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DEUDAS DEL FRíO

Susana Rodríguez Lezaun  

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Fragmento

1

Un gélido viento azotaba las calles de Pamplona, barriendo del suelo las hojas muertas de los árboles y los papeles que la ventisca había arrancado de las manos enguantadas de los viandantes. El invierno había llegado como solía hacerlo, tras un breve verano y un lluvioso otoño. El tímido sol que lució por la mañana apenas tuvo fuerza suficiente para calentar los cuerpos de los desamparados ciudadanos, obligados a abandonar sus caldeados hogares para aventurarse en las calles heladas, y ahora, con la luz en retirada y la noche plenamente instalada de nuevo en la ciudad, los peatones caminaban presurosos por las aceras o esperaban el autobús ateridos bajo las marquesinas, pateando el suelo con fuerza en un vano intento de sonsacarle al asfalto un poco de calor.

Sentado en el cómodo asiento de su coche, con la calefacción escupiendo un incesante chorro de aire caliente, Jorge Viamonte intentaba recordar cuándo fue la última vez que viajó en autobús. Seguramente tendría que remontarse a sus escapadas de juventud por toda Europa, aunque había pasado tanto tiempo desde entonces que incluso dudaba de si el vago recuerdo que le asaltaba era propio o prestado. Aquéllos sí que fueron buenos tiempos. Tres emocionantes meses descubriendo todos los rincones de la Europa civilizada, convertido en un aventurero, un hippy desgreñado y encantador, con una abultada tarjeta de crédito escondida en la cartera que le permitía, cuando así lo deseaba, abandonar los albergues y alojarse en los mejores hoteles para recuperarse de la dura vida del trotamundos. Todo aquello quedó atrás hacía mucho tiempo, aunque los recuerdos de los cigarros de marihuana fumados a escondidas bajo los pilares del Sena, los largos tragos de ron barato y los cálidos pechos de la joven que conoció en Alemania y que, después de una semana juntos, lloraba desconsolada en el andén de la estación, siempre le provocaban una suave sonrisa nostálgica. Esperaba que sus hijos varones tuvieran la ocasión de realizar un viaje semejante cuando terminaran sus estudios. Miró a su alrededor y comprobó que los peatones más rezagados cruzaban a toda velocidad el paso de cebra, con el semáforo a punto de cambiar de color. Se ajustó los guantes en las muñecas y se miró en el espejo retrovisor. Retiró un mechón de pelo de la frente con la punta de los dedos y devolvió una sonrisa satisfecha a su reflejo. Todavía conservaba algo del bronceado del pasado verano que, junto con sus abundantes rizos plateados, le confería un atractivo del que era plenamente consciente. De hecho, se esmeraba por aparecer siempre pulcramente vestido y arreglado, con la corbata perfectamente anudada, el traje a medida y la camisa con sus iniciales grabadas con hilo brillante en la pechera o en las mangas, donde siempre refulgían unos gemelos de titanio y ónix diseñados por Paloma Picasso que adquirió en Tiffany durante su última visita a Nueva York. En su opinión, un cerebro privilegiado no era nada sin una buena imagen que lo sustentara. Tenía que reconocer que la naturaleza había sido generosa con él, ya que además de tener una cabeza perfectamente amueblada, su cuerpo se mantenía tan firme y ágil a sus cincuenta y cinco años como lo era a los treinta. Fijó la vista en la carretera justo a tiempo de ver el semáforo cambiar a verde. Aceleró y sus pensamientos volvieron a la realidad. Lo que más le preocupaba en esos momentos era la extraña cita a la que se veía obligado a acudir.

El trabajo se amontonaba sobre la mesa de su despacho cuando recibió la inesperada e inoportuna llamada de su hermano. Hacía más de un año que no hablaban y lo último que esperaba era escuchar su voz al otro lado del teléfono. Al principio, Lucas se había mostrado indeciso en sus palabras. Jorge captó el miedo en su voz, el temor a decir algo que enfadara a su hermano mayor, como sucedió tantas veces en el pasado. Y, como siempre, la mente de Jorge reprodujo la imagen de un joven sonriente, con el rostro bronceado y cubierto de pecas, el cabello claro, brillante bajo el sol de verano, y una raqueta de tenis en la mano, corriendo a su encuentro para felicitarle por el partido ganado. La fotografía, caprichosa y mutante como todas las que fabrica la mente, nada tenía que ver con el hombre de aspecto ajado, cabello sucio y rostro hinchado que encontró la última vez que vio a Lucas. Entonces sólo quería pedirle dinero y sospechaba que, en esta ocasión, el motivo de su llamada sería el mismo.

—Es mi hermano —le dijo a la secretaria que ordenaba documentos en la mesita auxiliar mientras tapaba el auricular con la mano. La mujer se levantó con presteza, dirigió una breve sonrisa a su jefe y taconeó hacia la puerta del despacho, cerrándola a su espalda—. Lucas —dijo simplemente—, cuánto tiempo.

—¿Cómo está mi hermano mayor? —La voz de Lucas sonó falsamente alegre a través del teléfono, patente el esfuerzo por parecer natural, como si nunca hubiera pasado nada. Pero eran tantas cosas…

—Estoy bien. Trabajando mucho, como siempre, ¿y tú?

—No quisiera entretenerte, puedo llamarte en otro momento…

—No te preocupes. No pasa nada por perder unos minutos —¿Perder? ¿De verdad había dicho eso? Se frotó con fuerza la frente mientras se recostaba en la silla, cerrando los ojos y mordiéndose la lengua—. No me interpretes mal, siempre tengo tiempo para mi hermano.

—Pues te lo agradezco —dijo, aprovechando el momento de ofuscación de Jorge—, porque necesito verte. Es urgente, de otro modo no me habría atrevido a molestarte, sabiendo que eres un hombre muy ocupado.

—¿Y cuándo quieres que nos veamos? —No tuvo valor para decirle que, realmente, tenía mucho trabajo pendiente, más de lo habitual para el presidente de un banco, pero tenían una importante auditoría encima y el papeleo se acumulaba. Miró la hora en su reloj. Pasaban unos minutos de las siete.

—Si pudiera ser esta misma tarde, sería estupendo.

—¿Esta tarde? Me dejas muy poco tiempo para organizarme.

—No será mucho rato, media hora como mucho. Me salvarías la vida, hermano.

Jorge había escuchado esa expresión en demasiadas ocasiones y sabía que el salvavidas siempre tenía el color del dinero, así que decidió no andarse con rodeos.

—¿De cuánto estamos hablando? —dijo, sin molestarse ya en ocultar el hastío de su voz.

—No es sólo cuestión de dinero…

—Luego sí que es cuestión de dinero —replicó Jorge.

—Lo es en parte, pero hay más, hay cosas muy graves que debes saber. Jorge, por favor —suplicó.

—Está bien, pero no pienses que voy a ser tan generoso como la última vez. ¿Puedes venir a mi despacho? Como supondrás, Sandra no quiere verte aparecer por casa, después de la última que organizaste.

—Todavía me arrepiento —respondió en un hilo de voz—. Nunca debí decir lo que dije, fue muy poco considerado de mi parte, pero el asunto se me fue de las manos.

—El «asunto» era mi hijo, Lucas. Los comentarios que hiciste sobre su novia estuvieron completamente fuera de lugar.

—Lo sé, lo sé, y no sabes cuánto lo siento.

—De acuerdo, déjalo, aquello ya no tiene remedio. Entonces ¿vienes? —Consultó de nuevo su reloj. Media hora con su hermano, más lo que llevaba invertido en esta conversación, le iba a suponer un retraso de una hora. Llamaría a Sandra para que no le esperara a cenar y a Alberto para que le consiguiera algo caliente con lo que sobrellevar la tarde.

—La verdad es que estoy un poco lejos y no tengo medio de transporte. Tardaría más de una hora en llegar andando hasta tu oficina, y con este frío… ¿Te puedes acercar tú a mi casa?

Jorge suspiró y se recostó de nuevo en el sillón, que lo acogió con la comodidad que se espera de un respaldo de calidad. Mientras hablaba, abrió el cajón de su escritorio y sacó el talonario de cheques, que guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.

—¿Dónde vives? No recuerdo la dirección. —En realidad, no creía haber conocido nunca las señas de su hermano.

—Estoy en Berriozar, en un piso que me ha prestado un amigo que no lo necesita en estos momentos. Está casi al final del pueblo, cerca de las vías del tren. A la derecha, al final de la avenida de Guipúzcoa, verás un edificio marrón con ventanas estrechas. Vivo en el tercer piso, el único de la planta que está habitado. El timbre no funciona, pero el portal siempre está abierto. No tiene pérdida.

—Déjame terminar algunas cosas urgentes. Tardaré media hora, y no dispongo de mucho más, ¿de acuerdo?

—Por supuesto. Directo al grano, como siempre.

Cuando colgó el teléfono sintió en la boca el mismo regusto amargo que le embargaba siempre que hablaba con su hermano. Una parte de él quería apartar definitivamente de su vida al despojo humano en el que se había convertido Lucas Viamonte. Alcohólico, drogadicto, un indigente que se tambaleaba por las aceras y vivía de la caridad, que había rechazado siempre la ayuda que su familia le brindó para desintoxicarse y volver al buen camino. Ése era Lucas. Pero también era su cómplice durante las escapadas juveniles en la casa de la playa, el joven divertido y deportista que se esforzaba por ganarle al tenis, el confidente que escuchaba sus temores, a quien contaba sus primeras experiencias amorosas, sus avances bajo la falda de las chicas, la primera persona a quien llamó cuando se declaró a Sandra o cuando nació su primogénito. Por eso no podía apartarlo de su lado, aunque ayudarle le supusiera un grave dilema moral.

Tardó menos de diez minutos en firmar los documentos que tenía sobre la mesa. Llamó después a su secretario, Alberto Armenteros, que cruzó la puerta unos segundos más tarde. Vestía impecablemente, como siempre, con un traje de corte moderno, camisa entallada y una corbata estrecha, todo perfectamente combinado y a la moda. Encontró a Jorge de pie, poniéndose el abrigo.

—¿Se marcha? —preguntó sorprendido.

—Tengo que salir un rato. Volveré en menos de una hora para seguir con la revisión de los documentos. Los de la junta me están azuzando, no quieren que entreguemos la documentación en el último momento, prefieren revisarla personalmente antes de enviarla al Banco de España.

—Claro, lo entiendo. ¿Puedo hacer algo mientras tanto? Quizá incluso pueda ayudarle con su recado.

—No es un recado, es mi hermano. —Se detuvo un momento, rememorando de nuevo la reciente conversación—. Me ha llamado después de más de un año sin tener noticias suyas. Supongo que necesitará dinero, como siempre.

—No quisiera ser indiscreto, pero ¿por qué no le envía un cheque, o un giro postal? Así se ahorraría el mal trago del encuentro.

—Ha insistido en verme. No sé, quizá esté enfermo, ya sabes que no se mueve en un ambiente lo que se dice saludable.

Alberto movió la cabeza afirmativamente, dando la razón a su jefe. Armenteros era un joven de tan buena familia como el propio Viamonte. Su padre, que llegó a ser un alto ejecutivo de la banca nacional, le obligó a empezar desde abajo, para conocer todos los entresijos del complicado mundo bancario. Poco después de licenciarse en Económicas comenzó a trabajar como secretario personal de Jorge Viamonte, presidente del Banco Hispano-Francés, uno de los más poderosos del sur de Europa, con sucursales en los cinco continentes, inversiones en todas las áreas de negocios y uno de los más solventes en el convulso panorama financiero español, salpicado casi a diario con noticias sobre quiebras, intervenciones y bancarrotas.

Ahora, contra todo pronóstico, el Banco de España había puesto al Hispano-Francés en su punto de mira, solicitando una exhaustiva auditoría interna de la entidad. Aunque la junta directiva insistía en afirmar que se trataba simplemente de un trámite, casi una obligación en los tiempos actuales, el rumor de una intervención se había extendido como la pólvora en los corrillos de los mercados financieros, siempre a la búsqueda del siguiente ahorcado al que retirar la silla de los pies. Lo más fácil era pensar que el banco ocultaba dinero negro, o que no había sido claro con sus accionistas en la rendición de cuentas. Acuérdate de Bankia, decían los agoreros. Una de las víctimas de la zozobra económica había sido precisamente el padre de Alberto Armenteros. Acusado de malversación de fondos en la Caja de Ahorros que presidía, pasó un año entero en la cárcel. Cuando consiguió la libertad condicional, su familia comprobó el deterioro físico y mental de un hombre que lo tuvo todo y que ahora se limitaba a deambular por el jardín, incluso los días de lluvia o nieve, ocultando a todo el mundo la tobillera negra que le retenía, como una cadena invisible, atado a un radio máximo de diez kilómetros del Juzgado. Javier Armenteros, el padre de Alberto, no consultó a la junta de accionistas una serie de inversiones que, de haber salido bien, habrían reportado ingentes beneficios tanto a la entidad bancaria como a sí mismo. Sin embargo, la burbuja inmobiliaria le estalló en plena cara y se encontró con miles de millones de euros atrapados en inversiones estancadas y la imposibilidad de explicar aceptablemente lo que había sucedido.

—¿Puedo acompañarle, al menos? —preguntó Alberto.

—Mejor quédate y avanza en el repaso de lo que he dejado sobre la mesa.

Alberto cogió la carpeta adelantando una mano morena y cuidada, con las uñas pulcramente cortadas y pulidas y sin ningún anillo ni otro adorno que un discreto reloj, muy alejado de los ostentosos Rolex y Tag Heuer que lucían sus compañeros y el propio Viamonte.

—He avisado a Meyer y a Rosales de que estaré fuera durante una hora aproximadamente. Si me necesitan, tendrán que esperar a que regrese.

—¿Tiene que ir muy lejos?

—A Berriozar, a un edificio cerca de las vías del tren.

Alberto frunció el ceño con aversión y una leve arruga surcó su frente.

—No me gusta nada esa zona. Si se trata del edificio de Protección Oficial que diseñó Ramón Hurtado, está oficialmente sin terminar, a la espera de que el constructor pague al Ayuntamiento lo que debe para que le conceda el permiso de habitabilidad. Y, mientras tanto, unos cuantos sinvergüenzas han ocupa

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