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DESDE EL PAíS DE NUNCA JAMáS

Alma Guillermoprieto  

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Fragmento

Índice

Cubierta

Desde el país de nunca jamás

Prefacio

Primera parte. 1980-1990

Los cuerpos arrojados en el mar de lava salvadoreño ponen de manifiesto la violencia sobre los civil

Los militares mantienen un frágil control en el pueblo de Perquín

Los campesinos salvadoreños describen los asesinatos en masa .

Detrás de las líneas en El Salvador

Los rebeldes luchan contra el atraso de los campesinos

Internacionalistas, en el corazón del conflicto

Dificultades para los cubanos de la «Flotilla de la Libertad» de 1980

Menudo

Segunda parte. 1991-2000

Carta de Río

Comment

Cuesta abajo por el sendero luminoso

Obsesión en Río

La amarga educación de Mario Vargas Llosa

Guerra de sombras

Evita

El acertijo de Raúl

Una visita a La Habana

Amor y miseria en Cuba

Fidel al anochecer

El último de los placeres

Tercera parte. 2001-2010

Un centenar de mujeres

El mañanero

Las luchadoras bolivianas

Días de muertos

Biografía

Notas

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

Prefacio

Entre las cosas que nunca me propuse: ser reportera; pasar una vida completa recorriendo el tremebundo hemisferio latinoamericano; vivir sin sosiego; padecer —no meses, sino años eternos— el calor del trópico al que soy tan poco afín; considerarme escritora; encontrarme frente a esta acumulación enorme de artículos viejos y recientes y reconocer que, sin querer queriendo, a tontas y a locas y muchas veces a salto de mata, los escribí yo.

Todo ha sido un accidente que empezó, tal vez, a los veinte años, cuando me rechazaron en una compañía de danza en Nueva York. Por despecho, acepté entonces una invitación de las Escuelas Nacionales de Arte en La Habana para ir a dar clases de danza contemporánea.

Hasta ese momento mi vida se enmarcaba en la rutina dura, absorbente, y maravillosamente predecible de la danza. Vivía en Nueva York, trabajaba de mesera, y todas las tardes asistía a un estudio a tomar las clases de las que dependen los bailarines para habilitar y perfeccionar la escritura que hacen con el cuerpo. Con suerte, hay también ensayos con algún coreógrafo. Con suerte, hay presentaciones ante un público grande, o de diez personas. Con suerte hay aplausos sinceros. Pero lo real, el sustento, el pan de una vida en la danza es la clase diaria, con su horario puntual, sus ejercicios repetidos como oraciones, su sudor y su éxtasis. Pero en fin… divago. Quise entrar a la compañía de una coreógrafa a la que idolatraba, no me aceptó. Me ofrecieron una plaza en el lugar que menos me hubiera podido interesar en todo el mundo, me pareció un buen lugar para esconder mi humillación, y aterricé en una Cuba aún en plena efervescencia revolucionaria. Nunca volví a ser la misma. Tampoco volví a bailar. La fe revolucionaria es dura, y exige sacrificios absolutos: la danza me pareció de repente una disciplina frívola.

Ocho años más tarde, estalló una revolución en un país tan pequeño y pobre que cuando se me ocurrió contar, descubrí que tenía apenas dos millones y medio de habitantes y diez elevadores. Un país chiquito y un dictador de caricatura, y sin embargo la lucha del Frente Sandinista de Liberación Nacional contra la dinastía de los Somoza fijó los ojos del mundo en Nicaragua durante algunos meses fugaces y emocionantes como pocos en el desdichado siglo XX. En el remolino de esos días hasta yo fui a parar a Managua, ansiosa por presenciar un nacimiento tan portentoso. Hasta ese momento jamás se me había ocurrido escribir un reportaje, pero me pagó los gastos del viaje un pequeño medio de gran prestigio por aquel entonces, Latin American Newsletters, que se editaba en Londres. Por casualidad, por desgracia, por accidente, por suerte, conocía a uno de los editores desde hacía algún tiempo, y él había intentado convencerme un par de veces de que me vendría bien ser reportera. Estalló la revolución en un país del que nadie había oído hablar, faltaron corresponsales, y ahí fui a dar. Así comenzó este libro.

Quien merodee por los textos que lo componen razonablemente preguntará cuál es el tema central de tamaña colección. Y en realidad, aparte de tratarse de textos de una misma autora, y sobre una misma región, que es América Latina, no salta a la vista su coherencia. Pero si bien en el momento de estar haciendo un reportaje rara vez tuve conciencia de tener propósito alguno, salvo el de entregar a tiempo, a la distancia puedo ver cómo fueron cambiando mis preocupaciones. No aparecen las notas que escribí desde Nicaragua porque mi falta de oficio es, quizá, demasiado transparente en esos textos. Dos años más tarde, logrado el derrocamiento de Anastasio Somoza, la atención de la prensa se volvió hacia El Salvador, en donde una serie de grupos guerrilleros se consolidaba bajo un solo mando colectivo y se preparaba para imitar a los Sandinistas. Lo que fue desde un inicio un conflicto más complejo —regido absolutamente por los juegos de ajedrez de la Guerra Fría, a diferencia de la insurrección primera en Nicaragua— fue también un laboratorio incomprensible de la crueldad humana.

Es necesario en este punto una pequeña explicación histórica. El artículo «Los campesinos salvadoreños describen los asesinatos en masa» narra la masacre más grande, hasta donde sé, cometida en América Latina durante el siglo XX. El asesinato de cerca de ochocientos hombres, mujeres y niños en el remoto caserío de El Mozote fue realizado por el Batallón Atlacatl —tropa élite antiguerrilla del ejército salvadoreño— que en ese entonces recibía equipo, asesoría y entrenamiento del gobierno de Estados Unidos. Los asesores estadounidenses que supervisaban al Atlacatl no planearon la matanza, pero esta ocurrió, como dicen en Washington, bajo su guardia.

Conscientes de que los gobernantes salvadoreños que apoyaba la Administración Reagan eran, algunos más, otros menos, criminales, el Congreso de Estados Unidos exigía el derecho de certificar que las juntas militares salvadoreñas presentaban avances en su respeto por los derechos humanos antes de liberar los fondos necesarios para sostener la guerra. Era un ejercicio que no por ser hipócrita dejaba de ser arisco: demócratas y republicanos lo utilizaban para lucirse ante el palco, sin dejar de autorizar un solo cheque a la cuenta de los matones. En enero de 1982, durante los más álgidos debates en el Congreso sobre los crímenes de guerra del gobierno salvadoreño, mi amigo y colega del New York Times, Ray Bonner, me avisó que la guerrilla salvadoreña lo había invitado a entrar a su zona de control en la provincia de Morazán, frontera con Honduras. En ese momento, aunque trabajaba sin contrato y me pagaban centavos por palabra, yo era de hecho la encargada de la cobertura de Centroamérica para el Washington Post. Moví cielo y tierra para obtener mi propia invitación, y cinco días más tarde logré entrar. El artículo narra lo que encontré.

La publicación simultánea de dos artículos paralelos sobre la masacre en las páginas de los dos diarios más importantes de Estados Unidos enfureció a la administración Reagan. Una ofensiva de contrainformación logró aplastar el escándalo que tendría que haberse dado. Tampoco entraron más periodistas a la zona del crimen. Para llegar a El Mozote había que hacer un recorrido sumamente arduo, penoso tanto para los viajeros como para sus escoltas guerrilleros, y la comandancia no volvió a gastar recursos en otro viaje parecido. La noticia de la masacre pasó casi inadvertida en El Salvador, y una generación completa creció sin enterarse de lo que ocurrió en una zona aislada por la geografía y por la ferocidad de la guerra.

No fue sino hasta diez años después que, como parte de los acuerdos de paz entre la guerrilla y el gobierno salvadoreño, se autorizó una excavación forense en la zona de la masacre. El legendario Equipo Argentino de Antropología Forense comprobó cuán exactos habían sido los artículos de Ray Bonner y los míos. Lo digo no con orgullo sino todavía con asco y rabia. Con tristeza también tengo que decir que cuando quise encontrar un editor latinoamericano para el implacable reportaje sobre la masacre que escribió Mark Danner para la revista The New Yorker en 1993, no hubo quien quisiera publicarlo. «Es que Centroamérica ya no le interesa a nadie», me aclaró un editor mexicano. Y tenía razón.

Salí de El Salvador marcada por la necesidad de entender la violencia —y la indiferencia ciudadana ante ella— que parecía ser nuestro sino como latinoamericanos. Es uno de los temas constantes de este libro, y el que predomina en la primera parte.

Para los escritores no hay experiencia inútil. A partir de 1986 estuve a cargo de la corresponsalía para Sudamérica de la revista Newsweek: fue la última, y casi la única vez, que tuve un empleo fijo, y en su momento lo único que agradecí fue la oportunidad que me dio la revista de comprobar que las oficinas y el manejo de personal no son lo mío. Además, terminadas las dictaduras y las grandes revoluciones latinoamericanas, el público estadounidense fue perdiendo cada vez más el interés por la región; Newsweek, que se guiaba por las encuestas para elegir sus notas, publicó muy poco de lo que escribí para ellos. Renuncié el día que cumplí dos años en el puesto.

Pero ahora agradezco de corazón los infinitos viajes que hice por cuenta de la revista, porque sin darme cuenta, aproveché cada minuto. Al momento de renunciar había adquirido un continente entero, y una visión de América Latina como un inmenso país unido por mucho más que su idioma y sus usos y costumbres, sus ciclos caudillescos y dictatoriales, la afición de sus mujeres por hacerse pasar por rubias, y la de sus hombres por ser conocidos como «licenciado» o «doctor». En la década de los ochenta, específicamente, los latinoamericanos vivimos los trabajos, las esperanzas, y también las desilusiones del retorno a la democracia en todas las antiguas dictaduras. Padecimos también las múltiples crisis monetarias y los desfalcos catastróficos en las economías de la región. Y sufrimos, en conjunto y como individuos, la infinita soledad. Una región que había sido por milenios campesina se consolidó en unas cuantas décadas como urbana, y, amén de la pobreza, la devastación cultural de este cambio dejó a los nuevos habitantes de las ciudades aislados de sus familias, atrapados en vastas extensiones de grisura y fealdad, huérfanos de identidad y a la merced de dos grandes fuerzas: el fanatismo de movimientos como Sendero Luminoso, y el consumismo depredador. La segunda parte de esta antología narra los sueños y padecimientos de los nuevos ciudadanos latinoamericanos bajo las condiciones de una modernidad que nunca acaba de llegar.

No todas son tragedias, por cierto. O si lo son, son tragedias montadas con una desfachatez moral tan grande que terminan en una especie

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