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DESDE LAS RUINAS DEL FUTURO

Manuel Arias Maldonado  

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Fragmento

PREFACIO
EN TIEMPO DE EPIDEMIA

Hay un pasaje en La fugitiva, sexto volumen de la novela de Marcel Proust, donde el narrador hace un comentario sobre las absurdas tareas que a veces se imponen a Francisca, la veterana doncella de la familia; entre ellas se cuenta «hervir el agua en tiempo de epidemia». Se deduce de aquí que entonces —finales del XIX, principios del XX— existía algo así como una normalidad de la epidemia: un tiempo que llega y luego se va antes de volver. Los registros históricos así lo confirman; solo en el siglo XIX hubo en Europa tres epidemias de cólera. Era aquella una época que tenía sus propios hábitos, como el agua hervida o las cuarentenas portuarias; Proust habría de conocerlos bien, ya que su padre fue un distinguido epidemiólogo. El caso es que, hasta hace poco, leíamos esta alusión sin apenas reparar en ella; en las últimas décadas, las epidemias se habían convertido en un suceso excepcional. Dejamos de hervir el agua para protegernos de la enfermedad y el abandono de esa costumbre era por sí solo un signo de progreso. Pero entonces llegó un nuevo tipo de coronavirus, el SARS-CoV-2, y hubo que cancelar viajes, confinarse en casa, llevar mascarilla. Se abrió ante nosotros un espacio inédito, en el que no sabíamos muy bien qué hacer; nos hemos sorprendido viviendo otra vez en tiempos de epidemia.

En ese tiempo, una de las cosas que se pueden hacer es escribir un libro. Y es que para ello, fuera de unas primeras semanas en las que resultaba difícil concentrarse ante la gravedad creciente de los acontecimientos, han concurrido circunstancias inmejorables. Suspendidas las clases presenciales, disminuidas las pesadas obligaciones burocráticas, despejada la agenda de congresos, conferencias y demás compromisos mundanos, el estudioso sin hijos a su cargo ha podido dedicar casi todas sus horas a la lectura y la escritura. En lugar de trabajar de manera sincopada, ha sido posible hacerlo de manera constante durante toda la duración del estado de alarma. Y así como hace todavía quince o veinte años eso apenas habría permitido escribir un ensayo más o menos diletante, la digitalización permite hoy acceder a los artículos y los libros necesarios para afrontar un trabajo más riguroso o que aspira a serlo. Los últimos papers sobre el virus están a un clic de distancia; las reacciones de filósofos y teóricos sociales del mundo entero son publicadas en la red; si resulta que uno necesitaba una monografía, ha podido conseguirla sin mayores dificultades gracias al mantenimiento de las cadenas logísticas y los servicios postales. Nadie debe sorprenderse así de que pueda escribirse un libro sobre la pandemia en cuatro meses; si las circunstancias personales acompañan, pocas veces habrá sido más fácil concentrarse en esa tarea.

Fue el filósofo Santiago Gerchunoff, a quien dejo aquí constancia de mi agradecimiento, quien me sugirió la idea: ¿por qué no escribir un librito sobre el mundo después de la pandemia? Aunque empecé por descartarlo, él tenía razón: ¿por qué no? He terminado redactando un trabajo de extensión mediana: un intento por comprender lo sucedido desde la perspectiva de la teoría política y social. No se rehúye en estas páginas el debate sobre las consecuencias del virus, pero he renunciado al papel de futurólogo; en lugar de realizar anuncios sobre lo que sucederá, he preferido debatir sobre lo que sería deseable que sucediese. Tres preguntas elementales han guiado mi indagación: ¿qué herramientas conceptuales pueden ayudarnos a comprender la pandemia?, ¿qué significados podemos atribuir a la misma? y ¿qué implicaciones normativas, vale decir, qué prescripciones, se derivan de ella? Hay truco: si me puse a trabajar con la convicción de que el resultado podía tener algún interés, fue también porque algunas de las materias en las que me había adentrado previamente en el curso de mi desempeño académico se relacionaban de manera directa con este nuevo objeto de investigación. A saber: las relaciones socionaturales, el concepto de «riesgo», la crítica de la modernidad, el potencial político de la categoría de «especie humana». Si hubiera tenido que partir de cero, quizá no habría recogido jamás este guante.

El libro está estructurado de la manera que se detalla a continuación. En el primer capítulo, esbozo los prolegómenos a una teoría política y social de la pandemia, lo que significa que se dibujan los contornos de este peculiar objeto de conocimiento y se reflexiona sobre lo que puede hacerse con él. A continuación, me ocupo del virus que está en el origen de la pandemia y de los virus en general: su naturaleza, su protagonismo histórico, su cualidad de actor social. Se hacen también consideraciones sobre el regreso de la materialidad, tras décadas de desatención culturalista a la biología. En el tercer capítulo, recurro a la literatura sobre el riesgo, con objeto de comprender el papel jugado por las epidemias en el curso de la globalización. Y, aunque las enfermedades infecciosas propagadas mundialmente son ciertamente un riesgo, se plantean dudas sobre la idoneidad de la teoría de la sociedad del riesgo como marco explicativo para lo sucedido con la COVID-19. En el cuarto, desplazo mi atención a la democracia, reflexionando sobre el uso de poderes excepcionales, la fundamentación normativa de las medidas de emergencia y la posibilidad del autoritarismo biopolítico. Por su parte, el quinto capítulo entra de lleno en el debate normativo sobre las implicaciones de la pandemia. Partiendo de la caracterización de esta última como un acontecimiento sublime susceptible de producir nuevos horizontes de sentido, se pasa revista a los imaginarios colectivos más pertinentes para el caso: desde la defensa de las sociedades primitivas hasta el decrecimiento, pasando por la denominada «inoperosidad» y la resonancia. En términos más constructivos, el capítulo sexto propone recuperar la noción biológica de «especie humana» y emplearla como categoría política capaz de fundamentar un reforzamiento de las políticas inmunológicas globales: sin hacerse demasiadas ilusiones, pero con la conciencia de la necesidad de hacer reformas que nos ayuden a gestionar catástrofes venideras. Finalmente, sugiero en el último capítulo —que sirve de conclusión— la conveniencia de elaborar una lectura pesimista de la Ilustración que sea capaz de reajustar nuestras expectativas sobre la modernidad sin renunciar a ella.

En lo que al texto se refiere, solo han de hacerse dos puntualizaciones. En primer lugar, el quinto capítulo se inspira en algunas entradas de mi blog, titulado «Torre de Marfil» y alojado en Revista de Libros, cuyos contenidos han sido reformulados y revisados. Se trata de los artículos dedicados a la nostalgia del Paleolítico, el decrecimiento económico y la desaceleración de la vida moderna. Por su parte, el sexto capítulo toma elementos de la comunicación que presenté al congreso conmemorativo del 250.º aniversario del nacimiento de Alexander von Humboldt, celebrado en Berlín en agosto de 2019 y que próximamente se publicará en forma de paper en una revista especializada. Asimismo, quisiera hacer constar mi agradecimiento a Miguel Aguilar, por la buena disposición con que recibió mi propuesta de hacer este libro, así como a los especialistas que han trabajado para refinar el manuscrito. Finalmente, solo tengo palabras de gratitud para Adriana y Sookie, mis compañeras de confinamiento, por haber estado a mi lado durante este tiempo de epidemia.

Málaga

28 de julio de 2020

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PROLEGÓMENOS A UNA TEORÍA DE LA PANDEMIA

ALMUERZOS DESNUDOS

En el Museo de la Comida Repugnante, situado en la localidad sueca de Malmö, el visitante está llamado a aprender que sus fobias alimentarias son un simple producto de la socialización: el manjar de unos es la pesadilla de otros y viceversa. O sea: por más que el asco sea una emoción biológica necesaria para la supervivencia, al prevenirnos contra el consumo de comida en mal estado, sus expresiones se encuentran moduladas por la cultura. De ahí que muchos asiáticos retrocedan ante los quesos franceses y pocos europeos se animen a beber licores sazonados con ratones muertos. Se ha afirmado incluso que existe una correlación entre la falta de curiosidad gastronómica y el conservadurismo moral, una de cuyas expresiones sería el rechazo al extranjero susceptible de portar gérmenes fatales para la comunidad de acogida.[1] En cualquier caso, el museo tendrá en lo sucesivo mayores dificultades para cumplir su misión pedagógica; es previsible que algún turista ponga en cuestión la salubridad de ese hábito asiático consistente en consumir variopintos animales salvajes —adquiridos a tal efecto en mercados que los exhiben aún vivos— como una inofensiva peculiaridad cultural. Desde luego, los animales implicados se quejarían si pudieran. Y no tendrán mejor opinión al respecto esos miles de millones de seres humanos cuya vida se ha visto severamente afectada por un acontecimiento insólito: la pandemia causada por el SARS-CoV-2, que empezó a azotar el mundo en el primer trimestre de 2020 tras cruzar exitosamente la frontera entre especies en algún lugar de China.

No hay todavía completa certeza, a la hora de redactar este libro, sobre la procedencia del virus. Parece seguro que su origen está en los murciélagos, peculiares mamíferos que pueden verse infectados por patógenos de distinto tipo sin desarrollar la enfermedad correspondiente, lo que los convierte en un peligroso depósito de virus altamente infecciosos que esperan a dar el salto a otra especie.[2] En este caso, es posible que un pangolín infectado por un murciélago tuviera contacto con un ser humano, paciente cero que probablemente vivía en la provincia china de Wuhan y trabajaba o frecuentaba su mercado animal. El resto es historia: el contagio masivo de individuos en países de todas las latitudes ha causado no menos de un millón de muertos y una crisis económ

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