en la iglesia local es algo que no sé. Cuando Caroline May murió, él volvió a casarse inmediatamente, en el curso del mismísimo año, con una mujer mucho más joven que él. Marian Wolfe, de treinta y siete años, frente a sus setenta y cuatro. También ella era hija de un ministro de la Iglesia.

Ministros de la Iglesia y directores de banco, ahí están, en los archivos, en ambas ramas de la familia.

Caroline May Batley, la madre de mi padre, es una sombra, casi tanto como la pobre Emily. Lo único agradable que mi padre recordaba de ella era que preparaba una deliciosa, aunque fuerte, comida de la que hablaba la señora Beeton. La historia que él contaba y volvía a contar, con entusiasmo compartido por mi madre, era la de que su madre había acudido al Royal Free Hospital para enfrentarse a la pareja recién comprometida, los dos bastante enfermos, y decirle a él que si se casaba con aquella arpía de enfermera McVeagh siempre lo lamentaría. Aunque sin duda Caroline May habría tenido algo que decir al respecto, si se le hubiera preguntado. Es probable que estuviera emparentada con el pintor Constable. A mí me gusta pensar que sí.

Mi madre pasó su infancia y adolescencia sacando buenas notas en todo, porque tenía que complacer a su severo padre. Destacó en el colegio, jugó bien al hockey y al tenis y al lacrosse, montó en bicicleta, fue al teatro y al music hall y a eventos musicales. Su energía era fenomenal. Leyó todo tipo de libros progresistas, y decidió que sus hijos no tendrían la fría y árida crianza que había tenido ella. Estudió a Montessori y a Ruskin, así como a H. G. Wells, en particular Joan and Peter, que ridiculizaba la deformación de los niños debida a su educación. Ella me contó que todos sus contemporáneos leyeron Joan and Peter y decidieron hacerlo mejor. Es extraño cómo desaparecen algunos libros que en otro tiempo fueron tan influyentes. «Baa, Baa, Black Sheep», de Kipling, la hacía llorar porque le recordaba su propia infancia.

Entonces se hizo enfermera y tuvo que vivir de su sueldo, tan exiguo que a menudo pasaba hambre y no podía comprarse guantes ni bufandas ni una bonita blusa. Estalló la guerra mundial, la primera, y mi padre llegó malherido al pabellón en el que estaba la enfermera McVeagh. Pasó allí un año, una época en la que el corazón de ella se hallaba totalmente desgarrado porque el joven médico al que amaba y que la amaba había muerto al ser torpedeado su barco.

Mientras mi madre era una ejemplar muchacha victoriana, y más tarde eduardiana, un modelo de joven moderna, mi padre había disfrutado de una infancia campestre, puesto que pasaba todo el tiempo fuera de la escuela (que odiaba, al contrario de mi madre, porque a ella le gustaba el colegio donde sacaba muy buenas notas) con los hijos de los agricultores en los alrededores de Colchester. Sus padres le pegaban —si no utilizas la vara, echas a perder al niño— y hasta su muerte habló siempre con horror de los domingos, con sus dos servicios religiosos y la escuela dominical. Se pasaba la semana temiendo los domingos y no volvió a acercarse a una iglesia durante años. El camino de la carne, de Butler... así fue su infancia, decía él, pero afortunadamente siempre se podía escapar por los campos. Quería ser agricultor, pero al acabar el colegio puso distancia entre su persona y sus padres, entró en el banco, que odiaba pero donde trabajó mucho, porque entonces la gente trabajaba mucho más que ahora, y por encima de todo jugó. Le encantaba todo tipo de deportes: jugó al críquet y al billar por su condado, cabalgó y bailó, anduvo kilómetros de un baile a otro en distintos pueblos o ciudades. Si las historias de juventud de mi madre sonaban a Ann Veronica o a las Nuevas Mujeres de Shaw, las de mi padre recordaban Hijos y amantes de D. H. Lawrence, o The White P

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