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DESASTRES NATURALES (MAPA DE LAS LENGUAS)

Pablo Simonetti  

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Fragmento

1. 2015

La única secuela que me dejó el infarto cerebral fue la voluntad de descifrar la relación que tuve con mi padre. También su cerebro sufrió el primer tropiezo antes de que cumpliera sesenta años. Por primera vez en la vida me sentí como Ricardo, fui él, en cierto modo. Mi esfuerzo estará mediado por la distancia que creció entre nosotros, por cómo su imagen se refractó en las personalidades de mi madre y mis hermanos. En la memoria, permanece como un personaje enigmático, opaco, inasible; en la construcción de mi personalidad, como un antagonista, el otro a quien culpar; en la vida, como un protector que me legó privilegios y un atisbo de valentía.

Mis recuerdos son los del niño anhelante y temeroso, pero también quiero pensar como el hombre de cincuenta y tantos que trata de entender a ese otro hombre, de otro tiempo, de un país distinto al de hoy, ambos reunidos por los presagios de la muerte, antes que separados por las distintas corrientes que siguieron nuestras vidas.

Ricardo cumplió cincuenta años el 18 de noviembre de 1970, en medio de ese tiempo tan confuso para mi conciencia infantil, dos semanas después de que Salvador Allende recibiera la banda presidencial de manos de Eduardo Frei. En los veinte años que siguieron, Chile atravesó una de sus épocas más oscuras, tal como ese hombre que era mi padre debió enfrentar la mayoría de sus infortunios, y tal como ese niño que era yo, su trance más difícil. No existe un paralelo entre los conflictos de Ricardo, los míos y los del país; y si bien los acontecimientos influyeron en nuestros destinos, no alcanzan para explicarlos a cabalidad. Aunque quizás a través de estos recuerdos pueda entender mejor la fracción de país en que me tocó vivir. Y si repaso las circunstancias de ese tiempo, tal vez pueda acercarme a mi padre con la compasión que le negué en vida. Acaso pueda recuperarlo para mí.

2. Julio de 1993

Mi padre murió en invierno, una noche que recuerdo particularmente iluminada, como si un dios insidioso le hubiera subido el voltaje a la ciudad. Los focos de los autos, los semáforos, el alumbrado público, los diminutos recuadros de luz que brotaban de los edificios me encandilaron a lo largo del trayecto entre el club de ajedrez y la casa de mis padres. La llamada me había sorprendido en medio de una partida, durante esos trances de concentración que nadie que entienda del juego se atrevería a perturbar. Bastó que el recepcionista me tocara el hombro para que supiera que se trataba de algo grave. Levanté el auricular y oí a mi cuñada Leticia decir:

—Vente.

—¿Mi papá?

—Sí.

Ricardo llevaba mal muchos años debido al párkinson. La enfermedad había arribado como una marea suave a perturbar su rutina diaria —apenas desdibujando la línea que separaba lo que podía de lo que no podía hacer—, para pronto convertirse en un mar inclemente que no cesó de inundar las que antes fueran las calles de su vida.

Al abrirme la puerta con su rostro lleno y demasiado bronceado, mi cuñada me echó los brazos al cuello y me dijo con emoción:

—El tata se murió —así le decía a mi padre desde que había concebido a su primer hijo, después de muchos años de tratamiento.

—¿Dónde está mi mamá?

—En el estar.

Susanna ocupaba el sillón que había comprado especialmente para poder levantar y sentar a mi padre con mayor facilidad. El ancho sofá forrado en falso cuero se había convertido en una trampa para ese hombre que no era ya dueño de sus movimientos. Mi madre respiraba agitadamente, mientras la enfermera que había contratado para atender a Ricardo le tomaba la presión arterial. Del otro lado del sillón, mi hermano Samuel le hacía cariño en el hombro y le susurraba:

—Mamita, cálmese, tiene que estar tranquila.

De solo verla en ese estado, se me saltaron las lágrimas. Me hirió el destello que despedía el uniforme blanco de la enfermera bajo la lámpara de lectura, cuyo brazo metálico también se asomaba a la escena como una figura más. Por cómo nos cerníamos sobre ella, cualquiera habría dicho que quien estaba al borde de la muerte era Susanna.

—La presión le está bajando. Tiene la alta en 18. Le llegó a 23 antes de que le diera la pastilla sublingual —dijo la enfermera.

—Mamá —me hinqué y la abracé por la cintura, apoyando mi cabeza en su falda. Su pecho subía y bajaba con violencia.

—Ay, hijo... Su papá se murió...

—Sí, mamita —me aparté con la intención de que nuestros ojos se encontraran.

—Vaya a verlo —me ordenó con la mirada perdida.

Al tiempo que me levantaba, dijo con una voz que pretendía ser imperiosa, pero sin la fuerza necesaria para que no sonara como un ruego:

—Salgan de encima, necesito aire —y se arrancó con torpeza el brazalete para medir la presión.

Ricardo estaba de espaldas sobre la cama, las manos apoyadas en el pecho, los párpados cerrados. Después supe que se había tendido ahí momentos antes de sufrir el ataque, diciendo que quería descansar. Su cabeza se veía más pequeña, como si perteneciera al cuerpo de otro hombre, aunque su pelo ralo y no del todo canoso, sus pómulos salientes, la nariz pequeña y las mejillas rubicundas y venosas siguieran a

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