Loading...

DESPISTES Y FRANQUEZAS

Mario Benedetti  

0


Fragmento



Índice

 

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Envío

Despistes

La sirena viuda

Manualidades

El hombre que aprendió a ladrar

Autobiografía

El hijo

Idilio

Bestiario

El sexo de los ángeles

Su amor no era sencillo

Enigmas

Fidelidades

San Petersburgo

Eso

Salvo excepciones

Los candidatos

El Niño Cinco Mil Millones

Hay tantos prejuicios

Orden del día

Larga distancia

Lázaro

El riesgo

El profeta

Mucho gusto

Traducciones

Persecuta

Arena

El odio viene y va

Un boliviano con salida al mar

Lingüistas

Todo lo contrario

El puercoespín mimoso

Estornudo

Graffiti sin muros

Paisaje

El ruido y la imagen

Memoria electrónica

Triángulo isósceles

La roca

Franquezas

Un reloj con números romanos

La víspera

Truth on the rocks

Maison Lucrèce

Vaivén

Cleopatra

Bébete un tentempié

El aguafiestas falta sin aviso

Los vecinos

Los Williams y los Peabody

Lamentos

Cava memorias

Hermanito

Siesta

Compañero de olvido

Llamaré a Mauricio

Lejanos, pequeñísimos

Rutinas

Seísmo

Los tres

Miles de ojos

Por el antes como antes

Pacto de sangre

La cercanía de la nada

Vení Pigmalión

El tiempo que no llegó

Recuerdos olvidados

El césped

Sobre el autor

Créditos

Cuando la vida se detiene, se escribe lo pasado o lo imposible.

José Hierro

Envío

Este libro, en el que he trabajado los últimos cinco años, es algo así como un entrevero: cuentos realistas, viñetas de humor, enigmas policíacos, relatos fantásticos, fragmentos autobiográficos, poemas, parodias, graffiti.

Confieso que, como lector, siempre he disfrutado con los entreveros literarios. Cortázar, sin ir más lejos, fue todo un especialista (ver: La vuelta al día en ochenta mundos, Último round, Salvo el crepúsculo) pero en América Latina también cultivaron el amasijo gentes tan sabias como Oswald de Andrade (con las «invenciones» de su célebre Miramar), Macedonio Fernández (con su regodeo en el absurdo) y el más cercano Augusto Monterroso (con su espléndido humor).

De antiguo aspiré secretamente a escribir (salvando todas las imaginables distancias) mi personal libro-entrevero, ya que siempre consideré este atajo como un signo de libertad creadora y, también, del derecho a seguir el derrotero de la imaginación y no siempre el de ciertas estructuras rigurosas y prefijadas. Me doy cuenta de que si no lo hice antes fue primordialmente por dos motivos: no haberme sobrepuesto a cierta cortedad para la ruptura de moldes heredados, y, sobre todo, no haber desembocado hasta hoy en el estado de ánimo, espontáneamente lúdico, que es base y factor de semejante heterodoxia.

Ahora, tras haber asimilado los vaivenes y desajustes del exilio, y también los entrañables reencuentros y algunas inesperadas mezquindades del exilio, me siento por fin lo suficientemente suelto como para intentar mi caleidoscopio, antes de que esos setenta que ya despuntan en mi horizonte, me den alcance con su gesto adusto.

Hay obras en que uno sufre cuando las escri

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta