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DESAFíAME (HASTA LOS HUESOS)

Lena Valenti  

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Fragmento

Prólogo

En la habitación solo había encendidas las lámparas de las dos mesillas de noche. Fuera, la fiesta no iba a cesar hasta altas horas de la mañana.

Los gritos de sus compañeros y la música atronadora se colaban por la ventana del apartamento.

Los dos solos. Cara a cara. Frente a frente, descubrieron que no tenían tiempo que perder.

Él no tardó nada en desnudarla.

Sabía cómo la quería, cuándo y dónde. Y en ese instante, la quería en su cama, entregada, y enamorada de él hasta el tuétano.

Pasó sus dedos entre su larga melena, le echó el cuello hacia atrás y la besó aceptando el juego que ella le ofrecía.

La joven gimió perdida en el sabor de su lengua y en su textura, disfrutando de esas manos que le bajaban los pantalones. Después, él la tumbó sobre el colchón y se le puso encima, entre las piernas.

—Dime qué es lo que quieres —dijo.

—Ya lo sabes.

Él negó con la cabeza.

—Me gusta que me lo digas. Dímelo.

—Te quiero a ti —le contestó ella sin ninguna vergüenza.

Él sonrió y le quitó la camiseta que aún tenía puesta hasta subírsela por la cabeza y cubrirle el rostro.

Pero ella rió y suspiró de antelación. Deseaba aquello como a él le gustara hacérselo. Estaba entregada y ya no tenía ni reparos ni pudores.

El chico se quitó los pantalones y se quedó desnudo ante ella.

La admiró, desnuda como estaba, con el sostén aún puesto y la camiseta que le privaba la visión, y su rostro se tiñó de placer y alegría.

Después, se tumbó encima de ella y agarró sus muñecas para colocarlas encima de la cabeza.

—¿Lo quieres ahora? —le preguntó al oído con un gruñido.

—Sí —afirmó, decidida, abriendo más las piernas.

Él dejó ir una risotada mientras entró en su cuerpo con el ímpetu que siempre caracterizaba sus encuentros.

Con ella todo era explosivo, y mágico. No necesitaban decirse tonterías al oído, ni tampoco hacerse promesas de amor; se trataba de disfrutar del sexo más loco de su vida, y de pasarlo bien.

Estaban en esa edad en la que la universidad era la única vida real que les interesaba, y el día a día lo marcaban sus problemas y sus relaciones.

Empezó a bombear. Le gritaba en el oído, y le mordía el hombro absorbiendo cada envite poderoso en su interior. La cama bamboleaba de un lado al otro, el cabezal golpeaba la pared y sus respiraciones acompasaban aquel ritmo parecido al de un martillo.

En ese momento, ella se arqueó debajo de él y se estremeció de pies a cabeza barrida por ese orgasmo placentero y loco que le giraba la cabeza.

Él no tardó nada en unirse a ella y, mientras se vaciaba, se impulsaba más profundamente hasta que el ruido de la carne contra la carne les llenó los oídos.

Disfrutaban con el sexo, no cabía duda.

Entonces, él se dejó caer sobre ella y la ayudó a quitarse la camiseta por la cabeza.

—No me digas que ya no puedes más —murmuró ella rodeándole la cintura con las piernas.

Él se echó a reír, hundió los dedos en su pelo y contestó:

—Esto solo acaba de empezar.

La imagen del televisor se quedó congelada después de que se oyera como ese chico aseguraba que «esto solo acaba de empezar».

Estaban en una sala en penumbra, cubierta de libros, cuyo centro era un altar de piedra, como un lugar hecho para un orador.

El señor se dio la vuelta para mirar cara a cara al protagonista de aquel encuentro tan tórrido. Alzó la barbilla moteada de una perilla negra, con un mechón blanco, y clavó sus ojos claros en el joven.

Su rostro inflexible no tenía ni un gramo de amabilidad.

—¡Mírame a los ojos! —le gritó.

El joven, avergonzado por verse en la pantalla, dio un respingo e hizo lo que le pedían.

—No tengas vergüenza ahora, muchacho, cuando no la has tenido para tener el culo en pompa con la mujer que puede destruirnos.

—Yo... yo no tenía ni idea.

—Si esa chica consigue lo que busca... ¿Tienes idea de la información de la que dispondrá? —Las aletas de la nariz se le abrieron y los ojos se le inyectaron en sangre—. ¡¿Eh?! ¡¿La tienes?!

—Señor... Repito que no lo sabía... No me imaginé que... —Hizo negaciones con la cabeza—. Lo lamento mucho. Yo no tenía ni idea.

—¡No bajes la mirada!

¡Plas! Le dio una bofetada tan fuerte que le giró la cabeza, pero no le movió del sitio. Cuando el joven se recuperó, intentó mantener la compostura. Volvió a fijar su vista en el mayor y se relamió con la lengua la sangre que se deslizaba por la comisura del labio.

El señor tomó aire y relajó su tensión al comprobar que había herido al chico.

—¡Esto lo tienes que arreglar! ¡¿Me has oído?! ¡No puede haber un topo entre nosotros! ¡Nos jugamos nuestro prestigio! ¿Sabes cuántos ojos nos miran?

—S-sí, señor —contestó el chico—. Haré lo que sea necesario para arreglar mi error.

—Por supuesto que harás lo que sea necesario —dijo con voz ronca, limpiándose las manos con un pañuelo blanco que guardaba en el bolsillo de su americana—. Ahora, sal de mi vista. Y prepara las malditas maletas.

—Está bien. —Hizo una reverencia—. Gracias, señor.

El hombre se dio la vuelta y cruzó las manos tras la espalda, quedándose bajo el solitario rayo de luz que entraba por una de las ventanas de aquella cueva subterránea plagada de libros y altares de piedra.

—Y otra cosa.

El chico se detuvo antes de partir.

—Sí, lo que usted diga.

—Si cuando regreses no has limpiado la mierda que tenemos alrededor, tu futuro prometedor se va a ir al traste. Y reza para que el de tu familia no se vea afectado.

El chico palideció. No tardó en salir de allí corriendo, decidido a hacer lo que fuera para salvar su pellejo, aunque para ello tuviera que poner a otro en serios problemas.

imagen

Uno

Me lo merecía.

Me merecía cada minuto en ese avión, observando las espesas nubes que como nata montada yacían a mis pies, como si me invitaran a nadar entre ellas.

Era mi premio, mi recompensa después de cua

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