Loading...

DESDE EL AMANECER

Rosa Chacel

0


Fragmento

Empiezo por confesar mi orgullo más pueril, el de haber nacido en el 98. Aunque ese adjetivo, pueril, es, por mi parte, demasiada precaución. Prefiero decir, simplemente, mi orgullo, que puede parecer pueril. A mí no me lo parece, en mi auténtico fondo, porque yo rechazo estos tópicos vigentes en nuestros días, tales como, «Me trajeron al mundo sin consultarme». «Yo no tengo la culpa de haber nacido», etc. Todo esto me es ajeno. Yo tengo la culpa —si esto es culpa, y hace tiempo dijimos que es delito— de haber nacido porque siento el principio de mi vida como voluntad. Ganas me dan de decir: si yo no hubiera querido, nadie habría podido hacerme nacer. Pero es demasiado obvio que sin ser no hay querer, y viceversa. Lo que no es imaginable es que semejante cosa —no querer, no ser— me pasase a mí. En consecuencia, nací en el 1898 y esto me complace. La fecha es suficientemente señalada para que no sea necesario explicarlo. Por aquel entonces unos cuantos españoles pensaban, hablaban, escribían, luchaban; otros, engendraban criaturas que tenían sentido y misión de compensaciones. Ya se ha señalado que en ese año fueron muchos los trabajadores que nacieron en España: todos con más méritos que yo: ninguno con más ganas —ganas, entiéndase bien, de acudir—. Así pues, nací en Valladolid ese año, el tres de junio, día de Santa Clotilde, por eso es ése el segundo de mis cuatro nombres, Rosa, Clotilde, Cecilia, María del Carmen. La fecha exacta de mi nacimiento es ésta, pero mis recuerdos datan de quince o veinte años antes. Alcanzan, además, algunos de ellos, a otro continente y otra latitud, y en esas cualidades radica su profundidad: no son recuerdos de hechos lejanos en mí, sino que yo misma era ya un hecho en ellos. En ellos, pues, consisto: vengo de su lejanía.

En la época de las lluvias el agua caía a raudales —Caracas era entonces una ciudad en la que se podía encontrar un cangrejo debajo de una butaca— y la escuela estaba en la misma calle de casa, dos manzanas más arriba. El agua, como digo, caía a raudales y a la salida de clase las cunetas, en forma de artesa, rebosaban —veo cómo el agua formaba en el centro un cordón: era tal la violencia con que resbalaba de la calzada que se enrollaba sobre sí misma, al quedar contenida por la cuneta—, iba limpia, transparente y con una velocidad alocada porque la calle estaba un poco en cuesta y ya cerca del mar.

Las chicas salieron bajo el torrente que caía del cielo y a una de ellas, Rosa-Cruz, de no más de siete años, se le ocurrió meter los libros en el paraguas, sentarse en la cuneta y, apoyando de cuando en cuando la contera del paraguas en el borde de la acera, levantarse un poco sobre el agua y dejarse llevar por la corriente. Otras la imitaron: cuando llegó a su casa saltó afuera y dijo adiós a las que seguían calle abajo.

Esto debió de ocurrir, más o menos, por el ochenta y cuatro, pero las fechas de entonces no tienen realidad para mí. Creo que nunca las supe o no las tuve en cuenta porque de aquello sólo me interesaba lo que seguía —y sigue— actuando.

Igual que aquella tarde de invierno, en Valladolid, en una casa viejísima de la Corredera de San Pablo. Una señora pequeñita, vivaz, llena de hijos; desasosegada porque va cayendo la luz —son las cinco de la tarde— y no está ni empezada a hacer la cena. Tiene a un chico en la cama, el asistente fue a buscar a las niñas al colegio, la criada a la farmacia y no vuelven. Sale al balcón, ve venir a su hijo pequeño —poco más de siete años— que vuelve de la escuela: cuando llega abajo le dice: Paquito, hijo, mira a ver si ahí junto al portal, está la señora Josefa en su puesto. Sí, mamá, dice el chico, ahí está. La madre le echa una moneda: —Toma, dile que te dé una cebolla—. ¿Una cebolla?, ¡qué asco!, dice Paquito y se queda clavado en el suelo. Pero del balcón cae sobre él una mirada inexorable. Va hacia la vendedora, le pregunta si tiene cebollas y le da la moneda. La viejecita le ofrece una gran cebolla, que él no acepta. Le dice —Póngamela… haga el favor de ponérmela ahí, señalando al umbral. La vieja está sentada junto al quicio de la puerta y, aunque con asombro, pone la cebolla en el poyo de entrada. El chico le da suavemente con el pie y rodando la lleva hasta colocarla frente a la escalera, a menos de un metro de distancia del primer escalón. Una vez allí, calcula bien el impulso y el lugar en que hay que darle el golpe —en la semiesfera inferior— para hacerle subir la escalera. Le da un puntapié y la cebolla sube cinco o seis escalones, pero no se queda quieta en el punto de llegada; rueda y vuelve a bajar. Paquito la espera y, antes que llegue abajo, le da otra patada y la hace avanzar otros tantos escalones. Así, en varias acometidas, logra alcanzar el primer descansillo: allí es fácil hacerla rodar hasta el otro tramo y emprender nuevamente la ascensión. Pero la escalera es de madera y la cebolla no baja en silencio: los coscorrones que va dándose retumban en la escalera y la madre de Paquito sale a la puerta, enfurecida.

Esto es todo lo que se quiera, menos anecdótico. Es, en realidad, una fórmula química. Lo que esto es, eso es lo que soy. Los dos hechos son recuerdos míos porque no recuerdo que me los hayan contado: los veo como cosas vividas. Conozco la casa en la ciudad tropical, con losas de mármol en el patio y criadas indias y negras. Conozco también la vieja casa sobre los soportales de la Corredera de San Pablo, pero esto no es lo más importante; lo decisivo es que cuando se hablaba de eso —y digo se hablaba porque no se relataba nada, no se daba ninguna noticia, no se me contaba una historia, como cuando se dice: «te voy a contar lo que pasó una vez»— cuando se hablaba de eso, de esas cosas que hacían aquellos chicos, claro está que los que habían sido aquellos chicos estaban delante de mí en forma muy diferente, pero yo no tenía que hacer el esfuerzo de imaginarlos tal como fueron: yo los era. Porque lo que tenía sustancia en todo aquello era el modo, el quid de aquellos chicos que yo, no diré asumía porque no era necesario: yo constataba, sentía su respuesta como si fuese algo —alguien— a quien llamaban por su nombre. Sólo a eso es comparable esa respuesta; a ese movimiento en el que el ser se incorpora al sentirse llamado. Y eso era lo que ocurría en mí cuando hablaban de eso: una alegría, un retozo, un chapuzón en agua tibia sobre losas lavadas por la corriente, bajo palmeras. Un orgullo, un escrúpulo irreductible, un ingenio, una habilidad o puntería para salvar una situación difícil. Estas cosas se levantaban dentro de mí cuando hablaban de eso. Y, si hablaban celebrándolo, yo me sentía halagada; si hablaban con cierto retintín, como cuando se dice: «El que es capaz de subir a patadas una cebolla…» se ponía en pie dentro de mí la afirmación: ¡Claro que soy capaz!

Podría haber empezado por decir quiénes fueron mis abuelos, y lo diré, por supuesto, pero no he querido dar a esto el primer lugar porque aun teniendo importancia, como sin duda tiene, no es lo decisivo en mi historia. Claro está que heredé las fórmulas familiares, religión, moral y costumbres de mis antepasados, pero eso no informó más que el cimiento de mi sistema personal. Lo básico, claro está, eso no puedo negarlo, pero aunque básico y soterrado, su categoría es la de apoyo, no la de fórmula, como todo lo anterior. Con aquella fórmula y sobre esos cimientos, el edificio, todo lo que edificábamos día tras día o minuto tras minuto, estaba regido por circunstancias especialísimas, que tenían su principio y fin en nosotros tres. Circunstancias que hoy puedo llamar felices, aunque no era mi casa eso que se llama un hogar feliz. Nada de eso; era un hogar sobre el que se cernía un nublado pesadísimo: la pobreza. Pero a ese nublado, aunque no se dejaba de darle importancia, se le aceptaba como fuerza mayor: era lo gigantesco, lo cósmico, pero no se hablaba mucho de ello; no hacía perder la serenidad ni el buen humor, cuando el buen humor brotaba de por sí como otra gran fuerza. También se cernía, bueno, no se cernía porque no era nada que planease con más o menos calma: era como una ráfaga recurrente, como un torbellino arbitrario —podría decir, trivial— que estallaba con subitaneidad pirotécnica: la intemperancia de mi padre.

Pero no, esto es ya un juicio mío desde aquí, y me he propuesto al anotar estos recuerdos no juzgarlos; exponerlos al juicio ajeno. Para esto tengo que hacerlos presentes, simplemente, como fueron. Puede parecer, sin embargo, que lo relatado en un principio está ya sometido a una elaboración, pero no es así. Lo que relaté al principio no es, como ya dije, ni anécdota ni teoría: es lo que era entonces, tal como era. Por esto empecé quince o veinte años antes de mi nacimiento, para hablar de cosas en las que no cuenta mi opinión, sino mi ser: lo que estaba en mí antes de tener opinión alguna. Es decir, que si ahora me pongo a buscar mi recuerdo más lejano, consigo vivir un día, en el segundo año de mi vida, en que me herí en una mano. Recuerdo claramente el rasguño dolorísimo y me recuerdo a mí misma sufriéndolo; sé cómo era yo en aquel momento y sé que yo era alguien que ya sabía todo aquello ¿Que ya me habían contado la historia? No, no; que ya era yo su resultado activo.

En cambio, de otras muchas cosas que me contaron como hechos de mi vida no conservo clara la vivencia, aunque una de ellas es sumamente importante: mi padre me hizo hablar a los cinco meses. No me enseñó, me hizo hablar mediante una presión continua, insistente, implacable. Él me contó mil veces el sistema que había seguido, dando importancia a lo que él consideraba el prodigio, que yo hubiera roto a hablar. Pero es el caso que en su sistema hubo algo mucho más importante y decisivo para la constitución de mi mente, de todas mis facultades y mis inclinaciones.

La cosa había sido así. Un amigo nos había hecho una foto en su jardín, teniendo yo tres meses. Mi madre estaba sentada conmigo en brazos y mi padre de pie, al lado. La foto, de quince o veinte centímetros, estaba puesta en la pared y mi padre me llevaba ante ella, cogía mi mano derecha y me hacía ir poniendo el índice en cada una de las tres figuras, repitiéndome una y otra vez: «Papá, mamá, nena». A este ejercicio me sometió durante más de dos meses, cuatro o cinco veces al día. Uno de ellos, llevándome mi madre en brazos, se paró ante el espejo —el espejo oval de marco dorado, que tanto lugar ocupa en mi recuerdo—, mi padre se acercó por detrás; yo señalé con el índice extendido y dije las tres palabras. Pero e

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta

Información básica sobre Protección de Datos

En Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U , trataremos tus datos personales sólo bajo tu expreso consentimiento para la prestación del servicio solicitado al registrase en nuestra plataforma web y/o para otras finalidades específicas que nos haya autorizado.
La finalidad de este tratamiento es para la gestión del servicio solicitado e informarte sobre nuestros productos, servicios, novedades, sorteos, concursos y eventos. Por nuestra parte nunca se cederán tus datos a terceros, salvo obligación legal.
En cualquier momento puedes contactar con nuestro Delegado de Protección de Datos a través del correo lopd@penguinrandomhouse.com y hacer valer tus derechos de acceso, rectificación, y supresión, así como otros derechos explicados en nuestra política que puede consultar en el siguiente enlace