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DEVOTIO

Massimiliano Colombo  

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Fragmento

Quattuor gentes

«Y desde este momento se deberá tratar de guerras más importantes, sea por la potencia de los enemigos contra los cuales se combatió, sea por la gran distancia de las regiones y la duración de las contiendas. ¡Qué empresas colosales! ¡Y cuántas veces se llegó casi a la catástrofe, para conseguir esta vastedad de dominio que apenas se sostiene!»

Las palabras escritas por Tito Livio llegan desde la niebla de los tiempos. Estas pocas líneas del historiador latino parecen encerrar la esencia de los centenares de páginas que seguirán y que nos conducirán a un tiempo en que se luchaba por el dominio de una tierra que daría vida a la milenaria cultura occidental: Italia.

Si retrocediéramos en el tiempo hasta el siglo III a.C. e imagináramos que observamos el territorio con los ojos de una rapaz en vuelo, veríamos que Roma es solo una de las tantas poblaciones que compiten por la hegemonía de la península y que está rodeada por formidables gentes aguerridas, las cuales, en más de una ocasión, han estado a punto de borrarla de la Historia.

Descendiendo de los Alpes veríamos pasar debajo de nosotros decenas de aldeas fortificadas, de todas dimensiones, pertenecientes a los pueblos de origen celta establecidos en todo el norte del país. Taurinos, salacios y leponcios se disputaban la actual Piamonte, y más al sur, los ligures dominaban la región que aún lleva su nombre.

El centro norte de la península estaba ocupado por los insubrios, y hacia el este, por los caminios, retios y vénetos. Descendiendo hacia el Adriático estaban los lingones, boyos y senones, establecidos entre Emilia, Umbría y la parte septentrional de las Marcas, que se disputaban con los umbros las colinas boscosas próximas a los Apeninos.

La Toscana y parte del Lacio eran tierras de los etruscos, esparcidos por diversas ciudades-estado a menudo en lucha entre sí y solo ocasionalmente aliados en ligas para oponerse a peligros comunes.

Del lado opuesto, sobre la costa adriática, estaban los picenos, petrucios, frentanos, vestinos y marucinos, separados por la dorsal apenínica de los sabinos, marsios, pelignos y érnicos, y más al sur, de los samnitas, poderosa liga de cuatro pueblos diferentes: caudinos, hirpinos, pentros y caracenos, en continuo conflicto con los romanos por la hegemonía del centro de Italia.

Más al sudeste, en la Apulia, vivían los daunos, apulos, peucecios, mesapios y yapigios, en lucha contra la colonia griega de Tarento. Del lado opuesto los campanos, lucanos y brucios, hasta Sicilia, disputada entre las ciudades griegas y cartaginesas.

Todos estos pueblos, en un momento de la Historia, se convirtieron en comparsas, cediendo el puesto a una civilización que alcanzó un desmesurado poder cultural y militar que cambió el curso de los acontecimientos.

Esta inflexión se produjo en la batalla del Sentino, en el 295 a.C., al final de la Tercera Guerra Samnita, recordada también como Guerra Itálica, porque no implicó solo a Roma, los samnitas y sus aliados históricos, sino a todas las gentes de la Italia central, como etruscos, celtas y umbros, aliados en una auténtica «Liga de las Naciones» contra la Urbe.

He aquí cómo respondió Roma a esta amenaza.

I

La toga

—Soy viejo.

El joven criado alzó la mirada hacia Quinto Fabio Máximo Ruliano, iluminado a medias por la luz de la mañana. Estaba habituado a oírlo mascullar y no se preocupaba de comprender el sentido de las palabras del magistrado. Continuó atando las correas de los múleos negros mientras su amo, Rullus, como lo habían apodado los senadores, seguía farfullando.

—El Senado querrá reelegirme, deberé proponer de nuevo mi cargo y no podré negarme.

Tras acabar con el zapato izquierdo, el esclavo empezó a afanarse con el otro, evitando cruzar la mirada grave de Quinto Fabio, marcada por una vida de batallas.

Ruliano era un héroe, había ocupado cuatro veces el cargo de cónsul y las cuatro veces había cumplido con honor los ambiciosos cometidos que la ciudad le había solicitado, hasta convertirse en una especie de monumento viviente.

—Mi cuerpo ya no puede más —dijo con un tono más decidido—. Esta espalda rígida ya ha dado a la República todo lo que podía, y cada día, al despertar, no pierde ocasión de recordármelo con punzadas.

El sirviente terminó el trabajo, se levantó, hizo una inclinación y se esfumó cruzando el gran atrio con paso ligero. Ruliano miró con una pizca de envidia la figura musculosa y bien proporcionada que se alejaba pisando los mosaicos sin hacer ruido. Se pasó la mano por los riñones, esbozando una mueca de dolor.

—Cuánto vigor desperdiciado en un cuerpo sin animus —dijo, antes de que la silueta del esclavo desapareciera tragada por la luz del peristilo—. Vive en tu simple ignorancia sin darte cuenta de que careces de sustancia. Vive de instintos primarios, conmiserándote de tu existencia hecha de limitaciones y de fatigas, sin imaginar el continuo esfuerzo que requiere la virtud.

El magistrado se alzó de la silla.

—Sin preocuparte de tu ética, tu descendencia, tu estirpe, tu familia o tu tribu de pertenencia. Sin saber qué significa demostrar que se es un hijo devoto y un buen padre, un amo generoso, un cliente leal, un magistrado honesto o un soldado valeroso.

Volvió la mirada hacia el patio, coronado por un rectángulo de cielo azul veteado de cúmulos blanquísimos.

—No, estas son tareas mucho más gravosas y requieren ambiciones superiores que solo hombres de gran valor pueden tener. Valor y civilización van de la mano, cuanto más grande es uno, mayor debe ser la otra. Cuanto más grande es el valor de los hombres, mayor es el esfuerzo que se les exige.

Otro esclavo entró en la habitación con un voluminoso e inmaculado fardo, seguido por un ayudante mucho más joven. Quinto Fabio dejó de hablar y permaneció sumido en sus pensamientos. Su rostro estaba impasible, al igual que su figura, rodeada por los recién llegados, que, después de unos instantes, empezaron a colocarle la larguísima y pesada tela bordada con púrpura. El mayor plegó en toda su longitud la indumentaria y la pasó sobre el hombro izquierdo con un drapeado, el sinus. Sus manos continuaron, silenciosas, pliegue tras pliegue, guiadas por una solemne sacralidad, rota solo por el susurro del tejido. Alargó con sabiduría el paño detrás de la espalda, cuidando de que el drapeado fuera correcto, y luego bajo el brazo derecho para volver sobre el hombro izquierdo, balteus. Quinto Fabio se hizo acomodar el último extremo del tejido sobre el brazo izquierdo, que desde aquel momento ya no movería.

Llevar la toga no era sencillo, ni por lo que representaba ni todavía menos por su volumen. No protegía de la lluvia ni del sol, obligaba a realizar gestos mesurados e impedía moverse con libertad. Quien la llevaba no temía a nadie, estaba protegido por el derecho, la ciudad y su ejército.

Dejaba descubierto solo el brazo derecho y el rostro: ninguna ostentación, ningún exhibicionismo. Quinto Fabio Máximo Ruliano sería desde aquel momento su toga, que identificaba su cargo y su rostro, la única parte de un hombre libre que era digno mostrar. La única mano libre, la derecha, la mano de las buenas acciones, le permitiría jurar frente a sus semejantes.

El criado se alejó un par de pasos y observó con atención su trabajo, mientras la toga pretexta irradiaba su claridad por toda la habitación. Solo un magistrado o un niño podían llevar esa indumentaria. El blanco era símbolo de integridad, de pureza y de civilización, la preciosa púrpura indicaba la inviolabilidad de aquel que la vestía.

Después, el esclavo aprobó con un movimiento de la cabeza.

—Está listo.

—Ahora tendré que estarlo yo —respondió Quinto Fabio, antes de dejar la austera habitación y encaminarse hacia el peristilo para ser embestido por la luz del sol.

Con su figura reflejada en el agua del impluvium, el gran estanque situado en el centro, el excónsul cruzó el jardín interior y luego se adentró por un corredor estrecho dejando a sus espaldas la zona familiar de la casa para entrar en el atrio. Era amplio, pero decididamente poco lujoso. La casa reflejaba en todo y por todo el carácter de su propietario, adecuándose a su estatus y su austeridad.

Pocos pasos más y la puerta de entrada se abrió de par en par. El magistrado observó admirado el espectáculo que desde el Palatino se desplegaba ante sus ojos mientras una bandada de palomas surcaba el cielo. Estaba enceguecido por la luz del sol y la majestuosidad de aquella maravillosa ciudad, que habría podido competir con las más hermosas de Grecia.

—Cuanto más grandes son los hombres, mayor es lo que logran construir.

Un transeúnte reconoció la figura de Ruliano, y con un gesto de la cabeza lo saludó con reverencia. El magistrado respondió esbozando una sonrisa y se encaminó hacia su meta, la Curia Hostilia, donde se reunía el Senado de Roma. Conocía tan bien aquella calle que habría podido recorrerla con los ojos cerrados, pero Rullus jamás lo habría hecho. Aquel itinerario le era tan grato que amaba admirarlo en cada detalle, cambiante según la luz del día y de la estación.

Se dirigió lentamente al Foro Boario, pasando por los templos gemelos de las diosas de la Aurora y la Fortuna, esta última particularmente querida por él. Bordeó las dos construcciones, reanudando su marcha habitual y dobló a la izquierda para tomar el vicus lugarius. Hizo el camino más largo, no tenía ganas de encontrarse frente a la puerta Carmentalia, tan funesta para la familia Fabia. Muchísimos años antes trescientos seis miembros de su gens habían cruzado aquel pasaje antes de morir en batalla contra los etruscos.

Llegó a la altura de las taberne y dirigió la mirada a la derecha. Las tiendas junto al foro de los cambistas habían colgado los escudos de los samnitas, fausto trofeo de la última victoria. Echó un vistazo a la izquierda, al templo de Saturno, y luego alcanzó el foro, donde las estatuas de Pitágoras y Alcibíades lo acogieron con sus vacuas miradas.

—No tienes igual, ciudad de héroes —dijo, observando el santuario consagrado a Vulcano, donde ardía un fuego perenne—. Yo te he dedicado gran parte de mi vida y tú me has concedido mucho también.

Se detuvo, apretó con la izquierda el extremo de la toga. Alzó los ojos. Estaba frente al monumental portón de bronce de la Curia Hostilia.

—Ahora no me pidas más —dijo antes de desaparecer devorado por la sombra de la sala interior.

El interior de la antigua curia romana era monumental, pero sencillo al mismo tiempo. Los senadores estaban sentados en bancos de madera y, en aquel tiempo, las paredes aún no habían sido pintadas al fresco. Ruliano alcanzó su puesto entre el vocerío confuso que resonaba en las bóvedas de la sala. Pronto llegarían los resultados de las votaciones de los dos cónsules que se habrían de repartir la carga del difícil año que afrontaría Roma. Trató de leer, por tanto, los comportamientos y las miradas de los presentes, intentando mantener un disimulado distanciamiento, como si en el fondo se sintiera exonerado de aquello que estaba a punto de ocurrir.

Saludó con un gesto de la cabeza a aquellos que cruzaban su mirada. Algunos sonrieron a su paso, otros farfullaron algo al colega que tenían al lado. Quinto Fabio los ignoró e intercambió un apretón de manos con un antiguo senador que desde hacía tiempo lo apoyaba, antes de percatarse de que en la sala el vocerío estaba disminuyendo. Todos prestaron atención a los pasos más allá del portón de entrada. Ruliano aprovechó la ocasión para estudiar aún algunos rostros, antes de dirigir la mirada hacia la figura que estaba a punto de cruzar el umbral, después de haber dejado a sus espaldas, en el resplandor áureo de la luz, las sombras de los lictores, que lo habían escoltado hasta allí.

El cónsul vigente, Lucio Volumnio Flamma Violens, entró en la Curia Hostilia acogido por miradas cargadas de aprobación. Avanzó en medio de los poderosos que lo habían elegido el año anterior con sus múleos rojos y el paso decidido de quien gobierna su propio destino. Solo pocos días antes, en vez de la toga inmaculada y los zapatos consulares, llevaba caligae enfangadas y una coraza, con la cual había conducido su expedición en el agro campano contra los samnitas, pueblo en guerra contra la Urbe desde hacía años. Los había detenido conjurando un gran peligro, pero, por desgracia, los samnitas no eran los únicos enemigos, puesto que una amenaza igualmente grave se estaba concentrando en los confines de Etruria como una nube oscura sobre el futuro de Roma, y era precisamente por este motivo que el cónsul Volumnio había sido reclamado a la ciudad para presidir las elecciones. A él correspondía llamar a las centurias a la votación y convocar la asamblea general

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