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DESáTAME (TRILOGíA STARK 1)

J. Kenner  

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Fragmento

Índice

Desátame

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

Para Shauna y Gina… que saben por qué

Gracias especiales a Stefani, Kelly Jo

y Kathleen por sus primeras lecturas,

comentarios y entusiasmo.

Y gracias a la gente de Learjet,

de la FAA y de Stars in Your Eyes

por contestar a todas mis preguntas

con tanta consideración;

cualquier error es exclusivamente mío.

1

La fría brisa del océano acaricia mis hombros desnudos y siento un escalofrío. Ojalá hubiera seguido el consejo de mi compañera de habitación y hubiera cogido un chal para esta noche. No llevo ni cuatro días en Los Ángeles y todavía no me he acostumbrado a que en verano la temperatura cambie según la posición del sol. En junio en Dallas hace calor; en julio, más calor, y en agosto es un infierno.

En California es distinto, y más junto a la playa. Lección número uno en L.A.: lleva siempre un jersey si vas a salir por la noche.

Claro que también podría entrar en la casa y volver a la fiesta. Mezclarme con los millonarios. Charlar con los famosos. Contemplar los cuadros como es de rigor. Al fin y al cabo se trata de una fiesta de inauguración de una exposición y mi jefe me ha hecho venir para que conozca, salude, charle y seduzca. No para que disfrute del panorama que parece cobrar vida ante mí: las nubes de un rojo intenso que estallan contra un cielo color naranja pálido y las olas azul-grisáceas que rielan con reflejos dorados.

Me agarro a la barandilla y me inclino un poco, atraída por la intensa e inalcanzable belleza de la puesta de sol. Lamento no haber traído la vieja Nikon que conservo desde el instituto, pero en todo caso no habría cabido en mi diminuto bolso de fantasía. Además, una funda de cámara enorme y un vestido negro de cóctel son dos cosas que no pegan ni con cola.

En cualquier caso me hallo ante mi primera puesta de sol en el Pacífico y estoy decidida a inmortalizar el momento. Cojo mi iPhone, saco una fotografía.

—Casi parece que los cuadros que hay dentro no valgan nada, ¿no?

Reconozco aquella voz grave pero femenina y cuando me doy la vuelta me encuentro con Evelyn Dodge, una actriz retirada convertida en representante y reconvertida en mecenas. Mi anfitriona de esta noche.

—Lo siento, sé que debo parecer una de esas turistas tontas, pero es que en Dallas no tenemos puestas de sol como esta.

—No te disculpes —me contesta—. El banco me la cobra todos los meses con el recibo de la hipoteca, así que ya puede ser espectacular.

Me echo a reír y enseguida me relajo.

—¿Te escondes? —pregunta.

—¿Perdón?

—Eres la nueva ayudante de Carl, ¿no? —dice refiriéndose a quien es mi nuevo jefe desde hace tres días.

—Sí. Me llamo Nikki Fairchild.

—Ahora me acuerdo. Nikki de Texas.

Me mira de arriba abajo y me pregunto si le habrá decepcionado que no lleve botas vaqueras y luzca una larga melena.

—Y ¿a quién se supone que has de seducir? —prosigue.

—¿Seducir? —repito haciéndome la ingenua.

Arquea una ceja.

—Cariño, Carl preferiría caminar sobre ascuas antes que venir a una presentación como esta. Ha salido a pescar inversores, y tú eres el cebo. —Carraspea ruidosamente—. No te preocupes, no te presionaré para que me digas de quién se trata. Además, no te culpo por ocultarte: Carl es brillante, pero también puede ser bastante cretino.

—Pues yo he firmado con la parte brillante —respondo, y Evelyn suelta una carcajada.

La verdad es que tiene razón cuando dice que soy un cebo.

«Ponte un vestido de cóctel, algo sexy», me dijo Carl.

«¿En serio? ¿Me lo dice en serio?»

Tendría que haberle contestado que el vestido de cóctel se lo pusiera él, pero no lo hice. Quería el trabajo y había luchado para conseguirlo. En los últimos dieciocho meses, la empresa de Carl, C-Squared Technologies, había lanzado con éxito tres productos de internet. Eso ha captado la atención de la industria, y convertido a Carl en alguien a quien seguir de cerca.

Pero desde mi punto de vista había algo aún más importante: era un hombre de quien podría aprender. Por eso preparé mi entrevista de trabajo con un afán que bordeaba lo obsesivo. Conseguir el puesto ha significado un gran logro para mí. Así pues, ¿qué más daba si quería que llevara algo sexy? Era el pequeño precio que debía pagar.

«Mierda.»

—Bueno, creo que tengo que volver a mi papel de cebo.

—Vaya, parece que te he hecho sentir culpable o acomplejada. No me hagas caso. Deja que los de dentro se emborrachen. Siempre se cazan más moscas con un poco de alcohol. Confía en mí, sé lo que digo.

Tiene un paquete de cigarrillos en la mano. Saca uno para ella y me ofrece. Niego con la cabeza. Me encanta el aroma del tabaco porque me recuerda a mi abuelo, pero lo cierto es que no me gusta llenarme los pulmones de humo.

—Soy demasiado mayor y estoy demasiado acostumbrada como para dejarlo —dice—, pero por nada del mundo se me ocurriría fumar dentro de mi propia casa. Te lo juro, toda esa gente me comería viva. Espero que no vayas a soltarme un sermón sobre los peligros de ser una fumadora pasiva.

—No, claro que no —le prometí.

—Entonces ¿qué tal si me das fuego?

Le muestro mi bolso en miniatura.

—Una barra de carmín, la tarjeta de crédito, el carnet de conducir y el móvil.

—¿Ni un condón?

—No creía que fuera esa clase de fiesta —respondo secamente.

—Ya sabía yo que me caerías bien. —Echa un vistazo alrededor—. ¿Qué birria de fiesta he organizado que no hay ni una puta vela en las mesas? Bueno, a la mierda…

Se lleva el cigarrillo sin encender a los labios e inhala con los ojos cerrados y expresión de deleite. No puedo evitar que me caiga bien. A diferencia del resto de las mujeres presentes, incluida yo, apenas lleva maquillaje, y su vestido se parece más a un caftán con un estampado de batik tan interesante como su portadora.

Es ordinaria, corpulenta, tozuda y segura de sí misma, lo que mi madre llamaría una descarada, pero yo la encuentro fascinante.

Deja caer el cigarrillo y lo aplasta con la punta del zapato. Luego se da la vuelta y hace una seña a una de las camareras, una chica vestida de negro que lleva una bandeja llena de copas de champán.

La joven forcejea un momento con la corredera de cristal que da a la terraza y por un instante imagino que todas esas copas caen, se hacen añicos contra el suelo y esparcen fragmentos de cristal relucientes como diamantes.

Me veo agachada para recoger uno de los trozos y noto cómo su filo me corta la suave piel del pulgar cuando lo cojo con fuerza. Me imagino apretándolo y sintiendo la energía fluir a través del dolor, del mismo modo que otros confían su muerte a la pata de un conejo.

La fantasía se confunde con otros recuerdos y su fuerza hace que me estremezca. Es rápida y potente y un tanto inquietante porque hace tiempo que no necesito el dolor y no comprendo por qué pienso en él en este momento, cuando me siento segura y controlo la situación.

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta