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DESOBEDECER

Frédéric Gros  

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Fragmento

HEMOS ACEPTADO LO INACEPTABLE

 

Los monstruos existen, pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos; los más peligrosos son los hombres corrientes, los funcionarios dispuestos a creer y obedecer sin rechistar.

 

PRIMO LEVI

 

 

Recojo aquí, a modo de preámbulo —paradójico—, la provocación de Howard Zinn:[1] el problema no es la desobediencia, el problema es la obediencia.[2] En la que reverbera la frase de Wilhem Reich: «La verdadera cuestión no es saber por qué se rebela la gente, sino por qué no se rebela».[3]

Sobran motivos para no aceptar el estado actual del mundo, su curso catastrófico. Desgranarlos todos resultaría una letanía de desastres. Aquí solo me referiré a tres o cuatro motivos poderosos que deberían haber provocado nuestra desobediencia hace ya tiempo y seguir provocándola hoy porque, al alcance de la vista está, no han hecho más que agravarse.

Y, sin embargo, no pasa nada; nadie o casi nadie se subleva.

El primero es, sin duda, la agudización de las injusticias sociales, de las desigualdades económicas. La advertencia de Marx (el empobrecimiento radical) se cumple cada vez más,[4] como si la globalización, después de los bloqueos de los nacionalismos económicos, hubiera dado por fin rienda suelta a un capitalismo desenfrenado, total, cuyo resultado es, por el momento, la formación de una élite riquísima, una minoría de atiborrados que se ahogan bajo el peso de sus riquezas, frente a un 99 por ciento de desposeídos, que van por la vida arrastrando sus deudas y su miseria. Las espirales estrictamente complementarias de empobrecimiento de las clases medias y enriquecimiento exponencial de una minoría están ahí, impulsadas por las nuevas tecnologías que anulan los efectos de dilación, de «frotamiento»,[5] que hasta hace poco mantenían unos equilibrios razonables. El proceso se acelera, se desboca. La racionalidad actuarial, la de los «seguros» (el frío cálculo de los riesgos), impone que en todas partes se haga pagar caro el dinero a quienes no lo tienen. Se apoya en una evidencia aritmética glacial que, a bajo coste, blanquea el alma de quienes toman decisiones económicas, de todos los que, con la lista del próximo furgón de despedidos en la mano, pueden decir con un tono de condescendencia humillante: «Qué quiere que le diga, es lamentable pero las cifras son las

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