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DIARIO DE DIEZ LUNAS

Carmen Garijo

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Fragmento

 

 

 

Te quería, y por eso confiaba en ti. En un edificio anodino de una calle anodina de esta gran ciudad, tumbada en esta cama de la planta 11 donde miles de desconocidos se han deseado, se han abrazado antes, veo sus sombras entrelazarse en las paredes. Y no sé si estoy soñando o son tan reales como tu sombra, que se aleja dejándome aquí, sola en la oscuridad de mi propia sangre. Cierro los ojos y todo se vuelve rojo. Los abro. Rojo. Ya no me deja respirar esta máscara de látex con la que tantas veces hemos jugado. Porque te quiero, y confío en ti. Pero hoy ha sido diferente. No ha surtido efecto mi señal, con los brazos atados sobre el pecho y la bola de goma impidiéndome hablar: las manos abiertas pidiéndote ayuda, pidiéndote aire, pidiéndote la redención. Y ahora, a diferencia de tantas otras veces, tú, mi dueño, mi dios, no me has liberado de las sombras. No me has abrazado mientras recuperaba la respiración. No me has consolado mientras lloraba en tus brazos, asustada y a la vez agradecida ante quien me quita y me da la vida por su sola voluntad. Porque me amas, y por eso confío en ti. Soy tuya y me place cumplir tus deseos más ocultos, que solo yo puedo entender y colmar con mi total entrega. Hoy he sentido tu sombra deslizarse lejos de mí, y he sabido que ya estaba decidido. Que mi entrega no tendría más recompensa que una incierta luz al final de un incierto túnel. ¿Será verdad que te has ido, que no vas a volver despacio, sin hacer ruido, para salvarme de improviso una vez más? Mi respiración es agónica, todo es rojo a mi alrededor, me agito, me hundo en esta roja oscuridad. Ya no encuentro placer en la tortura. Solo encuentro muerte. Y no me importa morir si ese es tu deseo, el último que colmaré. Te quería, y confiaba en ti. Por eso estoy aquí, tumbada en esta cama de la planta 11 de este edificio anodino que nadie se para a mirar. Muriéndome.

PRIMERA LUNA

 

 

 

Mario entró en casa, soltó el maletín junto al arca de la entrada y se aflojó el nudo de la corbata. El sudor y el roce de la camisa habían dejado un cerco rojo en su cuello, como si hubiera intentado degollarse. Era un hombre moreno, fuerte, con un cuello robusto que siempre le daba problemas para encontrar camisas que no le apretaran. Rascándose la piel enrojecida fue hacia el salón, donde encontró a Elena dormida en uno de los sofás, con la cajita de un test de embarazo en la mesita del teléfono. Sorprendido por encontrarla en casa antes de las ocho de la tarde, se acercó y miró el color de la prueba. Positivo. Le tomó una mano a su mujer y la besó en la frente inclinándose sobre ella despacito, con delicadeza, como se besa a una niña a la que hay que proteger.

«Está tan cansada…, con esas ojeras y la piel de repente tan blanca, parece una niña». Y Mario sintió que, desde ese momento, ya nada sería igual entre ellos. Cómo amarla. Qué debía sentir un hombre. Qué se suponía que debía hacer. Cómo pedirle sexo, deseo, todo lo que necesitaba de ella, cuando vivía algo tan frágil en su interior. No quería perderla. Era egoísta, se daba cuenta. «Joder, ¿qué se supone que tiene uno que decir cuando va a ser padre de alguien a quien ni siquiera conoce?».

—Elena…, Nena…, cómo estás…

—¡Ay! ¡Mario!, te estaba esperando, quería decirte…

—Ya lo sé, Nena. He visto el Predictor. ¿Estás contenta? Se llamará como yo, como mi padre y como mi abuelo, ¡Mario!

—¡Mario! ¿Y si es niña?

—Pues María, claro.

De repente, todas las telarañas que el sueño había sembrado en la mente de Elena se despejaron. Una despertaba y qué encontraba. A un extraño egoísta que se apropiaba de su vida, que le hacía sentir mal. Que le provocaba la náusea con ese olor a hombre, a sudor, a whisky. ¡Mario! ¡María! No percibía en su marido orgullo, ni cariño… Elena odiaba llorar, mostrarse débil. Pero no podía parar las lágrimas delante de ese hombre monstruoso, al que acababa de descubrir viviendo a su lado. «Lo odio. Me odio. No quiero seguir con esto. Mi niño, mi niña, te mereces algo más. Otro padre que te quiera a ti, no a sí mismo reflejado en otra persona. Te mereces otra madre, una mujer de una pieza, que sepa desde el principio qué hay que hacer. Te quiero, como quiera que te llames, pero siento que no te merecemos».

—Elena, no llores, dónde vas. ¡Qué he dicho!

Mario no entendía nada mientras miraba cómo su mujer corría por el pasillo. Esa mujer a la que a pesar de todo admiraba. Tan complicada. Tan frágil. Tan fuerte. Tan sencilla.

—Voy al baño. Tengo que vomitar. ¡Eres un cabronazo!

—Pues empezamos bien. ¡Vaya embaracito nos espera!

 

 

Ocho y diez de la mañana. Elena abrió los ojos cuando oyó cerrarse la puerta de la entrada. La noche había sido larga, habían vuelto a hacer el amor como antes, con más pasión que paciencia, con más ternura que técnica. «Tengo que controlar mis nervios», pensó, recordando su reacción de la tarde anterior. «No quiero convertirme en la típica embarazada llorica de las pelis americanas». Ahora que Mario se había ido a trabajar se levantó, fue al baño, vomitó, se duchó, se lavó los dientes, marcó un teléfono y se tumbó en el sofá.

—Mamá, soy yo. Nada, que estoy embarazada y quería decírtelo a ti la primera porque…

—¡Qué alegría, Elenilla, hija! La mejor noticia que me podías dar. ¿De cuánto estás? ¿Para cuándo viene el niño? ¡O la niña! En cuanto se acerque la fecha, yo me voy allí contigo, ¿eh? Ah, claro, tu marido y la pesada de su hermana que digan lo que quieran, pero tu madre soy yo, y vas a necesitar que te cuide. ¡Hija, para cuándo calculas que viene, que no me dices nada!

Lola, la madre de Elena, estaba feliz y su voz cálida, optimista y confiada, siempre mandona y llena de energía, la tranquilizaba en la misma medida en que, desde su adolescencia hasta ahora mismo, la sacaba de quicio.

—No lo sé, mamá. Y no te hagas muchas ilusiones. Y no lo cuentes todavía, que mira lo que pasó la otra vez y…

—¡Ay, ni te acuerdes de aquello! ¡Si es de lo más normal! Yo, antes de teneros a vosotras, perdí un niño que se iba a llamar Antonio, como tu abuelo. Pero, claro, luego vinisteis tú y tu hermana y no os iba a poner Antonia, pobrecillas. Y mira tu prima Ana, dos abortos y la niña tan bonita, que ya mismo cumple un añito… Por cierto, que la vi el otro día y me dijo que su hermano Antonio…

—Mamá, por favor, me da igual la prima Ana y la colección familiar de Antonios. Ahora solo puedo pensar en mi estómago. Antes de hacerme la prueba creí que me había salido una úlcera o algo parecido. Me paso el día vomitando, mami. —Por fin, un hombro en el que llorar—. Ayer de camino al trabajo tuve que pararme

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