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DIARIO DE KAT

María José Tirado  

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Fragmento

1.ª edición: octubre, 2015

© 2015 by María José Tirado

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-235-6

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Para Juani y María,

dos abus maravillosas

A mis Caperucitas

con todo mi cariño.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Prefacio

Capítulo 1

Cádiz, domingo 5 de octubre de 2014

Cádiz, Lunes 6 de octubre de 2014

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Cádiz, Lunes 13 de octubre de 2014

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Cádiz, viernes 17 de octubre de 2014

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Cádiz, sábado 18 de octubre de 2014

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Cádiz, miércoles 22 de octubre de 2014

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Cádiz Jueves 23 de octubre de 2014

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Siete meses después

Cádiz, domingo 24 de mayo de 2015

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Hohenschwangau, 1 de Mayo 2015

Capítulo 29

Algún punto sobre los pirineos, viernes 5 de junio de 2015

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Múnich, miércoles 10 de junio de 2015

Capítulo 38

Capítulo 39

Cádiz, lunes 5 de octubre de 2015

Epílogo

Agradecimientos

Prefacio

Pectorales, oblicuos y trapecios. No sé cómo se llama el morenazo del banco de pesas, pero sí que levanta 45 kilos en cada extremo de la barra y que sus bíceps tienen el tamaño de dos pomelos. Es todo un espectáculo verlo entrenar, tanto que llevo un mes cambiando turnos en el supermercado solo por contemplarlo cada mañana. Nunca en toda mi vida había estado tan en forma.

La barra sube y baja y se le hincha una vena en el cuello. Entonces alza los ojos negros, como su cabello, como mis esperanzas de que se dé cuenta de que existo, y mira al frente.

Y yo estoy allí, pedaleando entre una marabunta de locas del spinning. Es imposible que me vea entre tanta maciza junta, y no por falta de volumen, mi culo tiene el tamaño del de dos de cualquiera de ellas, sino porque todas están cañón excepto yo.

Estoy fatal, lo sé. ¿Quién me mandaría ser tan impulsiva? Y es que me apunté a aquel gimnasio solo porque una mañana de camino al trabajo desde el autobús lo vi bajar de su Mercedes negro y entrar. Me dije a mí misma que debía ver más de cerca a aquel espécimen masculino que aparecería en el diccionario sobre la palabra: Desintegrabragas.

Ahí sigue. Subiendo y bajando la barra como el ascensor de la Torre Eiffel en hora punta. El entrenador personal se le acerca y le habla mientras él no para, y no para, y no para... Ay, madre. Debe haberle dicho algo divertido porque sonríe de lado y sus ojos se deslizan hacia donde estoy subida a mi bici pedaleando como si me persiguiese Induráin, y ante mi más absoluta incredulidad me dedica una mirada pícara al más puro estilo enigmático-agente-secreto con la que parece decirme: mi nombre es Dor, Empotra-Dor.

Y después despierto, con un charco de babas en la almohada de mi amplia y solitaria cama, con el corazón acelerado y una honda sensación de vacío en mi cuerpo, justo entre las piernas.

Capítulo 1

Un Diario

Me llamo Kat y mi vida es un desastre. Así, sin más; ese podría ser un buen resumen de mi existencia. Aunque claro, si tenemos en cuenta que mi padre fue un hippie al que no conocí, y mi madre se quedó embarazada en una playa de Cádiz en el verano del 87, las expectativas no es que fuesen demasiado altas.

El tema de mi padre biológico siempre fue tabú en mi familia, y es que mi madre es de esas personas herméticas a las que hay que extraerles las palabras con un sacacorchos. Mi abuela Antonia se metía con ella diciéndole que no era hija suya, que la adoptó en la Casa Cuna. Esto a sus cuarenta y tantos años aún la hacía enfadar, y cuanto más le quemaba la sangre más se reía mi abuela.

Su propio marido, Julián, el hombre con el que se casó cuando yo tenía cinco años, hace las veces de mediador entre ambas y fue quien tomó el relevo después de que yo me rindiese muchos años atrás.

Como también me cansé de preguntar por mi padre. Durante mi infancia y adolescencia cada vez que lo intentaba se le ponía la cara avinagrada y pasaba el resto del día respondiéndome con monosílabos. Sí. No. No. Sí. Jamás lo entendí, al fin y al cabo había rehecho su vida, conocido a un hombre maravilloso con el que tuvo trillizos; José, Julián y Javier, y vivía feliz en un espectacular chalet próximo a la playa de La Barrosa, en Chiclana de la Frontera.

Pero cada vez que me armaba de valor para intentarlo era como si mi interés le arrojase a la cara que hubo una noche fatídica en la que perdió los papeles y se dejó embaraz

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